Quién apaga la luz

Noe siempre suelta un ¡Viva! cuando voy a buscarla al trabajo, como si hubiera algún día que no la acompañara a casa, como si siempre fuera la primera vez. Y es que toda novedad hace más ilusión que lo rutinario, y sin embargo ella insiste, y sin embargo yo voy, y sin embargo el ¡Viva! suena cada tarde como si acabara de inventar algo.

El mismo ¡Viva! podría haberse oído al salir del teatro. Porque VIVA! —que así se llama la obra— utiliza la Guerra Civil española como telón de fondo, pero solo eso: un decorado, una excusa, el paisaje inevitable de cualquier historia familiar de este país si rascas lo suficiente. Lo que importa no es la guerra en sí, sino lo que la guerra saca de dentro de la gente, cómo puede catalizar lo peor de uno mismo, cómo se instala en la manera de querer y de golpear, que a veces en una misma familia son la misma cosa. Y cuando la historia amenaza con volverse demasiado oscura, demasiado personal, la obra pincha la burbuja con humor, mira para otro lado, salta a otra época, como quien abre una ventana porque el aire en la habitación ya no alcanza.

Los actores son dos más uno: un chico, una chica y los objetos a los que dan vida. Ahí radica la exigencia del truco de ilusionismo. Lápices que representan a las personas del pueblo, a los ejércitos, a los bandos enfrentados; un sacapuntas de pared que vale para fusilar y para roer la cabeza; un sello y un tampón que encarnan los golpes que él —republicano, perdedor, hombre— le da a ella, su esposa, porque los hombres rotos también rompen, y los vencidos también intentan vencer dentro de su propia casa. La cinta adhesiva pegada en la cara la envejece a base de golpes y días, como si el tiempo y la violencia fueran lo mismo, lentos e invisibles, se acumulan sin que nadie lo vea venir. Los sellos se amontonan sobre la mesa y también se vuelcan al suelo para esconderlos debajo de la alfombra. Todas las notas adhesivas que ella se pegó por el cuerpo en forma de anhelos de libertad los tritura él sobre el escenario, creando un macabro confeti de colores a partir de una persona.

Me costará olvidar los cajones llenos de lápices —víctimas de la guerra y la posterior dictadura— vaciados de golpe al suelo una vez llegó la democracia, mientras el actor bailaba sin querer sobre ellos al ritmo de Manolo Escobar, festejando el progreso, las olimpiadas de Barcelona, el AVE y la modernidad reluciente. Los lápices crujían o no crujían, pero estaban ahí, bajo los pies, y nadie miraba dónde pisaba. Nadie miraba. Es una imagen que se queda: la celebración encima de los muertos, no por maldad sino por alivio, por ganas de olvidar, que es otra forma de maldad más difícil de juzgar.

Lo más complejo al contar una historia es que los personajes tengan vida propia, que respiren aunque sean de goma o de grafito. Que uno se olvide de que son objetos y empiece a tenerles miedo, sentir ternura, o las dos cosas a la vez, que es lo que suele pasar con las personas de verdad. Una goma de borrar puede cargar con la culpa de toda una familia. Una pizarra Velleda convertida en tabla de lavar puede contener escrita la lista de todo aquello que te hace inaceptable: el bando equivocado, el apellido equivocado, el silencio equivocado, o la memoria equivocada. Y mientras tanto, tú te encierras en tu taller, le das vueltas a la manivela del sacapuntas como quien orbita sobre una idea fija y algo en tu cabeza empieza a carcomerla desde dentro hasta que un día ya no eres tú, sino Jack Torrance, y aterrorizas a tu esposa con la misma dedicación con que antes la amabas durante el baile del pueblo, que también eso es una forma de constancia. Justo en ese punto, cuando la brecha se abre cada vez más y uno se siente caer, la obra da un salto, vuelve al presente, y lo que aparece es una escena afectuosa de una pareja en la cama, discutiendo con pereza sobre quién apaga la luz, suponiendo el mismo descanso que el piano final de The End de Abbey Road. ¡Quién tiene el valor de quedarse en la oscuridad después de una obra tan luminosamente lúgubre!

Todo parece casual y torpe sobre el escenario, la despedida igual que el inicio, pero esta carga con todo lo anterior sin saberlo, o sabiéndolo y callando, que viene a ser lo mismo. Al final alguien la apaga. Y uno se pregunta, saliendo a la calle, si lo que acaba de ver era una historia sobre la guerra, sobre un matrimonio tóxico, o sobre el miedo a quedarse a oscuras. Y la respuesta, claramente, es que sí.

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