¡Fuerza y Honor! era su lema. Le perdono incluso las cursilerías.

Cuenta la leyenda que después de que Escipión el Africano derrotara y capturara a Aníbal, éste le preguntó a quiénes consideraba los tres mejores generales de la historia. Aníbal puso en primer lugar a Alejandro Magno, en segundo lugar a Pirro de Epiro y en tercer lugar se puso a sí mismo. Desconcertado, Escipión le preguntó de nuevo en qué posición se pondría si no le hubiese derrotado en la batalla de Fama. Aníbal contestó con aplomo que entonces se pondría por delante de Alejandro Magno.

Si alguien me preguntara por mis tres figuras españolas relacionadas con la cultura de los últimos veinte años, mi lista bien podría ser Joaquín Sabina, Antonio Muñoz Molina y Juan Antonio Cebrián. ¿Y si Juan Antonio Cebrián no hubiera fallecido repentinamente en 2007? Entonces, creo que podría situarle por delante de Joaquín Sabina, porque su carrera como periodista y divulgador hubiera sido legendaria, si es que no lo fue ya, a pesar de dejar este mundo con tan solo cuarenta y un años de edad.

Su candidatura quedaría reforzada más aún por el hecho de enterarme, no hace mucho, gracias a un compañero de trabajo de Noe, de que a los veinte años perdió la visión casi por completo. Si antes le veneraba, a día de hoy le rindo culto absoluto. No solo por lo difícil que debe de resultar cultivarse a ese nivel sin poder leer de forma convencional, sino porque radiar sus grandes narraciones en directo sin ayuda de papel alguno me parece asombroso.

Después de la revelación, me puse a indagar en internet y encontré muchos acólitos que también se habían quedado de piedra cuando se enteraron de que era invidente. Uno de ellos lo comparó con Stefan Zweig y Orson Welles y no puedo estar más de acuerdo. El relato del austriaco sobre la toma de Bizancio por parte del Imperio Otomano es casi insuperable, con un estilo similar al de Juan Antonio y el poder de convicción con el que el norteamericano relató una supuesta invasión alienígena solo podría haber sido mejorado por el locutor español.

La primera vez que le escuché fue durante ese periodo que se encuentra uno cuando termina de estudiar y aún no sabe muy bien qué viene a continuación. Sin ninguna responsabilidad y sin muchas ganas de adquirirlas, me gustaba acostarme tarde, justo lo contrario que hoy en día. Después de que terminaran todos los programas deportivos, comenzaba La Rosa de los Vientos. Una transmisión inclasificable, con diferentes secciones en donde tan pronto hablaban sobre psicópatas históricos famosos, como sobre hechos paranormales, actualidad medioambiental o mi favorita, Los Pasajes de la Historia. Reconozco que no me encuentro entre los eruditos en la materia, pero gracias a Juan Antonio descubrí todo lo que me había perdido ignorando la historia de la humanidad con todas sus atrocidades y gestas.

Cada noche esperaba pacientemente oyendo sin demasiado interés los últimos fichajes futbolísticos para no dormirme y poder escuchar los comentarios sobre algún personaje o hecho histórico de forma sencilla y a la vez apasionada.

Resulta difícil olvidar los efectos especiales sonoros incluidos, que aportaban esa pizca de cutrerío necesaria muchas veces para quitarle hierro a lo sublime y convertirlo en humanamente entrañable.

Quizá lo más interesante de sus narraciones fuera la imparcialidad con la cual contaba los hechos. Jamás juzgaba, simplemente intentaba reconstruir un pasado que aunque fue único, muchas veces no lo parece. Siempre se mostraba piadoso con cada uno de los personajes en los que se centraba y por muy viles que pudieran parecer, uno no sentía rechazo sino curiosidad. Calígula, Iván el Terrible, Vlad Tepes, Rommel… todos tuvieron su pasaje y de todos sustrajo alguna luz.

Tampoco se puede olvidar que Juan Antonio no desdeñó el papel de la mujer en la historia. Grandes momentos he pasado escuchando las desventuras de Catalina de Erauso, militar y monja pendenciera del siglo de oro español, o las trifulcas entre La Princesa de Evoli y Santa Teresa de Jesús. George Sand fue mucho más transgresora que Patti Smith y Marie Curie no solo fue la primera mujer en obtener un premio Nobel, sino que a día de hoy, creo que no hay nadie que tenga dos. Para colmo, su hija también obtuvo uno.

Mariana Pineda, la cual me imaginaba morena, por asociarla con Andalucía y Federico García Lorca, en realidad lucía una melena rubia y ojos azules mientras se oponía a la Década Ominosa del absolutista Fernando VII.

Beatriz Galindo fue una de las personas más cultas de su tiempo, algo ciertamente difícil de lograr para una mujer del siglo XV y aunque su sueldo era el de una de las criadas de Isabel la Católica, dominaba el latín mejor que muchos eruditos de la corte, tanto que un conocido barrio de Madrid lleva su nombre.

Inés Suárez dejó su Extremadura natal para investigar el paradero de su marido Rodrigo de Quiroga que fue a buscar fortuna a América. No lo encontró, pero terminó por conquistar Chile junto a Pedro Valdivia y vivió cómo unos indígenas huían de un asentamiento tras vislumbrar a un hombre montado sobre un caballo blanco que, empuñando una espada, bajó de las nubes y se abalanzó sobre ellos. Tal lugar se llamó Santiago de Extremadura primero y Santiago de Chile después. Por lo menos, así cuenta la leyenda.

En cuanto a la historia patria, no encumbró a los altares a personajes como el Cid Campeador, recordando que también fue mercenario y lucho junto a los árabes en ciertas ocasiones, ni tampoco demonizó a todos los conquistadores españoles. Hubo excepciones como Vasco Núñez de Balboa, primer europeo en divisar el océano pacífico y que trató con cierto respeto a los indígenas. Si no hubiese sido capturado por Francisco Pizarro, puede que la conquista de Perú no hubiera sido tan cruel. Fray Bartolomé de las Casas quizá fue otra de las pocas particularidades que limpian la leyenda negra difundida por una Inglaterra que no garantizaba precisamente los derechos humanos. Si no hubiera perdido en su pugna con Ginés de Sepúlveda, puede que los designios de muchos indígenas inocentes hubiese sido otros. Está claro que visto desde la actualidad, las tropelías a base de mandobles fueron bárbaras, pero igual de censurable verá la humanidad la era actual dentro de quinientos años debido a las desigualdades que sufrimos y a lo que nos dedicamos, tanto en lo laboral como en el tiempo de asueto. El imperio siempre se lleva el relato oscuro. Lo hace ahora los Estados Unidos de América y lo hizo España entonces.

Juan Antonio siempre encontró un hueco para el buen humor, incluso en la Luftwaffe. Memorable fue cuando relató las excentricidades de Adolf Galland, un piloto alemán de la segunda guerra mundial tan díscolo como brillante. Mientras pilotaba, le gustaba fumar puros, así que agujereó su máscara para poder seguir con su vicio confesable y por muy nazi que fuera, en el fuselaje de su avión lucía un dibujo de Mickey Mouse. Veía el combate aéreo como un duelo entre caballeros y tras derribar Spitfires o Hurricanes, esperaba para observar que el piloto se hubiera salvado y lo saludaba con un rizo en el aire si sobrevivía.

En abril de 1941 protagonizó el famoso vuelo de la langosta. Pretendía acudir a la fiesta de cumpleaños del General Theo Osterkamp en su flamante BF109 F cubriendo el trecho entre Brest y Leqoutec. Llevaría champagne y langostas en la cabina trasera para celebrar el aniversario. Supongo que en algún momento del trayecto pensó que le sobraba tiempo, ya que decidió desviar el rumbo hacia Dover para probar su nuevo avión y derribar algún Spitfire con el tren de aterrizaje bajado porque aún no se encontraba familiarizado con el funcionamiento de su nueva aeronave. Desventaja que no le impidió derribar tres aviones ingleses antes de acudir a la fiesta.

Cebrián tampoco se olvidó de los entresijos y rivalidades famosas que dan lugar a anécdotas curiosas, como que Corocotta, el valeroso guerrero cántabro, cobró su propia recompensa al entregarse al emperador romano Octavio Augusto. O la sospecha por la cual no existe un premio Nobel de matemáticas, que no es otra que porque Alfred Nobel preguntó si el matemático Magnus Gösta tenía posibilidades de ganarlo. Le respondieron que sí y decidió que no habría premio Nobel de matemáticas, ya que los dos pretendían el amor de la misma mujer, entre otras cosas.

El periodista albaceteño ha influido positivamente incluso en mi vida conyugal, ya que resolvió la típica desavenencia entre hombres y mujeres en cuanto a la tolerancia con la suciedad en el hogar. Mi convivencia con el polvo y otras pelusas siempre ha sido pacífica, pero no tanto la intransigencia de Noe con esos seres inanimados que aunque casi etéreos, su color plomizo cubre de tristeza los muebles y suelos al posarse grácilmente sobre los mismos.

En resumidas cuentas, no había forma de que yo pasara la aspiradora, hasta que a Noe se le ocurrió descargar de internet una colección de Los Pasajes de la Historia para que los rememorara a través de unos auriculares mientras realizaba tal tarea ruidosa que consiste en trasladar la suciedad de un sitio a otro. Ahora, no falto a mi cita con Juan Antonio y aunque muchos los he escuchado varias veces, nunca me canso, porque nadie se puede agotar de sus canciones favoritas.

La historia contada a través de Juan Antonio Cebrián no resulta una lista tediosa de reyes, sino un relato conmovedor que le hace a uno preguntarse: ¿qué he hecho con mi existencia?

Al finalizar sus días, el primer califa de Córdoba Abderramán III dijo que echando la vista atrás, solo había sido feliz durante catorce días en toda su vida.

Espero poder superar la cifra y cuando rememore los días de alegría, está claro que alguno de ellos se los puedo atribuir a haber escuchado Los Pasajes de la Historia de Juan Antonio Cebrián.

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