Siones hace unos años

Atrás quedó el castillo de Priorio. Su camaleónica enredadera recordaba al otoño que se resistía a llegar, sin poder esconder la apasionada tragedia sufrida por Irene, hija del propietario del castillo y el paje Pablo.

Mientras la estrecha carretera abandonaba las profundidades termales de Las Caldas, serpenteaba entre esbeltos castaños que se aferraban a sus frutos antes de la inevitable despedida anual. Tras escasos minutos, nos adentramos en una pequeña hondura alargada, que bien podría ser el centro espiritual del mundo. No en vano se llama Siones.

Sus praderas escarpadas dejaban entrever pequeñas pumaradas que con finas ramas desnudas, en vez de acariciar clavicordios, ofrecían diminutas manzanas escarlata.

Los crisantemos se hacinaban como si intentaran resguardarse de una inexistente lluvia. Esperaban con paciencia un inminente protagonismo a principios de noviembre.

Los caminos se encontraban escoltados por muros de piedra que sonreían ante el rápido declive de unas zarzas agotadas tras la conquista primaveral.

El fondo del valle, casi esmeralda, ansiaba un arroyo inexistente, al igual que el infante que quiere reinar, sin darse cuenta de las ventajas que a veces conlleva la ausencia de responsabilidad.

Las colinas, cuyos árboles aun cubrían las laderas con un oscuro verdor, protegían las casas salpicadas en dos núcleos y evitaban que los ruidos de la cercana capital asturiana ahogaran el silencio en otra tarde de domingo.

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