Asociaciones peregrinas

Mientras Noe y yo dábamos nuestros primeros paseos de la mano, en las paredes de los edificios solía ver unos anuncios de reuniones de algo llamado Hercóbulus. No sabía lo que era, pero me gustaba el nombre tan esdrújulo y aquel cartel de colores con una bola que parecía fuego acercándose a la tierra. Sin conocer nada de lo que vendían, olía mucho a secta. Reconozco que me hubiese encantado ir a una de sus reuniones como oyente, sin tomar apuntes. Sin embargo, creo que hubiera asustado a mi futura esposa de haberle propuesto que una de nuestras primeras citas consistiera en escuchar a un chalado hablar sobre el final del mundo, justo cuando comenzaba el nuestro. Hoy en día, sabe que mi interés por ese tipo de asuntos se ciñe a cuestiones pintorescas, que mi descreimiento es robusto, que no hay peligro alguno de que me ponga una toga y salga a la calle a predicar el apocalipsis.

Sin duda alguna, aún me sigue intrigando el contenido de dichas reuniones tan alejadas de mí, tanto en el tiempo como en lo personal. ¿Planearían la construcción de búnkeres? ¿Organizarían el avituallamiento necesario posterior al impacto? ¿Se prepararían espiritualmente para morir? ¡Qué carisma tan atractivo debe de disfrutar alguien para liderar algo así!, captar a sus discípulos, mantener vivo un tesón inquebrantable, la chimenea de humo funcionando a pleno rendimiento, sin levantarse una mañana cualquiera y pensar: ¿Qué demonios estoy haciendo con mi vida?  

¿La habitación donde se reunían se encontraba ambientada con maquetas del planeta ficticio? ¿Un reloj marcaba la cuenta atrás hasta la fecha del 11 de agosto de 1999, el supuesto final? ¿Se congregaban alrededor de una mesa redonda, o ponían las sillas en hileras? ¿El que prestaba el local también estaba metido en el ajo, o solo le hacía un favor a un pobre amigo desgraciado del cual se compadecía? ¿Movían mucho dinero, o solo lo necesario para imprimir los carteles? ¿Qué cara pondría el dependiente de la imprenta cuando llegaba alguien y le soltaba que quería trescientas cincuenta copias a todo color de un pasquín sobre un cataclismo mundial? Eso sí, sacaba aquella maravilla del diseño gráfico de un sobre sin doblez alguna compuesta por un sol, la tierra y el mal en forma de círculo rojo. 

¿Qué pasaría cuando se reunieron el 11 de agosto y todo siguió igual? ¿Se fueron a sus casas desanimados, igual que los hinchas de un equipo de fútbol cuando pierde, o partieron felices porque seguían vivos? ¿Se sintieron como idiotas? ¿Se dieron cuenta del disparate? Después aplazaron la fecha hasta el 2012 para unirse a los mayas, como occidente que posterga y retrasa sus deudas económicas siempre más allá, como los partidos políticos que se presentan a unas elecciones en coalición, ya a la desesperada, pero ni con esas logran nada reseñable.  Me temo que son demasiadas preguntas para no dar ninguna respuesta.

Todos tenemos momentos de debilidad anímica en algún instante, necesitamos de un objetivo que en ocasiones se torna borroso, un horizonte a la vista, alguien que nos guíe, pero de ahí a dejarse llevar hacia lugares de la mente tan turbios, siempre me ha resultado una postura por lo menos curiosa. Yo no podría mantener la seriedad necesaria para dirigir una banda de chiflados. Eso sí, seguro que también existe el cabecilla circunstancial, al que le ponen ahí sin llegar a convencerse del todo de lo que está haciendo, pero una vez metido, ya parece demasiado tarde para echarse atrás porque resultaría violento salirse del camino tomado. Un día uno pasaba los sábados por la tarde paseando tranquilamente y no se sabe cómo, pero acaba de mando intermedio de una pandilla de majaras y toda su vida parece girar alrededor de un supuesto planeta rojo cuyo diámetro es cuatro veces superior al de Júpiter. 

Yo nunca me he visto ni inmerso, ni tentado de pertenecer a secta alguna, pero me entretengo pensando sobre la época en la que brotaron cual setas, desde finales de los años sesenta del siglo pasado hasta comienzos de los años ochenta. Desde la Familia de Charles Manson hasta el Rajneeshpuram del gurú Osho y la pérfida, pero muy atractiva Ma Anand Sheela. Roto el sueño estadounidense de los años cincuenta y una vez pasada la farra psicotrópica hippy de los sesenta, la población norteamericana sufrió una resaca enorme espiritualmente hablando, quedando los más débiles como carne de cañón para tarados magnéticos. Se ve en el cine, tal y como he comentado alguna vez. Las películas de los setenta son mucho más crudas que las payasadas ochenteras, o las todavía ingenuas de los sesenta. Surgió la música progresiva, el New Age y muchos ansiaban que llegara la nave que les llevara a cualquier parte, cuanto más lejos mejor, hacia la salvación. Si a todo ello se le añaden cambios, muchos cambios en poco tiempo que desconcertaron aún más las referencias establecidas, resulta normal que florezcan las sectas.

El Shock del Futuro. Así se llama el libro en el que se fija Jack Lemmon en la gran película de Billy Wilder: ¡Avanti! No tiene nada que ver con la trama, pero fue la razón por la cual lo empecé a leer después de que terminara de verla y lo viera en una estantería de la casa de mis padres.  Quise buscar alguna relación con la comedia porque el plano fue nítido y claro, pero jamás la encontré. Se hizo muy conocido también en los setenta y precisamente indaga en lo difícil que resulta adaptarse a tanto cambio. Nunca lo acabé de leer porque al igual que otros libros con algunas ideas certeras, termina por repetirse a lo largo de las más de quinientas páginas, quizá para no avanzar demasiado rápido y dejar que reposen los pensamientos, para que asiente el tufillo algo conspiranoico.  Yo no había nacido cuando se publicó y ya se hablaba de las alteraciones psicológicas producidas debido a la rapidez con la que iba todo. Ya vislumbraba la ansiedad que generaría el efecto doble check azul del Whatsapp cuando no le contestan a uno.  Todas esa patrañas, de niño, me sonarían igual que a los que aseguraban en el siglo XIX que el ser humano no podría resistir velocidades superiores a veinte kilómetros por hora sin enloquecer. Nos resulta gracioso, pero puede que algo sí hayamos perdido la cabeza, solo un poco.  Otro argumento atenuante para ponerse en la piel de los que se dejan deslizar hacia el lado marrón del pensamiento.

Quizá ahora, que andamos tan despistados y noqueados por este año que ya no recordamos cuándo empezó, se vuelvan a ofertar soluciones extravagantes que no valen de mucho para resolver nada. Solo espero que no terminemos por celebrar el día de la pandemia, o que no cambiemos los nombres de los meses y adoptemos terminología relacionada con la distancia social o desescaladas, tal y como hizo Robespierre durante la Revolución Francesa. Por un tiempo, en la flamante república, Septiembre se llamó Vendimiario, Marzo pasó a ser Germinal y así para todos lo meses, cada cual más cursi. Fue un intento de volver a la naturaleza, a la agricultura. Luego ya vino Napoleón para retornar a la vieja normalidad de reyes y súbditos, eso sí, sin aristocracia, pero con el mismo autoritarismo. No en vano, fue él quien dijo algo así como que se podía permitir el lujo de perder miles de soldados en el campo de batalla, pero que él no podía perder ni un segundo. Al parecer, ya sufría las consecuencias del shock del futuro.

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