Drácula y mi autobiografía

Recuerdo la última vez que me disfracé como quien puede fechar su último cigarrillo, o como el que tuvo problemas con el alcohol y cuenta los días que lleva sobrio uno tras otro. Fue en el otoño de 1987, cuando comenzaba a dejar de ser un niño, pero todavía no me había convertido en adolescente de verdad, en plena Edad Media de la piel, tal y como lo define Sergio del Molino. Cuando ya no dejas que tus padres te besuqueen ni buscas su mano al cruzar la calle, pero todavía no has probado ese otro tipo de besos. Además, el escritor madrileño matiza que no se trata de la Edad Media cristiana, en la cual la cultura seguía existiendo en los monasterios, sino que se refiere a la Edad Media griega, entre los siglos XII y VIII a.C., unos a cuatrocientos años en los que el saber se convirtió en un erial yermo. Así se comporta la piel durante esa etapa, porque nadie tocaba a nadie y la sensación fue que duró una eternidad, semejante a cuatro centurias.

Se trata de una época extraña que define lo que serás y con dejarme de disfrazar di un paso más hacia convertirme en el eterno espectador que nunca salta al escenario a cantar a no ser que sea después de haberse tomado algunas copas de más, que en mi caso basta con una en total, dos a los sumo. Ya me gustaría disfrutar de ese aplomo, de esa dignidad de poder tragar y tragar alcohol sin que se note hacia afuera quedando, eso sí, las penas ahogadas igualmente. Fue durante esos años cuando prefería que lloviera durante el recreo, porque así nos metían en el auditorio del colegio a ponernos dibujos animados en blanco y negro de Bugs Bunny, en vez de tener que jugar a la pelota en el mejor de los casos, no sé si lo deseaba por timidez o por gusto. Tenía amigos, pero tampoco el que más. Me encontraba en el olvidado punto medio, en lo que ahora llaman la mayoría silenciosa que parece razonable, que acecha mientras observa sin hacer nada a la minoría temeraria alborotadora echarse los trastos a la cabeza. 

Aquel octubre me disfracé del Conde Drácula, con el pelo engominado hacia atrás, una capa negra, camisa blanca, cara empalidecida, chorretones de pintura roja en la comisura de los labios, pantalones negros y playeras blancas para que nadie olvidara que al fin y al cabo éramos niños, que los disfraces lejos de una percepción realista se situaban en un plano quizá más impresionista. Nada era perfecto entonces y tan fácil de conseguir como ahora. Todo resultaba un poco cutre y se guardaban incluso las fotos temblorosas porque eran las únicas de las que se disponía. La vida se escribía a bolígrafo, sin capacidad de borrar o retocar nada, porque incluso la parte gris de la goma que supuestamente servía para la tinta, lo único para lo que valía era para hacer un agujero en el papel. Echando la vista atrás, se podría decir que a todo se le veían los hilos desde los cuales colgaban los platillos volantes, tal y como ocurría en las películas de Ed Wood, considerado por algunos el peor director de cine de la historia, aunque a veces lo peor no es lo más malo.

En ocasiones, miro precisamente la foto de aquel desfile del colegio y veo las entradas que ya tenía de niño y casi las agradezco porque siguen parecidas más de treinta años después, al igual que aquellos campesinos que nunca han tenido mucho, pero sobreviven a lo que sea durante generaciones con una gallina y una vaca moribunda.  Mientras tanto, ven pasar por delante de sí los cadáveres de gente mucho más acaudalada que se tropezó cuando llegó a la cumbre y ya no paró de caer. Me refiero a su pelo, claro. 

Mi disfraz de vampiro fue el canónico en la cultura occidental, el personaje al que dió vida Bela Lugosi en el cine, el que salía en Barrio Sésamo, a pesar de que ese mismo año se llevaban los chupasangres jóvenes y sensuales de la película The Lost Boys. Nada de referencias a Nosferatu, Vlad Tepes o de intentar reivindicar el papel de la mujer a lo largo de la historia transformándome en Erzsébet Báthory. Todas estas figuras eran desconocidas para mí entonces. Menos mal, porque creo que hubiera salido en las noticias de haber llevado a clase una ardilla empalada y mis padres seguramente hubiesen perdido la custodia de su único hijo varón.

Aquel día también fue la última vez que desfilé, porque me libré igualmente del servicio militar obligatorio. Justo cuando se me acabaron las prórrogas por estudiar en la universidad, el deber patrio se esfumó y con ello otra ocasión perdida para convertirme en un hombre, como si llegara una edad en la que los chicos cambian de sexo y uno se vuelve masculino.  Por lo menos sí he llegado a cambiar la rueda del coche en una ocasión. Eso sí, en el garaje, no en medio de una tempestad. Mi última oportunidad se perderá cuando cierren todos los bares definitivamente y yo no haya llegado a pelearme nunca en ninguno.

A la cabalgata otoñal acudimos todos disfrazados, incluso los profesores, director y superintendente, que era una especie de gurú que se asomaba de vez en cuando por las clases a saludar. Quizá luego metiera al director en cintura en su despacho, pero ante los niños su comportamiento desprendía solo amabilidad, lo cual perturbaba un poco, rayando lo siniestro. Nadie sabía lo que hacía, pero con un puesto de nombre tan rimbombante, solo se puede estar por encima del bien y del mal.  A veces, los cargos son importantes e imprescindibles por el mero hecho de que todo el mundo piensa que lo son.

Tras dar unas vueltas por el campo de fútbol, no sé muy bien para qué, volvimos a las aulas a retomar la lección. Yo dejé la dentadura postiza con colmillos donde ahora posaríamos el móvil, en una esquina del pupitre, a mano para poder seguir con el día lectivo que consistía en escribir una autobiografía con once años. Visto con perspectiva, la idea de nuestra profesora la considero hoy en día un poco pretenciosa, como cuando sacan la vida y milagros de algún personaje olvidable que está de moda y poco hay que contar, pero se fuerza todo hasta límites bochornosos para no perder la oportunidad de vender algo antes de que le engulla la ola del ostracismo. Me gusta ver esos libros muchos años después en algún rastro, fuera de todo contexto y junto a vajillas descuadradas o electrodomésticos que no funcionan. Siempre se justifica la existencia de lo que no vale para nada con la excusa de que se puede utilizar para piezas, pero ese día que se necesita una nunca llega, porque ni mañana, ni nunca necesitaré el motor de una batidora. El síndrome de Diógenes se muestra de muchas maneras y soñar con construir una máquina del tiempo con lámparas de araña a las que le faltan brazos y el tambor de una lavadora es solo otra forma cualquiera de desarrollar tal inofensivo desvío de la conducta. Acumular libros en casa puede ser otra manera, ya que la literatura en realidad tampoco sirve para nada práctico, pero sigue existiendo cual mercadillo de lo inútil e igualmente indestructible.

Me gustaría leer de nuevo esas memorias en las que seguro que salía mi abuela, o el día en el que me perdí en Hendaya, en otro país, habiendo olvidado el poco francés que sabía y viendo que ya solo me quedaba la posibilidad de unirme a una comunidad trapera para seguir adelante. Seguro que no había delirios de grandeza en mi propuesta, tal y como los tenía un amigo de Noe que en la más tierna infancia ya había puesto nombre a su futura empresa: Morilla Constructions. Siempre me encanta pensar en aquel chaval que terminó siendo concejal de algún ayuntamiento. ¡Cuánta ambición derrochaba y derrochó! 

Mis anhelos se limitaban a devorar todas las porquerías que pudiera o meter la mano hasta el fondo de la caja de cereales para recuperar el obsequio que contenía antes de tiempo. Tampoco me servía comerme la caja entera para tal propósito, porque sentí un poco de pena cuando el vecino se zampó de una tacada la que acababa de comprar mi madre aquel día. Me pareció algo así como profanar una tumba sagrada o como cuando Noe y yo nos comimos dos copas de helado con nata seguidas en aquella cafetería con decoración cursi que ya no existe y que se llamaba Amadeus. Son tales excesos no reconocidos los que más preocupan. Todo el mundo sabe que se puede beber o comer hasta reventar en navidades y bodas, pero desayunar después de desayunar o lavarse las manos demasiado son taras que me inquietan.

Sí recuerdo que cuando nos propusieron escribirla a principios de curso, fue todo un mazazo que me quitaba el sueño, el mismo que ahora me quitaría si tuviera un hijo al cual le debiera escribir su autobiografía, sin poder esconderme tras grandes dosis de ironía por si acaso la malinterpretaban el resto de padres que también hacen los deberes de sus hijos.  iQué responsabilidad! pensaba yo entonces, ¡qué compromiso! como diría Carlos Nuñez Cortés en “La Comisión”. El mismo que sentía todos los veranos cuando nos daban la lista de libros que supuestamente debíamos leer durante las vacaciones. Mis amigos en cambio, pasaban olímpicamente de todo. Vivian salvajemente y sin preocupaciones, sin que nunca pasara nada, porque supongo que nadie esperaba que leyéramos ninguno y por eso nos daban tantos. Quizá yo era de los pocos pringados que se lo tomaba al pie de la letra y sufría enormemente por ello. Lo mismo que con la maldita autobiografía, que al final consistió en cuatro hojas grapadas con fotos pegadas para hacer bulto. Eso sí, tres décadas después ha desembocado en contar mi vida por escrito en internet. No recuerdo qué nota me pusieron, pero tampoco creo que me valiera para mis méritos literarios. Mi infancia estuvo llena de preocupaciones absurdas. Solo espero no recordar tan bien la última vez que escribí, porque entonces sí que dejaría de disfrazarme de verdad.

4 comentarios sobre “Drácula y mi autobiografía

  1. Tengo la sensación, cuando leo tus textos, que no sé muy bien hacia donde nos estamos dirigiendo. Tras algunas tempestades y que el barco se balanceé de lado a lado, siempre llegamos a buen puerto. El confinamiento me ha hecho pensar que los recuerdos infantiles son muy interesantes para escribir. Tu relato es buena prueba de ello.

    Un gusto leerte!

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