SOBRE LOS TSUNAMIS

Idoia es alta, delgada como una espiga de cereal. Su pelo turbulento, de color fuego, refleja la pasión que siente por el teatro. No en vano, organiza todos los años la feria de teatro infantil de Gijón, llamada FETEN. Hemos acudido en más de una ocasión con los amigos que tenemos en común, a pesar de nuestro pudor por no llevar a un niño de la mano para disimular, aunque sea uno prestado. Nuestros recelos siempre se ven superados, y las obras elegidas suelen desplegar tanta sensibilidad artística que no importa si uno va a la guardería o tiene más pasado que futuro.  

Este año, gracias a esos mismos amigos y a su amiga Idoia, quien lo organizó, he superado uno de mis prejuicios más arraigados: el de la danza. Una tarde de octubre, nos acercamos a Danza Xixón para ver MAR, o cómo sobrevivir a un tsunami. La propuesta comenzaba con una conversación algo tarantiniana, aparentemente sin rumbo, mientras los ruidos superpuestos se transformaban en música. Al fondo, se observaban movimientos circenses en unas cuerdas que colgaban del techo, acompañados de una iluminación ad hoc. De inmediato pensé: Esto ya me lo sé, y me vinieron a la mente recuerdos de mi juventud, cuando uno intentaba expresar algo sin saber exactamente qué, y, para justificar el posible fracaso, se colocaba todo en el saco del arte experimental, el cual, a día de hoy, cierra inmediatamente el ojal que da paso a mi efímera sensibilidad.

Lo bueno de no tener veinte años es que, en ocasiones, tan pronto como asoma en el labio inferior el herpes de la soberbia, se desvanece. Decidí darle una oportunidad, y todo cambió porque pude vislumbrar el contexto: ese pegamento que da sentido a las cosas, el hilo conductor que toda narración necesita para evitar que uno quede flotando en el espacio como un astronauta sin nave.

El ruido se transformó en el vaivén de las olas en un día apacible de la costa gaditana, y comprendí que la obra trataba sobre la pérdida. No importaba que los tsunamis no fueran comunes en Cádiz; era, simplemente, una metáfora de la muerte: esa fuerza que todo lo arrasa y que, sí, también limpia y vacía. A pesar de la temática, vi algo de esperanza en el apoyo mutuo entre Javi y Rebe, en su talento para las artes escénicas, y en el final, sencillo, casi obvio, pero cargado de fuerza, pues confirma que lo peor del tsunami es lo que viene después.

A principios de octubre, no imaginaba que mi reconciliación con la danza sería tan profética en más de un sentido. Sin querer, Idoia se vistió de Casandra. Ella no pretendía ser adivina, y yo tampoco quise ver lo que se avecinaba al final de este mes sombrío, también en lo personal.

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