El Superhombre Blandengue

Hace muchos años, en un día cualquiera, mi abuela podría haberse reunido con sus hermanas. Ya no quedaba rastro de marido alguno porque todos habían fallecido prematuramente. Siempre comentaba el mal resultado de los mismos, como quien se lamenta de la obsolescencia programada de los electrodomésticos. Pudiera ser que fuera entonces cuando aseveró que el hombre era una raza a extinguir.

Supongo que ella se refería al hombre frente a la mujer, no a la humanidad en general. Y aunque dudo de que se cumpla del todo su profecía, lo que sí se encuentra de capa caída es aquel modelo masculino clásico virtuoso, casi imaginario, el superhombre visto como persona que sigue sus propios códigos morales, el übermensch de Nietzsche. Sin embargo, su antítesis, que condensó El Fary en el hombre blandengue, vive un momento de esplendor, de gloria. Nunca antes el destino se lo había puesto tan fácil. Tampoco es culpa suya, solo se trata de una corriente favorable difícil de esquivar.

Parece claro que en la telaraña denominada globalización, que engulle líderes carismáticos para convertirlos en organizaciones sin cabeza, el übermensch ha quedado sin mucha razón de ser. En estos tiempos, florecemos las personas superfluas, que alejadas de ambiciosos proyectos, nos ocupamos como mucho de la conquista de lo verdaderamente inútil, que nada tiene que ver con el libro escrito por el alpinista Lionel Terray llamado Los Conquistadores de lo Inútil y que tanto le gusta a Noe.

Por ejemplo, tan flojo es nuestro deseo, que en vez de luchar con ahínco por un fin de semana de tres días, nos conformamos con llamar al jueves, juernes. De esta forma un tanto patética tenemos la sensación de alargar ese oasis tembloroso y de paso, se justifica el trasnochar un día más para consumir alcohol y opíparas cenas pensando que ya no hay que trabajar hasta el lunes.

Otro gran avance de la era blandengue ha sido aplicar el concepto de la deuda también a la edad. No contentos con derrochar los recursos materiales de las siguientes generaciones, ahora también procrastinamos con la vejez con frases del tipo: “Los cuarenta son los nuevos veinte” y poder así justificar no sé muy bien qué, pero seguro que alguien compra algo debido, o para ello.

Ya quedan pocos superhombres, quizá no hagan falta y estemos mejor sin ellos. Vladimir Putin podría ser uno bastante siniestro. Reinhold Messner es otro ejemplo menos escabroso.

Fue precisamente un juernes cuando quisimos ver una conferencia suya y de Krzysztof Wielicki en Oviedo, antes de recibir ambos el Premio Princesa de los Deportes. Finalmente no pudimos asistir por compromisos laborales, de ahí el espejismo que supone creer en el tercer día del fin de semana; pero Noe se dio cuenta de que el mismo sábado por la mañana impartía otra conferencia en Bilbao y una tercera por la tarde en Reinosa. Dado que se trataba de su ídolo, el único hombre por el cual confiesa que me dejaría, aun teniendo más de setenta años, accedí a regañadientes a acompañarla hasta la capital vizcaína.

El viernes por la tarde merendamos en Rialto entre banderas republicanas y constitucionales, al son del ruido que generan allá donde van Felipe VI y Letizia. Su presencia, las protestas y algún que otro aplauso me resultaban tan folclóricos como las representaciones históricas del desembarco de Carlos I en Laredo hacia su retiro de Yuste. En mi opinión, todo ello forma parte de un pasado que en realidad ya no existe, que terminó en Europa poco después de la ejecución de la familia Romanov, pero algunos siguen viendo a monarcas contra los cuales se requiere luchar y se entregan cada año con entusiasmo a dicho propósito. Yo solo veo destellos de estrellas muertas, revistas de papel cuché, meros adornos y una esclavitud muy bien pagada que no querría ni en broma. Eso sí, que los Premios ni los toquen. Se pueden llamar de la República Española, o Asturiana, pero que sigan viniendo a Oviedo cada año figuras de la talla de: Martin Scorsese, Francis Ford Coppola, Norman Foster, Arthur Miller, Leonard Cohen, Juan Rulfo, Les Luthiers, Annie Leibovitz, Paco de Lucía, Rafael Moneo, Bob Dylan, Amin Maalouf, Günter Grass, Frank Ghery, Óscar Niemeyer, Eduardo Chillida, Woody Allen, Antonio Muñoz Molina y un larguísimo etcétera.

Ya de noche nos encaminamos hacia Rubayo para no tener que madrugar demasiado al día siguiente. Daba la casualidad de que mi madre se encontraba en Bilbao celebrando el cumpleaños de una prima suya de la rama mexicana de la familia. El sábado comeríamos todos juntos y volveríamos a Rubayo para después retornar a Oviedo el domingo.

Justo al llegar a casa, la puerta de la entrada no funcionaba. Tuve que saltar la valla y comenzó una lucha entre el hombre y el objeto, llena de ira y furia. Soy bastante dado a verme involucrado en este tipo de situaciones absurdas que me sacan de quicio. Luchas intestinas contra seres inanimados que me recordaban a las presenciadas horas antes en el Campoamor, pero las mías se desarrollan con mucha más violencia. Noe, ante el espectáculo propio de un cafre, mezcla entre un Hulk advenedizo y Pepe Viyuela, presenciaba atónita lo acontecido mientras subía el volumen a la canción que estaba escuchando dentro del coche. No conseguí desguazar la puerta tal y como pretendía, pero sí abrirla y lograr entrar para dormir un poco.

A la mañana siguiente nos preparamos para salir, no sin antes crisparme un poco más por ducharnos con agua fría porque el termo de agua caliente se encontraba apagado y afeitarme sin espuma debido a que el bote se había terminado. La lucha del hombre superfluo, aunque indigna, consigue soliviantar los ánimos igualmente. Condujimos hacia Bilbao y llegamos al Palacio Euskalduna para escuchar a Messner. La conferencia fue en italiano, con lo cual en la entrada se proporcionaban auriculares con traducción simultánea. Para asegurar la devolución del aparato, la organización pedía entregar un D.N.I, pero en vez de guardarlo ordenadamente en la caja de la cual habían sacado los auriculares con números correlativos, crearon una montaña de documentos de plástico, quizá a modo de homenaje al alpinista invitado.

La conferencia estuvo a la altura del personaje. Se percibía todo lo que predica, pero he de decir que la traducción simultánea fue lamentable. Siempre he sentido empatía por la difícil tarea de los traductores. Me parece un trabajo tan mágico como el de cocinar, pero la verdad es que lo podría haber preparado un poco mejor. Poco le hubiese costado aprenderse términos tan sencillos como: botas de montaña, en vez de zapatos de montaña, o autosuficiencia en vez auto responsabilidad. Todos los nombres de picos memorables y acompañantes de expedición los trafulcó y si Messner hablaba con una seguridad leonina, a juego con su melena, la voz que escuchábamos por los auriculares sonaba timorata.

Durante el descanso, Noe quería comer algo, pero la caótica distribución de un edificio en el cual nunca se sabe en qué planta se encuentra uno, nos impidió llegar a la cafetería a tiempo aunque viéramos a los camareros preparar los pinchos.

Fueron casi dos horas de aventuras relatadas por un verdadero superhombre que no dio lugar a un coloquio posterior. A la salida de la conferencia, el caos para recuperar nuestro D.N.I fue más controlado de lo esperado, pero aun así tardamos casi media hora en salir del aparcamiento. Si bien disponíamos de tiempo suficiente, tardamos casi una hora adicional en cruzar Bilbao y llegar a dónde habíamos quedado con nuestros familiares. Dejamos el coche en el aparcamiento de El Corte Inglés de la gran vía y moviéndonos con dificultad debido a la cantidad ingente de personas que caminaba por la calles, alcanzamos el restaurante.

Se trataba de un establecimiento más propio de familias jóvenes que sueltan a sus niños para que se desfoguen con el resto de comensales, que de grandes aficionados al arte culinario como el patriarca José Lorenzo Vicario, pero la idea de todos no era otra que pedir ensaladas o similar para compensar los excesos sufridos por ellos el día anterior durante la celebración. Me llamó la atención que aun resultando todo un tanto informal, en la entrada, un maitre acompañaba a los comensales a sus mesas, rechazando a quien no tuviera reserva. Mientras, la maqueta de un tren recorría las cabezas de todos los allí presentes.

Noe y yo, tras no haber comido nada durante la larga mañana, pedimos una hamburguesa, de esas que llaman de autor, como los que pretenden hacer de algún tipo de cine, mal llamado de autor, algo exclusivo y no apto para presuntos asnos. Aunque tardaron mucho y el ambiente abarrotado no daba lugar a la ansiada tranquilidad, por lo menos la mesa era redonda y permitía que todos hablásemos con todos. Escuchamos las aventuras de mi madre por la Sierra Madre mexicana junto a su prima Ema, o que parte de la familia de su marido Jaime proviene de Polonia, hecho que desconocía, si bien es cierto que su apellido ya daba ciertas pistas. Precisamente la idea de ambos era viajar al día siguiente al pueblo natal de uno de sus abuelos.

Después de comer quisimos tomar un helado en la vetusta cafetería Alaska, a la cual acudía mi madre de pequeña cuando salía del colegio, lugar donde ahora se encontraba nuestro vehículo. Las calles seguían repletas y la cafetería también. Tomamos el helado de mala manera, en la puerta, con todo el mundo demasiado cerca. Acompañamos a todos al portal donde vive José Lorenzo y los más mayores descansaron un poco mientras Noe y yo aprovechamos la tarde para caminar por las siete calles. Paseamos por delante de la iglesia de San Vicent, dónde se casó mi abuela, junto el café Antzokia y frente a la pastelería Nueva York, con cierto estilo Art Noveau, en la cual mi madre celebró su primera comunión.

En el casco viejo tampoco encontramos tranquilidad alguna, solo familias acomodadas que soltaban a sus fieras en las cafeterías que rodeaban la Plaza Barria, punkis sentados en la acera que parecían añorar los años ochenta, pero sin perder la sonrisa y los pobres descarriados con voz de cazalla que se enzarzaban en interminables discusiones que nunca llegan a ninguna parte. Tampoco faltó algún que otro resto de orina, propio de cualquier edificio antiguo de piedra que se precie. Comimos una Carolina y mientras paseábamos a lo largo de la ría, a la altura del Teatro Arriaga, vimos un cartel anunciando una obra de teatro recomendada por nuestros gurús Claudio y Marta, pero cuya representación en Avilés nos perdimos el verano pasado por encontrarnos extraviados en Moscú volviendo de vacaciones. No se trataba de una obra cualquiera, sino de Lehman Trilogy, un grandioso espectáculo sobre el auge y caída de Lehman Brothers. Una épica a modo de musical solo equiparable a The rise and fall of Ziggy Stardust o The Wall, que engloba a judíos, dinero y depravación. La tentación era considerable porque siempre me han interesado los entresijos de un pueblo que aun pareciendo blandengue, lleva sobreviviendo a innumerables intentos de extinción durante miles de años y en la actualidad domina el mundo más que nunca, sin grandes golpes de efecto, salvo los que da de vez en cuando el deplorable gobierno de Israel. Todo lo que el resto consume, ellos lo atesoran.

Eran las seis y media de la tarde y la obra comenzaba a las siete y media. Si no fuera por Noe no hubiese vencido mi perezosa visión del mundo. Tuvimos tiempo suficiente para convencer por la fuerza a mi madre, comprar las entradas y visitar la casa de José Lorenzo, que fue como realizar un viaje a los tiempos de las mesas camillas repletas de fotos, paredes rebosantes de cuadros y habitaciones que olían a muebles de madera de verdad.

El teatro Arrigaga se inauguró hace más de cien años en honor al compositor Juan Crisóstomo Arriaga. No lo conocía por dentro, pero su estilo neobarroco aguanta el paso del tiempo, no tanto sus incómodas butacas por mucho que se hayan remodelado, o las columnas que impiden ver correctamente. Eso sí, siempre se sabe en qué piso se encuentra uno.

Una vez que entramos y nos dieron el folleto explicativo de la obra, caímos en la cuenta de que duraba más de tres horas y que incluía dos descansos. No era para menos. Contar los devenires de una familia a lo largo de tres generaciones requiere tiempo, pero el día la verdad no parecía el más adecuado.

Al igual que la conferencia de por la mañana, la obra cumplió con todas las expectativas creadas. Los ocho actores encarnaron de forma brillante más de cien personajes que intervinieron en la creación de un emporio que sobrevivió a la guerra de secesión norteamericana, las dos guerras mundiales, e incluso la gran depresión, pero no pudo con las hipotecas basura. Lo más difícil siempre consiste en terminar una idea con dignidad. Cuando una empresa crece demasiado, llega un momento en el cual la abstracción se hace tan grande que todo pierde su sentido primigenio y solo puede caer.

En el caso de Lehman Brothers, el mastodóntico banco de inversión empezó como una pequeña tienda de ropa y telas que un judío alemán hijo de un ganadero de Baviera llamado Henry Lehman abrió en Alabama en 1844. Posteriormente llegaron sus dos hermanos Emanuel y Mayer. Cada uno tenía su papel. Henry, que murió prematuramente debido a un brote de fiebre amarilla, actuaba como la cabeza. Emanuel, el mediano, ejercía de brazo ejecutor y a Mayer, el más pequeño, le quedaba el arduo trabajo de terciar entre sus dos hermanos mayores. Con tal maquinaria perfecta, unida a una ambición desmedida, la pequeña tienda pronto se les quedó pequeña y se pasaron al negocio de intermediar con el algodón para crear una gran fortuna, trasladarse a Nueva York y ayudar a fundar el mercado de materias primas, que desembocaría después en el mayor mercado bursátil del mundo.

El hijo de Emanuel, Philip, se hizo socio de la empresa en 1884. Convenció a su padre y tío para diversificar el negocio, invirtiendo en café, tabaco y ferrocarriles y quedó a cargo de la firma a comienzos del siglo XX. Fue con la segunda generación cuando se atisbó cierta abstracción de la que hablaba con anterioridad, cierto alejamiento de los valores tradicionales de los fundadores, cierta ansia de poder en el sentido más amplio de la palabra y una visión grandiosa para crear la sociedad de consumo que vivimos en la actualidad.

Resulta espeluznante el minucioso casting que hizo el propio Philip para elegir esposa según varios criterios, cada uno con puntuación numérica. La suma de todos ellos asociaba a cada mujer con un número y la que ganara el concurso se convertiría en su compañera. También es cierto que de alguna forma todos lo hacemos, pero de un modo menos consciente, sin plasmarlo en negro sobre blanco. Sí, acabó eligiendo a la esposa perfecta para sus fines, que no eran otros que prolongar la saga en su hijo Robert.

Durante la primera guerra mundial, apoyaron financieramente acciones militares contra la Alemania de sus ancestros sin ningún remordimiento y en el crack del veintinueve salieron re fortalecidos al sobrevivir frente al resto.

La tercera generación de la empresa la lideró Robert, que a pasar de ejercer de dandi, de bon vivant aficionado a las carreras de caballos, también fue el primero que permitió a socios ajenos a la familia entrar en el negocio a través de ampliaciones de capital. De este modo, se logró el desarrollo total del monstruo que provocó el trascendente final que tuvo muchos años después de que Robert muriera y los designios de la empresa salieran del control de la familia Lehman, debido a que éste murió sin descendencia.

La obra de teatro de Sergio Peris-Mencheta no creo que deje a nadie indiferente y me gustaría conocer a alguien que no salga entusiasmando, incluso los ajenos al mundo de las finanzas. Derrocha talento interpretativo, imaginación e incluso se atreve con la música y el humor. Creo que ha sido de las pocas versiones de canciones de Bob Dylan que han logrado salir airosas.

Un prodigio digno de estudio y un relato fascinante que me recuerda al que vivieron los hermanos McDonald con su restaurante, que comenzó ofreciendo comida calidad y que terminó por convertirse en el paradigma de la comida basura industrial mundial.

Todo ocurre cuando un individuo se acerca a un producto que tiene buena pinta y gracias a la abstracción lo convierte en un leviatán ya incontrolable, pero que da trabajo a muchas personas y el cual hay que seguir alimentando.

En el caso de los hermanos McDonald, su tumba se comenzó a cavar sola cuando conocieron a un vendedor ambulante llamado Ray Croc que se maravilló con la eficiencia del restaurante, que no podía expandirse, según ellos, porque resultaba imposible asegurar la calidad del producto. Al final, Ray Croc logró hacerse con la empresa y montar la multinacional que todos conocemos y que tanto nos gusta odiar. De paso, se hizo multimillonario.

A duras penas logramos sobrevivir a las casi cuatro horas de función. Descendimos por la escalinata para salir a una noche apacible en lo climático que seguía rebosante de gente y ruido. A lo lejos, unos músicos tocaban una versión de una canción de Rage Against The Machine, mientras nosotros volvíamos a por el coche y los últimos corredores terminaban el maratón nocturno de Bilbao que acababa de concluir.

Vi a un operario quitar esas cintas de plástico que tanto gusta poner en los eventos deportivos, o cuando se acordona la manzana de una ciudad por parte de la policía porque se ha atracado un banco. Fue en dicho instante cuando caí en la cuenta de que tal vez el aparcamiento de El Corte Inglés no estuviera abierto a las once y media de la noche. Rodeamos los escaparates y efectivamente, el aparcamiento había cerrado el sábado a las nueve de la noche y no abría hasta el lunes a las nueve de la mañana.

Lehman Brothers, McDonald’s y nuestro fin de semana, todos parecían ejemplos de cómo gracias a dejarse llevar, un principio inocente termina en un disparatado final. De nuevo juré hasta cubrir el cupo de la próxima década, mientras notaba el lado más sádico de Noe disfrutar de nuestra desgracia. No pensaba en cómo explicar que faltaría el lunes por la mañana al trabajo. No me dio tiempo, ya que a Noe se le ocurrió llamar a El Corte Inglés a esas horas intempestivas. La llamada fue desviada automáticamente al portero de seguridad que nos abrió amablemente. Reconozco que la misma persona que me mete en líos, resulta ser la misma que los arregla.

Salimos del aparcamiento pasada la media noche, con algunas carreteras cortadas por la carrera. Terminamos cruzando el túnel de Artxanda y mientras, una Noe triunfante, pero no satisfecha del todo, ponía y cantaba a modo de coda la canción: Les Champs-Élysées. Para mis dentro yo pensaba que mejor haber puesto cualquiera del disco de Blur: Modern Life is Rubbish. Una vida moderna que fomenta tanta actividad, tanto agobio a todas horas como bienes produce el capitalismo sin control. Espero que fuera a modo de broma cuando la propia Noe sugirió que también podríamos haber visto la exposición del legado de Thanhausser en el Museo Guggenheim. Seguro que se trata de otro judío con una vida fascinante y tacaña, pero sobrepasa los límites del hombre blandengue, ahora conocido como el superhombre blandengue para estar a juego con estos tiempos en los que reinan los eufemismos.

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