El CUBO DE BASURA

Todos los días atravieso el casco histórico de Oviedo para ir a buscar a Noe al trabajo. Desde hace unos meses, el trayecto me recuerda a cuando no nos quedaba más remedio que visitar la zona de bricolaje de Hipercor para intentar arreglar algo en casa. En cada pasillo, se encontraba una televisión vendiendo un producto diferente que pretendía facilitarte la vida. Todos los anuncios empezaban en blanco y negro. Por ejemplo, alguien se mostraba malhumorado limpiando unos cristales con una bayeta. De repente, el color volvía junto a la sonrisa del actor cuando aparecía el producto que posiblemente solucionaría el problema que no tenía. El guión se repetía, el tono también, pero como las televisiones no estaban sincronizadas, recorrer los pasillos resultaba a la vez enervante y placentero, porque era imposible articular pensamiento alguno con tal desfase simultáneo de voces.

Esa misma sensación tengo al caminar junto a la catedral, con las infinitas visitas guiadas que han invadido el espacio público. Al igual que en las tiendas de bricolaje, las impresiones son contradictorias: por un lado, me alegra que se hable tanto de Alfonso el Casto, de sucesos ocurridos hace siglos sin utilidad aparente; por otro, desconcierta la resonancia atonal resultante de escuchar todas las conversaciones a la vez, desfasadas apenas unos minutos. Entristece la cara de escaso entusiasmo de los visitantes. Quizá escuchar al guía sea el peaje a pagar para hacer turismo, como quien se apunta a los viajes a Oporto por ochenta euros con la condición de asistir a una charla para vender pisos en multipropiedad. Todos parecen más pendientes del cachopo que se comerán después en el bulevar de la sidra que de atender a las explicaciones amplificadas. No en vano, un primo de mi madre sostiene: «En realidad, ¿de qué te acuerdas cuando viajas? De lo que has comido».

La apacible Oviedo de provincias ya no lo es tanto, ni en verano ni en invierno. Si bien se han arreglado muchas fachadas y solares en ruina se han sustituido por lustros edificios que no desentonan, el ruido de los trolleys por las aceras que desaguan hacia sus portales no presagia nada bueno. El aroma a sidra que se mezclaba con serrín se va sustituyendo por el tufo a parrilla que asocio a la fritanga inglesa. Cuando las hamburgueserías no eran tan comunes, incluso me resultaba agradable pasar por delante del extractor, ya que recordaba al país anglosajón, pero todo exceso termina por agobiar.

Lugares rancios como la confitería Rialto, a los que antes no iba nadie, también se van llenando de gente y pedir un pastel se asemeja a esas imágenes de los brokers de Wall Street levantando papelitos para comprar y vender acciones. Todos somos gente, todos molestamos, todos somos el infierno de los demás y nadie puede considerarse dueño de nada. Yo mismo llegué cual intruso hace unas décadas. Se trata de un dilema sin solución.

Nuestro problema es que ya no conseguimos deambular por la ciudad sin desquiciarnos, porque de noche, cuando cesan las peroratas de los guías turísticos, aparecen chavales entusiastas repartiendo octavillas con promociones de copas a cuatro euros. Entiendo que se trata de una ganga, pero no nos veo entrando en un bar desierto a trasegar alcohol. Lo peor, sin embargo, son los camiones de basura, que parecen haberse multiplicado y con los que no hay forma de no toparse. Apenas caben por las calles estrechas, con lo cual no podemos evitar percibir el hedor que los operarios sufren continuamente. Aunque casi molesta más el estrépito que hacen cuando arrojan los cubos de plástico vacíos al suelo, porque en Oviedo, el sistema de gestión de basuras resulta peculiar. Por la tarde, unos furgones colocan en las aceras contenedores de plástico de diferentes colores según el tipo de desecho. Por la noche, los camiones de basura los engullen momentáneamente y posteriormente, otros vehículos retiran los cubos ya recogidos. Así, día tras día, año tras año. Hoy Noe leyó que una profesión de futuro no será la de experto en prompts, sino la de fontanero. Otra será la de basurero, porque parece lejano el día en que tengamos sistemas neumáticos de recogida o en que dejemos de generar residuos.

Cada comunidad de vecinos tiene sus propios contenedores. Algunos están serigrafiados con el número de portal o con algún distintivo, como los babis escolares o la ropa de las residencias de ancianos. Otros aparecen agujereados, rotos o con grafitis, porque todo tiende a transformarse con el paso de los años, pero de forma casi imperceptible, con la misma tenaz galbana con la que crece la hierba. Quizá, cuando los servicios municipales idearon este sistema de recogida, todos los contenedores eran iguales, pero con las décadas cada uno ha sufrido sus avatares particulares y todos terminan con un aspecto sui generis, como nos ocurre cuando dejamos el colegio y cada compañero diverge hacia una vida dispar.

A mí me gustaba uno que se encontraba enfrente de un bar de la calle Martínez Marina. Siempre que regresábamos a casa me recordaba a mi artista aburrido favorito, J Mascis, por los colores verdes y rosas que pueblan las portadas de sus discos, su ropa o su vida en general. Su música me parece estimulante, sobre todo su primer trabajo, You’re Living All Over Me. La pasión que transmite contrasta con su mirada gris actual, a juego con su pelo canoso. También es cierto que han transcurrido casi cuarenta años y la vida no perdona. Lo vimos en directo el año pasado y resultó tedioso, como cabía esperar, pero lo sigo escuchando y las notas chirriantes de su guitarra siguen viviendo todas por encima de mí. Hace días que no veo el contenedor cuando volvemos a casa y me apena pensar que alguien, en pos de la mejora continua, se haya gastado dinero en comprar uno nuevo y me haya quitado sin querer una pequeña alegría al final de nuestros paseos por la cada vez más asalvajada Oviedo.

 

4 comentarios sobre “El CUBO DE BASURA

  1. El precio de la “nueva economía del turisteo” tiene un costo muy caro para la ciudadanía. Y Oviedo no va a ser diferente qué cualquier lugar del mundo que se promocione en las ferias a las que van los turoperadores.

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