En el pequeño punto azul pálido

Es de sobra conocido que en 1977 la NASA pidió al astrónomo Carl Sagan que preparara un mensaje para enviar en la sondas espaciales Voyager con la esperanza de que seres de otros planetas lo escucharan y pudieran hacerse una idea de cómo somos en este pequeño punto azul pálido, expresión con la que el propio científico divulgativo denominaba a la tierra.

Decidieron por tanto grabar una serie de sonidos y música que representara a la raza humana. Comenzaron con un saludo en sumerio: Que todos puedan estar bien, hasta llegar al de un niño estadounidense de cinco años que dijo en inglés: Hola de los niños del planeta tierra. Fue un trabajo árduo para el que Carl Sagan contó con la científica y escritora Ann Dyuran, que fue quien realmente decidió qué incluir en esa hora y media del famoso disco de oro: Bach, Chuck Berry, Mozart, Beethoven y música étnica, además de sonidos de animales, personas, trenes, aviones o fenómenos meteorológicos entre otros. Como colofón, el disco terminaba con los signos vitales de la propia Ann, la cual confesó más tarde que se trataba de los latidos del corazón de una mujer enamorada, porque así surgió la pasión entre ambos científicos que eran colegas y dejaron de serlo después de este proyecto que supuso tanto esfuerzo y que posiblemente no valga para nada y todo al mismo tiempo. Carl Sagan y Ann Dyuran se casaron en 1981 y vivieron una interminable historia de amor surgida de un modo un tanto aséptico y romántico a la vez, porque nadie más puede decir que el sonido que representa su amor viaje por el espacio con la esperanza de que dentro de cuarenta mil años, cuando alcance alguna estrella fuera de nuestro sistema solar, lo encuentre algún ser inteligente que se dé cuenta de que el disco lo deberá escuchar a dieciséis revoluciones por minuto y no a treinta y tres como el resto de los LP del planeta tierra.

Si me hubiesen encargado a mi tal encomienda, la de resumir las hazañas humanas en un disco, creo que hubiera escogido alguna ópera, que es la forma más sencilla, casi cuadriculada y maniquea de describir nuestra trayectoria, con sus pasiones un poco exageradas y esa implacabilidad que parece casi una parodia, porque nadie nunca lo suele ser. Aun así, con todas sus contradicciones, sigue representando como nada el fervor, la venganza, la ambición, las miserias y el honor que se supone que tenemos, pero lo triste es que la mayoría como mucho vemos Netflix y comemos patatas fritas.

No sabría con qué ópera quedarme para enviar en una cápsula del tiempo, así que bien podría escoger la última que he visto, que además tuvo un final feliz, algo fuera de lo común, porque todos suelen terminar muertos. Se llama I Puritani y retrata una historia de dos amantes pertenecientes a bandos antagonistas, cuyo argumento tanto juego ha dado a los dramaturgos y escritores de libretos operísticos. 

El título proviene de los puritanos que siguieron a Oliver Cromwell y derrotaron a la monarquía británica a mediados del siglo XVII. Inicialmente se llamaba Los Puritanos de Escocia porque fue donde al parecer se inició la insurrección promovida por Cromwell, que era inglés. Sin embargo, Carlo Popelini no cayó en la cuenta de que Plymouth, ciudad donde se desarrolla la trama, no estaba en Escocia, así que la ópera se conoce ahora simplemente como Los Puritanos. Cromwell derrotó al rey Carlos I y aquella revuelta en aras de liberar al pueblo británico del yugo monárquico llevó al poder a un fanático religioso que se convirtió en un dictador vil, aunque eso sí, republicano. Una vez terminados los fuegos artificiales revolucionarios, suele quedar la realidad desnuda cual marea que se aleja de la costa. Desgraciadamente, no fue ni la primera, ni la última vez.

La dirección de escena corrió a cargo del ovetense Emilio Sagi, que nunca defrauda y consigue con cierta sencillez dejarnos grandes imágenes, como la llegada del realista Arturo a su encuentro con la puritana Elvira. El ejército se representaba mediante una bandera blanca iluminada a contraluz a lo largo de una franja de un amarillo desvaído. La enseña se movía de un lado a otro del escenario, mientras el coro cantaba con júbilo un adviento siempre pomposo. 

El talento no se puede reprimir, ni esconder y sale casi sin querer. Si bien la escenografía de la obra de teatro que vimos la semana anterior daba un poco de vergüenza ajena, en esta ocasión me pareció muy acertado el contraste que supuso que un campamento militar se representara con sillas blancas que pudieran estar en un palacio de Luis XVI. Me parece incluso cómico imaginar al soldado cargar con un mueble tan aparatoso para un petate y posarlo sobre un sucio campo de batalla embarrado y lleno de sangre. Dejaría sin duda una estampa muy potente, al igual que lo hace Oliver Cromwell, que a pesar de no salir en la ópera, su espíritu se encuentra presente, el mismo que literalmente planea sobre Villar del Río en Bienvenido Mr. Marshall.  

Supongo que nunca mejor dicho: el puritano que logró la única república de la historia de Inglaterra, brillaba por su ausencia, marcando una doctrina férrea que terminó por cansar a los británicos. No logró sostener sus postulados, tan puros que, para conseguirlos, no le importó masacrar Irlanda y Escocia en sendas campañas en las que se mezclaban a partes iguales tanto el odio al catolicismo como la revancha por la revolución irlandesa de 1641. Tampoco le importó crear una tiranía estricta y austera después de enarbolar una lucha por la libertad, sería la suya, para hacer lo que le plazca. Desgraciadamente, el puritanismo no está exento de hipocresía y en los países en los que ha estado presente se da la doble moral de actitud ejemplar en público y depravación en privado. Supongo que se deberá a la fragilidad de buscar una pulcritud imposible y cuya suciedad emerge cual resorte con más poderío cuanto más se intenta contener sin aceptarla. Así ocurrió siglos más tarde durante la era Victoriana sin ir más lejos y por ello salieron a la luz todo tipo de novelas como El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde o Teleny. 

En los países de cultura católica, estamos más acostumbrados a convivir con el pecado y pensamos que Dios proveerá o incluso Insha’Allah, lo cual nos alivia en cierto modo. Quizá por ello no tengamos tanta prisa por sacarnos el demonio de dentro. Los protestantes sí la tienen, creyendo en ocasiones que la forma de hacerlo es descuartizando al vecindario. Puede que nos remuerda la conciencia, pero los del sur aprendemos a vivir con ella, convirtiéndola en resignación, frente al emprendedurismo de los países calvinistas por lograr por su cuenta la salvación y cuyo residuo son a mi entender, una mayor proporción de chiflados inadaptados con iniciativa. Oliver Cromwell, bien podría ser uno de ellos. Dejó este mundo en 1658 debido a la coincidencia de un cálculo renal con las fiebres de la malaria contraída en la campaña Irlandesa. La monarquía volvió a instaurarse y su cabeza decapitada se expuso clavada en un poste en la entrada de la abadía de Westminster hasta 1685. No solo en España las repúblicas disfrutan de una vida exigua.

Unos diez años antes de que muriera Cromwell, en la ficción, Elvira y Arturo logran salvar su historia de amor debido a que el flamante dirigente indultó a todos los prisioneros realistas que lucharon contra él. Un recurso de guión fácil y un tanto inverosímil si proviene de un personaje que no parecía muy piadoso en la vida real, pero perdonemos de nuevo al autor del libreto, ya que Vincenzo Bellini lo compensa con una partitura más que digna poco antes de morir. Lo que no sabremos nunca es si el amor de la pareja protagonista duró tanto como el de los científicos Sagan y Dyuran. Tarea difícil, porque esos latidos aún esperan ser escuchados de nuevo en lo más recóndito del cosmos.  

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