Cuando Deje de Llover

Al igual que la inmensa mayoría de contribuyentes de este país, la costosa política de inserción del elefante blanco a lo largo y ancho de la geografía en estos últimos años me produce desde estupor hasta indignación. Muchos son los ejemplos de obras faraónicas que terminadas o incompletas, adornan el paisaje con mayor o menor gracia. Sin embargo, he de reconocer que uno de estos seres paquidérmicos poco a poco me está calando hasta el alma, si es que yo dispusiera de ella.

Sus frías líneas curvas recuerdan a una dama pálida recostada sobre una llanura de hormigón propia de ese futuro que nunca llegó y que tan bien supo esbozar Stanley Kubrick. La desolación urbana que produce el simple hecho de caminar por una explanada tan poco acogedora únicamente la he sentido en el Arco de la Defensa de París. La ausencia de vegetación resulta desgarradora pero, por mi parte, los arquitectos de ambas obras quedan perdonados al simular tan certeramente lo que ofrece la naturaleza en los innumerables desiertos que pueblan el planeta, sin apoyarse en ningún momento en elemento natural alguno.

La ausencia de vida en el exterior parece tan real, que el contraste resulta inmenso cuando al adentrarse en su interior, se comprueba la variada emotividad que aguarda en sus entrañas. En ellas hemos podido evidenciar que Woody Allen es mucho mejor cineasta que músico, que otro Woody, apellidado Guthrie, parece que aun siguiera vivo, contra todo pronóstico, y acogimos con aplausos la obra de teatro más completa que hayamos visto hasta la fecha: En un lugar del Quijote.

Cerca de ésta en el escalafón quedó la última obra representada. Si bien no alcanzó el grado de perfección de la propuesta de Ron Lalá, el texto me pareció tan poliédrico que todo lo demás quedó eclipsado. Ni siquiera me importó que a nuestros gurús sobre teatro no les convenciera algunas de la actrices. La historia resultaba tan sólida que no requería buenos actores. Es más, apenas hubiese hecho falta disponer de ellos. Podría haber salido yo mismo a escena a leer los diálogos, y con mi soporífera y monótona voz hubiera cautivado a los espectadores igualmente.

La temática tratada ya es de sobra conocida, recordando mucho al eterno retonno, tan bien planteado por aquel cómico que se hacía llamar Martes y Trece, o puede que fuera el dúo filosófico Ortega y Gasset. En realidad no era ni etzsche, ni los otros, sino un tercero, pero el caso es que la obra se sustentaba en la repetición cíclica como clave de nuestras vidas. Repetición de diálogos enteros en contextos muy diferentes, pero que al final expresan la misma impotencia que sienten los personajes por no poder cambiar su pasado ni comprender su presente. Repetición de errores cometidos una y otra vez por las diferentes generaciones de una familia cuyas faltas, si bien quedan diluidas, lo hacen en un mar de apatía. Repetición de nombres que llegan a confundir tanto como los infinitos Aurelianos de Gabriel García Márquez. Repetición de una sopa recurrente cocinada con restos de pescado, mostrándose en la última escena a los miembros de esta familia exorcizando sus penas en un encuentro atemporal a la par que imposible, debido a la dificultad que supone sentarse a la mesa con tu yo de otro tiempo. Repetición de una pertinaz lluvia que logra con acierto cargar las tintas a lo largo de la obra.

Del texto también se puede extraer una lectura política y social apreciable, con una mención interesante a La Enciclopedia de Diderot y a cómo, según el autor, todo el conocimiento recopilado a lo largo de la historia nunca será aprovechado por las generaciones venideras debido entre otras cosas a la falta de interés. O a cómo los pueblos adelantados y menos caóticos, a la vez pueden resultar más frágiles y vulnerables que las gentes acostumbradas a vivir en el caos y atraso permanente.

Aunque el dramaturgo expresa una fuerte melancolía, siempre deja una puerta abierta a la esperanza y es de agradecer que se comporte generosamente con sus personajes, mostrándose piadoso con todos ellos. Los grandes pecados son cometidos por las generaciones pretéritas, pero a la vez ellos también son los más entusiastas y cultivados. Las siguientes generaciones, más ignorantes, aun no perpetrando tales maldades, acaban poco a poco hundidas en la omisión sin saber muy bien como han llegado a ese estado, en el cual si bien no sufren grandes adversidades, tampoco se sienten plenos.

Quizá por la falta de ambición. Quizá porque notan que sus ascendientes les han transmitido una carga desconocida que no saben muy bien como gestionar. Tampoco son capaces de reconstruir el camino hacia una posible redención, ya que solo quedan restos inconexos de lo que fue la historia familiar, representados por viejos objetos llenos de simbolismo. Puede que éste sea el último acto pío del omnipresente director, eximiendo a las nuevas generaciones de conocer una verdad sobre sus antepasados que aumentaría notablemente la pesada carga que soporta todo personaje.

También queda patente la importancia del papel asumido por la mujer en la familia convencional a lo largo de la historia, actuando como un tronco del cual brotan las diferentes ramas. Si bien tradicionalmente, el empuje lo ha aportado la masculinidad, el sustento emocional, no siempre reconocido hasta que notamos su ausencia, ha corrido a cargo de las mujeres, formando los ejes y ruedas sobre los que se apoya el carro, la familia. Los bueyes siempre podrán ser sustituidos por otros animales, incluso llegado el caso por personas, pero hasta ahora la falta de la mujer parece que conlleva el irremediable estancamiento del carruaje.

Por último, de la obra cabe destacar la dirección de escena, sencilla en apariencia pero que muestra un minucioso trabajo, logrando representar, con precisión y con los mismos elementos tanto un viaje nocturno en coche como el precipicio de una montaña.

Si se añade una banda sonora pertinente, gracias a The Smiths, el resultado es una grandísima obra de teatro llamada Cuando Deje de Llover, que si no fuera por Claudio y Marta no hubiésemos tenido la suerte de ver. Sí, ellos son nuestros gurús, y como todo ser que tiene la capacidad de acercase a la divinidad, muy de vez en cuando cometen algún desliz a propósito para recordarnos que también son humanos. Esta vez no ha sido así, ya que el acierto ha sido mayúsculo.

Como segunda confesión y por si acaso no hubiera quedado claro, mi elefanta blanca predilecta es el Centro Cultural Internacional Óscar Niemeyer de Avilés.

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