Los Carniceros del Norte

Siempre me he sentido cómodo entre gente mayor que yo. No por considerarme más maduro de lo que realmente me corresponde, sino porque desde la retaguardia se ve todo de un modo más apacible. Ya de niño prefería a Jason, el eterno segundón, por encima del líder Marc cuando jugábamos a imitar a Comando G. Además, la figura de ser el hermano mayor siempre ha pesado sobre mi, sin apenas ejercer como tal. Soy lo que denominan un macho beta, los cuales al parecer, según recientes estudios, dan mucho mejor resultado que los machos alfa. Supongo que se debe al menor desgaste sufrido por los primeros.

El caso es que ayer fuimos con amigos a uno de esos lugares donde me suelo sentir incómodo, porque a casi todos los asistentes les saco más de una década. Un lugar lleno de crestas, tatuajes y perturbadores agujeros con pendientes. Con solo verlos pensaba sobre el trabajo que les debe llevar vestirse todos los días, en la pereza que me estaba entrando y en la archiconocida frase de Danny Glover “I’m too old for this shit”.

La tarde ya se había resuelto como un pequeño fracaso. Echar los hígados mientras le realizan a uno una endoscopia nunca resulta agradable, pero lo que más me dolió fue notar la lenta invasión de las barbas en el último bastión ajeno a las modas, la decana confitería Rialto. Tres tristes hipsters ya habían descubierto las mejores tortitas del norte. ¿Qué será lo próximo? ¿Una bicicleta en la entrada? ¿Una jaula de pájaro sin pájaro? ¿Una vajilla que simbolice la diversidad del mundo como lo hacían los anuncios de Benetton, a base de tazas y platos, cada uno de su padre y de su madre, falsamente escogidos al azar?

Bajamos a la sala subterránea donde una limpias guitarras gijonesas hablaban sobre turismo sexual vampírico, haciéndose llamar Hemoglobina. En ese momento sí que me sentí fuera de lugar ya que la necesidad de viajar sexual y vampíricamente se me quitó hace unos cuantos años si es que la tuve alguna vez. Tampoco me decía nada el nombre escogido para la banda. No me gusta cuando se intenta abrazar la ciencia desde el arte con nombres sonoros. Ya puestos, se me ocurre un nombre mucho más transgresor: Los Supositorios sin Causa.

Además, mientras terminaban los bermejos Hemoglobina, el que luego sería bajista del siguiente grupo me estaba pinchando la espalda cual puercoespín con su cresta cada vez que se agachaba y para colmo, su novia, como si tuviera un trastorno obsesivo compulsivo, intentaba acceder cada dos por tres a su mochila que se encontraba entre ella y nosotros, eso sí, pidiéndonos amablemente que nos apartáramos.

Los esforzados vecinos costeros dejaron el escenario y subieron los culpables de vernos allí en una noche fría y lluviosa, gracias al entusiasmo mostrado por Silvia. El nombre tampoco inspiraba mucha confianza, Los Carniceros del Norte, que me recordaba a uno de mis ídolos de la infancia, Andoni Goikoetxea. Dado que el cantante era vasco, pensé que sería un homenaje al futbolista que dejó temblando las piernas de Maradona en una de las entradas más violentas que se recuerdan en la historia del fútbol, pero gracias a Google recordé que al duro defensa le llamaban el carnicero de Bilbao, no del norte.

Fue una grata sorpresa comprobar que el líder de la banda diera muestras de su carisma con un personaje muy trabajado, mezclando a Iggy pop, David Bowie y Mick Jagger. Mucha teatralidad y proclamas punkis entre canción y canción contra el dueño del local por no haberles prevenido de que tendrían que acortar su concierto debido a que la organización había incluido un grupo extra en el último momento. Aseguraban que le iban a quitar el esparadrapo de las gafas a base de mandobles. La verdad es que el propietario de la sala mostraba unas pintas patéticas, con unas gafas de pasta con esparadrapo, tan “Revancha de los Novatos”.

Ahí estribaba la diferencia, si bien el “novato” parecía un advenedizo disfrazado, el cantante, con unas pintas mucho más extravagantes, no transmitía ese efecto en absoluto. Su atuendo estrafalario convencía a propios y extraños. Incluso se le podría tildar de entrañable, al oírle cantar versos tales como “No somos románticos, somos nekrománticos” o hacer guiños al epiléptico Ian Curtis de Joy Division.

Utilizar dos micrófonos para hacerse sus propios coros y entre cuyos cables se enredaba, le alejaba bastante de esa solemnidad tan infantil propia de muchos artistas, incluso haciéndonos notar que también sabía reírse de sí mismo. Las proyecciones torcidas y fuera de sitio a las cuales señalaba de vez en cuando todo orgulloso, transmitían mucha empatía, entre queja y queja por las pequeñas dimensiones del escenario donde se sentía enjaulado y que no le permitía ascender a las alturas como en otras ocasiones, según comentaba mi amiga Silvia.

Tampoco se puede olvidar uno de las referencias cinéfilas a Nosferatu que según ellos vive en Barakaldo, al Doctor Caligari o a Freaks. Ni del título de su último trabajo Coulrofobia, o la fobia a los payasos, expresión que desconocía hasta ayer.

Después del concierto supimos que los tres integrantes viven desperdigados por la geografía norteña y que solo ensayan por Skype o en sus numerosos conciertos, a los que acuden más por vocación que por vil metal ya que su caché se compone básicamente de los gastos del viaje, alojamiento y consumiciones, supongo que alcohólicas. Como anécdota final, decir que en sus comienzos suprimieron la figura del batería porque les costaba mucho facturar dicho instrumento con Ryanair.

Parece que la tarde y noche se enderezaron y la incomodidad inicial se transformó una vez más en una agradable velada entre imperdibles, prendas de cuero y gente educada.

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