YO QUE PENSABA QUE ERA DEL NORTE

Cuando conocí literariamente a Nelo, Noe y yo nos encontrábamos en una habitación de hotel de Teherán. Creo recordar que en una ocasión ya escribí sobre el momento en el que ella empezó a leer en voz alta las entradas acerca de Irán del blog Viaja o Revienta, cuyo autor era un valenciano desconocido para mí por aquel entonces. Me maravillaron tanto sus descripciones invernales de las gélidas calles de la capital persa que no pude más que enviarle un mensaje al respecto. 

A pesar de su procedencia mediterránea, Nelo puede pormenorizar el frío con mucho más conocimiento de causa y destreza que yo, que supuestamente soy del norte.  Ya me lo pareció hace años, cuando escribía sobre Teherán, pero ahora ha convertido las bajas temperaturas en verbo, sustantivo y predicado, tal y como él mismo cuenta en su nuevo libro.  Su propuesta es fácil de explicar, pero no tanto de llevar a cabo. Relata un viaje en autostop con su musa, la de los Ojos Marrones, a lo largo de los dos mil kilómetros que separan las ciudades de Yakutsk y Magadán.  Recorrieron una carretera rusa trazada sobre los cadáveres de los prisioneros que la construyeron durante el estalinismo. Algunos la llaman la Ruta de los Huesos, pero a los oriundos les basta con la Ruta. 

En cierto modo, el viaje podría ser el reverso, la simetría imperfecta de otro que se desarrollara por la Ruta 66 estadounidense, aquella por la que transitaron los Joad en la obra maestra de Steinbeck, Las Uvas de la Ira y que por pura casualidad andaba leyendo cuando Nelo me propuso escribir este prólogo.  En ambos libros, casi se pueden palpar los coches que se alejan por una carretera polvorienta, sin importar que en uno sea la tierra la que queda suspendida en el aire y en el otro lo haga la nieve. Los efectos del exceso de frío y calor sobre el paisaje pueden ser intercambiables, lo desdibujan, lo uniformizan. Las temperaturas límite son losas apoyadas sobre los hombros del paisanaje que no se pueden ignorar, porque lo ocupan todo. Siempre se ha dicho que los extremos se tocan y Nelo ha vivido ambos. No en vano, su anterior libro se llama: Un desierto para mí: Crónicas del último nómada, un relato exhaustivo sobre sus prolongadas estancias en el sur de Marruecos.

Lo que ocurre dentro de los cálidos restaurantes de carretera de la América profunda y los equivalentes de la taiga siberiana también podría asemejarse. Desde lejos se perciben cual oasis temblorosos en el horizonte que bien pueden quitar la sed o apaciguar el destemple, pero siempre logran devolver un poco de optimismo y aliviar parte de la carga que supone exponerse a las inclemencias de fuera.  Es indiferente que unas camareras hablen en ruso, mientras que las otras lo hagan en inglés, que los protagonistas se dirijan hacia el oeste o hacia el este o que las épocas disten entre sí casi un siglo, porque lo importante es que ambos escritores logran fijar imágenes y recuerdos no vividos que persisten en la memoria del lector.

Culturalmente estamos acostumbrados a imaginar la primavera como una metáfora del renacimiento de la vida, del fin de la oscuridad que supone el invierno. Sin embargo, leyendo las páginas escritas por mi amigo, me doy cuenta de que en ocasiones, el deshielo significa la muerte, fracasar intentando conducir por carreteras embarradas intransitables, atravesar parajes infestados de mosquitos o ver un helado derretirse y escurrirse entre los dedos antes de que se pueda comer. A veces, el invierno te electrifica por dentro y se puede considerar como acicate de la vida, o al menos ejerce de fondo sobre el cual ésta contrasta cuando se llega a la cama de una gostinitsa, léase hospedaje. 

El título del libro, Lo Llaman El Norte, aparentemente sencillo, ya lo dice todo. Porque no hacen falta más epítetos, porque no hay lugar más sobrecogedor que aquel cuya temperatura puede variar hasta cien grados centígrados entre estaciones opuestas. Porque al igual que al divagar sobre el universo, todavía no resulta necesario especificar en cuál se está pensando. El Norte es solo uno. Todos los demás que solemos tener en cuenta se quedan encogidos a su lado. Después de leer el libro, incluso dudo de que yo sea del norte. 

Recuerdo que, en un colegio a las afueras de Vitoria, cuando los alumnos nos portábamos mal, nos mandaban a un lugar que los profesores llamaban Siberia, que no era otro que la esquina de la clase, de la cual no podíamos apartar la mirada. La pared era blanca y las referencias se perdían entre su inmensidad al acercar los ojos, al igual que en una ventisca de nieve. Ningún niño sabía por qué llamaban así a tal castigo, solo sentíamos aquel ostracismo infantil. No conocíamos los gulags, ni el frío que hace en el oriente ruso, pero sí el de la capital alavesa. Ahora me he percatado de que mis docentes tampoco lo sabían todo. No fueron precisos, ya que lo deberían haber llamado El Norte en vez de Siberia, tal y como lo hacen los propios lugareños.

Seguramente, Nelo y la de los Ojos Marrones no lo conocen todo sobre El Norte, pero sí han estado allí en invierno, que no es poco.

“Ya está, ya me puedo ir a la mierda, al carajo con todo, ya estuve en Magadán. Y con ella».

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