Los Negrete Hernández-Arrieta

I – Prólogo sobre Carranza

Se podría decir que para mi familia materna, casi todo comienza en el Valle de Carranza, hoy en día oficialmente Karrantza Harana. Se encuentra en la provincia de Vizcaya, pero sin embargo parece una ínsula sin serlo, dentro de la vecina Cantabria. Este efecto se debe precisamente a la isla que delimita en Vizcaya el municipio cántabro de Valle de Villaverde, pudiendo entrar así en una especie de paradoja de Russel sobre si el conjunto de los conjuntos que no forman parte de sí mismos, forma parte de sí mismo.

Geográficamente, el valle desagua por el noroeste hacia el río Asón en Cantabria, su salida natural. La cordillera de Ordunte lo separa de Burgos al sudeste y el alto de La Escrita ejerce de divisoria con la cuenca del río Cadagua. La carretera principal, que cruza todo el municipio, une los núcleos de Gibaja y Balmaseda, ubicados en provincias diferentes, pero para ir del primero al segundo se parte de Cantabria, se entra en el País Vasco, se vuelve a Cantabria y se termina de nuevo en País Vasco. Quizá dicha circunstancia de parecer estar y no estar al mismo tiempo se relaciona con esa sensación que tengo de ser vasco no practicante, o esa genialidad que contestó un primo de mi madre, con el que compartimos apellido carranzano, a un testigo de Jehová: “No se moleste conmigo. Apenas creo en la mía, que es la verdadera, como para creer en la suya”.

Y es que Carranza es un municipio sin pueblos, un concejo compuesto directamente por barrios dispersos, aislados por la orografía del resto de Vizcaya, pero sin pertenecer administrativamente a Cantabria. Se podría decir que el valle se encuentra en un limbo peculiar y al cual mi abuela nunca le tuvo mucho cariño, a pesar de haber nacido allí, en la casa familiar del “Gurugú”. Ella amaba el asfalto gris de Bilbao, el tizne en contraposición a un ambiente rural sin un núcleo concreto que yo siempre asocio indebidamente al volcán extinto en el Rif de Marruecos llamado Gurugú que presenció batallas encarnizadas a principios del siglo XX entre tropas españolas y marroquíes.

Me figuro que a finales del siglo XIX, Carranza no ofrecía mucho más a sus habitantes que una vida casi de subsistencia autosuficiente y por ello, cualquiera que quisiera progresar mínimamente, no vería futuro en aquellos prados salpicados por macizos calizos kársticos que guardan innumerables paisajes subterráneos. Algo así debió de pasársele por la cabeza a mi bisabuelo Lorenzo Negrete Sagastibelza en 1890 cuando contaba con catorce años de edad. 

No me imagino pensando lo mismo justo cien años después, en 1990, cuando yo también había cumplido catorce años, porque se da la casualidad de que ambos nacimos con un siglo de diferencia. De ese año recuerdo haberme colado en las discotecas en verano, del pelo engominado de Mario Conde que salía en las revistas del corazón y ver la Guerra del Golfo en directo por televisión. Banalizábamos sin querer lo que suponía el lanzamiento de misiles con nombres bélicos como Tomahawk o Scud porque desde el otro lado de la pantalla parecían solo fuegos artificiales. No se distinguían tanto de los videojuegos con los que nos entreteníamos.  Los campos petrolíferos ardiendo acercaban el infierno a la tierra, pero se trataba de un averno que siempre era el de otros, nunca nuestro.

II – Sobre los orígenes de mi bisabuelo Lorenzo Negrete

Lorenzo fue hijo de unos aldeanos. Su padre Manuel era pendenciero, bebedor y jugador. Llevaba txapela, chaqueta y en una foto antigua que encontré, se apoyaba sobre un bastón grueso de madera. Lo apodaban El Toro. Se cuenta que fue él quien abatió a un oso en una cacería colectiva que acabó en trifulca para dirimir quién se quedaba con el trofeo, que no fue otro que mi tatarabuelo. En 1872, se casó con la joven Romualda en contra de la voluntad de los padres de ella, que perdió así su humilde dote. Quedó desheredada.  El matrimonio tuvo cuatro hijos: Lorenzo, Ramón, Joaquín y María. 

Para cumplir con su sueño de partir, Lorenzo comenzó a trabajar en las minas de Galdames en 1890. Quería ganar suficiente dinero como para poder embarcar y buscar así fortuna en América, lo cual era habitual, tal y como ocurrió en otros lugares de la cordillera cantábrica que no albergaban un presente y futuro halagüeño para muchos de sus habitantes. No hay más que recorrerla en coche y divisar las palmeras junto a las casas de los que triunfaron y las plantaron a su vuelta. Lorenzo tardó un año entero en ahorrar el dinero suficiente, que luego fue malgastado en orujo y apuestas por su padre Manuel. El adolescente no desistió y volvió a adentrarse otro año en la mina para reunir de nuevo la cantidad necesaria. Renegó otra vez por orgullo y dignidad de las becas que ofrecía el indiano carranzano Miguel Sainz Indo, que a sabiendas de lo que supuso para él emigrar décadas antes, quiso ayudar a sus paisanos cuando tomaran el mismo camino.

Con dieciséis años, en 1892, el joven carranzano cubrió a pie junto a su padre el trayecto de en torno a setenta kilómetros entre su lugar de origen y el puerto de Santander. Cuando me lo contaba mi abuela yo lo consideraba imposible, ya que la hazaña nuestra de ir y volver en coche de Bilbao a Santander en el mismo día me parecía insuperable.

Lorenzo tomó la dirección del río Carranza, pero no se contentó con llegar hasta el mar Cantábrico, sino que cruzó el océano Atlántico hasta alcanzar la costa de Veracruz en México. Años después, le siguieron sus hermanos Ramón y Joaquín. Desconozco si su padre Manuel le acompañó en la despedida por remordimientos o para ayudar a escapar a su hijo de las autoridades que lo buscaban para cumplir con el servicio militar. 

Manuel Negrete falleció años después bajo una encina junto a un horno de pan enfrente de su casa, tras caminar cinco kilómetros mientras se desangraba. Fue precisamente esa sangre caliente, colérica, la que provocó de alguna forma su muerte. Tras discutir con un vecino viudo apellidado López por el uso de los pastos comunales para las ovejas, éste le asestó una puñalada mortal que ni el mismísimo Toro pudo resistir. El asesino fue enviado a la cárcel, dejando tres hijas desamparadas. En un alarde de generosidad, Romualda, la viuda de Manuel, acogió a las hijas de quien acababa de matar a su marido. Sin papeles ni burocracia de por medio. Todos sus hijos varones ya habían partido hacia América y su hija María ya había formado su propia familia. 

Lorenzo llegó a Veracruz a finales del siglo XIX para trabajar en la tienda de ultramarinos de un carranzano. Dormía sobre el mostrador del local y parte del dinero que ganaba lo dedicaba a pagar una academia donde le enseñaran a leer y escribir. De esta forma pudo culturizarse y refinarse. Cien años después, a su misma edad, yo hacía el camino inverso y volvía a España junto a mi familia tras vivir unos años en Nueva York, pero yo ni iba solo, ni trabajaba y dormía en una cómoda cama todos los días. 

Regresábamos a esa España de 1992 que parecía que por fin salía del atraso arrastrado durante siglos, desde que la ilustración de Europa durante la segunda mitad del siglo XVIII se quedó aquí en un mero ejercicio voluntarista de despotismo ilustrado. Creo que durante aquel verano, visité por primera vez Carranza, el Gurugú, donde nos reunimos muchos Negrete un día soleado a comer y beber en mesas alargadas. No sería bajo la sombra de una encina, pero supongo que después algunos echarían una siesta y otros encenderían el televisor para ver el Tour de France, que era lo mismo que ver a Indurain ganar. Se percibía un clima de cierta esperanza generalizada en el que todo aparentaba ir a mejor, a pesar de que ya estábamos quemando las naves lentamente al desmantelar el sector primario a cambio de fondos de cohesión, entre otras cosas. Supongo que no nos quedó más remedio que asumir lo que se firmó en Maastricht, ciudad casi desconocida hasta entonces y cuyo tratado fue utilizado como arma arrojadiza entre la clase política, cuando aún guardaba cierta apariencia de seriedad. 

Llegaron los primeros años del siglo XX y gracias a una habilidad especial para los negocios, Lorenzo Negrete salió de la pobreza. Él también parecía abandonar el atraso económico y social. Tras una breve estancia en Guadalajara, recabó en Lerdo en el norte de México, ciudad en pleno desarrollo desde finales de siglo gracias a la seguridad de la región y su pujanza agrícola y económica. Ya no era el aldeano sin educación que salió de Carranza, así que no tuvo problemas para codearse con gente de un nivel sociocultural más elevado. Un buen día de lluvia conoció a su futura esposa a la que resguardó con un paraguas.  Con treinta años, en 1906, se casó con Inés Hernández-Arrieta Gutiérrez. Ella acababa de cumplir dieciocho. Para la ocasión, el vestido de bodas fue traído de Francia y no faltaron joyas y fastos. 

III – Sobre los orígenes de mi bisabuela Inés Hernández-Arrieta

Si bien Inés también procedía de un pequeño pueblo, sus ascendientes no eran unos humildes campesinos, sino que era tataranieta de Francisco Antonio Arrieta Echegaray Juantorena Irisarri, oriundo de Navarra, que fue nombrado noble por Carlos III y se dedicó al cultivo de cacao en Venezuela. Nació en 1725 en Goizueta y murió en Caracas a finales del siglo XVIII. A pesar de su relación con la monarquía española, utilizó su cuantioso patrimonio para financiar a su cuñado Francisco de Miranda, precursor venezolano de la independencia de los países iberoamericanos de la corona española, aunque menos conocido que su pupilo Simón de Bolívar. Este último hizo gala de la expresión freudiana que aún estaba por acuñar y en cierto modo, mató al padre. Simón de Bolivar acusó a Francisco de Miranda de traición y lo arrestó para posteriormente entregarlo al enemigo. Miranda acabó muriendo preso en 1816 en una cárcel de Cádiz a los sesenta y seis años de edad. 

Tras la muerte del noble ancestro Francisco Antonio Arrieta en 1788, sin nada que heredar porque todo se había perdido, su hijo José María Arrieta emigró a México y se estableció en la ciudad norteña de Zacatecas para trabajar junto a unos parientes mineros. Tras la derrota de los insurgentes mexicanos frente a los Realistas en la batalla de Puente Calderón en 1811, José María Arrieta se unió a la causa independentista, aunque finalmente se acogió al indulto real tras encontrarse en el bando perdedor y cabalgó de nuevo hacia el norte, huyendo de una guerra en la que al parecer nunca creyó. Se estableció en Durango y creó una familia junto a Luisa Magallanes. Tuvieron una hija, María Antonia Arrieta Magallanes, que se casó con Rafael Hernández Ibargüen. Éstos a su vez tuvieron varios hijos, entre los cuales se encontraba Juan Félix Hernández-Arrieta, que imitó a su abuelo y siguió galopando hacia el norte, hacia la incipiente Lerdo junto a su esposa Inés Gutiérrez para trabajar como juez. El matrimonio tuvo cinco hijas: Antonia, Rosario, Sofía, Luisa e Inés (mi bisabuela). 

Desconozco si la idea de utilizar el apellido compuesto Hernández-Arrieta fue del propio Juan Félix o de sus padres, pero de no haber sido así, el ilustre Arrieta hubiera quedado enterrado para siempre y seguro que no le hubiera abierto tantas puertas. En 1884 Juan Félix, mi tatarabuelo, formó parte del grupo de ciudadanos distinguidos que firmó la petición para convertir la villa de Lerdo en ciudad. En 1888, nació Inés y al año siguiente formó parte del gobierno del Ayuntamiento de la ya ciudad.

En Lerdo, la familia Hernández-Arrieta Gutiérrez fue feliz a pesar de la fama de mujeriego del progenitor. Juan Félix disfrutaba de los puros, de la astronomía y del café bien cargado que tanto consumió su nieta Elena, mi abuela. Era culto, permisivo, elegante, apuesto, con facilidad de palabra y con un gusto por seducir mujeres que precipitó en varios hijos fuera del matrimonio. 

Uno de sus sueños era que sus hijas se desposaran con extranjeros de buena educación. Su hija mayor se casó con el emprendedor francés Eugene Pinoncelly quien se instaló en Lerdo en 1877 y fundó la tienda de ropa Fábricas de Francia, cuya publicidad la presentaba como Gran cajón de ropa: “efectos de lujo, nacionales, extranjeros, calzado fino, adornos, sedería y confecciones para señoras”. Supongo que de dicha tienda procedió el vestido de boda de mi bisabuela Inés.

Por otro lado, su hija Sofía se casó con su novio estadounidense, lo cual no agradó al padre. Inés se unió en matrimonio con el carranzano Manuel Negrete. Da la casualidad de que Rosario se casó con Ramón Negrete, cuñado de su hermana y al enviudar se volvió a casar con su otro cuñado Joaquín Negrete. Luisa fue la única que quedó soltera.

De esta forma, parece que Juan Félix Hernández-Arrieta casi consiguió cumplir lo que tanto deseaba. Más que de sus anhelos casamenteros, me ha hecho ilusión enterarme de que una hermana suya, Luisa Hernández-Arrieta, fuera la bisabuela de María Dolores Asúnsolo López-Negrete, es decir la primera diva hispanoamericana de Hollywood, más conocida como Dolores del Río. 

Dolores nació en 1904 dentro de una familia acomodada. Llegó a ser pareja de un joven Orson Welles, once años menor que ella, entre 1940-1943. Se conocieron cuando el prometedor director empezó a rodar Ciudadano Kane. Ella dejó al lado su carrera para seguirle y el plató de la considerada por muchos mejor película de la historia fue el escenario de su romance. Precisamente en 1943 rodó junto a Joseph Cotten la película Estambul, cuyo director fue el propio Orson Welles, aunque la terminó Norman Foster, tras la renuncia del primero. El director veinteañero viajó a Brasil durante seis meses en los cuales desapareció de la vida de Dolores del Río sin que se supiera la razón, pero todo hace sospechar que ya había comenzado una relación junto a Rita Hayworth, con la que se casaría un año después.  Me resulta curioso que una copia en DVD de Estambul lleve años en una estantería de nuestro salón, sin que yo llegara nunca a sospechar que de algún modo lejano estaba emparentado con la musa que tanto inspiró al pintor Diego Rivera, entre otros. 

Inés Gutiérrez, esposa de Juan Félix, mi tatarabuela, no disfrutaba de tanto glamour y elegancia como la familia de su marido. Había nacido en Sinaloa, Nueva Vizcaya.  Ella era estricta, fiel, disciplinada e igual de culta que Juan Félix. Leía libros prohibidos por la iglesia por irreverentes al status quo de la época y fue ella quien impuso una férrea educación a sus hijas. Quizá por ello, cinco señoritas que vivían algo aisladas en un pequeño pueblo mexicano norteño a finales del siglo XIX se podrían asemejar, por lo menos en cuanto a cultura adquirida, a las hermanas Brontë, grandes escritoras británicas del siglo XIX. Conocían bien disciplinas como historia y geografía y disfrutaban de las bellas artes. A Luisa le gustaba pintar, Sofía hablaba inglés y publicaría artículos en el periódico de la ciudad estadounidense a la que se fue a vivir, mientras que Inés hija, mi bisabuela, era una gran aficionada a la ópera que más adelante inculcó a su propia hija Luisa.  

III – Sobre mis bisabuelos los Negrete Hernández-Arrieta

A Inés no le gustaba nada el humo del cigarro de su padre cuando fumaba y lo espantaba mientras él decía: “No hagas así Inesita, que el humo persigue a las chicas bonitas”.  No importó. No logró espantar a nadie. Recién casados, mis bisabuelos Lorenzo e Inés, se mudaron a la cercana Gómez Palacio, donde construyeron una casa que mi madre llegó a visitar no hace tantos años.  Supongo que es allí donde fundó la exitosa firma comercial Camino y Negrete junto al oriundo de Ampuero (Cantabria) Pedro Camino Ruiz, sobrino nieto del fundador de la ciudad de Gómez Palacio. Aquí nacieron sus primeros cinco hijos: Manuel, Inés, Juan, Sofía y Lorenzo.

Manuel, el hijo primogénito de Lorenzo e Inés, sufría de sordera, así que en algún momento entre 1910 y 1912 realizaron un viaje a Europa. Lorenzo Negrete Sagastibelza volvía a España con una educación, familia y una fortuna considerable. Lejanos quedaban los años en que caminó hasta Santander para tomar rumbo hacia el oeste. Su hermano Joaquín llevó a su sobrino Manuel a los mejores médicos de París, los cuales recomendaron la resignación como única solución. No consiguieron solventar el problema, pero mi bisabuelo pudo reunirse con  su madre Romualda y seguramente disfrutó al contemplar la dote que él había recuperado de la familia materna cuando empezó a ganar dinero en México. No sé cuando murió exactamente su padre Manuel o si volvió a ver a su hijo. 

Yo también visité mi antiguo hogar de Estados Unidos en 2009 y en 2013, el que había dejado con dieciséis años, pero por motivos bien diferentes. En una ocasión para acompañar a mi hermana el día en el que se convirtió en doctora en oceanografía y en la otra para pasar la navidad en casa de mi hermana pequeña. Mi bisabuelo volvió y allí seguían todos, seguramente tal cual los dejó, salvo los que hubieran muerto. Sin embargo,  yo fui a donde ya no quedaba nadie del pasado, aunque fuera el mismo lugar, porque mis amigos ya se habían marchado y la casa donde vivíamos la habían remodelado de tal modo que ya me pareció tan diferente como cuando se visita una ruina romana y solo con una gran imaginación se puede vislumbrar lo que fue. 

Después del viaje, toda la familia Negrete Hernández-Arrieta volvió a México salvo Manuel. El hijo mayor se quedó en España. Estuvo interno en un colegio para sordos en Deusto (Bilbao). Pasó allí sólo numerosos años porque su única familia era su abuela Romualda que vivía en Carranza y las comunicaciones deficientes impedían que se vieran con frecuencia. Por lo menos, logró aprender a hablar.

Mientras tanto, en 1914, Doroteo Arango, más conocido como Pancho Villa, se hizo con el control del estado de Chihuahua en México y expulsó a muchos españoles que allí vivían. Da la casualidad de que el afamado revolucionario nació en 1878 en la finca de los acaudalados López-Negrete, familia de la madre de Dolores del Río, sin conexión con mi familia Negrete. Una de las versiones sobre el origen del futuro rebelde es que se fugó de dicha finca porque Agustín López-Negrete, hermano de la madre de la actriz hollywoodiense, supuestamente violó a la hermana de Doroteo y éste en venganza, le disparó en la pierna y huyó hacia las montañas. Vivió sólo como fugitivo durante un tiempo y posteriormente fue acogido por una banda de delincuentes cuyo jefe se llamaba Francisco Villa. Se unió a ellos y cuando el líder fue herido de muerte por una bala, nombró a Doroteo como su sucesor. El joven, en honor a su jefe, cambió su nombre a Francisco Villa y se convirtió en leyenda a partir de 1910. Algunos lo detestan y otros tantos lo aman. De lo que no hay duda es de que se trata de uno de los personajes del siglo XX, que en 1916 logró invadir la ciudad de Columbus (EE.UU), como represalia por el apoyo prestado por el presidente Woodrow Wilson al régimen de Venustiano Carranza. Hasta la fecha, es la última invasión de suelo estadounidense por parte de un extranjero.

Varios de los españoles enviados al exilio por Pancho Villa volvieron a España, mientras que otros cruzaron la frontera con Estados Unidos. El escritor Vicente Blasco Ibáñez escribía en dicha época: “Méjico es el único país hispanoamericano cuyas revoluciones empiezan por matanzas de extranjeros. Y como allá la mayoría de los extranjeros son españoles que tienen mostrador y cajón con dinero, su exterminio a tiros o en la horca figura siempre como el primer acto de todas las revueltas…han fusilado a centenares de españoles”. El escritor valenciano censuraba el enriquecimiento de los insurrectos. Lamentablemente, al final, casi todas las revoluciones siempre incluyen un: quítate tú para ponerme yo, por muy nobles que sean las intenciones iniciales. 

Mis bisabuelos y sus hijos no fueron fusilados, ni volvieron a España, sino que cruzaron la frontera y se establecieron por un tiempo en un hotel de El Paso (EE.UU) a modo de destierro y de donde no les quedaron muy buenos recuerdos. Hoy en día hay menos probabilidades de sufrir un exilio. Lo más que le puede pasar a uno es que le dificulten entrar en un país por haber visitado la nación enemiga, tal y como nos ocurrió a Noe y a mi en 2014, cuando nos quitaron el visado automático que tenemos todos los europeos para entrar en EE.UU y todo por haber visitado Irán, el eje del mal.

A pesar de que muchas de las costumbres de mi bisabuela procedían directamente de Estados Unidos, no tenía en buena estima a su cultura. Al parecer, en el hotel estadounidense donde se alojaron envenenaron la fruta de su hijo Lorenzo y puede que este fuera el desencadenante de la enemistad eterna que siempre ocurre entre vecinos, aunque no sé si esto será cierto o simplemente pertenece al imaginario familiar.

Al cabo de un tiempo pudieron volver a México, pero una vez resueltos los problemas de embargos, en 1918 cuando terminó la primera guerra mundial, en plena pandemia por la mal llamada gripe Española, decidieron volver a Bilbao. La inestabilidad político social de México en esos tiempos supongo que fue el factor principal para tomar dicha decisión. Mi bisabuelo Lorenzo no era un revolucionario, sino todo lo contrario. Apoyaba al general Porfirio Diaz, presidente casi eterno de México que fue depuesto en 1910 durante la Revolución Mexicana.  Eso sí, también pesó que Juan, sordomudo igual que su hermano mayor, estaría mejor atendido junto a éste en el colegio especializado de Deusto, o las dolencias gástricas de mi bisabuelo que creía que serían tratadas mejor en Bilbao. 

Lorenzo Negrete Sagastibelza nunca obtuvo la nacionalidad mexicana, aunque le debiera todo a México. Él se sentía español y cuando le declaró su amor a Inés le dijo: “Inés, terminaremos en España. Yo no quiero que mis hijos se queden aquí. Ten en cuenta que el final es en España”.

En Vizcaya, mis bisabuelos disfrutaron de unos años felices entre 1918 y 1930. Vivían una vida acomodada a caballo entre Carranza y Bilbao y en ese tiempo tuvieron seis hijos más: María, Luisa, Aurora, Elena (mi abuela), Pilar y José Luis (también sordomudo). En Carranza alquilaban la casa del Gurugú a su propietario Nicolás Vicario Peña, amigo de Lorenzo y futuro consuegro. Allí nacían los hijos en verano, mientras que en invierno lo hacían en Bilbao.

Lorenzo gozaba de muy buena reputación en la villa de Bilbao. Su carácter era templado y tranquilo. Acudía a tertulias en el Café Lion d’Or donde se juntaba lo más granado de la intelectualidad bilbaína en vez de acudir al bar a emborracharse y pelearse con cualquiera, tal y como hizo su pobre padre. Dada su posición y la época, parece natural que apoyara a Miguel Primo de Rivera. Sostenía que el dictador había traído el orden, construido escuelas y carreteras y revalorizado la peseta. Se intercambiaron libertades individuales por sustento.

En 1930, el mismo año en el que falleció en París el dictador catalalán, muere Lorenzo Negrete Sagastibelza a los cincuenta y cuatro años de edad, tras una vida azarosa, pero triunfante, la de un hombre que se puede decir que se hizo a sí mismo. Cuando alguien presumía de su linaje, él contestaba: “Yo no desciendo de duques, yo asciendo de aldeanos”.  Mi abuela tenía siete años cuando falleció su padre. Nunca se quejó en exceso de su ausencia, quizá gracias al esfuerzo de su madre, pero sí le sirvió cincuenta años después para que yo dejara de llorar porque los míos se habían ido de viaje un fin de semana y me habían dejado con ella. Ella dijo algo así como que el suyo se había ido para siempre cuando tenía pocos años más que yo. Al parecer, se me cortaron las lágrimas inmediatamente.

Lorenzo  dejó atrás a once hijos a cargo de su querida Inés, viuda con cuarenta y dos años, mexicana originaria de Lerdo, culta, que nunca encajó del todo en Bilbao. La hermana de ésta, Luisa,  fue la que dijo que no quería ser ni vaca, ni mujer española, pero seguro que mi bisabuela también lo suscribiría. Fue muy adelantada para su tiempo en contraposición con la mayoría de las féminas de su entorno, que no podían aspirar más que a ser una mujer florero, en el mejor de los casos. Visitaba exposiciones, llevaba a sus hijas al Louvre en París, viajaba y devoraba libros.  Eso sí, mi abuela comentaba que su madre no le dejó estudiar la carrera de Filosofía y Letras, tal y como ella hubiera querido. En cierto modo, parece un poco contradictorio porque a pesar de comportarse de forma que hoy en día veríamos como machista, para su época la considero relativamente feminista por conseguir desarrollar otras facetas de la vida aparte de la maternal, en la que tampoco se quedó atrás ni mucho menos. Quizá le dio miedo que mi abuela estudiara y eso le dificultara el poder casarse, casi la única salida para las mujeres de entonces.   

A pesar de todo, de enviudar joven, de encontrarse en un país extranjero sin apoyo familiar de ningún tipo, Inés se quedó con sus hijos en Bilbao, si bien tres de ellos volvieron a México.  Poco después de morir su padre, en 1930 o 1931, Manuel, Juan y Lorenzo volvieron a su país natal donde su progenitor seguía gozando de muy buen nombre. Pedro Camino Ruiz, el antiguo socio de la firma Camino y Negrete había dejado pendiente una deuda con mi familia que saldó con el rancho El Compás que fue entregado a los hermanos Negrete. Manuel se hizo cargo del negocio, ya que Lorenzo gustaba de otros menesteres más ociosos y terminó por volver a España. Juan por contra, murió de tifus con veinte años. Su madre no fue al entierro, solo guardaba una foto siniestra del cadáver de su hijo.

El mayor de los hermanos recuperó su nacionalidad, compró a su familia la parte del rancho que no le correspondía, se casó en 1938 con una mexicana llamada Dora Diaz-Flores Smith y continuó así con una saga mucho más fecunda que la que se quedó en Europa.  

Si bien es cierto que la posición económica de Inés era envidiable al principio, perdió gran parte de la fortuna familiar en 1936, cuando comenzó la Guerra Civil. Además, el primer cañonazo destinado a la estación ferroviaria de Abando erró y fue a dar al edificio donde vivían en la calle de Hurtado de Amézaga. 

Aun así, logró sacar adelante al resto de sus hijos sin pasar grandes penurias, gestionando bien el dinero que le restaba y transmitiendo a sus descendientes mucha alegría por vivir. Sus amigas bilbaínas le decían: “Inés, qué buen ánimo tienes, qué bien se ve que no tienes problemas”. Sí los tenía pero siempre hay gente que parece que no los tiene, teniéndolos y otros que sí parece que los tienen cuando no los tienen realmente.

Cuatro de sus siete hijas se casaron y a sus yernos los trató de maravilla. Su piso alquilado en la Alameda de Recalde de Bilbao era casi siempre una fiesta en la que se retiraban los muebles para bailar, beber y fumar. No era de extrañar que Juan Zorrilla, marido de su hija María, fuera a dormir a casa de su suegra cuando discutían, mientras le contaba a Inés que no había quien soportara a su esposa. Mi abuelo Saturnino Quevedo, de carácter más calmado que el de su cuñado, proponía con fina ironía a mi abuela que fuera ella a ver a sus padres, gente austera y apagada, que ya iba él a ver a Inés, donde siempre había un buen puro y copa esperándole. Alguna vez dijo, medio en broma, medio en serio, que hubiese preferido casarse con la madre en vez de con la hija. 

En 1962 falleció Inés Hernández-Arrieta Gutiérrez a los setenta y dos años en el número 7 de la Alameda de Recalde de Bilbao. Yo no la conocí, pero sí fui en numerosas ocasiones al famoso piso que tenía alquilado y cuya renta antigua heredaron sus hijas solteras Luisa y Aurora, hermana gemela de mi abuela. La fachada blanca con líneas curvas propias del racionalismo puro contrastaba con el interior de madera oscura, más recargado, menos limpio en cuanto a la estética. El edificio fue obra de Tomás Bilbao y se inauguró en 1936. Me resulta difícil olvidar el ascensor con aquellas verjas precarias, casi como las jaulas que se adentran en las minas de carbón. Todo era ya propio de otros tiempos cuando yo era pequeño y no tan pequeño: el suelo desgastado, la instalación eléctrica con cables a la vista, los azulejos de la cocina con juntas algo ennegrecidas, los fregaderos de obra y el vestíbulo de la entrada, más grande que nuestro piso actual. Ahí sería donde ponían el tocadiscos y el humo y los vapores festivos alegraban el espíritu de mi abuelo entre otros, al que creo que me parezco en algunos aspectos, a pesar de que muriera cuando yo tenía cinco años. 

IV – Epílogo sobre los Negrete Hernández-Arrieta

Todos los hijos de mi bisabuela Inés ya han muerto. La última en hacerlo fue mi abuela en 2019, con noventa y cinco años de edad. Sufrió una larga enfermedad en la que fue perdiendo la cabeza poco a poco hasta difuminarse del todo en la nada. Recuerdo que un día, cuando todavía hablaba, pero mezclaba todo, decía que acababa de ver a Saturnino con mujeres, cuando mi abuelo había muerto más de treinta años antes. No se tiene constancia de ninguna infidelidad de su marido, ¿tendría celos de su propia madre?

Como patriarca del clan Negrete Hernández-Arrieta queda José Lorenzo Vicario Negrete, hijo de Inés, la mayor de las hijas de mi bisabuela. A sus ochenta y seis años sigue conduciendo entre Bilbao y Cantabria, disfruta como nadie del buen comer y del buen vino a pesar de las dificultades que le ha tocado vivir a lo largo de su vida y de los ocho stents que tiene puestos en el corazón. Estimo mucho su compañía las pocas veces que nos vemos. Me encanta que lleve un pañuelo de seda entre el cuello y la camisa, que se levante el día de Año Nuevo para ver el famoso concierto que retransmiten desde Viena, que me cuente que durante el confinamiento de 2020 estuvo leyendo los Episodios Nacionales y por supuesto que me recuerde las antiguas historias familiares que conoce tan bien. Amigos míos de Oviedo ya son casi adictos a las anchoas que siempre me trae de Santoña, donde tiene su segunda residencia y aún guardo una de las dos botellas de vino que me regaló fechadas en 1976, año en el que nací, un siglo después de que lo hiciera Lorenzo Negrete Sagastibelza. La otra botella me la bebí con amigos de la misma quinta cuando cumplimos todos cuarenta años. 

13 comentarios sobre “Los Negrete Hernández-Arrieta

  1. De verdad que disfruté este escrito de principio a fin. Muchas gracias por compartir parte de tu linaje. Ahora me doy cuenta que de superfluo no tienes absolutamente nada. Tienes un gran pasado que has sabido rescatar y escribir para los que vienen. Es sumamente interesante como la familia se va extendiendo y va escribiendo su historia. Espero algún día hacer investigación acerca de mis antepasados. Felicidades, cuánto aprendizaje.

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    1. ¡Muchas gracias Jaime! En todo caso el mérito es de mis antepasados y de unos primos mexicanos que hicieron gran parte del trabajo de investigación. Yo solo lo he ordenado a mi manera lo que uno de ellos ya había escrito. Me alegro de que te haya gustado. Un abrazo.

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  2. Qué buen rato he pasado leyendo las gestas y desventuras de tus ancestros. Me ha encantado el personaje de tu abuela Inés, así como el paralelismo trazado con tu propia vida. Cuando pienso en los problemas que nos ahogan en nuestros días, me echo a reír comparando con las problemáticas que tenían nuestros abuelos. Creo que, dada la situación de emergencia sanitaria y la dictadura de la inmediatez, es un gran momento de reivindicarlos y que su lucha y ejemplo sean fuente de inspiración.

    Abrazos, compañero. Adelante!

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  3. Hola, te escribe la nieta mayor de Esperanza Robles Linares Negrete. Mi abuela es nieta de Rosario y Joaquín. Antier visité a mis abuelos con intención de inmortalizar sus memorias en entrevistas, archivar fotos, etc. Seguí investigando y encontré todo esto. Gracias y saludos desde Hermosillo, Sonora México.

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      1. Al leer , tu artículo, me acorde de muchas cosas, qué platicaba con mi mamá de su familia, si sabía qué éramos parientes de Dolores del rio , mi mama me decia pero nuca supe por qué, hasta hora en tu artículo, te felicito por la información, y por el recuerdo de nuestra familia, yo soy nieto de Joaquin Negrete y Esperanza Hernandes arrieta , mi nombre es Mariano Robles Linares Negrete de Hermosillo Sonora

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  4. Hola soy Esperanza Robles linares Negrete nieta de Rosario Hernández Arrieta , una pregunta , siempre supe que además de todas las tías abuelas mías que eran Antonia Sofía Luisa y Rosario había un hermano de ellas llamado Miguel Hernández Arrieta, no se menciona

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