Todo es mentira, salvo alguna cosa

Siempre me ha gustado cuando alguien da una rueda de prensa y se ve una comitiva de gente detrás. Termino por fijarme más en el segundo plano y me imagino que los susodichos acompañantes se están aguantando de ir al servicio, pensando con semblante serio en lo que harán después o lamentándose de haber dejado plantada a su pareja. Suele ser también un recurso cinematográfico del que nunca me canso. Me hace gracia que se rompa lo solemne con una broma subyacente algo ridícula.  Esa gente que apoya con su mera presencia sin decir nada, que engorda la salsa del discurso, se parece a los likes que tanto nos arropan cuando soltamos algo por internet y queda escrito para siempre o para nunca, según se mire. Son los escudos antipersona que se amontonan delante contra la soledad, pero que en realidad nada pueden hacer, porque la humedad consigue filtrarse entre tanto cuerpo apilado. Se han convertido en necesarios, pero distan de llegar a ser suficientes. Somos vampiros adictos a su sabor agridulce por mucho que se piense que no son esenciales, por mucho que repitamos que el dinero no es importante, son solo frases cataplasma que ponemos sobre una enfermedad cutánea incurable.

Yo peco como el que más y ya soy incapaz de no dejarme influir, por ejemplo, por la puntuación de las películas en Filmaffinity. El siete se ha convertido en el número mágico que asocio al notable del colegio que definía la raya entre la gloria y el fracaso, entre los mediocres y los vencedores. Que la película supere la cifra áurea supone una carta de presentación tan sugestiva como cuando se ensamblan apellidos llenos de guiones, sufijos y rimbombancia: José Fernández Pérez se convierte así en José Fernández-de la Pompa Pérez-Plañidero.  Luego, cada película gustará más o menos, igual que las personas, pero con un poco de maquillaje siempre se está más predispuesto a tragarlo todo mejor. Por ello, cuando el director Rodrigo Cortés, de habla pulcra y conocimiento enciclopédico de cine, defiende una película y su puntuación no da la talla, no puedo evitar pensar si lo hace adrede. 

La influencia que tiene listar hasta la saciedad es un pequeño mal de nuestra época. Al igual que pocos comentan con franqueza el patrimonio que guardan en el banco, ni siquiera la mayoría de los invitados de David Broncano realmente confiesan nada. Mucha gente esconde sus amistades en las redes sociales para evitar precisamente ser juzgados por cuántas han acumulado. No me extraña. Los números cuantifican demasiado bien, valga la redundancia y se puede hacer una clasificación a modo de liga de fútbol de quién va primero y último. De un vistazo, todo el mundo sabe que cien me gustas parecen mejor que cincuenta o cero, que cien amigos se ven mejor que cincuenta o cero,  que cien mil euros de respaldo es mejor que cincuenta mil o cero. Con otros atributos también se intenta incurrir en lo mismo, pero no resulta tan sencillo ordenar una lista de gente del más simpático al más huraño. Todo queda diluido entre palabras y gestos poco medibles y nada objetivos.  Con comportarse de forma amable el día antes de morir, quizá quede cierto regusto de persona entrañable para siempre y por contra, toda la amabilidad del mundo desprendida durante una vida entera puede que pase desapercibida, porque la persona no supo hacerse valer.

Y no es por llevar la contraria, pero reconozco que tengo cierta predilección por las publicaciones en redes sociales sin ningún me gusta. La solitud siempre abunda en la literatura, igual que las miserias, ya sea por falta de pan o por falta de interior, lo que crea una oquedad resonante. Me parecen parajes que nadie ha pisado jamás, el pico sin nombre al que nadie ha subido y poco le importa a la propia montaña si alguien lo hace o no, la sala de excéntricas de una cueva a la que nadie ha llegado nunca. A veces tengo la tentación de presionar el icono con el pulgar hacia arriba, pero luego lo pienso mejor y lo dejo tal cual. Es una pena que no podamos desprendernos tan fácilmente de la necesidad de ver los halagos apelotonados. Ya me gustaría echarle valor y deambular sin nadie yo también, al igual que el enlace solitario vaga por las redes sin ser visto. 

Hoy en día no se me ocurriría escaparme de casa sin antes haber enviado cientos de whatsapps para asegurarme de que va a haber alguien al otro lado, pero hubo un tiempo, cuando mis mejores amigos se fueron mudando del lugar donde vivía hace veinte años, en que sí lo hacía y casi siempre me encontraba con Marián.

Aquella chica era uno de los mitos de mi instituto con la que nunca coincidí en clase porque era dos años mayor y cuando yo llegué, ella ya se había marchado. Solía patrullar los ambientes juveniles con una amiga que también se llamaba Marián, y en un alarde de originalidad, todo el mundo las conocía como las Marianes. Una de ellas era más guapa que la otra, pero al igual que en toda leyenda, se engrandece la misma a base de imputar las virtudes de una a ambas para que todo cuadre mejor y nadie arruine un cuento bonito. Los académicos lo llamarían sinergia. 

Yo las conocí en la Universidad porque una vez se nos ocurrió a un primo mío y a mí hacer una fiesta en casa y acudieron ellas. La juerga se nos escurrió de las manos, cual coche vacío que uno ve caer por el barranco tras no poner el freno de mano y sin poder hacer nada más que observar el desastre. El exceso lo pagamos con creces, ya que seguíamos encontrando souvenirs en forma de colillas y estampados de marcas de vaso semanas después de los hechos en los lugares más insospechados. No vino la policía a disolver la farra, pero sí hubo un conato de música en directo, un montón de gente desconocida, mucha tontería y coches que salieron dando eses derrapando.  Al ser yo el co anfitrión, Marián, la más bella de las dos, me pidió chocolate y yo en broma le traje una tableta de Nestlé. 

Le debió de hacer gracia, ya que a raíz de aquel pretexto nos veíamos por los mismos bares, sin nunca llegar a nada, en un eterno tira y afloja extraño en el que a veces participaba su novio Julio, conocido por estrellar su automóvil contra una gasolinera y cubrir así el cupo de rebeldía sin causa, la que yo nunca pudiera haber mantenido durante mucho tiempo sin que se notara la trampa. Nunca me caían mal las parejas de las mujeres que me gustaban y quizá por ello no triunfé con ninguna que tuviera novio. Mientras otros depredaban carne, yo ejercía de rumiante vegano pasmado, pero sin llegar tampoco a arrastrarme, porque en su interior las vacas son indómitas.  El caso es que lo pasábamos bien hablando de música entre insinuaciones varias. Marian era la única chica que conocía a la que le gustaba un grupo que se llamaba Pavement y a esa edad, tal coincidencia junto a su físico atractivo, creía que podría ser suficiente, como quien escoge un libro no ya sólo por la estética de la portada, sino por su título también. Seguro que no hubiera bastado, porque la canción Filmore Jive solo se puede escuchar un determinado número de veces seguidas sin que se llegue a repudiar y que ambos nos fijáramos en aquello de slanted & enchanted no significaba nada en absoluto,  ya que al cabo de cuatro días se tornaría en sesgado y desencantado. Desvelado el misterio, suele quedar cierta resaca en forma de caja de cartón vacía si solo se comparten un par de referencias.  

Eso sí, no le gasté la broma de que comencé a estudiar Ingeniería de Caminos en honor a la banda estadounidense, porque los chistes malos solo hacen gracia una vez. Empecé la carrera casi por descarte, porque se suponía que era la más prometedora de las que había, igual que ellas eran las chicas que nos gustaban porque eran las que había. Precisamente Rodrigo Cortés comentó algo similar sobre Rosanna Arquette cuando se quedó prendado de pequeño al ver El Gran Azul. Todos estaban enamorados de la mayor de las hermanas actrices porque era la que había. Siento parecer tan cínico, pero es así y tampoco me parece mal aceptarlo. No puede ser casualidad que siempre bebiera los vientos por alguien de mi clase, instituto o universidad. Siempre había alguna restricción previa y ese quizá sea el problema de Tinder o Netflix, que hay tanto de donde elegir que al final nos vamos a la cama sin ver nada.

Lo que sí parecía más casual era encontrarse por allí entre el humo, la cerveza y la música de Stephen Malkmus, en el Aníbal, Drink o Niágara de Santander, porque nunca tuve su número de teléfono ni supe su apellido. Supongo que la explicación estriba en que era la época de las pipas y el kalimotxo y poco más pensábamos que podíamos hacer los sábados por la noche, con lo cual todos desaguábamos en los mismos lugares a cierta hora. Años después, he recorrido esas calles de día, pero ya no era ayer, sino mañana, cuando la placentera nostalgia se mezcla con cierto rechazo y pereza, cuando se ve la ropa tendida de unas calles poco agraciadas y las pintadas de las paredes no expresan más que suciedad. 

Pensándolo mejor, nuestros encuentros fortuitos no lo eran tanto. No fueron tan raros porque al fin de cuentas, Santander no es Tokio. En cambio, sí me extrañó cuando Julio un día dijo a mi primo que tras el accidente pasó meses en el hospital y que le ayudaron mucho unas canciones mías que tenía en una cinta. Supongo que le estaría tomando el pelo porque aunque sí era verdad que grabamos alguna que otra canción propia, tan desafinada como pretenciosa, tampoco es que las distribuyéramos por allí en los tiempos anteriores a Tik Tok.  Mucho menos pensaría que sirvieran para consolar a nadie y ni por asomo al novio de la chica que me gustaba. Los malos entendidos con algún resquicio para la verdad son los peores, porque seguro que muchas veces los políticos no habrán metido la mano en el erario público para comprar joyas a su mujer, pero al sonar verosímil, siempre queda la duda cuando se le acusa a uno de ello. 

Igual que lo que me dijo una ex novia que estudiaba enfermería cuando me comentó que Marián visitaba a Julio en hospital y vivían tardes apasionadas en la cama donde se recuperaba. Quizá, el que estampó un coche contra una gasolinera, bien pudiera seguir desafiando a su manera lo establecido. Yo siempre me imaginaba esa escena como una gran explosión cinematográfica de la que salía arrastrándose. Una épica impropia de una ciudad de provincias que engrandecía el imaginario colectivo. Otra explicación bien pudiera ser que alguien quisiera hundirme en la miseria al relatarme escenas tórridas de mi rival con la que yo deseaba. 

No me llegué a creer nada del todo. Formaba parte de una leyenda de hadas y duendes, al igual que el rumor absurdo que se corrió y llegó a nuestros oídos.  Al parecer, se comentaba que mi primo y yo organizábamos orgías con frecuencia. El chismorreo de nuevo parecía haberse ido de las manos y nos reíamos imaginando a la gente pensando en mi persona a lo Jesús Gil y Gil, hablando por teléfono en un jacuzzi con las Mama Chicho, mientras Imperioso rampaba por el jardín y unos enanos servían canapés con el torso desnudo, pero luciendo pajarita. Yo, que ligaba tirando a nada. Pero bueno, sí es cierto que durante la mañana siguiente al incendio del edificio Windsor de Madrid, un amigo de la época y yo juraríamos que vimos a Marián adentrarse en una parada de metro de la capital. Se rumoreaba que era actriz en Nueva York, que es lo mismo que decir que yo soy escritor en la olvidada Vetusta, pero vete tú a saber. Los mitos mejor dejarlos en urnas de cristal dentro de un armario y sacarlos solo para enseñarlos a las visitas.

4 comentarios sobre “Todo es mentira, salvo alguna cosa

  1. Qué buen rato, compañero!

    A mí también me gusta estrenar ciertos lugares y me alegra hacerlo en el apartado de tus comentarios. Imagino que en la deriva del ser humano de entenderlo todo, ciertos aspectos como la felicidad, la alegría o la popularidad se han hecho datos y es ahí donde siempre estamos comparando, rellenando con likes y visitas, así como pervirtiendo el significado original de dichos conceptos. Siempre desconfío de los que acumulan mucha popularidad, sea en cine, en música o en literatura y parece que el sistema incentiva ese desigualdad entre ricos y pobres.

    Respecto a las leyendas, a mí siempre me gusta pensar que la verdad supera a la ficción o que ésta es la única que la gente no creería. Y ese es un buen motivo para seguir escribiendo.

    Un gusto, compañero. Adelante!

    PD: Grandísima intervención de Jesús Gil e Imperioso!

    Le gusta a 1 persona

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