SUEÑO DE UNA NOCHE DE INVIERNO

Mientras salíamos de casa, tarareaba una canción que aborrezco y aprecio a partes iguales. Con los dedos de las manos hacía gestos como si estuviera escribiendo un informe de trabajo, imbuido en un estado de ánimo que sólo desprenden los que se sienten sobrados. Mi intención era ironizar sobre los que nunca dudan de sí mismos, así que me quedé mudo al entrar en el ascensor, por si acaso se paraba en el tercero y entraba algún vecino que pudiera darse por aludido.

Ya en la calle, me golpeaba la invasiva nitidez con la que se ven las cosas al llevar gafas, en contraste con la sensación de vivir dentro de una mancha impresionista cuando no las llevo, que suele ser casi siempre.

Habíamos quedado media hora antes de la función en el Café Ópera, frente al Teatro Campoamor, con P., un viejo amigo de la Universidad que venía de visita con su novia D., a quien no conocíamos.  Nos abrazamos e hicimos las presentaciones de rigor en la entrada, atascando el paso como unos perfectos gañanes en medio de tanta solemnidad y naftalina que nos rodeaba, propio de cualquier estreno operístico.

El lugar evocaba el ambiente de las habitaciones en las que se rodó Eyes Wide Shut, donde la alta sociedad se abandona a sus perversiones más íntimas entre capas y máscaras. P., fiel a su espíritu provocador, pidió con su voz aterciopelada y cierta sorna una hamburguesa acompañada de patatas fritas. A la camarera le hizo gracia la inofensiva insolencia.

Nada más conocer a D., nos contó una anécdota bonita. Sacó de su bolso un billete de diez rupias y una bolsa de tela con un diseño peculiar: un corazón del que brotaba un paisaje boscoso con pájaros. Debajo, se encontraban impresos nuestros nombres. Me sorprendió, porque no esperaba algo así, pero debía haberlo intuido: con P., nada sucede como se espera; siempre regatea los hechos hacia otro lugar. D. parecía que no iba a ser una excepción.

Con alguna pista, adivinamos que el billete era pakistaní, pero ni por asomo supimos el contexto que rodeaba a la bolsa, así que D. nos lo explicó. Resulta que ella había presentado a dos amigos suyos, que casualmente se llamaban como nosotros, y el día de su boda repartieron entre los invitados obsequios serigrafiados. Le hacía ilusión que, por pura coincidencia, nosotros, con los mismos nombres y también casados, nos quedáramos con una.

Poco después empezó a sonar la misma canción que yo había tarareado momentos antes, la misma que también sobaba en el taxi que nos llevó desde la estación de tren de Samarcanda hasta el hotel. Se me ocurrió que, dado que P. se había acordado de Kirguistán, tal vez les gustara algo que escribí años atrás sobre ambos países de Asia Central, y podría devolverles otra coincidencia en forma de libro.

El estreno de Las bodas de Fígaro fue magnífico, a pesar de las pésimas entradas que compramos a última hora y que, por algo, habían quedado disponibles. Acompañando la obertura, las bufonadas de Lorenzo da Ponte parecieron trasladarse del libreto al anfiteatro. Apenas se apagaron las luces, entraron una señora mayor y su madre nonagenaria. Ambas quedaron varadas en la oscuridad, incapaces de encontrar sus butacas. Otra espectadora protestó, y se inició un rifirrafe digno de la comedia que estábamos a punto de presenciar en escena. La hija amenazó con llamar a la policía mientras la pobre anciana, desorientada en medio de la inmensa negrura, parecía tan perdida y desubicada como yo últimamente.

Emilio Sagi se superó con una escenografía que combinaba tan bien con la iluminación que sus estampas parecían cuadros de Vermeer. Los rayos de sol parecían filtrarse directamente desde una mañana de primavera a la estancia del Conde de Almaviva y cuando entraba en escena el personaje del Doctor Bartolo, tan digno e indigno a partes iguales, me recordaba al gran Charles Laughton que tanto me enamoró con su papel en El Déspota.

En el intermedio, P. volvió a provocar con cariño a dos señoras que conversaban apoyadas en el alféizar de una ventana del descansillo, asegurándoles lo bien que se veía la ópera desde allí. Con el tiempo justo, bajamos al patio de butacas para mostrarles a nuestros amigos la placa que indicaba dónde solía sentarse Severo Ochoa.

El contraste entre la seriedad, con bolsas alicaídas bajo los ojos, que reina en cualquier estreno del Teatro Campoamor y la vitalidad que irradiaban D. y P. era palpable. No sé cómo, pero lograron quedarse en el patio de butacas para presenciar los dos actos finales en condiciones. Siempre me ha maravillado cómo P. retuerce la realidad para conseguir lo que desea sin hacer daño a nadie.

Al terminar la función, como quien degusta un poco de membrillo entre quesos fuertes, fuimos a una cervecería a presenciar cómo D. y N. nos daban una tremenda paliza a P. y a mí en el futbolín. Probablemente sea lo más cerca que vea a N. de celebrar un gol en algo remotamente relacionado con el fútbol.

De vuelta a casa, incluso nos hicimos fotos junto a la estatua de La Regenta. Un señor con dos copas de más y un sombrero adornado con una cola de mapache se acercó para que le recordara quién había escrito el libro que homenajeaba la estatua. Al contestarle, me respondió de vuelta: «¡Es verdad, Leopoldo ‘alias’ Clarín, gracias!». 

Otro grupo también se nos acercó para preguntarnos si habíamos terminado, que ellos también querían. Mientras nos alejábamos, presenciamos el magreo indiscreto que estaba sufriendo la pobre estatua, sin dar crédito al interés tan extraño que suscitaba a esas horas.

Por ultimo, antes de despedirnos, nos paramos en una esquina del edificio del ayuntamiento que nunca había visto, ante la estatua de un león con aspecto inesperadamente inofensivo.

Ellos se fueron a bailar; nosotros a dormir. Todo ocurrió en el sueño de una noche de invierno, donde nos dejamos llevar un poco por el entusiasmo ajeno y lo parasitamos convenientemente.

 

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