Mientras salíamos de la estancia donde acabábamos de escuchar el claro de luna, nos tropezamos con Pepe. Yo sostenía en la mano una gran bola luminosa que debía transportar por Leiguarda, junto a otros diez voluntarios. Noe se extrañó de que yo participara. Yo también, dada mi tendencia espectadora. Quizá fuera que escuchar a Debussy me pusiera de buen humor o que las grandes bolas luminosas me recordaran a la película Starman que tantas veces vi de niño.
—¿Eres el padre de Cris, no? —Sí —respondió Pepe algo confundido.
Salimos a escuchar a Almudena tocar la viola. Tras aplaudir de nuevo, ya pudimos resolver el misterio.
Pepe no nos ponía cara, pero Noe apuntó que si bien padre de Cris sólo hay uno, amigos suyos hay muchos.
También jugábamos con ventaja: sabíamos que vivía en Leiguarda y no hay más que ver a ambos para entender que más que padre e hija, parecen mellizos: sus gestos, su forma de caminar, sus principios, su amabilidad.
Antes de escuchar a Josefina al piano, nos habían sorprendido unas piezas tocadas con un instrumento barroco que yo desconocía y se llama tiorba. Es parecido a un laúd, pero con un mástil muy largo propio de un sitar. Me llamó la atención que ciertas cuerdas no se apoyaran contra el diapasón. Lo tocaba Nacho, un joven que no desentonaría ni en TikTok, ni en un cuadro de Caravaggio, ni en el Lincoln Center, ni en el diminuto hórreo en el que su instrumento apenas cabía, tal y como él mismo resaltó. Vestía con alpargatas, un chaleco casi impropio de esta época y camiseta, lo cual reforzaba el viaje temporal.
Seguimos caminando bajo el orbayu asturiano que hacía de las suyas en una noche algo cerrada. Nos guiaban las luces a modo de antorchas, semejantes al viaje de redención de Fernando Alfaro:
Mira esa fila de antorchas que van una tras otra en viaje lunar…
Pepe nos contó que durante la pandemia de COVID, Guillermo y Josefina compraron la casa familiar de él y desde entonces organizan este festival de música clásica llamado ADAR. Cambiaron la ciudad de Nueva York por una pequeña aldea asturiana, él flautista y ella pianista.
Poco antes de llegar a la iglesia de Leiguarda nos sorprendió una imagen que parecía una telaraña gigante de unos diez metros de alto. Resultó ser una proyección preparada por Guillermo hacia un árbol, lo cual apoyaba la polivalencia del artista, ya mencionada por Pepe.
Posamos todas las bolas luminosas en el atrio de la capilla y entramos. En medio de la iglesia vaciada, unos testigos de hormigón utilizados en prospecciones mineras, se encontraban sobre un círculo de tierra. Simbolizaban la búsqueda de la veta madre, asemejándose también a un bosque talado. Los preparó el padre de una de las violinistas, pero a mí no me hubiera sorprendido que en realidad llevaran allí desde que se construyera la iglesia y que sus raíces arbóreas fueran respetadas, aunque resulte más propio de un rito pagano druida que de la fe cristiana.
Josefina había dejado el piano y sostenía a Eliot, el hijo de ambos de apenas un año de edad, que observaba todo sin que un futuro pueda recordar nada de lo visto. Sin embargo, quiero pensar que lo vivido le ayude a comprender de adulto lo que merece la pena: la paz que se sentía al escuchar la música de su padre o la sonrisa de su madre. No se acordará de mí, ni de su mirada perdida con el chupete en la boca, pensando: «¿quién será este?». Sería bonito que en un futuro, el bebé tomara el testigo de sus padres y siguiese organizando el mismo festival de música cada vez más clásica, gracias al paso del tiempo.
Tras terminar, pudimos conversar con Pepe, Josefina, y el resto de los músicos comiendo empanada vegetariana y bebiendo sidra bajo el hórreo familiar.
Si hace unos meses vivimos el sueño de una noche de invierno, volvimos al original sueño de una noche de verano, gracias a una nueva y acertada propuesta de Noe. De regreso a casa, vimos a lo lejos las bolas luminosas que descansaban sobre el muro donde las habíamos dejado. Se apagarían solas durante la madrugada.