La séptima dimension

Dee Snider fue el cantante de Twisted Sister, un grupo de música que se encontraba dentro de lo que, en los años ochenta del siglo pasado, se llamó hair metal. Se parecía al heavy metal, pero sus integrantes se preocupaban casi más por la laca del pelo y el maquillaje que por la música. No en vano también es conocido como glam metal, aunque sin llevar aparejado el cierto prestigio del glam rock británico de los setenta. No hace mucho, el susodicho vino a decir que el grunge curó el tumor que suponía su música, pero que él se quedó sin trabajo.

Me ha dado pena lo que le ocurrió a Dee Snider hace más de treinta años, y eso que, como el grunge me pilló de adolescente mohíno, me lo tragué todo sin rechistar. Pero tampoco había necesidad de que nadie sufriera un linchamiento tan infantil. Al parecer, el propio cantante recibió una carta certificada que rezaba: “Hemos decidido que ya no queremos hacer lo que haces, lucir como tú, sonar como tú, componer como tú, actuar como tú. En realidad, no queremos tener nada que ver con nada de lo que hayas hecho. Sinceramente, el público que compra música”.

Fue una crueldad excesiva para alguien que no hizo daño a nadie. Además, lo que en los noventa parecía rompedor frente a los ochenta, me temo que se inventó en los ochenta. Y pasados los años, ya me cuesta distinguir con nitidez una época de otra, igual que no percibo diferencias entre el siglo I y II antes de Cristo y me importa poco si la Tierra se creó hace cuatro mil o cinco mil millones de años.

Lo pensé cuando vi una entrevista a Leopoldo María Panero y me sorprendió que fuera de 1999, porque por la estética de la misma le hubiese quitado quince años. Sí es verdad que el poeta maldito se encontraba demasiado avejentado para haber acontecido unos lustros antes, pero tampoco tenía muchos más años que yo ahora. Me chocó todo de la entrevista: lo mal que trataron a Leopoldo, que mostraran unas latas de Coca-Cola Light que él mismo se servía, los rótulos tan primitivos, la cajetilla de tabaco encima de la mesa, la chaqueta con lamparones, la revista arrugada que sacó Leopoldo, que el protagonista se ausentara del plató en varias ocasiones para orinar… Fue un espectáculo propio de David Broncano, pero sin tanto vértigo, porque aunque todo se repita, el pasado resulta menos desquiciante, aunque sólo sea en lo visual y en la vocalización de las palabras. Aunque sólo sea porque ya no existe.

Una prueba de que lo que parecía una innovación de los noventa proviene de los ochenta es que lo mejor de Nirvana ya lo hizo Wipers quince años antes sin causar tanto revuelo. Kurt Cobain no ocultaba que Greg Sage fue una gran influencia suya, pero entonces no me había dado cuenta de hasta qué punto.

“D-7” fue una canción que me grabó un amigo en una época que ya parece tan inconcebible y lejana como si entonces le dijeran a uno que cuando anochece ya no hay más luz hasta el día siguiente, salvo la de una vela. Caminábamos por las penumbras musicales, sin apenas saber lo que escuchábamos ni por qué. Las letras se enredaban entre la alienación, la soledad y todas aquellas cosas con las que gusta jugar en la juventud, pero que se sufren con más ímpetu en la edad adulta y ya no hacen tanta gracia. Yo pensaba que la cara B la había escrito Kurt Cobain, pero resultó ser una canción escrita a finales de los setenta, cuando el propio Cobain entraba en la adolescencia y se sentía rechazado.

No hace tanto que salí del error, gracias a Spotify, que me sugirió la canción original, y descubrí a Wipers, la madriguera donde se encontraba el origen de toda la música que escuchaba de adolescente. Tuve sensaciones extrañas, ya que apenas había nacido cuando se publicó Is This Real?, pero sentí una nostalgia casi vicaria.

Cuando lo descubrí, me hubiese encantado compartirlo con el amigo que me grabó la versión, pero ya no puedo, porque de alguna forma lo perdí. Sé que vive en Viena. Tengo el teléfono de su hermana, pero si hablo con él, si él volviera al lugar donde nos hicimos amigos, donde murió su padre, donde los abandonó su madre, también se revolverían los recuerdos que tanto lo desestabilizaron.

Tenía los ojos negros y el pelo moreno, alborotado, como el garabato oscuro que vivía en su interior. Su cuerpo sin desarrollar y su cara de niño transmitían amabilidad en vez de tormento. Fumaba Ducados para calmar la ansiedad y despertaba el lado maternal de las chicas.

Me encantaría llevarle la chaqueta marrón de ante que me prestó un día y nunca le devolví, la que tenía la cremallera rota y no me podía abrochar. Me la ponía incluso en invierno, cuando llovía, porque antes nunca tenía frío ni me mojaba. No como ahora, que vivo congelado y empapado.

Mi abuela pensaba que era un ángel. Noe también lo piensa, y de alguna forma lo es, pero con mil demonios dentro que aparecían cuando, tras una noche de juerga, todos volvíamos a casa y él se empeñaba en seguir deambulando. Parece como si la noche fuera tamizando a las personas a medida que avanza, y llegada cierta hora, sólo quedaran por las calles los condenados. Al día siguiente contaba sus desventuras, sus peleas, cómo acababa en casa de alguna desconocida. A mí me parecía fascinante lo que hoy en día me apena, porque en su día lo veía como un joven libre de ataduras, como si una familia desestructurada fuera algo deseable y no algo terrible.

A finales de siglo se mudó a Londres, donde también erraba cual alma perdida, donde conoció a una austriaca tan poco estable como él. Tuvieron una hija que vi nacer cuando fui de visita y me quedé en su piso con suelo de madera, casi de la era victoriana, con ventanas que no cerraban bien y por las que entraba el aire frío de una primavera incipiente, con paredes a medio pintar. Recuerdo incluso el bote de café soluble en un estante, con el contenido petrificado, el cual había que cincelar cada mañana para desayunar malamente. Aun así, de nuevo me parecía todo una maravilla, porque él vivía por su cuenta y yo era tonto.

La relación de mi amigo con la madre de sus hijos fue tormentosa, tanto que, tras múltiples juicios y penurias, ella volvió a Viena con la hija de ambos. Él también se mudó a la capital de Austria y, de vez en cuando, se reconciliaban, para poco después volver a separarse, para cometer el error de tener otro hijo, estando claro que no habían nacido el uno para el otro.

Hablábamos de vez en cuando a pesar de la distancia. En una ocasión me comentó que iba a estudiar cómo crear páginas web. Aunque no se lo dije, no creía que fuera a llegar a ninguna parte, igual que siempre abandonó todas las carreras universitarias que comenzó. Cursos o ideas que nacían con entusiasmo, pero morían sin apenas gatear. No lo tomaba en serio y me arrepiento, porque ahora comprendo el valor de su ilusión jovial a pesar de la desgracia, a pesar de encontrarse siempre más en el suelo tirado que de pie. Sólo ahora sé que, si yo me cayera de verdad, lo más probable es que me dejara arrastrar por el desagüe.

En Viena, además de pasar uno de cada dos fines de semana con sus hijos, conoció a una mujer estupenda que le dio la estabilidad que necesitaba. Parecía que salía a flote, pero cada vez que venía a España volvían los demonios, la ira interna que, aunque yo sabía que existía, nunca vi de primera mano, porque conmigo siempre mostraba un trato y una mirada tan inocente que no me extraña que cayera bien a todo el mundo.

La última vez que lo vi fue en Madrid, la noche que se quemó el edificio Windsor. Pero sé que no fue el responsable, porque en esa ocasión no se escapó solo cuando los demás fuimos a dormir.

Perdimos el contacto, y lo que sé de él es a través de su hermana. Fue ella quien me contó que, aparentemente, encontró por fin el equilibrio, tanto que ahora trabaja en el aeropuerto de Viena en seguridad aérea. Una suerte de ironía, como tantas con las que inevitablemente nos tropezamos siempre.

Sus hijos ya tendrán casi la misma edad que la que teníamos cuando nos vimos por última vez, y seguro que a ellos también les cuesta distinguir los ochenta de los noventa, a Twisted Sister de Wipers. Por mucho que me apene, no me atrevería a romper su armonía con mi presencia.

Un comentario sobre “La séptima dimension

  1. Escuché a Dee Snider y su música en el único momento en que me era posible apreciarla: a los 15 años (We’re not gonna take it – no vamos a tragarnos esa). Cuando escuchamos piezas como «Under the blade» quizás pensemos que fue un tanto injusto que este tipo de bandas pasara al olvido con la llegada de Nirvana y Soundgarden. Pero cuando recordamos piezas como «Love is for suckers» lo pensamos mejor. Como sea, esta música tiene su lugar y su momento.

    Le gusta a 1 persona

Deja un comentario