De Viaje con Pablo Gutiérrez

Esta vez la pereza me atornillaba más de lo habitual hacia el no partir de viaje, pero a la vez no deseaba volver. La única solución posible parecía quedarme tres semanas con un pie a un lado y al otro del quicio de la puerta. La lógica no siempre vale de mucho.

Llegamos en coche a un restaurante de carretera junto al aeropuerto de Asturias. Para diversificar el negocio, el establecimiento ha creado un aparcamiento de larga estancia, entre otras innovaciones que mejor no comentar. Con esta medida consiguen hacerle la competencia a la poderosa AENA, pero sin utilizar aliados tecnológicos, como ocurre en otros sectores, sino con un estilo muy acorde al de los restaurantes que aún venden casetes de Pimpinela. Es decir, que nadie se espere operarios uniformados que toman los datos del vehículo, lo inspeccionan, le sacan fotos y luego le proporcionan una carpetilla decorada con algún eslogan sin sentido, en la cual se encuentra la factura doblada, un contrato de veinte paginas y unas claves para conectarse a una cámara web y poder observar lo que hace el coche mientras se está de viaje, que es básicamente nada. Este aparcamiento ha quedado como uno de los últimos reductos de negocio en occidente que se basan en la confianza entre personas, sin papeles de por medio. Un ejercicio que funciona casi siempre y no por buenismo, sino porque perpetrar cualquier vileza requiere cierta dedicación, esfuerzo y desgaste, cuando lo que en realidad nos gusta a la mayoría es postergarlo todo y no hacer nada, ni siquiera el mal.

Se les deja el coche con las llaves y el único recibo consiste en que un señor de unos cincuenta años largos afirma: ”¡No se preocupe ho!, lo cuidaremos como si fuera nuestro”. Los supuestos responsables son él, su mujer y el hijo de ambos. El único trámite que hay que llevar a cabo consiste en llamar con antelación y dejar el nombre junto al número de matrícula del vehículo. Una autentica maravilla sin encuestas de satisfacción del cliente, ni bolsa del viajero, ni promociones, ni locuciones acompañadas de un tortuoso hilo musical de fondo.

Es más, cuando llamé y una voz me recibió con un lacónico “A ver…”, dejé mi nombre y ni siquiera tuve que deletrear mi apellido. Ellos se ocuparon de interpretarlo a su manera. Cuando llegamos allí con el tiempo justo, no había rastro de ningún Pablo Eguiluz en la lista. En cambio, junto a un número de matrícula que coincidía con la nuestra aparecía un tal Pablo Gutiérrez. Desde que una enfermera escribió “ge” cuando deletreé la letra g, creo que ha sido la anécdota más disparatada relacionada con el ímprobo esfuerzo que supone transmitir mi apellido paterno a cualquiera.

Pablo Gutiérrez: me gusta el anonimato que le confiere a mi persona. Lo usaré cuando desaparezca y me inscriba en algún balneario de incógnito durante algunos días sin que nadie me pueda encontrar, tal y como lo hizo Agatha Christie. La única pega para emular a la exitosa escritora inglesa es que obligaría a que Noe tuviera un amante que se llamara Pablo Gutiérrez y yo debería vender millones de libros.

Lamentablemente, dentro de unos años, cuando la pareja se jubile, el negocio seguramente desaparecerá porque el hijo se cansará de llevar y traer a gente del aeropuerto en una furgoneta. Algo parecido ocurrió con la plaza de garaje que alquilé cuando vivía en Gijón. Se trataba de un bajo comercial amplio con un portón enorme que permanecía abierto durante el día. Se llegaba y se dejaba el vehículo en la entrada. Mientras la dueña permanecía sentada en un pupitre de colegio haciendo cuentas, el ayudante aparcaba los coches empujándolos a mano para encajarlos todos a modo de tetris. En ocasiones no le quedaba más remedio que mover alguno para meter otro y así sucesivamente cada vez que se volvía a por él. No se preparaban ni contratos, ni recibos y las llaves se las quedaban ellos, con lo cual no parecía apto para desconfiados, pero la realidad era que funcionaba más o menos bien y le obligaba a uno a hablar un rato cada vez que requería desplazarse con su automóvil. Por las noches cerraban el portón y había que aporrearlo para despertar a un portero que de mala gana realizaba la maniobra pertinente. Eso sí, la dueña siempre sostenía que el garaje estaba abierto las veinticuatro horas del día, seis días a la semana, porque el sábado por la noche descansaba su ayudante, quizá para salir de juerga.

Pasaron los años, me fui de Gijón y el garaje cerró porque unos chinos seguramente pagaron ingentes cantidades de dinero por el inmenso local para vendernos servicios menos peculiares, pero con modos igual de irregulares. Supongo que la señora, ya mayor y cansada, no encontraría a nadie para hacerse cargo de su singular negocio y cayó en la tentación. De ahí que el aparcamiento del Alto del Praviano quede como único garaje o similar que conozco para el cual los clientes necesitan un poco de fe en el ser humano cuando lo utilizan.

Nuestro vuelo hacia Barcelona lo operaba Vueling, una aberración del lenguaje hecha compañía. No solo por abusar del maldito gerundio que le persigue y presiona a uno para que no deje de moverse, sino que además se fundó cuando estaba tan de moda cualquier cosa que sonara a inglés. El problema es que luego hay que cargar con la broma durante toda la vida, como el tatuaje que hace mucha gracia el día que se estrena, pero con el paso de los años, la flacidez de las carnes desvirtúan el dibujo original hacia lo amorfo. Por lo menos, sus creadores lo compensaron después cuando se inventaron Volotea, nombre que parece mucho menos pretencioso y más coherente con una aerolínea de bajo coste, como si se voloteara a lomos de un albatros gigante hacia las vacaciones.

Todos los trámites de facturación de maletas y controles de seguridad quedaron atrás sin apenas darnos cuenta y llegamos a la puerta de embarque justo cuando se anunciaba la última llamada para nuestro vuelo. Es decir, llegamos demasiado pronto.

Sigo envidiando el entusiasmo con el que la gente acude a las llamadas de megafonía de los vuelos y espera de pie pacientemente a entrar en el avión. Si todos pagáramos impuestos con la misma ilusión y orden, el gobierno acabaría con los recortes en servicios sociales en un santiamén.

Nos sentamos a esperar en la sala y observamos como una joven se peleaba con su maleta al intentar cerrarla y contener los miles de objetos que transportaba. Se sentaba encima de la misma, pero no había forma de domarla. Parecía una lucha entre iguales. De repente, apareció en escena un tipo musculado que no podía andar si no era con los brazos en jarra, vistiendo una camiseta sin mangas, tatuajes incluso en el cuello y una visera de colores chillones de esas que terminan en una hélice que da vueltas y que nunca pensé que alguien se pusiera por gusto. Seguro que la llevaba para que al primero que se le escape la más sutil de las sonrisas, le pudiera amenazar con una paliza y pensar para sus adentros que estaba plenamente justificada por la burla sufrida. En el otro extremo de la sala un señor de mediana edad deglutía un bocadillo de jamón acompañado de una cerveza a las ocho de la mañana, como si llevara días sin comer y yo comencé a leer un libro de Manuel Vicent que se torció desde el principio, lo cual no presagiaba un buen viaje. No se puede llamar a un personaje Pepe California y salir ileso de una novela. Don Manuel: ¡Con lo que bien que lo hacía en aquel programa Querido Presidente, en sus múltiples artículos periodísticos… y ahora me viene con un error tan garrafal!

La cola comenzó a moverse. Cuando llegó a nosotros nos levantamos y entramos los últimos al avión con ese aire de suficiencia del que no cree en las llamadas urgentes para el embarque.

Durante el vuelo y mientras ojeaba la revista de artículos a la venta, observé que vendían algo con un nombre bonito: lápiz iluminador, pero que no sabía muy bien para que servía. No se me da bien escribir a mano, pero quizá me pudiera haber servido para inspirarme en el futuro y contar algo sobre el destino final del viaje, que no era Barcelona, ni el sol, ni una nueva dimensión, sino Kirguistán y Uzbekistán.

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4 comentarios sobre “De Viaje con Pablo Gutiérrez

  1. Pablo,
    Me he reído un rato con esta entrada! Es como la vida misma…yo también tuve en Bilbao un parking con el mismo funcionamiento que el tuyo en Gijón, pero además con un perro lobo guardián! Un abrazo

    Le gusta a 1 persona

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