La burocracia hecha poesía

Noe cree saber si algo me va a hacer gracia y en ocasiones espera al momento justo en el que nos vamos a dormir para contármelo. Suele acertar y así el día termina mejor de lo que cabría esperar.  Normalmente yo me río y pasamos a otra cosa, como cuando uno come un poco de dulce de membrillo entre quesos de sabores dispares. Sin embargo, la semana pasada, después de que soltara la gracieta y ya estábamos comentando lo siguiente, yo me volví a reír de lo anterior porque a veces las carcajadas se representan en varios actos, al igual que la ópera.

Me relató con mucho detalle la bonita historia que le había contado un amigo suyo del instituto. Hace unos años trabajó para una empresa pública de esas que esconden detrás de su estructura mastodóntica un amor por la burocracia bien hecha como fin supremo. Cada trabajador debía rellenar todas las semanas un parte en el cual detallaba mediante innumerables códigos farragosos todo lo que hacía, para después insertarlo en una aplicación imposible de entender; así parece que alguien más inteligente que uno la ha programado, cuando suele ser precisamente lo contrario. Dicho parte era firmado por el propio empleado, su superior y el superior del superior. En la jerga empresarial moderna, al jefe inmediato se le llama el n+1, porque así da la sensación de que la serie sigue hasta el infinito y de que la empresa nunca termina, igual que jamás encontraba el fin cuando  de niño enfrentaba dos espejos en el cuarto baño. Resulta bello, uno es la variable n y siempre hay alguien por encima que es el n+1, arropando u hostigando, eso ya depende de nuestra percepción o circunstancias. Todos somos jefes, pero a la vez, nadie se libra de tener uno.

Rellenar dicho parte resultaba vital, según lo que especificaban todos los planes de calidad y protocolos de la empresa. Nadie cobraría a final de mes si no se encontraban correctamente rellenados, validados y guardados en los servidores. Nuestro amigo lo cumplía pacientemente todas las semanas, empleando quizá demasiado tiempo, pero pensando en la condición sine qua non que representaba tal labor para cobrar y la verdad es que funcionaba. Él completaba el formulario todos los viernes y después recibía una nómina. Lo que hiciera el resto de los días parecía quedar un poco en segundo plano. Pasaban los meses y todo discurría sin problema alguno, al igual que lo hacían los veranos de la infancia. Cobraba como consecuencia de introducir unos números en un parte y asunto resuelto. Se encontraba predispuesto a aceptarlo hasta que un día decidió dejar la empresa, harto de que nadie se fijara en su trabajo productivo, porque no sólo de cumplimentar estadillos vive el hombre. Parecía lógico que su tarea de los viernes quedara atrás porque ya no era empleado, sus códigos habían quedado obsoletos, ya no formaba parte de esa gran familia que en países como Japón define al individuo hasta la muerte. Para los japoneses, el trabajo y lealtad a un empresa forman parte del interior de uno mismo y no se distingue mucho del hígado, del bazo, o de ambos intestinos. De la cuna a la sepultura, dicen. Supongo que allí abandonar un empleo para irse a otro en el que paguen más se convierte en el autoexilio mayor que puede realizar un ser humano. Los verán como a aquellos plicaflores que nunca sientan la cabeza y que con cincuenta años siguen yendo por los desguaces de carne cada noche, más por costumbre que por ganas. A los ojos de los nipones, mi amigo cometió el peor de los adulterios al irse voluntariamente. Según ellos, quizá dicho trabajador deba indemnizar a la empresa por dejarles tirados, al igual que lo hace la compañía cuando despide a un empleado.

Naturalmente, nuestro amigo no tuvo que compensar a la empresa pública. Sus caminos se separaron y los viernes los dedicaba a otras actividades más provechosas que transformar sus quehaceres en códigos que introducir en un portal informático. Llegaría el último día del mes y por no haber rellenado nada, no cobraría, pero su sorpresa fue mayúscula cuando le ingresaron su sueldo igualmente y lo mismo al mes siguiente. ¡El hombre había vencido a la burocracia! No solo quedó patente que rellenar los partes desembocaba en un un ejercicio baldío, cuando repetían constantemente que formaba parte fundamental del engranaje del sistema, sino que ni siquiera resultaba necesario ir a trabajar para cobrar. Se cumplía el sueño de aquel que decidió un día expresar sus deseos en una pared de Torrelavega con la pintada: “¡No queremos trabajar, queremos un sueldo!” ¿Qué ocurrió con todos los procedimientos, protocolos y elementos de control? ¿Un administrativo con iniciativa podía desautorizar a todos los n+1? ¿Es precisamente el administrativo que gestiona las nóminas el único n? El que no tiene a nadie por encima. 

Cuando me imagino este tipo de situaciones siempre pienso en Italia, porque allí todo el mundo interpreta las cosas a su manera, no se limitan a seguir órdenes de su superior sin pensar. Puede que por dicha razón todo funcione también a su manera, pero funcione al fin y al cabo.  También pienso en todas las cosas en las que creíamos y no sirvieron para nada: la hora de la digestión antes de bañarnos en la playa, la escasez de petróleo que iba a llevarnos a la ruina y es ahora la sobreoferta la que también hunde los mercados, el efecto dos mil que provocaría el caos durante la medianoche del 31 de diciembre de 1999, o el sello que garantiza que un lugar se encuentra libre de Covid-19.

¿Acaso la anécdota ha traspasado la vis cómica y se ha convertido en una lección de vida algo derrotista? ¿Todo lo que hacemos no vale para nada? Todo el día preocupados por lo que nunca ocurrirá y empleando el tiempo en resolver problemas inexistentes, o que sencillamente se resuelven solos dejando pasar el tiempo, como lo hace el invierno para el que espera con ansia el verano. 

Un buen día, alguien de la empresa pública en la que trabajaba nuestro amigo se dio cuenta de la gotera y le pidieron que devolviera las nóminas cobradas sin trabajar, e incluso consiguieron revertir las cotizaciones adicionales de la Seguridad Social. Nuestro amigo lo hizo gustosamente, pero ojalá conserve la hoja en la cual aparecían esos meses fantasma cotizados, aunque solo fuera por la ilusión de engañar a la maraña de tareas absurdas que llenan nuestro tiempo. Aunque nos dan un cierto sentido ficticio de orden y sosiego, siempre terminamos por abusar de aquello que nos reconforta y nos hundimos.

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