Teherán

A veces, las situaciones pintorescas de los viajes comienzan mucho antes de que realmente empiece el periplo. Basta con nombrar el destino para pasar un rato divertido observando el desencaje que produce en muchas caras escuchar que has elegido Irán como destino para unas vacaciones. “¿No están en guerra?”, preguntan. Para tus adentros piensas que si no recuerdas mal lo aprendido durante tu infancia, la guerra entre Irán e Irak terminó hace más de veinticinco años, con lo cual la razón de la confusión se deberá a mi inaudible tono de voz. No escucharon bien y confundieron Irak con Irán. Resulta comprensible, al fin y al cabo ambas palabras solo se diferencian en una letra y tampoco merece la pena rasgarse las vestiduras, Irak e Irán son simplemente aquellos países llenos de terroristas que salen en las noticias.

Una semana después, uno de estos sujetos puede que viaje a Nebraska (EEUU) y al comentarle a la dependienta de un supermercado local que viene de España; ésta, con una sonrisa a lo mejor le responde que le gusta mucho España, que Cancún es precioso. De vuelta a su país, con el riguroso trabajo de campo realizado en dicha visita al supermercado, el experimentado viajero publicará poco menos que una tesis doctoral, evangelizando sobre la ignorancia del pueblo norteamericano. Yo solo espero que algún día esta persona caiga en la cuenta de que un desliz con una letra al confundir dos países resulta igual de importante o insignificante que el hecho de cometer un pequeño fallo temporal de un par de siglos y no distinguir de nuevo dos países, léase México y España. Creo que a la vida le pido demasiado.

También resulta interesante recordar el trabajo interpretativo que hubo que llevar a cabo frente al policía de la oficina de pasaportes cuando tuve que cometer perjurio al confesar que había perdido de nuevo mi salvoconducto para viajar y necesitaba un duplicado. Menos mal que no se dieron cuenta de que mi querida esposa se encontraba en otra ventanilla intentando convencer a otro funcionario de idéntico descuido. Parece mentira que haya que recurrir a subterfugios tan infantiles para viajar consecutivamente a países musulmanes y judíos. A día de hoy no hemos encontrado otro modo y estamos incluso dispuestos a que nos interroguen en los controles de pasaportes, como ya nos ha ocurrido, pero en esta ocasión simplemente resultaba imposible entrar en Irán con un sello de Israel en el pasaporte, con lo cual necesitábamos un duplicado. Creo que de un tiempo a esta parte las autoridades israelitas son mucho más consideradas y no sellan el pasaporte, sino  dejan constancia en una hoja aparte.

Solventados estos dos escollos, compramos una vuelo a Teherán, retiramos todos el dinero que pudimos de nuestras cuentas bancarias, ya que en Irán no funcionan las tarjetas de crédito occidentales por culpa del embargo internacional desde 1980 y logramos comenzar el viaje.

Una vez aterrizado el vuelo en suelo iraní, antes de salir del avión, una voz de megafonía nos recordó muy amablemente que las mujeres debían de cubrir sus eróticos e insinuantes cabellos. Por un momento intenté ponerme en la piel de un iraní. Supongo que para ellos este recordatorio les resultará tan surrealista como si en un vuelo que aterrizara en Madrid desde Papúa Nueva Guinea, los auxiliares de vuelo tuvieran que avisar a los pasajeros de que las mujeres deberán cubrirse sus pechos o serán deportadas de nuevo a su tribu de origen. Ellas se apiadarían de las féminas occidentales, tan oprimidas por tener que ocultar sus glándulas mamarias, por ley. ¡Con el calor que hace en Madrid en agosto!

Un taxi nos acercó a un hotel y antes de rellenar los formularios pertinentes, dejamos los hijos tontos en forma de mochila en la habitación y cerramos la puerta.

En la recepción del hotel rellenamos los datos que necesitaban y tras una breve discusión acerca de quien se quedaba con los pasaportes, si el hotel o sus titulares, subimos de nuevo a la habitación asignada para darnos cuenta de que habíamos dejado la llave dentro. Volví a  la recepción  para pedir otra llave y fue una agradable sorpresa saber que no tenían otra copia, con lo cual un señor tuvo que subir con un destornillador para desmontar la cerradura mientras los niños tontos lloraban desconsolados y asustados por el encierro temporal. El cambio de habitación fue inevitable. En la nueva habitación, cansados y con mucho calor, nos tumbamos en la cama u sentimos que el aire acondicionado se había apagado a los cinco minutos de irse el recepcionista. Volví a bajar de nuevo a la recepción para indicarles que el aire acondicionado se había apagado. El inglés y el farsí son dos idiomas que no congenian muy bien. De nuevo en la habitación, con una sonrisa pude comprobar el calado de mi autoridad al escuchar el aire acondicionado funcionando. Tras cinco minutos se detuvo, comenzando otro bucle infinito, tan propios del continente asiático.

La primera impresión de Teherán fue calurosa. Noe se llevó la peor parte ya que además de cubrirse su fabulosa melena, no podía dejar al descubierto ni las piernas ni los brazos. Yo tuve mejor suerte y podía caminar a mis anchas mucho más fresco que ella.

Tras arrastrarnos unos cientos de metros por la avenida Ferdowsi, encontramos un lugar donde intercambiar nuestros Euros por Riales o Tomanes. Conviene tener clara la diferencia al preguntar los precios, ya que mil Tomanes equivalen diez mil riales y muchas veces no especifican si son lo uno o lo otro.

Pocos metros después, un iraní nos abordó amablemente y comenzó a conversar con nosotros acerca de su universidad. Lo único que deseábamos era llegar al final de la interminable avenida, encontrar un restaurante para comer y evitar una más que probable deshidratación, pero nuestra rémora impedía la consecución de tal objetivo. Lo que me debo de perder en la vida al intentar estar en mi lugar y sin molestar con mis cuitas de la oficina a los extranjeros que caminan por la calle Campomanes de Oviedo.

Entramos en un restaurante y pedimos un kebab. Infelices de nosotros, que en ese momento desconocíamos que el kebab sería pilar casi único de nuestra alimentación durante las próximas tres semanas.  Al parecer, los iranís no acostumbran a frecuentar restaurantes y guardan sus mejores manjares para reuniones privadas. En los establecimientos públicos, la variedad de la carta se limita a dos únicos platos: kebab y dizzy. El nombre de éste último seguramente se inspiró en el apodo de un legendario trompetista norteamericano, más conocido como Gillespie. El kebak se limitaba a arroz blanco cocido, un tomate asado y una brocheta de carne o pescado a la parrilla, comido todo con cuchara y tenedor. El dizzy resulta más sabroso, ya que se trata de un cocido de garbanzos servido en un mortero. Primero se vierte el caldo en un plato sopero y se acompaña de crujientes trozos de pan, para posteriormente formar una pasta con los garbanzos y trozos de carne, ayudado por el mortero. El sucedáneo de humus se comía untado en pan de pita.

Por motivos logísticos tuvimos que pasar más días de los deseados en Teherán. Nuestra intención era subir el monte Damavand (5.610 m), cumbre más alta de la cordillera de los montes Elburz y volcán más alto de Asia, situado a dos horas al norte de Teherán si se viaja en coche. Como aclimatación ascenderíamos al monte Tochal (3.933 m), situado a escasos minutos andando de las afueras de Teherán y utilizado como estación de esquí durante el invierno. Habíamos contactado con un iraní que nos guiaría en ambos intentos, pero no se encontraba disponible hasta unos días después de nuestra llegada. La idea de esperar tantos días en Teherán no nos agradaba debido a los más de ocho millones de habitantes que tiene la capital de la república islámica, con sus correspondientes vehículos que convertían las calles de la ciudad en  torrentes de acero y monoxido de carbono, pero parecía que no nos quedaba otra opción.

Esa  misma noche, en la habitación, a Noe se le ocurrió leerme algunos pasajes sobre una viaje a Irán escritos por un valenciano que se hace llamar Nelo. Quedé prendado por su forma de escribir tan emotivamente personal.  Tanto, que en ese momento le envié un correo electrónico agradeciéndole el buen rato que me estaba haciendo pasar.  Días después, mi misiva fue respondida con emoción.  Fueron horas desgranando relatos en los que Nelo describía un Teherán invernal, frío, vacío que recordaba a la llegada de Robert Zimmerman desde Minesota a un Greenwich Village helado, desangelado.  También se centraba en detalles costumbristas tales como que a pesar de las restrictivas prácticas iraníes en relación a los encuentros carnales, los adolescentes se las ingeniaban para poder celebrar sus primeras relaciones amorosas.  Nunca nadie ha descrito con tanto fervor agnóstico el fenómeno de la llamada a la oración y todo con una sencillez abrumadora. Cada día estoy más convenció de que para mi el “qué” ha perdido razón de ser. Ya solo me interesa el “cómo”. La sorpresa  ya no recae sobre el “qué”, sino sobre el “cómo” y en ese sentido los escritos de Nelo me resultaron sorprendentes.

Al día siguiente, antes de visitar el palacio de verano o Palacio de Niavarán, hicimos una breve parada en la antigua embajada de EEUU, cerrada en 1979 tras la famosa crisis de los rehenes provocada por el derrumbe del régimen del Sha Mohammad Reza Pahlevi y la toma del poder por parte del Ayatolá Jomeini. Si bien la resolución de la crisis tuvo sus sombras, por lo menos el Presidente Estadounidense Carter no consideró oportuno invadir el país, gesto que se agradece ya que, salvo contadas excepciones, las posteriores invasiones estadounidenses en oriente miedo, en mi opinión, han creado más problemas de los que han resuelto. Puede que el hecho de que en ese momento el ejercito rojo hubiese invadido Afganistán tuviera algo que ver con la prudencia mostrada por Jimmy Carter, pero también le honra no querer liderar una ofensiva militar desestabilizante. Parece que aquel que no sabía caminar y mascar chicle al mismo tiempo, tal y como le espetaban los republicanos de la época, afortunadamente, sí conocía las nefastas consecuencias de un ataque militar en oriente medio.

La embajada sigue siendo el centro neurálgico donde se concentra toda la furia del régimen iraní contra los Estados Unidos de América, pudiéndose observar todo tipo de grafitis anti estadunidenses. Uno de los más emblemáticos retrata a la estatua de la libertad, sustituyendo su rostro por una calavera. Más que amenazante, la muestra de ira me pareció folclórica y teatral.

La historia reciente de Irán resulta bastante peculiar, ya que en muchos sentidos los padres y abuelos iranís tuvieron una juventud más libre que la juventud actual, sin chadores, sin tanto aislamiento, sin una influencia religiosa que marcase la vida cotidiana. Las madres y abuelas pudieron ataviarse con ropa ceñida y lucir unas melenas frondosas, mientras que sus hijas se ven cubiertas, sin poder vestir libremente. Aun así, las mujeres iranís se las ingenian para resaltar su destacada belleza. Si en occidente la frontera entre el decoro y la sensualidad la puede marcar el escote, en Irán, dicha línea se establece según cuan atrás se coloque el hiyab en el pelo. Un oportuno moño ayuda a que dicha prenda quede casi colgando del mismo, como si de una percha se tratara, desdeñando así una imposición anacrónica.

La caída del Sha supuso un retroceso de las libertades individuales, si bien es cierto que durante su reinado la igualdad económica brillaba por su ausencia. En la actualidad, las necesidades básicas parecen estar cubiertas, pero el coste se traduce en la imposición de la ley islámica o Sharia. Eso sí, en otros países mucho más cercanos al poder occidental, como Arabia Saudí, se reprime de forma más palpable a la mujer que en Irán y no nos escandalizamos tanto. En Irán las mujeres van a la universidad, en mayor proporción que los hombres, conducen e incluso dirigen películas o pueden llegar a ser grandes arquitectas, como Zaha Hadid. En Arabia Saudí, la mujer es un mero instrumento utilizado para las labores del hogar y la reproducción de la especie.  No seré yo quien defienda un régimen como el iraní, pero estoy convencido de que los medios de comunicación occidentales ni son inocentes, ni objetivos a la hora de juzgar a Irán, en comparación con otros países del entorno. Supongo que el conflicto de estos últimos años con Israel tiene mucho que ver.

En un hábil ejercicio de propaganda, el régimen de los Ayatolás permite visitar el Palacio de Niavarán, donde residió Mohammad Reza Pahlevi junto a su glamurosa esposa Farah Diba y sus hijos. Todo ha quedado intacto desde el exilio de la familia que pudiera haber sido apodada como los Kennedy de Persia. De este modo el pueblo puede comprobar el derroche del anterior régimen. Los visitantes recorren los distintos salones que muestran la opulencia en la que vivía la última familia real iraní. Personalmente, no me pareció ni mayor ni menor abundancia de la que disfrutan otros jefes de estado. En cambio si me resultó curioso que el inmueble principal se asemejara a esas mansiones propias del sur de Estados Unidos, dónde a Clark Gable le importaban bien poco los designios de una joven Vivien Leigh.

Una vez exiliados, la familia Pahlevi cayó en desgracia. Tras menos de un año vagando por el mundo, el recién derrocado Sha murió de cáncer en Egipto y años después dos de sus hijos se suicidaron. Farah Diba aun vive en Connecticut (EEUU), pero poco debe de quedar del glamour del que tanto hizo gala y tanto eco tuvo en la prensa del corazón.

Por otro lado, en otro hábil ejercicio, esta vez de represión, la gran obra pictórica que recopiló la familia Pahlevi no ha podido ser vista hasta ahora por la población iraní ni por los visitantes, ya que el museo dónde se encuentra, obra de un primo de Farah Diba, estaba cerrado al público. La colección permanente del Museo de Arte Contemporáneo de Teherán incluye obras de grandes artistas o pervertidos sin remedio, según se mire, como Claude Monet, Vincent Van Gogh, Pablo Picasso, René Magritte, Jackson Pollock o Andy Warhol, entre otros.

Debido a que disponíamos en Teherán de más tiempo que el recomendado, visitamos la casa de un antiguo mercader acaudalado. Fue muy agradable. No solo por la poca afluencia de visitantes sino también por el lento discurrir del agua a lo largo de los múltiples parterres de sus jardines. Las diferentes habitaciones orientadas hacia el frondoso patio, se construyeron con un esmero inusitado y de nuevo los diminutos espejos que cubrían las paredes de la estancia principal provocaban que la misma destacara por su brillo.

En el segundo piso se encontraba abierto un libro de visitas, el cual ojeamos sin necesidad de prestarle demasiada atención por lo predecibles que suelen resultar estos cuadernos. Pasando las páginas se podían observar innumerables halagos hacia la belleza de la casa, por parte de ciudadanos procedentes de numerosos países. Casi todos estaban en concordancia con la paz que transmitía el lugar. Sin embargo, me llamó mucho la atención observar el siguiente comentario: “¡Catalunya Lliure, independència ja, Espanya ens roba!”. No soy de los que le asustan los independentistas de cualquier país ya que son muy libres de desear lo que consideren oportuno, faltaría más, pero opino que cuando nacemos, a todos los ciudadanos nos deberían instalar una serie de filtros que permitiesen discernir el momento y lugar adecuado para expresar los anhelos más íntimos y compartirlos con el resto de congéneres. Más que nada por resultar lo más efectivo posible y no hacer el ridículo en el intento. A mí los míos creo que me funcionaron.  Mientras paseaba por los jardines escuchando el refrescante sonido del agua al golpear contra las fuentes, notaba como un ansia crecía en mi interior para dejar por escrito por los siglos de los siglos la siguiente verdad incontestable, y deleitar así al resto de visitantes. Finalmente me contuve, pero comparto aquí mi comentario no nato: “¡Pablo Libre, jubilación ya, España me roba!“.

Francamente, me gustaría conocer al viajero que partió supuestamente de Cataluña, tomó un vuelo a Teherán, visitó la casa de un mercader y creyó que la mejor forma de lograr sus reivindicaciones nacionalistas incluía escribirlas en el libro de visitas de un lugar turístico. Debe de ser una persona muy extravagante y con un punto de vista de la realidad muy particular.

Para un aficionado al celuloide, una visita al Iran Cinema Museum parece más que  obligada. Se encuentra en una zona residencial bastante tranquila de la ciudad con abundantes árboles a ambos lados de las sinuosas calles que conducen hasta el citado museo. Unos alargados y estrechos jardines creaban una antesala donde adolescentes teheranís formaban corros, probablemente creyéndose seres de luz que se encuentran por encima del bien, del mal, o por lo menos de sus sufridos padres. Nos llamó la atención que una de las chicas fumaba con desdén, mostrando su corta cabellera teñida de azul sin vestir hiyab alguno. Resulta curioso como la normalidad cotidiana de cualquier país occidental resulta transgresora, irreverente, desafiante e incluso delictiva, y todo a tan solo nueve horas de vuelo.

Tras pagar la entrada y acceder al recinto, el visitante se ve rodeado de frondosos árboles junto a fuentes rebosantes de agua, mientras se acerca uno a una fachada más propia de la arquitectura griega que persa. Las columnas corintias sostiene un frontispicio poco cargado y únicamente las tres ventanas arqueadas recuerdan al turista que se encuentra en lo que fue la antigua Persia.

Una vez dentro del museo se puede recorrer la historia ya centenaria del cine iraní, observando proyectores traídos de Europa por el Sha de principios del siglo XX, cámaras y demás parafernalia asociada. Una cantidad ingente de fotografías mostrando antiguos rodajes de películas cubren las paredes de un ondulado recorrido histórico hasta llegar al cine de nuestros tiempos.

Aunque desde los años setenta del siglo pasado Abbas Kiarostami aparece siempre como lugar común en cualquier conversación sobre cine iraní, hay muchos otros directores cuyas películas son verdaderas obras de arte. Majid Majidi tiene en su haber películas llenas de sensibilidad, siempre desde el punto de vista de la niñez. Algunas resultan muy recomendables como Los niños del cielo, “El Color del Paraíso” o “Lluvia”. Por otro lado Asghar Farhadi ganó el Óscar a la mejor película de habla no inglesa con su Kramer vs. Kramer iraní, llamado “Nader y Simin, una separación” y “A propósito de Elly”, del mismo director, genera tanta o más tensión que el mejor Hitchcock. Tampoco se puede olvidar uno de la reciente e inquietante “Melbourne” que ganó varios premios en el Festival Internacional de Cine de Gijón o la divertida “Yo soy Diego Maradona”.

Una vez dejadas atrás todas las salas, resulta evidente que la calidad actual del cine iraní no proviene de la casualidad, sino de años de experiencia, o mejor dicho, de años de buena experiencia.

Como colofón y sorpresa final, la visita termina en una antigua sala de cine majestuosa con asientos de madera brillante, en la cual continúan proyectando películas. Nos hubiese gustado ver alguna, pero olvidamos las gafas y al preguntar nos dijeron que no estaban subtituladas. Nos gusta el cine, pero no tanto como para verlo borroso y sin comprender los diálogos.

La visita a la torre Azadi casi se vio truncada por la dificultad que supone para todo occidental cruzar las calles de una ciudad con un tráfico interminable, continuo, como si un manto incandescente cubriera el pavimento, formando ríos de lava infranqueables. Llegar hasta allí ya había supuesto una pequeña odisea. Dejar de ver el que en su día fue símbolo y vanguardia de Irán, por un puñado de vehículos parecía desproporcionado. La cabezonería en esta ocasión ganó a las reservas casi inexistentes de paciencia y logramos cruzar la avenida para observar in situ un ejemplo de los paraboloides hiperbólicos que tanto dieron que hablar en la universidad y que tan olvidados tenemos ahora. El hormigón blanco dominaba toda la estructura, que sustentada sobre cuatro patas simétricas se elevaba hasta cincuenta metros de altura encima de un entorno plano, ajardinado y con un diseño geométrico cuidado. Sin embargo un tráfico caótico lograba romper cualquier intención armoniosa que el arquitecto pudo tener en mente mientras diseñaba su obra.

Las dificultades que tienen los occidentales para cruzar las calles de Teherán se han convertido casi en una perogrullada, tan pintoresca como los autorretratos realizados por extranjeros en los establecimientos españoles que acostumbran a colgar patas de jamón curado del techo. Debido a que lo semáforos escasean, la única forma de sobrevivir consiste en intentar imitar a los lugareños que logran romper con su psiquis esos lazos invisibles entre vehículo y vehículo, consiguiendo cruzar la calle sin sufrir daño alguno. A veces, si hay suerte, se pueden utilizar a dichos lugareños como escudos humanos, cruzando la calle con disimulo y sin que se note tu orgullo herido. Otras veces casi se ofrecen a cogerle a uno de la mano si dudas demasiado, llevando la humillación hasta niveles estratosféricos, pero lo más común si te encuentras dubitativo será que uno de los cuatro millones de vehículos que puebla la ciudad pare delante de ti y te ofrezca llevarte a tu destino por un módico precio, como si de un UBER analógico se tratara.

Muchas veces se rechazaba la proposición, pero alguna vez la necesidad de tomar uno de estos taxis improvisados resultó muy real debido a que la red de metro se limita a dos líneas, claramente insuficientes para cubrir la extensa superficie de una ciudad con más de ocho millones de habitantes. Habíamos quedado con quien iba a hacer de guía para coronar los montes Tochal y Damavand y no disponíamos de tiempo suficiente para realizar el trayecto caminando, con lo cual nos subimos al primer coche que paró y le dimos la dirección de nuestro hotel. Apenas intercambiamos palabras debido a que el señor, entrado en años, no entendía inglés y nosotros no hablamos farsí. Una vez más el GPS del teléfono móvil nos advirtió de que estábamos yendo en dirección contraria, pero ¿cómo se lo transmitíamos a nuestro conductor? Nos acercó hasta donde él pensó que debía de ser nuestro destino, la torre Milad, pero quedaba muy alejado del real. Los gestos de desacuerdo se entienden en cualquier idioma y el hombre volvió a la carga para intentar llevarnos a nuestra cita, a la cual ya no llegaríamos a tiempo. Después de numerosas vueltas el voluntarioso y paciente teheraní supongo que acabó hartándose y pagó a un taxi para que nos llevara. En realidad ya nos encontrábamos bastante cerca, pero no será la primera vez que alguien nada y nada para morir ahogado en la orilla.

En la entrada de nuestro hotel se encontraba ya esperando nuestro guía, Amín Moein. Joven, con buen aspecto y en un inglés más que aceptable nos explicó los pormenores de ambas ascensiones. Por la tarde comenzaríamos la subida al Monte Tochal de más de tres mil metros de altura y a cuya base iríamos en un taxi urbano, dado que la ruta empieza prácticamente desde las afueras de la ciudad.

El calor ya no acechaba con todo su esplendor y la vegetación situada a ambos lados del camino facilitaba levemente el esfuerzo adicional que resulta necesario realizar cuando el equipo utilizado está sobredimensionado para una altitud tan baja. Si ya resulta penoso cargar con material de montaña en un viaje de tres semanas, cargar con material duplicado, uno para altura baja y otro para altura alta sería demasiado lamentable, viéndose sacrificado el cómodo equipo veraniego, o de baja montaña.

La primera parada fue en una magnifica terraza con vistas a una pequeña garganta excavada por un río cuyas aguas formaban suculentas pozas a la vista de nuestros calurosos cuerpos. Aun así tomamos té servido en pequeños vasos de cristal al modo iraní. En vez de disolver el azúcar en la infusión, se introduce un pequeño terrón en la boca, diluyéndose con el té y endulzándolo a medida que se va tragando.

Amín no se parecía a otros guías que hemos tenido en Asia. Resultaba más serio, menos sonriente, más occidental. Por las aventuras que nos contó, parecía un reputado alpinista que había participado en la primera ascensión invernal de la cara norte del Alam Kuh. También nos llamaron la atención sus intentos de coronar montañas de más de siete mil metros de altura en el inhóspito Afganistán. Como resultado de dichas expediciones, Amín escribió un libro que me hubiera gustado leer si lo hubiera traducido del farsí al inglés. Muy penosas debieron de ser dichas expediciones para que dijera que nunca volvería a intentar hazañas similares.

El refugio que utilizamos para pasar la noche, a media ladera del monte Tochal, resultó más confortable y disponía de más servicios que muchos refugios de montaña europeos. Durante la cena Amín nos contó cómo su esposa también era aficionada al alpinismo y participaba en carreras de montaña. Nos enseñó numerosas fotos de sus excursiones y de sus salidas de esquí. También nos habló sobre sus estudios de ingeniería ambiental y en ese momento, para mis adentros cometí la torpeza de sorprenderme por el, digamos, elevado nivel de vida y educativo del que de algún modo irracional tiendes a considerar inferior. Resulta triste, pero los europeos y resto de occidentales aún creemos, aunque sea de forma inconsciente, en la supremacía de occidente. Una de las razones estriba en que la historia, contada a través de sus conflictos, siempre busca el maniqueísmo del ganador frente al vencido. Se obvian nuestros defectos y se enardecen nuestras virtudes, mientras que las victorias del enemigo son borradas y sus derrotas resaltadas. Otra forma de denostar al contrario consiste en obviar siglos y siglos de historia, centrándose únicamente en el entorno más cercano. De este modo cada país, oficialmente, tiene una alta estima de su pasado y lo traslada al presente. Luego también están los que se posicionan en el lado opuesto de la versión oficial e infantilmente pretenden martirizarse, haciéndose artificialmente responsables y sin ninguna consecuencia, de las atrocidades que pudieron cometer sus compatriotas en el pasado. Dicha barbarie pretérita suele trasplantarse al presente sin pasar por los tamices del tiempo justificando de esta forma una inquina hacia la sociedad en la que viven, representada por el nombre de un país. Entiendo que la virtud se encuentra en el manido punto medio y supongo que la única vacuna contra esta enfermedad sería una educación dual, occidental y oriental. Sin embargo, el remedio empleado es otro, el olvido total de la historia por parte de un sistema educativo empeñado en quitarse  de en medio todo lo que no tenga una aparente aplicación práctica inmediata. Desde hace años pienso que si dedicas tu vida a quitarte peso de encima, acabarás aplastado por el aire. Lo cual no quiere decir que esté a favor de la obesidad.

Volviendo a la supuesta supremacía occidental, puede que en algunos aspectos haya existido en el pasado y que la inercia continúe, pero al igual que en España ya no vamos en burro, otros países también progresan como pueden y de nuestra sorpresa solo se puede culpar a nuestra ignorancia o falta de dedicación, como cuando los adultos nos asombramos de lo que crecen los niños cuando no los vemos en una temporada. Por lo menos la vergüenza que sentí quedó para mí, sin dejar patente mi falsa supremacía occidental.

Al día siguiente nos recibió una mañana fresca con un paisaje rocoso, alpino y sin rastro de vegetación. Mientras caminábamos lentamente, notamos como Amín saludaba a dos excursionistas que aunque se encontraban más rezagados, pronto nos alcanzaron. Se trataba de su cuñado y suegro, que decidieron no dividir la subida al Tochal en dos jornadas. El suegro de Amín se encontraba jubilado de la ingeniería y en una forma física envidiable. No pudimos hablar mucho con él debido a que no hablaba inglés, ni nosotros farsí, pero quedó patente su amabilidad y buenas formas cuando nos ofrecía con una sonrisa, dátiles y otros manjares durante las paradas. Su cuñado sí sabía inglés y se encontraba agobiado porque al día siguiente tenía una presentación en el trabajo, la cual no estaba preparando por pasar el día de excursión con su padre. También se dedicaba a la ingeniería y su conversación resultaba amena y agradable.

Los cinco llegamos a la cumbre del Tochal, que nos recibió con un fuerte viento y unas vistas maravillosas de Teherán. En la cumbre, el suegro de Amín seguía haciendo alarde de su amabilidad ofreciéndonos un licor que destilaba él clandestinamente, como quien ofrece un porro de marihuana cultivada en el jardín de su casa. El descenso resultó más sencillo debido al teleférico utilizado como remonte en las pistas de esquí de la cara norte del monte Tochal. A pesar de la larga cola, el trayecto resultó mucho más rápido que el ascenso y al mediodía nos encontrábamos de nuevo en el casco urbano de Teherán, listos para abandonar por fin la megalópolis e intentar la ascensión del monte Damavand, uno de los objetivos principales del viaje a Irán.

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