Durante una mañana gris de noviembre, mientras Noe seguía en la habitación, empecé a desatornillar la reja del salón que habíamos instalado tantos años atrás para que nuestros gatos pudieran ver la calle sin peligro. La misma vecina de enfrente que nos hablaba por señas cuando veía a Camilo me gritó para preguntar por él. Sigue sin dárseme bien hablar con los dedos, pero entendió enseguida lo que había pasado y se llevó la mano al corazón. Eso sí lo comprendí. Luego alzó a su nieto para que me saludara. Hace cinco años escribí un relato sobre esa misma señora, a la que, en realidad, no conozco.
No me animé a continuar con la otra reja, pero su gesto fue lo mejor que me ocurrió en todo el día.
A la mañana siguiente oímos un estruendo, y Noe vio caer algún cascote a la calle. Abrí la ventana dispuesto a retirar la reja que me faltaba. La vecina estaba de nuevo asomada, mirando hacia nuestro edificio, y me hizo un gesto: había hecho fotos de lo que se había desprendido. Cuando terminé, pude ver que era el revestimiento de la mansarda lo que —por fortuna— no había herido a nadie. Se lo conté a Noe y me respondió:
—Parece que a los fantasmas de los gatinos no les ha gustado la idea…
Y eso que ha pasado ya más de un año desde que Camilo nos dejó.
¡Qué extrañas se ven ahora las ventanas!