Cuando la cura está en casa

Uno podría haber pensado que durante los días de la claustrofobia y sofá me decantaría por evadirme con películas que transcurrieran en enormes espacios abiertos, novelas épicas, o música inspirada en la novena sinfonía de Beethoven. Pero me temo que la grandeza se quedó confinada también en su propia casa. Además, la alegría no siempre produce alegría, ni la tristeza desemboca en tristeza. No sería la primera vez que un discurso cargado de positivismo me hunde en la miseria y viceversa. Lo mismo suele ocurrir con el cine, la música o la literatura.

El otro día, a un periódico de tirada nacional se le ocurrió la idea de retransmitir una videoconferencia entre cinco políticos/expolíticos más o menos jóvenes y de polos opuestos para que hablaran de libros, música e incluso algo de cine. Me pudo el morbo de ver a personajes de ideologías dispares contrastar posturas culturales y comprobar si se limitarían a defender a Gramsci desde la izquierda o a Rand desde la derecha. Fue bastante más liviano que todo eso, sin ese peso histórico de las dos Españas y su duelo a garrotazos perenne. Por una parte, agradecí la cordialidad con la que se trataron. Incluso parecía que iban más allá y las buenas formas se transformaron en complicidad, lo cual casi aplaudo, pero no es menos cierto que ojalá tuvieran esa altura de miras cuando se discute lo de todos y es aquí cuando se sospecha por enésima vez que después de despellejarse vivos en el hemiciclo se van a tomar unas cañas, para compartir libros, películas y discos.  Me parece deportivo, pero el problema es que las masas a las que arengan desde cada bando quizá no hagan lo mismo y se tomen en serio sus actuaciones histriónicas. Una de las metáforas más bellas que he oído sobre El Procés catalán es que una vez sacada la pasta de dientes del bote, resulta muy difícil volverla a meter.  

Tampoco sé si al final resulta conveniente tener acceso a algo parecido a la vida personal de los políticos o a una pared de su vivienda. Por un lado, intentar empatizar con cualquier cosa siempre es saludable, pero también se les acaba cogiendo cariño a nuestros dirigentes y eso es peligroso porque puede que compensen con ello toda su ignominia. No es tan fácil tenerle rencor a Mariano Rajoy después de ver la colleja que le metió a su hijo cuando fueron ambos a comentar un partido de fútbol y el niño dejó en evidencia al presentador. Seguramente esa sea la razón por la cual precisamente esos detalles salen a la luz.

El caso es que durante la tertulia escuché alguna propuesta interesante que no anoté porque siempre se me ha dado mal tomar apuntes. Sin embargo, sí me valió de revulsivo para volver a escuchar a The Cure. Ya lo tenía en mente desde que ví a un youtuber hablar una hora sobre la trilogía oscura que quizá ignoré demasiado cuando me empezó a gustar mucho la música de Robert Smith. Así que he aprovechado las horas de trabajo en soledad para poner de fondo toda la discografía del grupo. 

En ocasiones se les ha tildado de hacer música siniestra deprimente, pero yo solo veo a un hombre brillante enamorado de su mujer, con la que lleva más de treinta años casado, mientras que a muchos a quienes  les encanta defender las bondades de la familia con una sonrisa, se han divorciado varias veces. No consigo ahogarme en sus penas, sino todo lo contrario, ya que canciones como  Disintegration o Push siempre me levantan el ánimo con esas melodías sencillas y repetitivas que se van entrelazando y que solo los genios saben componer. Me parece imposible venirse abajo cuando un solo hombre guarda tanto talento y lo comparte con los demás en forma de canciones. No me extraña que un día le diera por decir que The Cure era él. No solo porque él sea de facto la banda, sino porque también es la cura para cuando las cosas parecen desmoronarse.

Llevan más de cuarenta años en activo, y durante los primeros veinte siempre se encontraban al borde de la ruptura, con una tensión permanente, como esa gente que solo sabe vivir al día a pesar de disponer de recursos, gastando más de lo que gana, desafiando así a las matemáticas. Ya en este siglo consiguieron una cierta estabilidad y ahora Robert Smith se parece a una señora mayor oronda que sigue dando conciertos memorables, algo que caracteriza a muchas estrellas de la música británica. Por lo menos sigue manteniendo esa mirada entre inocente, lasciva y quejumbrosa con su maquillaje a punto de correrse. No se sabe por tanto si acaba de nacer, de llorar, o de besuquear a cualquiera. Su aspecto será lo de menos, todos envejecemos y nos deformamos, pero es que da la casualidad que las ancianas británicas que sirven té en su casa sobre manteles decorados con estampados son mi debilidad y Robert Smith va convergiendo hacia ello.

De cine solo hablaron de soslayo, porque lo que priman hoy en día son las series, de las cuales poco puedo comentar, ya que les tengo cierto miedo por ese poder de atrapamiento y por la abrumadora oferta infinita recibida toda al mismo tiempo. Prefiero una película, que le abandona a uno casi siempre a las dos horas y cuyo rastro se convierte en recuerdo, igual que la colonia barata. Aun así, durante el presente arresto domiciliario no he vuelto a ver Lawrence de Arabia, a pesar de ser mi película favorita, ni Hacia Rutas Salvajes, que recorre los paisajes majestuosos de la costa oeste estadounidense. En ocasiones la opresión de los espacios pequeños se combate con más jaulas, como en la que viven los protagonistas de The Last Picture Show, una película que representa las andanzas de unos adolescentes en un pequeño pueblo de Texas, de esos en los que los matojos ruedan cual pelusas gigantes. 

Los jóvenes se aburren, quieren escapar a toda costa de un lugar en el que aparentemente no pasa nada, pero las miserias van saliendo a flote conforme se desarrolla la película en forma de infidelidades, lucha de clases, desprecio al débil, homosexualidad reprimida, o historias de amor que encallaron y residen en aquel pasado que nunca nos abandona, mientras el alcohol suple la falta de pasión con la pareja. Jóvenes que se comportan de forma cruel con ellos mismos, con sus mayores y una bellísima Cybill Shepherd que si bien parece que utiliza a los hombres en pro de sus intereses, su frivolidad siempre provoca que acabe humillada ella misma y todas sus relaciones acaben mal. Lo mismo le sucede a uno de sus pretendientes y amigos que deja su romance con la mujer del entrenador del instituto cuando a la diosa caída en desgracia no le queda más remedio que acudir a su tercera opción. Cada personaje termina por ser imprescindible y todos quedan nítidamente retratados, sin que su director se deje llevar por la pereza y desdibuje a los que considere menos representativos. 

Llama la atención la naturalidad con la que los padres hablan con sus hijos en una época tan puritana en los Estados Unidos de América como fueron los años cincuenta del siglo XX, que es la que representa. Esos tiempos de anuncios con mujeres de sonrisa fácil que muestran su tarta de manzana recién hecha y que ponen los pelos de punta porque bien pudieran ser un clon salido de una vaina extraterrestre, tal y como quiso contar La Invasión de los Ladrones de Cuerpos, o porque la verdad nunca es tan dulce como el disfraz que la envuelve.

La película fue nominada a ocho Óscars a pesar de que cuando se filmó (1971) no estuvo exenta de polémica por su atrevimiento a la hora de abordar temas tabús en una América que durante esa década saldría precisamente de la ensoñación positivista que había mantenido durante los veinte años anteriores. 

Tendré que ver más propuestas de Peter Bogdanovich, ya que la única que conocía hasta llegar a esta obra maestra era Máscara, otra película que merece la pena, no tan buena, pero que guardo en el cajón de la nostalgia por verla tantas veces de niño.

Durante esta cuarentena que ya supera su propia etimología, tampoco he leído sobre grandes aventuras de la conquista del polo sur, sino que saqué del fondo de una estantería una novela que había comprado hace tiempo. De esas que con solo leer la primera página sabes que te van a gustar. También ayuda que la escribiera F. Scott Fitzgerald. Su Gran Gatsby lo compré por una libra en Londres hace más de veinte años y tardé en terminarla aunque no fuera muy larga. Empezaba y la dejaba, cual propósito de año nuevo olvidado a la par que recurrente. Así sucesivamente hasta que un día superé la oposición que en ocasiones transmiten ciertos libros y tras coronarlo, ya comprendí por qué era considerado un clásico. El autor no se limitó a recrear con maestría el ambiente de entreguerras neoyorkino de las clases adineradas, como solo alguien que lo vivió observando cada detalle puede, sino que sus personajes también esconden sus miserias tras conversaciones elegantes que van saliendo a la luz y de alguna forma consuelan. Porque la literatura solo sirve para inspirar, aliviar o ambas a la vez.

Hermosos y Malditos, la que saqué de una balda, es menos conocida que El Gran Gatsby o El Curiosos Caso de Benjamin Button, quizá porque no se ha llevado nunca al cine y puede que ya sea tarde para ello. Blake Edwards podría haber hecho una gran película, ya que en cierto modo se parece un poco a Días de Vino y Rosas. John Ford también hubiese conseguido transmitir la desesperación que logró en Las Uvas de la Ira. Eso sí, Henry Fonda pasaría de ser un pobre granjero a un rico heredero arruinado emocionalmente.

De los directores actuales, solo se me ocurre Terrence Malick para llevar a cabo un proyecto así. No es de mis favoritos, pero sabría tratar la luz, ya que el tiempo climático en la novela termina por resultar determinante.  Las descripciones  preciosista y poética de la nieve, la lluvia o el sol neoyorkino de las primeras décadas del siglo XX se acompasan con las sensaciones de la joven y hermosa pareja protagonista mientras miran por la ventana, mientras dedican su vida a vagabundear por las fiestas de la alta sociedad hasta que acaban alcoholizados y echados a perder con una vida hueca. Eso sí, todo transcurre con mucha elegancia, con mucho humo, mucho cinismo y mucho ingenio. En definitiva, mucho Óscar Wilde.

Siempre he soñado con no depender de un sueldo para vivir y dedicarme a escribir, pero tras leer esta novela, ir a la oficina ya no se me antoja tan malo. Lo veo también como un salvavidas emocional. Parece que los mediocres necesitamos peso sobre los hombros para generar el suficiente rozamiento que nos permita caminar sin deslizar sin control cual pista de patinaje. En el colegio me costó comprender el mecanismo por el cual una rueda necesita precisamente de esa fricción para rodar, pero desconocía que Leonardo Da Vinci, Guillaume Amontons o Coloumb también tuvieron en cuenta aspectos de la condición humana cuando formularon dichas leyes.

Fitzgerald describe como nadie el patetismo que supone tener que ofrecer por la calle manuales que cuentan los secretos de la venta, pero que resultan ser las cuatro obviedades que salen en los libros de autoayuda y que a lo único que apoyan es a la economía del autor de dichos panfletos. Anthony, el protagonista, lo suficientemente lúcido como para darse cuenta del fraude, bebe una copa cada vez que tiene que engatusar a un posible cliente. Entre llegar hasta el final con la necesidad de ganar dinero a costa del engaño, o la digna honestidad que no le sacará del apuro financiero, escoge la peor opción, que suele ser ni la una, ni la otra, sino las dos a la vez. Al final, el rico heredero desheredado termina borracho en un bar, vendiendo humo a grito pelado mientras todos le tachan de loco y casi teniendo que recurrir a que es el nieto del gran Adam Patch, magnate y filántropo.

La frívola, preciosa e implacable Gloria tampoco se siente convincente en su fuero interno cuando finalmente accede a una prueba para comenzar una carrera de actriz, oportunidad que anteriormente había rechazado cuando se la propuso el magnate cinematográfico que la pretendía. La falta de liquidez apremia, pero esta vez el director le ofrece un papel secundario de viuda porque considera que ya es demasiado mayor para ejercer de joven protagonista. Para alguien que había sostenido su autoestima según los hombres devorados y su hermosura, el rechazo supone un duro mazazo similar al de Crepúsculo de los Dioses. Es aquí cuando el joven matrimonio toca fondo por separado, sin ni siquiera compartir ese momento porque se encuentran demasiado ocupados discutiendo e ignorándose.

La sorpresa del libro llegó cuando los protagonistas deciden comprar un coche para recorrer la Boston Post Road hacia pueblos como Larchmont o Mamaroneck. Finalmente  llegaron a Rye en busca de una casa para pasar una temporada, lugar en el cual  viví gran parte de mi infancia y adolescencia. No encuentran ninguna a su gusto y por tanto se instalan en una vivienda gris en una localidad, que creo que es ficticia, llamada Marietta. Allí siguen organizando grandes saraos recubiertos de cigarrillos y alcohol que dejan como poso largas resacas estivales acompañadas por el canto de los grillos en un porche de madera.  De algún modo no me costó demasiado esfuerzo trasladarme a aquellos veranos pegajosos entre grandes árboles que yo también presencié muchos años después. 

Algunos amigos sostienen que debería haber vivido cien años antes y por un lado no lo niego. Suele ser un deseo corriente poco original. Hubiera nacido tras terminar la última guerra carlista y mi profesor de economía Rogelio también hubiese resaltado la vulgaridad que impera siempre a finales de siglo, tal y como comentó un día en clase. Como mucho me hubiera tocado ir de Erasmus a Filipinas o Cuba, quizá en el año fatídico para el reino, pero sería coetáneo de Pío Baroja, Ramón María del Valle Inclán, Miguel de Unamuno, o Antonio Machado, lo cual no quiere decir que los hubiese conocido, pero seguro que intentaría frecuentar los cafés donde mantenían sus tertulias para ver si se me pegaba algo. A García Lorca, Dalí y Buñuel los hubiese considerado unos vulgares millennials desde mi postura carca, a Arturo Barea y Manuel Chaves Nogales no.  Puede que ya cuarentón también sufriera una temporada en la sombra por culpa de un virus, igual que ahora. Eso sí, no sabría resolver el duro dilema de qué sería mejor: morir con sesenta años recién cumplidos durante la primavera de 1936, o vivir la tragedia de una guerra civil, una jubilación con posguerra acompañada de una dictadura lastrante que pocos se atreven ya a defender, en la cual ni siquiera cabía la posibilidad de organizar una quedada sin demasiado poso entre políticos antagónicos.  

6 comentarios sobre “Cuando la cura está en casa

  1. Qué buen artículo, compañero. Muy personal, pero a la vez muy cercano. Sinceramente admiro a esa gente que escribe y parece en realidad está hablando contigo en la barra de un bar. He de reconocer que me he perdido entre las referencias culturales, pero me ha cautivado este pedazo:

    “Parece que los mediocres necesitamos peso sobre los hombros para generar el suficiente rozamiento que nos permita caminar sin deslizar sin control cual pista de patinaje”.

    Un gusto leerte, compañero. Abrazos!

    Le gusta a 1 persona

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