El deporte y mi libro

El año que pronto termina ha sido lamentable en cuanto a lo deportivo. Comenzó con una lumbalgia que me mantuvo apartado de correr muchas semanas en las que solo caminaba y creía disfrutar del placer de no esforzarme por nada. Pero pronto noté que me había instalado en el número siete, calle holgazanería, confundiéndolo con el barrio de la alegría. 

No ha habido forma de torcer la deriva en espiral descendente hacia la vagancia que supone preferir ver cualquier video de David Broncano en Youtube antes que la propia película favorita. Porque levantarse a por el DVD de la estantería e introducirlo en un reproductor supone demasiado esfuerzo físico, además de tratarse de un acto tan demodé como silbar. 

Al final va ser cierto que el descanso continuado provoca la misma tolerancia y dependencia que las drogas o que el dinero. La sensación de deslizarse por un tobogán hacia al averno asusta un poco. 

Tal es el tiempo libre del que he dispuesto este año por no hacer deporte que en su segunda mitad he llegado a escribir un libro sobre nuestro último gran destino visitado el año pasado. Siento decir que este ejercicio tampoco ha sido muy satisfactorio en cuanto a viajes. No me refiero a la cantidad, de eso nunca me puedo quejar. Fuimos a Asia en enero, lo cual presagiaba que todo iría bien, pero en verano África me decepcionó un poco y en diciembre lo hizo aún más.

El libro ya está prácticamente terminado y no sé muy bien qué hacer con él, porque ni siquiera podría guardar el manuscrito en un cajón. Ya solo se almacenan las cosas en servidores. He enviado algún capítulo a editoriales, pero todas responden con una negativa, con cortesía. Lo comprendo, es lo normal, lo que uno espera al comprobar un boleto de lotería. Una, sin embargo,  quiero pensar que fue franca cuando alegó que aunque le parecía interesante, yo era un desconocido. La mujer de un amigo lo sintetizó muy bien: primero famoso, después escritor.

Se ve que para poder sacar libros al mercado con el éxito asegurado necesito convertirme en el Jesulín de Ubrique del siglo XXI y que al leerlos la gente piense:

-Pues parecía más tonto en la tele.

Otros se reirían de mí, pero para ello tendrían que pasar por caja y cuando eso sucede, ya no se sabe quién es más estúpido, el que compra y se ríe de uno, o el que se enriquece con dicha carcajada.

Una segunda opción más surrealista sería secuestrar al propio Broncano y relanzar el argumento de la película de Martin Scorsese llamada El Rey de la Comedia, en la que Robert Deniro, un cómico de tercera que no consigue que le presten atención, secuestra a la gran estrella televisiva del momento, encarnada por Jerry Lewis. 

Una campaña en change.org para que me publiquen en la editorial Planeta resulta demasiado frívola, así que la alternativa menos disparatada parece ser la de editar yo mismo el libro. Podría emular a Robe Iniesta y pedir “mil pelas” a la gente a cambio de una obra sin publicar, tal y como hizo Extremoduro hace más de treinta años para recaudar dinero y poder grabar su primer disco. No creo que me sobre tanto carisma como al extremeño y en realidad me puedo permitir pagar el coste que supone la edición, pero tampoco quisiera acumular un montón de ejemplares en papel que terminarían rellenando el garaje de mi madre, en el mejor de los casos.

Por lo tanto, ahora viene la pregunta que me deja en evidencia: ¿Alguien estaría dispuesto a pagar unos doce euros por un libro de aproximadamente ciento cincuenta páginas y que se titule: Un Monólogo en Asia Central? 

La trama mezcla un poco nuestro viaje por Asia Central con los personajes tanto históricos como actuales con los cuales nos íbamos encontrando. En Kirguistán caminamos diez días por los montes Alai, mientras que en Uzbekistán visitamos las ciudades principales de la ruta de la seda. Además, visitamos Nukus, una pequeña ciudad que gracias a Noe, nos permitió descubrir la vida fascinante de Igor Savitsky, un ucraniano que durante la era soviética utilizó dinero público de Moscú para comprar obras de arte prohibidas por el propio régimen y crear un gran museo en mitad del desierto uzbeko.

Adelantar la oferta a la demanda lo dejo para los profesionales de la persuasión como Steve Jobs, que logró que nos engancháramos a unos teléfonos que hay que cargar todos los días. Si vislumbro una mínima demanda,  creo que sería satisfecha. Si no, esperemos por lo menos retomar la práctica deportiva el año que viene.  

Entretanto, en el siguiente enlace queda una muestra de lo que se puede encontrar en el libro:

https://blogdeunhombresuperfluo.com/2019/02/02/samarcanda-la-leyenda-de-la-ciudad-con-nombre/

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