El viento idiota

Cuando la fama le atraviesa a cualquiera que pasa por allí cual ráfaga de viento idiota, el interés mediático dura lo mismo que la racha. No suele dejar rastro y la sensación de frío se olvida enseguida. Nadie se acuerda del invierno en primavera y todos pasamos a otra cosa. Sin embargo, si a la celebridad se le une el talento, dicho atractivo se instala y aposenta para siempre, como la humedad que cala hasta los huesos en el mar cantábrico. No hay manera de quitársela de encima y no queda más remedio que convivir con ella.

Esto último le ocurre a Bob Dylan, el septuagenario que sigue causando fervor, aunque como él bien dijo en su último documental: “Del Rolling Thunder Revue solo quedan las cenizas”. Si bien hablaba de la gira que realizó junto al poeta Allen Ginsberg, la cantante Joan Baez y otros músicos allá por la mitad de los años setenta, parecía que hablaba de sí mismo en la actualidad, porque a mi entender ya solo quedan las brasas de aquel personaje, por muchos conciertos que siga ofreciendo.

También es cierto que los restos de Dylan calientan mucho más que las fogosas vidas en erupción de muchos vivientes, pero ya no permanece más que un recuerdo, que no es poco. Ya lo era hace veinte años cuando me enamoré de mi mujer al son de las canciones que me grabó en una cinta como: Mr. Tambourine Man, I Want You o Simple Twist of Fate o Love Minus Zero/No Limit.

Se podría afirmar que el álbum Desire es mi colección preferida de relatos cortos literarios, que bien vale de por sí un premio Nobel. Supongo que su mayor logro fue que en su día enlazó lo mejor del folk norteamericano, es decir las letras, con el pop rock que pretendió transformar los sesenta, pero cuyo mensaje resultaba casi siempre superficial. Pocos dudan de la calidad de la música de Paul McCartney o del carisma de Mick Jagger, pero su mensaje no se podía escribir de puño y letra, el de Dylan sí. Cada una de sus canciones podría considerarse un cuento breve que describe la historia reciente norteamericana.

No hace falta exhibir una pancarta a favor de la lucha por los derechos civiles de los afroamericanos, vale con escuchar The Lonesome Death of Hattie Carroll o Hurricane, ni gritar por un altavoz la hipocresía que supone reprimir la homosexualidad, basta con interiorizar Ballad of A Thin Man.

En Motorpsycho Nigthmare, escrita hace más de cincuenta años, ya se vislumbran los futuros votantes de Donald Trump.

Con Brand New Leopard Skin Pillbox Hat consigue mofarse de la banalidad que supone la moda y en My Back Pages se reconoce a sí mismo lo pretencioso que fue al evangelizar y criticar lo establecido sin proponer nada nuevo.

Quizá por ello acompañé a regañadientes a Noe al concierto que ofreció en Gijón la pasada primavera. Fue una especie de deuda pendiente por todo lo que me han aportado tanto ella como él. Quizá fue el peor concierto que recuerde haber visto jamás, en el que una voz más monocorde y menos armoniosa que nunca lastraba a los músicos para que el espectáculo pareciera un motor al ralentí que cantaba al son de un acompañamiento compuesto para un videojuego de ocho bits. Entiendo que todo ocurre así por exigencia expresa del susodicho, que pensará: “¡El que me haga sombra, no sale en la foto!”. En mi opinión, fue una actuación bochornosa, pero todo el mundo aplaudía y yo no podía evitar pensar en la conocida historia del rey desnudo. También es cierto que comparar dos horas de sufrimiento frente a veinte años de deleite, el saldo sigue siendo claramente positivo a favor de ambos.

Aunque sus mejores años quedaron atrás justo cuando nací, en los años setenta, cuarenta años después sigue causando interés mediático. No solo por la gira interminable de más de cuatro décadas que le lleva casi ininterrumpidamente a arrastrase por los escenarios de medio mundo, sino porque otro gran mito de la cultura norteamericana del siglo pasado, como lo es Martin Scorsese, ha decidido rodar un tercer documental sobre Dylan y estrenarlo en Netflix. Después de los brillantes The Last Waltz y No Direction Home, Scorsese parece que no se cansa y vuelve con The Rolling Thunder Revue. En realidad, no cuenta nada nuevo y lo que sí me lo pareció resultó ser mentira. En cierto modo se lo agradezco al director, ya que por lo menos me sacó de mi letargo mientras lo veía y consiguió lo que quizá se propuso al incluir pequeños episodios ficticios en su proyecto.

Sin previo aviso, apareció Sharon Stone relatando cómo cuando tenía diecinueve años acudió, también refunfuñando, junto a su madre a ver a Bob Dylan en un concierto de dicha gira. A modo de rebeldía juvenil, ella llevaba puesta una camiseta del grupo Kiss y en la entrada se tropezaron con el propio Dylan. Supuestamente, él le preguntó si le gustaba Kiss y ella en un alarde por parecer interesante contestó que sí, ya que se pintaban la cara al estilo kabuki. Bob le contestó que seguro que Okuni nunca escupió sangre sobre el público. Sharon, sorprendida dijo: ¿Okuni? Éste respondió que Izumo no Okuni fue una de las creadoras del teatro kabuki.

El suceso nunca ocurrió, ni tampoco es verdad que un tiempo después del concierto, Sharon Stone se uniera a la gira y Dylan le dijera que Just Like a Woman la había escrito para ella. Esto último sí me chirrió porque sabía que la canción se había compuesto diez años antes, pero para que un engaño parezca creíble, hay que reconocer ciertos bulos y así se hizo en el propio documental. Sharon Stone admitió que la canción no versaba sobre ella, que era una broma de Dylan. Anécdota bastante verosímil porque tal y como dijo la propia Joan Baez, en ocasiones, Dylan simplemente hace las cosas por joder.

He de reconocer que ha sido mi parte favorita del documental, porque el gran cineasta neoyorkino ha mezclado hábilmente una ficción plausible con la realidad para conseguir entretener y desconcertar al público. De este modo, el relato de siempre lo ha convertido en algo novedoso. La forma de seducir no es nueva, es más, puede que sus aspiraciones vayan más allá del entretenimiento y de alguna forma nos esté advirtiendo de cómo funcionan en la actualidad ciertos movimientos populistas.  El método seguido es muy similar.

Comienzan por enumerar una serie de obviedades que parecen razonables y ciertas, para después inmiscuir entre ellas su falacia, consistente en intentar asociar su propuesta ridícula como solución. ¿Quién puede estar en contra de que se arregle el problema del paro, que mejore la calidad de vida de los ciudadanos y la convivencia sea más apacible? Todos los discursos aspiran más o menos a lo mismo en ese sentido, el problema es que los remedios de los extremistas tampoco suelen ser efectivos. Terminan por ser meros titulares que nos atraviesan uno tras otro sin dejar rastro, al igual que el viento idiota mencionado anteriormente, pero qué al acribillarnos en masa, pretenden ocupar toda nuestra atención, distraernos y lo que es peor, desmoralizarnos.

Nadie se acordará dentro de cuarenta años de quien, al fin y al cabo, termina comportándose como poco más que un comparsa. Siempre los ha habido y siempre los habrá. Hay que aprender a cohabitar con ellos sin darles demasiada importancia, como la que nunca ha dado Dylan a su fama.

Para Dylan lo único significante fue y sigue siendo el crear cosas y así lo suelta, sin más adornos. Poco le importó que la gira que retrata la película fuera un fracaso monetario. Según él, no fue un fiasco si se tienen en cuenta otros parámetros. Parece que ahí estriba su único propósito, crear algo, aunque resulte tan absurdo como el de no parar de dar conciertos horrendos. Cobrando la entrada más barata a más de cincuenta euros y llenando todos los días, por lo menos nadie podrá decir que se trate de otra ruina económica. No en vano, siempre ha sido conocido como el judío de Minnesota y ellos nunca hacen malos negocios.

En cuanto al resto del documental, contiene alguna que otra falsedad, pero quiero creer que casi todo es verdad. Muestra largos primeros planos de Dylan cantando con la cara pintada de blanco, el contorno de los ojos maquillado y un sombrero adornado con flores, creyéndose cada palabra que soltaba, incluso cuando pronunciaba mal el castellano. Nadie podrá decir que no ha hecho siempre lo que le ha dado la gana, al igual que mi gato Camilo, y por ello será siempre recordado, además de por escribir buena literatura, por mucho que les pese a sus detractores.

2 comentarios sobre “El viento idiota

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