El estrangulador imaginario de la ventana y otros personajes

Pasar de la letra escrita a la conversación hablada ya me resulta difícil. No digamos devolver el recuerdo a su estado original en forma de foto. Al recorrer dicho camino inverso, dejaría constancia de todo lo que he obviado y exagerado al redactar. Si se fuera más allá y con dichas imágenes se creara una secuencia añadiendo sonido, ya no podría salir vivo del asalto. En una frase se puede esconder el gesto torcido, en un retrato se pueden disimular los andares con las rodillas esviadas y hombros caídos, pero el video amateur devuelve la realidad tal y como es. Porque de tanto ver a profesionales moverse y hablar dentro de la pantalla sin confundirse, sin que se les vaya el pensamiento ladera abajo por una cuenca sin salida, al compararlos conmigo, siempre saldré perdiendo.  Si me veo en una grabación, recuerdo el momento de ser filmado, sin poder evitar pensar que en un futuro me vería pensando que me vería pensado que me vería, entrando así en un bucle sin fin. Por todo ello, comparto algo que dijo Bill Pullman cuando en Carretera Perdida su personaje comentaba que no poseía una videocámara porque le gustaba recordar las cosas a su manera, no como ocurrieron en realidad.   

Si más de veinte años después no he conseguido olvidar su frase, por algo será. ¿Qué diría Bill Pullman hoy en día cuando no hay milímetro de nuestra existencia que no quede registrado en algún lugar? Yo siempre agradeceré no haber pasado una juventud llena de selfies y videos sin sentido que ni siquiera hubieran tenido gracia al día siguiente de grabarlos. Mucho mejor retrotraerse al pasado desde un punto de vista seudo ficticio, para después mitificarlo impunemente porque no quedan muchos rastros físicos que contradigan la mentira. Se trata del crimen perfecto. Apenas guardo fotos de mi época de estudiante, como mucho las que los amigos terminan poniendo en las redes sociales, con las que casi siempre logran avergonzarme.

En cambio, al escribir no noto miles de ojos escudriñando lo que hago. Por ejemplo, puedo rememorar como me plazca al señor que me saludaba todos los días desde su ventana cuando iba a clase en Leeds durante un intercambio llamado Erasmus. Aquel que se parecía al asesino en serie norteamericano Edmund Kemper, el que torturaba con una voz dulce, el que podría acariciarte la mejilla antes de matarte y luego jugar al fútbol con tu cabeza.

Por una vez en la vida había conseguido una habitación en un bloque de pisos de estudiantes que se encontraba cerca de la Universidad y todas las mañanas me despedía del último sueño de la noche anterior con un paseo de cinco minutos hasta mi clase. Justo por la mitad del breve trayecto, un señor de mediana edad, fondón y con bigote frondoso, levantaba su mano tras una ventana. Yo sonreía de vuelta y alzaba la mano levemente. De no tener veintipocos años, puede que le temiera más que tomármelo como un gesto cordial de un británico que se ponía una amapola en la solapa cada once de noviembre, para rememorar así a los veteranos de guerra y civiles que murieron en alguna contienda. Dicha festividad se celebra en todos los países de la Commonwealth y la fecha no es caprichosa, sino que de debe a que el once de noviembre de 1918 se firmó el armisticio de la Primera Guerra Mundial, la que iba a terminar con todas las guerras. 

Nunca supe su nombre, tampoco si realmente estaba tarado o solo se trataba de una persona entrañable y solitaria en cuyo hombro se posaban los pájaros en primavera. Quizá fueran compatibles ambas apreciaciones. Nunca le ví salir de su casa.  Como mucho, abría la ventana cuando lucía el sol y la mantenía cerrada en invierno o cuando llovía, pero nunca faltaba a la cita. Ahí se encontraba cual estatua viviente, cual tendero que no vende nada, pero que humaniza el paisaje. Siempre entre la cortina y la abertura, para que no se viera el interior de su vivienda, para no delatarse a sí mismo y que asomaran sin querer los posibles cadáveres presentados en el salón antes de ser enterrados. Algunos temerarios, puede que no guardaran las distancias y se atrevieran a acercarse, siendo asfixiados en el acto por unas manos apareciendo por la ventana, porque ¿para qué salir a matar si se puede hacerlo desde casa? Supongo que nada de esto ocurrió. Nunca apareció su foto en primera plana del noticiario vespertino bajo un gran titular: ¡Atrapado por fin el estrangulador de la ventana tras más de veinte asesinatos! Así podría haber comenzado y terminado la trayectoria criminal del asesino en serie más vago de la historia.

Creo que ya he adelantado que tampoco es que tuviera una fijación por mi persona, sino que saludaba a todos los estudiantes, pero solo por la mañana o por la tarde. Cuando salíamos al pub por la noche, dejaba sus servicios de lado, seguramente para ver la televisión en una butaca o para dar una honrosa sepultura a sus víctimas imaginarias. En nuestro piso no se veía la tele, más que nada porque había que pagar un impuesto por ella, además del propio aparato. Se rumoreaba que si no se abonaba, las autoridades entraban en casa cual equipo especial de asalto para pillarle a uno con las manos en la masa, pero tampoco nos interesó demasiado comprobarlo. Ni siquiera disponíamos de un sofá desde donde verla, solo de una mesa con sillas en la cocina, al igual que en las casas humildes de antaño, en las que todo el mundo se sentaba en taburetes, sin grandes comodidades.

No queríamos problemas con las autoridades. Bastante teníamos con el hecho de que todas las cartas llegaran abiertas sistemáticamente. A mí no me importaba. En realidad, me parecía romántico que me trataran como a un exiliado, un mafioso importante o un espía, cuando mi vida era mucho más anodina que todo eso. Supongo que buscarían hachís o similar, pero en mi caso solo encontraban folios escritos por mi novia que me acompañaban durante el desayuno. 

Una mañana cualquiera, al abrir una carta, me llevé un susto tremendo porque salió volando del sobre una mariposa de papel que revoloteaba gracias a darle vueltas a una goma elástica. Fue un bonito detalle de Noe, pero más cariño le tengo al policía que se preocupó de darle vueltas a las alas de mariposa e introducirla de nuevo en el sobre para que yo me llevara el mismo susto que se había llevado él al inspeccionar mi carta. Me resulta imposible enfadarme con los británicos por muchas tropelías que cometan. Si quieren, saben comportarse con elegancia.

Cuando la correspondencia fallaba, solo nos quedaba el periódico semanal de la Universidad para leer e informarnos de lo que ocurría en el campus. El resto del mundo se encontraba muy lejos de nuestra burbuja y carecía de importancia. Cada día leíamos las misma noticias repetidas una y otra vez hasta que se publicaba un nuevo ejemplar. Nos reíamos de ello, pero no deja de ser parecido a lo que hacemos ahora, solo que antes éramos conscientes y hoy en día parece que todo se mueve muy rápido, que estamos muy informados, pero al final, permanece más o menos igual y la desinformación campa a sus anchas.

Las clases transcurrían sin sobresaltos, cual plácida balsa de aceite. Se entendía todo a la primera, no como en España. Supongo que tuviera algo que ver el hablar claro y que la motivación de los profesores se acercara más a que el alumno aprendiese algo que a suspenderlo.  Yo todavía escuchaba más o menos bien, aunque a veces me intentaran distraer Víctor o Marcel,  un rumano y un suizo que también andaban de intercambio aquel año. 

Víctor me recordaba a los inmigrantes buscavidas con buen talante que salen adelante a base de un amasijo de esfuerzo, renuncia, ilusión y esperanza de no caer derrotados. Se notaba que disponía de mucho menos poder adquisitivo que Marcel, más frío y cuadriculado, de corazón impenetrable, o que yo, de características similares. Por ejemplo, ambos volvimos a casa por navidad, pero Víctor se quedó trabajando. Pasaría las fiestas solo. Quizá hablara con su familia antes de que llegase el año 2000, mientras veía llover y freía un filete. Yo lo dejé al cuidado de la planta que me había regalado Noe, la cual no sé cómo llevé en el avión a Londres y luego en autobús hasta Leeds, junto al resto de equipaje, compuesto principalmente por cds y una guitarra. A ciertas edades las maletas se llenan de objetos peregrinos. Igual que los niños viajan con peluches y creen no necesitar ropa, yo tampoco parecía darle mucha importancia a esas minucias, sin saber que tendría razón. Por poca ropa que se lleve de viaje además de la puesta, siempre es demasiada. 

Cuando volví de las fiestas, el año 2000 no me brindó el futuro prometido, ni ningún caos mundial, sino que me encontré con mi planta ahogada tras haber sido regada en demasía. Sin embargo, no pude enfadarme con Víctor porque desde su chaqueta de cuero y zapatos atemporales de marca desconocida solo transmitía ternura, a pesar de que nos la metiera doblada.  Sus intenciones siempre eran impecables, acompañadas eso sí, de unos resultados desastrosos. En una ocasión nos invitó a su casa a cenar para degustar un plato típico rumano que consistió en pasta con azúcar espolvoreada por encima. Decía que a su padre le encantaba, mientras Marcel y yo disimulábamos como podíamos, previendo una más que probable indigestión. Ambos le devolvimos la invitación, pero no recuerdo la receta suiza o española, solo la rumana, que jamás he vuelto a probar u oír hablar de ella. Quizá fuera una broma propia de una cultura que desconozco, una venganza con mucho sentido del humor hacia el que tiene más que uno, pero era imposible tenerle rencor al que volvía a Rumanía desde el Reino Unido en un autobús que tardaba varios días. Me lo imagino comiendo un bocadillo en mitad de Hungría antes del anochecer, con su chaqueta negra y su petate al lado, pensando que gracias a estudiar ingeniería en Inglaterra saldría de las exiguas condiciones económicas con las que lidiaba desde siempre. Los demás volábamos a nuestros destinos en los aviones de bajo coste que empezaban a brotar cual setas. Por otro lado, no me extrañaría que su autobús costase más que el vuelo. Yo le intenté convencer de que lo comprobara, pero él siempre insistía en el autobús, quizá como penitencia por estar estudiando en vez de trabajando, porque para los que vivíamos de nuestros padres, ir a clase era nuestra obligación, para otros, aprender era su momento de asueto y en países con raíces latinas las resacas se pagan a menudo a base de fustigamiento. 

Nunca más he vuelto a saber nada de Víctor, ni de Marcel, ni del hombre que pudiera haber sido el estrangulador de la ventana, así que los recuerdo un poco a mi manera, sin que ellos puedan recriminármelo.

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