En Otra Capa

-I-

Todos los días antes del amanecer parecía que el vaho de las ventanas se posara en las manos y en la frente. Por mucho que empapase su pañuelo, todos los esfuerzos resultaban inútiles y mientras miraba el fondo de la taza llena de un café tan negro como la noche que acababa de terminar, recordaba la oscuridad del pozo.

La escarcha todavía vencía al sol de invierno, que resultaba tan feroz como un tigre de papel y a lo largo del camino que separaba su casa de la mina, los compañeros se iban juntando. Todos hablaban despreocupadamente del próximo torneo de tute o se desfogaban con el árbitro del último partido. Nadie salvo él pensaba en las próximas doce horas. Nadie pensaba en la ropa entumecida, forrada con papeles de periódico, cuyas noticias se iban borrando mientras se desteñía la tinta. Y por muy inútil que fuera adelantarse a los acontecimientos, le era inevitable pensar en como sentía los pulmones rendirse cada vez que apoyaba los codos al arrastrarse, con una luz tenue como única compañera.

Todo había empezado a una temprana edad. Aun recordaba la noche en la que sus padres discutían sobre la necesidad de sacarle de la escuela para traer un jornal a casa. Aún recordaba las lágrimas de su madre por ver a su hijo seguir el mismo camino que sus antepasados, por ver como los sueños de una educación, que le sacara de esta situación tan penosa se desvanecían para siempre.

Después de observar por la rendija de la puerta de su cuarto como su padre se alejaba, se había metido en la cama mientras escuchaba la madera crujir bajo los contundentes pasos.

-Hijo, lamento decirte que mañana será tu último día en la escuela. Los recursos de nuestra familia son muy escasos y necesitamos todo cuanto podamos reunir. He hablado con un amigo y empezarás como aprendiz pasado mañana.-

-Si, padre.-

En aquel momento, no era consciente del significado de aquella afirmación. No sabía que acababa de casarse con la oscuridad, en un matrimonio que no acepta rotura ni contemplaciones y ofrecería sorprendentes giros en su hasta entonces apacible vida como estudiante.

Al día siguiente se despidió de sus amigos en la escuela, de su maestro y de su pupitre, dejando sus cuadernos y lápiz a su compañero que le sonrió sin entender muy bien las razones de tal pérdida.

Por la noche no pudo dormir. En parte se debía a los interminables sollozos de la habitación contigua. ¿Tan grave resultaba el cambio? Era cierto que la brusca transición hacia la vida adulta le inquietaba, pero algo debía de intuir su madre para no dejar de llorar desde la noche anterior.

-II-

La boca húmeda del túnel engullía decenas de personas todas las mañanas y el chirrido de la oxidada jaula les acompañaba lentamente durante minutos que parecían una eternidad. Durante el trayecto, las miradas inertes de casi todos indicaban que asumían su destino con naturalidad, como si las experiencias de sus ascendentes en las distintas capas explotadas se transmitieran de forma innata.

Cualquier intento de compartir sus deliberaciones era cortado de raíz por sus compañeros con hondas carcajadas, pero lo más duro era el trayecto a la enfermería tras las ya archiconocidas humillaciones del capataz por falta de rendimiento en su puesto de trabajo. Una vez de vuelta, tocaba picar o cargar vagones. El carbón se deshacía en sus manos sudorosas hasta tal punto que le resultaba difícil comer el bocadillo disputado a los ratones sin un amargo sabor al maldito mineral.

Parecía que no había escapatoria. Las únicas treguas diarias eran los momentos en forma de bálsamo en la enfermería y el camino de vuelta a casa mientras las luces crepusculares intentaban sin éxito caldear un cuerpo sumido en la más profunda frialdad. La llegada al hogar suponía otro calvario ya que, al contrario que el de sus compañeros, su recibimiento se traducía en un pozo de incomprensión debido el escaso jornal que traía en los bolsillos, comparado con el del peor de los picadores.

Así pasaban los años y nunca llegó a entender su falta de vigor, de motivación o el pánico que sentía todas las mañanas. Tampoco alcanzó a comprender las razones por las cuales la aversión a su oficio llegaba hasta el punto de traducirse en síntomas físicos, o el rechazo que provocaba en su entorno. Un entorno que tardó muchos años asumir la crudeza y angustia derivadas de ser minero y padecer claustrofobia.

 

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