La Pandilla Ecléctica

En ocasiones, una película mal hecha entra por los ojos mejor que una buena. Con las personas ocurre lo mismo. Cierta gente se empeña en cometer los mismos errores una y otra vez y sin embargo todo les sale perfecto, incluso el caer bien. El hermano de mi madre, con el sentido de ironía que le caracteriza, siempre se vanagloria de ello.

The Dirt es un claro ejemplo de una pésima propuesta cinematográfica que me ha tenido pegado a la pantalla. Los actores me han parecido una mala caricatura de los músicos que representaban, como si transmitieran al espectador que el drama que viven no se lo creen ni ellos. Los diálogos tampoco fueron muy ingeniosos, ni las bromas. Las frases grandilocuentes se quedaban en solo eso, en palabras gruesas que valen lo mismo para hablar de un grupo de Glam Metal que de aquel club de lectura de ancianas revolucionarias que descubrieron en su senectud a Mao Zedong en la cómica Crisis in Six Scenes. Faltaban detalles personales, esos detalles que nos empecinamos en borrar de las fotos, lo cual convierte a un individuo imperfecto en un perfecto muñeco.

El guion no resultó convincente y tal y como ocurrió en Bohemian Rapsody, los hechos reales se comprimieron para que cupiera todo en las dos horas de metraje. En mi opinión, el cine no debería consistir en un concurso de comer todo lo que se pueda en ciento veinte minutos, sino de digerir cualquier hecho por el camino más elegante posible.

Aun así, no puedo quitarme de la cabeza la película y la razón la tengo clara: La cinta versaba sobre Mötley Crüe, uno grupo de música que me retrotrae a esa edad en la que se deja de ser un niño para convertirse en adolescente y no se es ni una cosa, ni la otra. Si hubiera nacido quince años antes, probablemente escribiría sobre Black Sabbath, quince años después puede que fuera sobre The Artic Monkeys, y si me tocara cumplir en la actualidad trece años, hablaría sobre Maluma. Es así, a cada cual nos influye lo que nos tocó vivir y durante el nacimiento de mi pubertad me cayó encima el yunque de rock de laca de los ochenta.

Creo que siempre que recuerdo la música que escuché, pienso lo mismo. Me repito. Los rebeldes ya están contemplados por el sistema. Esta cita de 1984 junto a la que dijo Julia, la novia de Winston Smith: Soy rebelde de cintura para abajo, fueron las que se me quedaron grabadas cuando nos obligaron a leer la novela en el colegio, supongo que para que cayéramos en la cuenta de que en occidente ya no merece la pena cualquier forma de hostigamiento al poder. A modo de sucedáneo revolucionario y para canalizar esas ansias de juventud, parece que se crearon aquellos grupos de música con estética satánica y así los adolescentes pretendíamos ser malos e indómitos y los adultos pretendían que se indignaban. Todo estaba bien montado y planteado, aunque no fuera del todo premeditado, porque me niego a pensar que el mundo se rige por unos pocos que conspiran contra el resto.

Incluso el nombre del grupo le podía hacer pensar a uno que formaba parte de unos partisanos desorganizados, pero muy románticos que luchaban contra imperios, porque precisamente eso es lo que significa motley crew, cuya traducción bien podría ser: pandilla ecléctica. Así se comportan los piratas o los ejércitos irregulares como el de Pancho Villa.

En su día no conocía el significado de motley. Lo supe en clase de lengua cuando leímos un relato corto sobre unos arlequines dispares que se hacían llamar así y yo enseguida lo asocié a mis adorados satánicos de pega, como quien cree haber descubierto una relación fabulosa entre el relato y la banda de Los Ángeles, pero que finalmente resulta estéril. Motley y crew son meras palabras y ambas independientes una de la otra. Las diéresis solo decoraban y al escribir mal crew, simplemente intentaban llamar la atención, como el famoso: Cum and Feel the Noize de Quiet Riot, que además daba lugar a otro tipo de interpretaciones más lascivas, o la incómoda moda que vi con mis propios ojos de ponerse los pantalones vaqueros con la cremallera y botones al revés, hacia la espalda.

Todo fue pura ficción, la rebeldía contenida, los excesos que vivíamos en boca de extraños, porque con trece años, lo más que podría haber esnifado eran las rayas de hormigas que en la película se metía Ozzy Osbourne. La realidad fue que éramos unos niñatos con pósters de otros niñatos que lamían a mujeres turgentes. Todo saturado con mucho maquillaje, pelo cardado, grandes dosis de cuero con cadenas y demás horteradas, aunque se transmitía cierta energía y optimismo. Otros como James Hetfield de Metallica no opinaban lo mismo. Estuvo inspirado cuando dijo: “El otro día vimos unas prostitutas que acabaron siendo Mötley Crüe”.

Los músicos sin embargo sí vivieron ciertos dramas. El cantante Vince Neil estrelló su Ferrari en una noche de juerga y mató a un amigo suyo que iba de copiloto. Le costó un tiempo breve en la cárcel para posteriormente ver cómo su hija moría de cáncer siendo una niña. El alma del grupo era Nikki Sixx. Componía las canciones y tocaba el bajo. Cumplía con el estereotipo de artista atormentado con alma errante debido al abandono de su padre a una temprana edad y por la escasa atención que le prestó su madre en favor del enésimo novio fracasado, botella de whisky mediante. Fue el único que cayó en la heroína y mientras Vince Neil veía en la televisión cómo un locutor narraba la muerte de éste por sobredosis, un enfermero le inyectaba adrenalina en el pecho para revivirlo camino del hospital en una ambulancia. Cuando le dieron el alta, lo primero que hizo fue chutarse un poco más y darse cuenta después de que había tocado fondo. Todos se rehabilitaron y sacaron su disco más exitoso, seguido por una macro gira en la que los excesos anteriores quedaron en el olvido. Las orgías constantes se cambiaron por zumos, agua y grandes dosis de aburrimiento.

Al contrario que Nikki Sixx, Tommy Lee, el batería espigado, provenía de una familia estructurada que le apoyaba en todo. Me hacía gracia cómo éste en su tierna ingenuidad, lleno de tatuajes y pendientes presentaba a sus padres a una groupie embutida como si fuera el amor de su vida. Vida que duraba menos que la de una mosca. En 1986 se casó con Heather Locklear, la actriz de televisión deseada y bien vista por todos. Formaron una de esas parejas antagónicas y extravagantes, pero no tan infrecuentes y así vivieron hasta que una estrella del porno se inmiscuyó entre los dos. Después conocería y se casaría con Pamela Anderson para llenar páginas y páginas en la prensa rosa con sus escándalos.

El cuarto miembro del grupo se llamaba Mick Mars, el abuelo y guitarrista que les sacaba diez años a todos y en vez de comportarse como un enfant terrible, sus respuestas calmadas le otorgaban cierta dignidad, la misma que disfrutan los que se emborrachan y sufren hacia adentro. Padecía una enfermedad de espalda y supongo que sus amigos le darían vergüenza ajena cuando tiraban los muebles de las habitaciones de hoteles por la ventana y demás extravagancias propias de la profesión.

En aquella época todo ese ambiente me parecía fascinante. Las peleas, los coches, las luchas de mujeres en bikini cubiertas de barro, el fuego, la sangre de broma, el famoso bar Rainbow en el que entraba Lemmy Kilmister de Motorhead y junto a su famoso jack & coke, una camarera le entregaba su correo. Lo bueno de ser el eterno espectador es que el sexo, drogas y rock n’ roll se vive sin el miedo a contraer enfermedades, ni el internamiento en clínicas de rehabilitación, ni se intenta tirar la vida por la borda como si no hubiera un mañana.

Un buen día, mi padre y yo hablábamos de música y de cómo él podía tocar con la guitarra casi cualquier canción después de oírla. Me retó a buscar una que no pudiera tocar y enseguida le mostré Kickstar my Heart, tocada a una velocidad endiablada y una distorsión imposible de conseguir con su guitarra acústica acostumbrada a las notas más pausadas del Country en boca de Willie Nelson o Kenny Rogers. Perdió la apuesta, pero no me dijo que lo que escuchaba era basura, ni se asustó de la letra que decía cosas como que cuando se colocaban, lo hacían con speed y conducían ebrios sus coches deportivos, mientras la policía les perseguía. Pareció un momento respetuoso y de cierta confianza hacia mi persona.

Años después, ya en plena adolescencia y con mi primera guitarra en mano, el sexo, drogas y rock n’ roll transmutó en: bajón, drogas y rock n’ roll. Ocurrió gracias a otro rebelde contemplado por el sistema llamado Kurt Cobain, que en cierto modo enterró a todo un ramillete de artistas con pintas travestidas y se pasó del pelo lacado al pelo grasiento, pero eso ya es otra historia. Este cambio transcurrió en apenas tres años, cumpliendo con otro estereotipo: It’s better to burn out than to fade away.

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