La Universidad Laboral de Gijón tiene poco que envidiar, al menos en lo estético, a la Universidad de Cambridge. Fue concebida originalmente para acoger a los niños huérfanos, víctimas del duro oficio de la minería en Asturias. Aunque no puede competir en lo académico, en lo arquitectónico resulta imponente y, en este sentido, recuerda a la vetusta y prestigiosa institución inglesa.
Se construyó durante la posguerra española y, al resultar claramente sobredimensionado, el edificio se reconvirtió en la primera Universidad Laboral de España, donde se formaron generaciones de asturianos en diversos oficios.
La entrada principal, aparentemente sencilla, con un arco de medio punto orientado al este, da acceso a un atrio corintio con diez columnas de granito que superan los diez metros de altura. Este sirve como antesala del gran patio central, cuyas dimensiones son algo más pequeñas que las de la Plaza de San Marcos de Venecia. Al fondo se encuentra la mayor iglesia elíptica del mundo. Adyacente a ella se alza una torre de ciento veinte metros de altura —similar a la Giralda de Sevilla— que domina un complejo formado por un sinfín de estancias, talleres y aulas. Este entramado incluía incluso una granja para abastecimiento propio, siguiendo los principios autárquicos de la época.
Desde el patio central de granito se accede al teatro a través de una fachada de estilo helenístico. En su día fue el primero de Europa en estar climatizado. Este dispone de más de mil quinientas localidades y de un patio de butacas con una superficie que duplica la del Teatro Real de Madrid.
El complejo fue quedando en el olvido, incapaz de adaptarse a una modernidad dinámica que chocaba con el espesor pétreo de sus paredes. Finalmente, fue abandonado y el interés se desplazó hacia otros lugares, como ocurrió con tantas casonas de indianos que salpican el paisaje asturiano. Muchas de estas se encuentran en ruinas, a la espera de que algún promotor les devuelva su esplendor, ya sea en forma de hotel o de capricho personal.
En los albores del siglo XXI, el Gobierno del Principado de Asturias decidió restaurar la Universidad Laboral de Gijón. Se le devolvió el brillo de antaño, pero sin establecer una función clara para su uso futuro. El hecho de ofrecer espectáculos culturales tildados de modernos deja una sensación de vacío, sobre todo por la falta de definición. Entre otras instituciones se instaló LABoral Centro de Arte y Creación Industrial, que pretende dotar a la ciudad de aquel vanguardismo que experimenta continuamente sin llegar nunca a concluir nada.
Puede que se deba a la distancia que la separa del núcleo urbano de Gijón, pero cuando vamos a la Universidad Laboral tengo una sensación de abandono, de encontrarme dentro de algo inabarcable, como a quien le encomiendan en plena soledad la ardua tarea de derretir la Antártida con un mechero y el vaho propio.
No se ha conseguido crear el mismo ambiente cultural que disfruta el Teatro Jovellanos, ya que cada vez que acudimos a la Universidad Laboral, encontrarse con amistades casi pierde todo su sentido porque, después de finalizado cualquier espectáculo, el asistente se siente arrojado al gran patio, rodeado de oscuridad y frío, sin posibilidad de refugiarse en un bar cercano. Una vez que uno se sube en su automóvil, la pereza hace mella y el destino más habitual suele ser el hogar, con lo cual se apaga cualquier atisbo de conversación que haya podido surgir.
Los encargados de organizar los diferentes eventos, en ocasiones, tampoco han acertado en sus intentos a la hora de innovar. Aún recuerdo cuando una noche estival propusieron recrear La Traviata al aire libre. Puede que las intenciones fueran loables, pero se olvidaron de que la noche asturiana puede resultar muy desagradable en lo climático, incluso en verano. Los espectadores parecíamos refugiados que huían de la guerra, ataviados con mantas que repartieron, mientras que las corrientes de viento intenso que recorrían el patio impedían que se oyera nada, incluso habiendo cometido la torpeza de amplificar artificialmente a los cantantes. Un auténtico desastre que fue a peor, si cabe, la siguiente vez que lo intentaron. Escaldados por la experiencia anterior, la organización trasladó esa ópera al teatro cubierto desde el patio abierto, pero se olvidó de que dicho recinto disponía de menos localidades que las que se habían vendido en el exterior. El caos durante el intercambio de entradas, minutos antes de comenzar la ópera, fue mayúsculo, y hubo una persona que, cuando llegó a su butaca, ya la ocupaba el mismísimo Vicente Álvarez Areces, presidente por aquel entonces del Gobierno del Principado de Asturias. Con cierta sorna, la afectada comentaba resignada:
—¡Cómo podría levantarle de mi localidad!
Confundía, a propósito o no, su oronda figura con su presunta autoridad.
Incluso cuando abundan las sombras, la luz siempre encuentra su hueco y, aunque fuera hace casi una década, la persona encargada de organizar la agenda de los conciertos de la Universidad Laboral de Gijón sí estuvo acertada ese año. Cuatro fueron las ocasiones que acudimos a su salón de actos y cuatro las noches memorables de artistas tan dispares como: John Mayall, Donovan, Thurston Moore o Robe Iniesta.
Thurston Moore, un espigado neoyorquino, apareció en mi vida hace mucho tiempo con su banda Sonic Youth, formada en 1981 junto a su exmujer Kim Gordon, Lee Ranaldo y Steve Shelley. Los cuatro se inventaron una forma de hacer música a base de una maraña de ruido que a veces se desmadra, a veces parece incluso desafinada, chapucera, pero que siempre logran domesticar y llevar a buen recaudo, como un gran mastín que, si bien deja cierta libertad a las ovejas para pastar donde quieran, estas nunca terminan por alejarse lo suficiente para perderse. Las notas que salen de la guitarra de Thurston Moore parecen también descarriadas, pero al final siempre vuelven a donde deberían estar, y parte de la diversión de escuchar su música consiste en ver cómo consigue tal hazaña.
Un amigo cercano describió su música en su día como una especie de onanismo perpetuo sin desenlace. Puede que tenga razón, porque a veces resulta frustrante que las canciones se atasquen en una repetición que parece no tener destino.
La banda se disolvió cuando el matrimonio entre guitarrista y bajista se deshizo por culpa de una editora de libros. Qué final más triste para una pareja que llevaba casi treinta años junta, siendo los Bogart y Bacall del ruido. Con ellos se vino abajo también el grupo, cuyo nombre envejeció peor que su música.
Ya años atrás Lee Ranaldo, lugarteniente de la banda, visitó Gijón y ofreció un memorable concierto, tras el cual montó un tenderete para vender sus vinilos. No tengo tocadiscos, pero le compré uno porque al preguntarle si no vendía CDs me respondió con cierta ironía: «It’s a vinyl world coming up!» Una forma sutil de recriminarme que no estaba a la moda por no estar suficientemente fuera de moda.
Un Thurston solitario, simbolizando una posible penitencia en forma de destierro, vino acompañado únicamente de una guitarra acústica de doce cuerdas. Obvió por completo sus éxitos pasados, pero en cada nueva canción quise percibir el fantasma de Kim replicándole en los coros, como las notas que, al parecer, completamos al escuchar música digitalizada.
No faltaron las referencias a las fuerzas oscuras que dominaban el paisaje estadounidense, y bromeó con la idea de reunirse con colegas del gremio para rodear la torre T-R-U-M-P y derribarlas con el sonido de sus amplificadores, hasta reducirlas a un amasijo de oro. Recitó poesía a modo de parábolas, con una voz mucho más grave que la que utiliza para cantar, y en una canción sobre desamor quise entender que se arrepentía de su comportamiento con Kim.
El concierto fue una grata experiencia apoyada por imágenes que mezclaban un viaje astral a lo 2001: Odisea en el espacio con las lámparas de lava tan famosas en los años sesenta y que le valieron para despedirse con un dicho muy hippie: Peace & Love. A modo de coda no pudo evitar acoplar su guitarra acústica y volver a las andadas ruidosas pasadas.
Si Thurston Moore vivió el auge hippie como niño, a Donovan le cayó de lleno durante su etapa más creativa allá por los años sesenta. Fue la respuesta británica a Bob Dylan y, aunque nunca ganará el premio Nobel de literatura, creo que no se merecía los desplantes y el trato humillante que precisamente el norteamericano le ofreció durante la gira que hicieron junto a Joan Baez, recorriendo Inglaterra cuando todos eran unos veinteañeros.
Donovan se adentró en el mundo del arte para ligar con chicas, como tantos otros, según reconoció durante el concierto que ofreció en Gijón. En su día logró cierta popularidad en el Reino Unido, pero su carrera no fue tan brillante como la de sus amigos de Liverpool, con quienes compartió un retiro en la India junto a Maharishi Mahesh Yogi.
A Gijón también vino solo, acompañado de una guitarra acústica verde muy especial para él, ya que simbolizaba toda la idiosincrasia celta que tanto le marcó durante su infancia en su Escocia natal.
Se sentó en un cojín, descalzo y con una melena desaliñada, delante de un fondo negro. Comenzó a tocar todos sus grandes éxitos de siempre, tantos que incluso yo, que no he sido gran seguidor de su obra, reconocía la mayoría. Entre canción y canción explicaba el contexto de las mismas o se iba por las ramas desgranando la mitología artúrica y cómo ésta se encontraba presente a lo largo de toda su obra. Tal fue su verborrea que algunos de nuestros vecinos de butaca, coetáneos suyos, protestaban alegando que habían venido a escuchar música. Si bien su voz no era la de antaño, conociendo sus límites ofreció un gran espectáculo y logró crear un gran halo de misterio en toda la sala, ofreciendo grandes dosis de nostalgia incluso para los que no habían nacido en los años sesenta, es decir, nosotros.
Indagando un poco más en el pasado, cuando Donovan no era más que un niño allá por los años cincuenta del siglo XX, John Mayall ya empezaba a imbuirse del rock and roll, el cual comenzaba a dar sus primeros pasos. Tocó con Eric Clapton en sus comienzos, pero nunca disfrutó de la fama de este último. En cambio, sí construyó una sólida carrera que desconocía hasta verlo en directo. Me quedé asombrado con el hecho de que alguien con más de ochenta años pueda proyectar una voz tan juvenil, mover los dedos por una guitarra con tal maestría, cambiar a los teclados sin pestañear y, en los ratos libres, se marcaba unos solos de armónica que dejaban a cualquiera pasmado.
La falta de pompa, la ausencia de la esclavitud que supone rendir cuentas a un personaje o una marca, permitió a John Mayall disfrutar del escenario sin agobiantes retransmisiones en directo a medio mundo o al espacio exterior.
El sosiego y la libertad que le da a uno no salir en los tabloides a veces se agradecen por parte del espectador. Todo resulta mucho más relajado porque no se está viviendo el momento del siglo que hay que insuflar cual suflé y disfrutar de él porque hasta dentro de un mes no se volverá a repetir.
El maestro, que en paz descanse, se rodeó de un bajista mucho más joven y un batería que nos deleitó con una percusión impagable. Su avanzada edad apenas le impidió posarse durante las casi dos horas de concierto. Se quejaba constantemente de la actitud silenciosa de la concurrencia, y eso que el teatro estaba abarrotado. Supongo que el hecho de que todo el público estuviese sentado impedía dar rienda suelta a los instintos más primarios y algo bochornosos, como bailar o gritar. En cambio, el reposo le permitía a uno caer en la cuenta de que alguien que le dobla en edad parecía tener la mitad de años.
John Mayall, un británico de tez pálida muy alejado del Delta del río Misisipi, supo hacerme llegar su blues a pesar de mi ignorancia en la materia. A modo de guiño al inminente Mardi Gras, que a punto estaba de consumarse, lucía collares de cuentas. Quizá para honrar así al lugar de origen de sus maestros. Debido a su discreción, puede que hasta olvidara que él mismo es y será uno de ellos.
El último concierto al que asistimos ese año fue el del cantante del grupo extremeño Extremoduro, Robe Iniesta. El concierto estaba previsto en el patio central de la Universidad Laboral, pero una vez más, a causa del mal tiempo veraniego, hubo que trasladarlo al teatro interior, lo que agradecimos enormemente. Llegamos cinco minutos antes de que empezara el recital, todo un logro para nosotros, pero nos sorprendió escuchar ya de fondo la voz cascada de Robe Iniesta. Nos comunicaron que el comienzo se había adelantado una hora, que habían avisado por correo electrónico. Les comenté que las entradas fueron adquiridas en taquilla y que nadie nos había pedido ningún correo electrónico. La respuesta fue que también se había difundido el cambio por las redes sociales. Muchas veces, responder con una bobada es la mejor forma de zanjar una disputa.
La verdad es que el lugar, tan solemne, no parecía el más adecuado para alguien que se siente más cómodo en un antro de mala muerte, pero quedamos anonadados por la calidad musical, profesionalidad y magnetismo de alguien que lo más probable es que hubiera acabado mal en algún baño de estación. Con sus greñas, voz ronca y sin levantarse, dio un repaso a su carrera en solitario sin caer en la tentación de tocar canciones del grupo que le dio cierta fama, por lo menos a nivel nacional. En un momento parecía que iba a dejarse llevar, como cuando se ofrece un cigarro al fumador empedernido que intenta dejarlo. Lo coge sin dejar de mirarlo, pero justo al encenderlo y dar la primera calada lo pisotea, volviendo al tema del que estaba hablando como si nada hubiera pasado. Eso fue lo que sentimos al escuchar los primeros acordes de la jota más canalla jamás escrita, cortada de raíz para volver al presente, porque, según él, ya fue el Robe Iniesta de los años noventa, ya lo vivió, no necesita repetirlo. Unos violines sustituyeron a las chirriantes guitarras de Uoho, pero los problemas de desamor eran los mismos que hace veinte años. Lloró tanto, tan adentro, que consiguió apagar el infierno.
Como en las grandes obras épicas —óperas o producciones cinematográficas clásicas— hubo un interludio que aprovechamos para poner una reclamación que aún a día de hoy no ha sido contestada por la maraña de burocracia y competencias superpuestas.
En la segunda parte, Robe se presentó como alguien cercano e ingenuo. Tanto que el trabajo que presentaba, titulado Destrozares: Canciones para el final del mundo, me hizo sonreír por su falta de perspectiva. Se dice que la tierra lleva existiendo millones de años. La humanidad lleva miles de años sumida en infinitas guerras, desmanes, genocidios y conquistas, con millones y millones de muertos acumulados, e incluso hemos superado una guerra fría con la amenaza de un holocausto nuclear. ¿De verdad vamos a tener la suerte de extinguirnos justo ahora?
Lo que parece claro es que, al menos durante cuatro instantes repartidos a lo largo de los lejanos meses de febrero, marzo, abril y julio de 2017, el fondo por fin pareció hacer honor a la forma en la Universidad Laboral de Gijón.
¡Qué desfachatez no tener un tocadiscos, caballero! Siempre me han sorprendido esos ciclos de música de verano que traen a una serie de personajes en giras internacionales pidiendo más tierra que vida, con gran aceptación para honrar a la nostalgia y a los bolsillos promotores. De Robe Iniesta prefiero no pronunciarme, aunque me ha encantado el eufemismo aquí ampleado, pero le reconozco el valor de teniéndolo todo hecho y pudiendo vivir de las rentas habrer empezado de cero. Justo ayer lo discutía con un grupo de colegas a causa de otro concierto de un artista sureño muy reconocido que acavba de empezar a cero, dejando fuera su rista de canciones que en otra época lo hicieron ilustre.Siempre es un gusto leerte, compañero. Te mando un fuerte abrazo. Adelante!
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Me traes recuerdos de mi juventud en Madrid, cuando tú aún eras sólo pura potencialidad de existir…
es un extraño poder en alguien tan joven y tan norteño como sois vos.
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Muchísimas gracias por el halago, aunque ya no sé si soy tan joven 😉 Un abrazo.
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