Cuando vamos a Cantabria desde Oviedo, a la altura del municipio de Llanes, siempre me fijo en dos pintadas sobre un paso superior de la autovía que me llaman la atención. El texto reza: “Pepinos Ácido”. A una parte de mí le dan ganas de comprar un bote de pintura en spray, colgarme del paso superior una noche cualquiera y arreglar la disonancia cognitiva que me produce cada vez que pasamos por debajo. Supongo que son dos firmas, de un tal Pepinos y un tal Ácido, pero verlas juntas, como advertencia incompleta del pH de la verdura llanisca, me deja siempre algo descolocado.
Y es que leer los grafitis que decoran las carreteras se ha convertido en un pasatiempo durante la conducción, una suerte de análisis sociológico sobre el territorio y sus gentes. Hay algo profundamente humano —y no tanto— en esa necesidad de dejar marca, sobre todo si se trata de algo prohibido. Uno pinta Pepinos en Llanes y otro responde Ácido tres semanas después. O quizá fue al revés. Todo resulta inescrutable y parece carente de sentido, pero detrás hay más historias de las que cabría esperar: celos, rivalidades, compadreo, competitividad, creatividad, adrenalina, momentos de euforia, de salir corriendo encapuchado bajo el frío, de planificación y de decepción cuando el servicio de limpieza hace su trabajo.
El otro día, por ejemplo, vi cómo Orbayu había traspasado fronteras. Su famosa rúbrica con el dibujo de un zorro apareció en la parte más occidental de Cantabria. Me imaginé la provocación que supondría para los cántabros ver ese nombre tan inequívocamente asturiano —orbayu, esa lluvia fina y persistente que tanto se sufre en todo el norte con nombres diferentes— marcado en su territorio. Una invasión silenciosa. Sin violencia física. O quizá no lo fuera y se tratara de un encargo expreso, igual que Okuda, reconocido artista santanderino en boga, pintó una iglesia desacralizada cerca de Oviedo para convertirla en parque de patinaje.
Mugre es otra firma recurrente en las carreteras asturianas que suelo comentar con Noe. Tal fue mi insistencia que ella encontró una entrevista sobre el autor en YouTube con voz distorsionada y cara pixelada para no ser reconocido. Ya medio retirado del ambiente, Mugre mostraba su portafolio como un artista más, hablando de los buenos tiempos, del poco compromiso de los jóvenes de ahora, del esfuerzo, de los duros comienzos, de la mejora continua, de los infinitos personajes desconocidos, del futuro de la escena asturiana. La misma jerga que utilizaría un deportista de élite o un ejecutivo de Silicon Valley en un documental de Netflix.
Me llamó la atención descubrir que hasta el vandalismo tiene su nostalgia, sus códigos de honor, su romanticismo del sacrificio y la lucha. Mugre hablaba de pintar bajo cielos negros, de escapar de la policía, de los problemas con la justicia, de los compañeros que ya no están en activo, con la melancolía de quien rememora la mili.
Notaba orgullo en su voz alterada. Orgullo de haber dejado su nombre en sitios imposibles, de haber arriesgado algo —aunque fuera sólo una multa o una noche entre rejas— por el simple placer de existir en el paisaje de otros.
En un mundo donde cada vez más experiencias son virtuales y efímeras, estos nombres pintados en hormigón tienen algo de obstinado, de primitivo. Algo que tranquiliza por su mera permanencia. Están ahí, resistiendo la lluvia, el sol, el tiempo y las capas de pintura gris con las que los ayuntamientos intentan cubrir lo que muchos consideramos ruido y suciedad, hasta convertirse también en grafitis institucionales que Mugre y compañía vuelven a tapar.
Pepinos y Ácido han sobrevivido años en ese paso superior de Llanes. Han visto pasar miles de coches. Han sido fotografiados, comentados, maldecidos y admirados. Han aguantado más que muchas parejas y negocios. Han envejecido mejor que los descoloridos carteles de papel pegados bajo los puentes de las enésimas campañas políticas, con gente ya desaparecida. Se han quedado en la memoria de gente como yo, que no tiene nada mejor que hacer durante los viajes que inventarse biografías para vándalos anónimos.
A veces me pregunto qué será de ellos. Si Pepinos sigue pintando o colgó el spray y se compró un piso con hipoteca. Si trabaja ahora en una gestoría, si tiene una familia, si ve su antiguo nombre mientras va al cine y siente algo o simplemente se encoge de hombros. Si Ácido tiene hijos que un día verán su firma y no sabrán que ese garabato fue su padre, cuando todavía creía que pintar su nombre en un puente era una forma de inmortalidad.
O si ambos en realidad son la misma persona. Un alma escindida que necesitaba dos nombres para contener todo lo que quería expresar. Un tipo que firmaba Pepinos los lunes y Ácido los viernes, dependiendo de cómo le hubiera ido la semana, igual que Pessoa con sus heterónimos. En el fondo, quien más, quien menos, todos somos varias personas mal coordinadas intentando fingir coherencia.
Quizá por eso, aunque el ruido visual de las pintadas me moleste, también he aprendido a valorarlas, hasta que, dentro de muchos años, alguien en un despacho decida reformar el paso superior. Y entonces Mugre, Orbayu, Pepinos y Ácido se irán, demasiado viejos ya para volver a empezar, sin que nadie reconozca que fueron una pequeña anomalía en el paisaje. Un misterio menor que hacía los viajes menos aburridos.