¡Qué mal día para morir!

A modo de ironía siniestra, justo cuando nos disponíamos a ver la película: Un día más con vida, me llamó mi primo Miguel para contarme la mala noticia, ya esperada desde días atrás, como quien aguarda el veredicto de un juicio perdido de antemano, o el suspenso del examen para el que no se estudió. En esta ocasión, la falta de preparación se puede perdonar, porque resulta imposible organizar el desenlace final de una vida, por mucho tiempo que se haya tenido para ello. En realidad, no han sido días de acecho, sino años, pero al nunca ocurrir nada, parece fácil acostumbrarse a convivir con los cambios de época que nunca llegan, al igual que la dulce muerte de Asturias o Europa entera, que llevan décadas de una lenta decadencia, pero con mucho bienestar.

Ya lo dijiste una vez cuando un familiar se murió en nochebuena: “¡Qué mal día para morir!” Yo repito lo mismo para el pasado veintinueve de marzo y para el resto de días del año, porque es difícil presenciar el fin de una generación, le quita a uno las capas de aislamiento que lo protegen del sol abrasador.

Lo pasaré mal en tu entierro definitivo, pero ya viviste dos anteriores. El primero lo confesaste cuando cumpliste ochenta años y de pronto te diste cuenta de lo que suponía la cifra, ya que hasta entonces la vida te había parecido una fiesta continua sin fin. Siempre me exigías que tenía la obligación de estar bien, que tú solo resistías, pero yo pensaba justo lo contrario: tú eras la que te encontrabas bien y yo simplemente resistía.

El segundo entierro vino ocho años después cuando te quedaste postrada en una silla de ruedas y ya no podías hacer uso de tus piernas palillo incansables. Tus hermanas aseguraban que deberías donarlas a la ciencia para que las estudiaran. Puede que este fuera el impasse más traumático, el que te separó de tu querido Bilbao, del que la única salida digna posible fue el olvido y la pérdida de conciencia, pero aun así, con las conversaciones cómicas, casi surrealistas que mantuvimos durante un tiempo, quise pensar que todo seguía igual.

Ahora, ocho años después, se repite la macabra maldición del ocho. La película que nunca quisiera haber visto se podría titular: Los Odiosos Ocho, o Los Tres Entierros de Elena Negrete, pero nunca te gustaron las cintas del Oeste en particular, ni el cine en general. Adorabas tanto la vida que no necesitabas ignorarla con ficción. Yo sí lo hago. Ya me lo recordó Noe el miércoles pasado con una frase de Fernando Pessoa:

“La literatura es la manera más agradable de ignorar la vida.”

Han sido años de transición, años en los que me ha sido confuso llamarte abuela, mientras mis sobrinas hacían lo propio con mi madre, en una duplicidad que no deja de ser extraña por obvia que parezca. Ahora les toca a ellas apuntar sus recuerdos. Yo ya no les haré competencia. Me retiro y me quedo fuera, al igual que Ethan Edwards en aquel final icónico de Centauros del Desierto con una puerta que se cierra detrás de él.

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