Un turco en Italia

Si la vida fuera una consecución de pormenores hilados unos con otros, dos semanas atrás asistimos a una buena muestra de ella en el Teatro Campoamor. No me considero especialmente detallista. Es más, creo que incluso me he esforzado por no parecerlo, al creer que le desvía a uno del buen camino hacia esa quimera presuntuosa llamada esencia o verdad. Pero me doy cuenta de mi equivocación cuando más cuesta dar marcha atrás, cuando ya se vive cómodamente instalado en la complacencia.

El título de la obra de teatro, Cáscaras Vacías, que se representaba en Gijón a la vez que Un Turco en Italia y a la cual asistían nuestros amigos Claudio y Marta, podría simbolizar el resultado de dejar atrás lo supuestamente accesorio para centrarse en la gran foto, como dirían los anglosajones o en lo principal, que en realidad dudo de que exista. Un claro ejemplo lo veo cuando precisamente quedamos a cenar con nuestros amigos. A lo largo de lo años, creo que nunca he visto a Marta con la misma ropa. Cada noche nos sorprende con un nuevo modelo que le sienta francamente bien, a juego con su locuaz conversación, mientras yo callo. En cambio, ella podría decir justo lo contrario de mí: “¡En todos estos años nunca le he visto con una ropa diferente!”. El estilo frente a frente con la nada. Me comporto como la placa de Petri que se llama control en los experimentos biológicos, la cual queda vacía para poder apreciar el contraste con los floridos cultivos que se desarrollan en las otras. Me temo que no preocuparme por el vestir no se ha traducido en una conversación más atractiva, sino en un aspecto poco seductor.

En contraposición a mi minimalismo estético, la ópera de Rossini fue en sí una serie constante de detalles concatenados. Desde el principio, durante la apertura, se representaba el lento despertar de una calle de Nápoles. La pizzería Vulcano abría sus puertas mientras el camarero colocaba las mesas, llegaban en tranvía unos coloridos gitanos procedentes de Turquía y el poeta Prosdocimo emergía de una alcantarilla buscando inspiración para su nueva obra de teatro bufa. Él todavía no conocía que el complicado pentágono amoroso entre Don Narciso, Fiorilla, Zaída, Don Geronio y el príncipe turco Selim formaría parte de la trama que fuera a escribir. Texto que se basaba en unas relaciones que él mismo terminaría por manipular a su antojo, ya que interactuaba con los personajes principales para que éstos se comportaran según lo que la desbordante imaginación del dramaturgo les sugería.

Muchas veces no se distinguía con certeza qué formaba parte de la comedia acontecida sobre el escenario o fuera de él. Prueba de ello fue el mal funcionamiento de los sobretítulos a lo largo de toda la obra. Comenzaron tarde, descoordinados y en mitad del segundo acto se vieron proyectadas las tripas del código que los programó, mientras algún operario seguramente sufría un principio de angina de pecho por el fallo cometido en un lugar que vende solemnidad a raudales.

La anécdota me recordó a una que cuenta mi suegro con mucha gracia. Cuando era joven, fue a ver una película sobre Alejandro Magno en Santa Cruz de Mieres. Alguien se debió de equivocar al cambiar los rollos de celuloide, ya que el padre de Alejandro Magno aparecía una y otra vez cantando y bailando borracho: “Soy Filipo el bárbaro, soy Filipo el bárbaro…”, tiempo después de que su hijo lo asesinara. Fue toda una pesadilla incluso para el propio conquistador, que le obligaba a presenciar la resurrección de quien le estorbaba para conseguir sus propósitos, a la par que provocaba risas desternillantes entre los allí presentes que todavía recuerdan muchos años después.

La letra pequeña a veces le hace sombra a la grande y no solo en los contratos hipotecarios. La escenografía de Emilio Sagi abundó en la acción en segundo plano, que lejos de distraer, hacía sonreír, o incluso daba oportunidad de rellenar la escena con otras propuestas más irreverentes aun. Por ejemplo, mientras Don Geronio lloraba al público sobre los quebraderos de cabeza que le proporcionaba su joven y díscola esposa Fiorilla, casi entre bambalinas, un italiano con aires bravucones volvía a su casa ebrio, fumando tras una noche de fiesta. En un momento dado, se detuvo frente a la fachada de un edificio. Yo pensaba que tal vez comenzaría a orinar contra la pared, pero no llegó tan lejos, ya que hubiese sido visto cómo un acto de mal gusto a la par que demasiado efectista para el público ovetense más conservador. Tanto como la ropa tendida en un barrio de Nápoles, fielmente representado, que desaparecía entre acto y acto para dar a entender el paso del tiempo.

Sin embargo, todo el mundo aceptó y rió la gracia del obstinado marido cuando se salió del guión deliberadamente y soltó un: ¿Por qué no te callas? Fue un sutil toque de atención a la gente que presta atención a su teléfono móvil durante los espectáculos, ya que el improperio lo dirigió hacia una figurante que hablaba a voces por teléfono mientras el príncipe Selim negociaba con Don Geronio la compra de Fiorilla. No contento con repetir la expresión icónica del padre de Felipe VI, aprovechó que nos encontrábamos en Asturias para añadirle un popular ho. En dicha escena también se dijo todo sin decir nada de forma jocosa cuando el italiano recriminaba al turco que éste bebiera alcohol. Solo movió un dedo de un lado a otro, mientras representaba el gesto tan propio del islam cuando se encuentran rezando.

En otro momento estelar, un fidedigno tranvía, que podría haber sido sacado del estrambótico final de la película Academia Rushmore de Wes Anderson, se estrelló con demasiada precisión, acompañado por efectos especiales que no formaban parte de la partitura de Rossini. Don Geronio, sin cantar, nos tranquilizó alegando que la obra debía continuar, saliéndose por un instante de su papel de marido cornudo. Después del alboroto, una mujer con el brazo en jarra comentaba lo ocurrido a un viandante y consolaba al conductor. Todo se encontraba dentro de lo que Emilio Sagi y en otras ocasiones el responsable del libretto, Felice Romani, nos querían transmitir. No era otra cosa que introducir el metalenguaje para dar oportunidad a los personajes de evadirse de sus propias circunstancias ficticias que también pueden resultar agotadoras. En la actualidad, dicho recurso no resulta tan novedoso ya que se ha acudido a él en numerosas ocasiones. Woody Allen ha hablado directamente al espectador en varias películas, pero en el siglo XIX no era tan habitual dicha innovación. Fue muy vanguardista y de nuevo nos muestra que todo se inventó en la antigüedad.

La ya nombrada alcantarilla formaba parte del paisaje, como la persiana rota que tanto juego dio a un periodista gallego, cuyas crónicas sobre el último mundial de fútbol seguí y en las cuales escribía de todo menos de fútbol. No solo de ella emanaba la inspiración inicial, sino que durante la actuación soberbia de Fiorilla, unos operarios colocaban una valla y se introducían en el pozo de registro, mientras una mujer con un vestido estampado limpiaba la valla, disimulando así su verdadera intención, que no era otra que cotillear sobre los flirteos del príncipe turco con la bella joven. Cuando el poeta se cayó en la misma, me recordó a mis andanzas en la ciudad kirguisa de Osh un día del pasado agosto.

Las ventanas de los diferentes pisos tampoco pasaban desapercibidas. Por las mañanas hombres con el torso desnudo se estiraban, recibiendo así al nuevo día y por las tardes, algunas parejas discutían a la italiana mientras en la calle otras bailaban bajo luces y guirnaldas. El camarero leía un periódico cuando los personajes no necesitaban un trago para aguar sus penas y varias bicicletas zumbaban por el escenario de vez en cuando. Después de una semana turbulenta en mi interior, nada mejor para el espíritu que la representación de una Italia de los años 50 o 60 del siglo XX, con sus adoquines, paredes desconchadas pintadas con estuco, elegancia en forma de ropa colorida, gestos amenazantes sin consecuencias y ganas de vivir.

La trayectoria de Emilio Sagi se encuentra más que contrastada y me alegro de que después de participar como director de escena en los Teatros de la Zarzuela de Madrid y Arriaga en Bilbao, o incluso de haber representado en La Scala de Milán, todavía guarde un hueco cada año y no se olvide de su Oviedo natal. Sería una pena perderse sus magníficas aportaciones desbordantes de detallismo. Todo lo que a mí me falta.

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