Sobre Finales Felices

No concibo que los finales puedan ser felices, porque de serlos, las historias no terminarían nunca. Los que lo parecen los veo tan artificiosos como a quien posa con esmero sobre la mesa una taza ardiendo que le abrasa los dedos. Los finales, bien son impuestos o provienen de la fatiga. Derivan de necesitar un cambio, no de dejar de pasárselo bien porque sí. Pocos en su sano juicio consiguen preparar con cuidado e ilusión su propio ataúd. Si se van del paraíso, es porque les obligan o no les parece tal y lo hacen un día determinado, sin demasiada dilación.

Porque aun los desenlaces que simulan languidecer, ya terminaron de forma brusca a una hora cualquiera, pero siguen con la sensación de vivir que tiene un zombi mientras camina. El final siempre me parece un instante, un despertar abrupto. Lo demás son las brasas del árbol que ya nunca será madera.

Recuerdo perfectamente la certeza de no querer estar más junto a una determinada chica, aunque después se alargase todo un poco o hubiese alguna recaída, igual que lo hace el verano o el invierno, regalando nieve en primavera y mañanas calurosas en navidades, pero siempre llega a mostrar su verdadera naturaleza. A veces fui cobarde y cruel. Simplemente dejé que la distancia oceánica hiciera por mí el trabajo de enterrarlo todo, sin rematar nada, sino olvidarlo cual caso policiaco que nunca se resuelve. Mientras me daba su dirección y me despedía, sabía que a lo sumo contestaría a una de sus cartas. En otras ocasiones fui más honesto y di la cara, a la vuelta de un viaje de verano, cuando me di cuenta de que durante nuestra separación la echaba más de más que de menos. Incluso he llegado a hacer el ridículo y he puesto la venda antes que la herida. Pensaba, todo digno, que no quería seguir con lo que puede que nunca hubiera empezado y lo zanjé de antemano, como quien comunica que se marcha de un trabajo sin ni siquiera haberlo conseguido todavía, porque caer bien al entrevistador no significa que llevara años trabajando para la empresa en cuestión. Pero la triste realidad es que he estado más veces en el lado contrario, cuando uno se sentía amputado de la chica con la que estaba y confiaba en que le volvieran a crecer los pies y las manos porque ya casi utilizaba las de ella en vez de las propias. Lamentablemente, las ramas injertadas que tardan meses en brotar de las relaciones se podan en un soplo sin previo aviso, no a finales de invierno que es lo que marcan las buenas prácticas de jardinería.

Como no podía ser de otra forma, el protagonista de la película El Hombre que Amaba a las Mujeres terminó atropellado. Lo suyo fue también un visto y no visto. Su vida resultaba una quimera de algo que nunca encontraría porque no se enamoraba de ellas, sino que creía estar enamorado del amor. Una de sus conquistas se lo recordó. Por lo tanto, la única forma de comenzar y finalizar la película era con las consecuencias de un golpe seco al atravesar la calle mientras perseguía su próxima intención, acariciar unas piernas elegantes que siempre rondaban sus pensamientos. De forma análoga dejó este mundo el cineasta que dirigió tan gran película. El propio Truffaut también murió antes de tiempo. No lo recuerdo, porque yo era un niño que veía Los Cazafantasmas, pero debió de ser muy triste. Sin embargo, sí he visto fotos de su funeral, de sus hijas con gafas de sol oscuras, de su pareja de entonces, la bella Fanny Ardant, que aquel día se acordaría del estreno de la última película que rodaron juntos poco más de un año antes, Vivamente el domingo, cuando la vida aún les sonreía. Su partida no fue cruzando un paso de peatones, sino debida a un tumor cerebral, en octubre de 1984, con cincuenta y dos años de edad y con mucho cine en la cabeza por aprovechar. Porque para él, el cine era más grande que la vida y así lo entendió, contando muchas veces la suya propia.

Hablaba de su infancia, adolescencia y primeros años de la edad adulta a través de Antoine Doinel, pero también lo hizo a través de Bertrand Morane, hombre de mediana edad, irresistible para las mujeres por su forma de contar las cosas sin épica aparente, por su trato considerado y amable. Al personaje le gustaban los libros porque su madre, que lo repudió, no le dejaba moverse, solo leer sin hacer ruido mientras pasaba las páginas. ¿Hasta qué punto sería autobiográfica la anécdota? Quizá por ello, Bertrand no pudo amar a una sola mujer y necesitó amarlas un rato a todas, abandonándolas casi siempre él primero, por miedo a ser rehusado por ellas, al igual que lo fue por su madre. Ella también tuvo muchos amantes de los que guardaba en un cajón toda su correspondencia y fotos. Bertrand la imitaba.

La película se estrenó poco después de nacer yo, en 1977, pero como si se tratara de una premonición, en ella ya se vislumbraba a un hombre que empezó a escribir sobre sí mismo a una edad tardía. A mí no me rechazó una mujer, a Bertrand sí y por eso se puso delante de la máquina de escribir, pero casi, porque me dejó la juventud, que como al amor al amor atesoramos cual utopía. Yo lucho contra ella añorando una vejez que quizá no viva por miedo precisamente a un final brusco que termine con todo. Solo espero que mis escritos tengan mejores títulos, porque su autobiografía amorosa la tituló: El Cabalgador. Quizá fue un chiste del director. Menos mal que luego la editora, con la que también tuvo un romance nuestro héroe lo cambió por: El hombre que amaba a las mujeres.

Truffaut también parecía que amaba platónicamente a todas las mujeres en general y a Catherine Deneuve en particular, porque sostenía que una película en la que saliera ella no necesitaba argumento, los espectadores se contentarían simplemente con verla en pantalla, aunque ese endiosamiento se trata más bien del amor al amor del que ya se ha hecho mención. El amor hacia alguien nunca puede ser deificado porque el de verdad incluye mucha porquería, mucha capacidad de disfrutar del tedio sin estar a disgusto. Encontrar a alguien con quien aburrirse de vez en cuando con una sonrisa no es tan sencillo.

La gran expresión de nuestro tiempo: Netflix y mantita, esconde muchos matices dispares que van desde las relaciones afectivas hasta el control social, porque  sin entrar en conspiranoias, Noe ya se percató antes del confinamiento de que parecía como si se estuviera fomentando que nos quedáramos en casa para que no alborotásemos demasiado o similar. Hace años, cuando los automóviles eran un bien preciado, se escuchaba carretera y manta y más adelante Joaquín Sabina tuvo una bronca con el siempre cansino Ramoncín por llamar a su gira Carretera y Top Manta. Lo que la manta unió, que no lo separe nadie, pero bromas aparte, lo cierto es que no solo se puede vivir de jamón ibérico, se necesita mucha harina, mucho pan que absorba la grasa para que no nos ahoguemos en aromas embriagadores con reminiscencias a bellotas.

Una sobredosis de pasión fue precisamente lo que devoró a los protagonistas de otra gran película de Francois Truffaut llamada: La mujer de al lado, presentada en 1981. En ella, un joven Gérard Depardieu, casado y con un hijo, se encuentra con una antigua amante, Fanny Ardant, cuando ésta se muda a la casa de enfrente junto a su marido. Ambos vuelven a jugar a aquel amor enajenado que por otra parte parece no llevarles más que a un ardor interminable más adictivo que el tabaco, pero no más que ver series juntos. Ya lo dice el propio protagonista, recordando cuando dejaron su relación ocho años atrás: Toda historia de amor tiene un principio, un intermedio y un final. Tras muchas tardes de hotel, locuras varias por parte de ambos, desencuentros, internamientos en instituciones psiquiátricas, vuelven a encontrarse. En ese instante, mientras veíamos la película le pregunté a Noe: ¿lo suyo no va terminar nunca? Y sí, lo hizo a modo de respuesta inmediata. Fue inesperado, como debe de ser un buen final.

5 comentarios sobre “Sobre Finales Felices

  1. Brillante como siempre! Con tu narrativa contradictoria y esclarecedora; en que nada es para siempre, aunque el suelo que pisamos no sea el paraíso tan temido. Las citas a las obras de Truffau, La belleza de la Deneuve, Joaquín (que se dio la vuelta, porque de lo contrario terminaría como el personaje de “el hombre…” y como describes no solos a los personajes de carne y hueso, sino al imaginario, resultan para este lector, algo fantástico! Un cordial saludo.

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  2. Un gusto leer estas reflexiones sobre finales y el amor. A mí me gusta decir, a modo de broma, que una relación no es sólo “follar y comer pizzas”, aunque si así lo fuera sería un tormento. Hay algunos que son adictos a esa fase, la cual, como bien dices, hay que incorporarle el sosiego y el contrapunto del pan. Supongo que estos pasan de relación en relación, intentando revivir lo vivido, y acaban muriendo de hipertensión o de insatisfacción, logrando un final digno de contar. Los que vivimos en un mundo más terrenal, quizá sólo aspiremos a una disyuntiva para nuestro final: el sufrimiento o el final más típico, el que por sabido no merece la pena contar.

    Un abrazo, compañero. Adelante!

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