LUCREZIA Y LOS EXCESOS NAVIDEÑOS

Noe siempre dice que me parezco al caldo gordo. Aquel que, procedente de una expresión popular, se empleaba para agasajar en tiempos de escasez y que por mucho que se menee, enseguida vuelve a su quietud imperturbable. Lo que ocurre es que últimamente, la marejada y la crispación no cesan en mi olla y casi todo me parece excesivo.

El primer viernes de diciembre, nada más merendar, nos dimos de bruces con una multitud alrededor de un escenario callejero en el que se había instalado un presentador que daba la bienvenida a la Navidad. Disponía de la compañía de la pantalla gigante de rigor y enseguida me imaginé a aquellos charlatanes que salían en las películas del oeste vendiendo crecepelo de pueblo en pueblo. No escuchamos lo que decía, pero espero que no chapoteara en ese lenguaje tan característico de cualquier anuncio publicitario, ya sea para vender seguros de coche, teléfonos que sacan fotos épicas en todo momento o en este caso, el adviento. 

Ya no recuerdo si la oímos de verdad o solo la completamos con nuestra imaginación, porque nos pareció que en la plaza de la Escandalera sonaba música de epopeya, propia de El Señor de los Anillos de Peter Jackson, mientras que en la pantalla podrían haberse mostrado las imágenes captadas por un dron sobrevolando Oviedo con las luces encendiéndose a su paso. Otro exceso, creo yo, el querer acercar la Navidad a una superproducción palomitera de Hollywood. Solo faltaba recuperar a las Mamachicho para completar la fiesta, las que rompieron los grilletes de la mesura en la España contemporánea.

A medida que nos alejábamos del tumulto, Noe y yo bromeamos con la idea del inminente estreno de Cristo (Origin), con The Rock haciendo de Herodes, Angelina Jolie de la Virgen María y Timothée Chalamet del niño Jesús. Adam Driver rechazaría el papel de San José, recayendo en Ben Stiller. El hecho me alegraría enormemente, porque realmente aprecio a Adam Driver como actor y con las últimas entregas de Star Wars ya ha cubierto el cupo de banalidades, que en cierta medida, son necesarias para equilibrar a lo solemne. La película la podría dirigir Dennis Villeneuve.  Quedaría tan perfecta en lo visual como carente de cualquier tipo de espiritualidad o de polémica.

Las luces que han invadido la capital asturiana también me parecen demasiadas. Me gusta la Navidad, esa no es la cuestión, pero creo que bastaría con encender dos de cada diez bombillas.  Supongo que de hacerlo, pasarían algo desapercibidas y no nos entraría una ansiedad aderezada de epilepsia que al parecer se calma con benzodiacepinas, alcohol o con comprar, da igual qué. De mantenerlas apagadas, no notaríamos la sobredosis lumínica que ha convertido algunas calles de la ciudad en una horterada semejante a la casa que decoraba Chevy Chase en aquella comedia ochentera navideña que sirvió para poner de relieve el ridículo al que se puede llegar cuando te pasas de frenada. 

Durante la segunda mitad del siglo XX, la U.R.S.S y EE.UU libraron una carrera armamentística hacia ninguna parte.  Cada uno engrandeció sus arsenales nucleares arrastrado por el otro. Lo mismo ocurre con la decoración navideña desde que el alcalde de Vigo se dio cuenta que bastaba con incrementar exponencialmente cada año la partida presupuestaria correspondiente para seguir acumulando una popularidad que luego se debería traducir en votos. Que se llegue a comprometer el suministro eléctrico es algo secundario y banal. Las demás ciudades de provincias han seguido la estela y para compensar las penurias vividas durante el año nos ofrecen cegarnos con espectáculos de luces y ruido que silencien los pensamientos.

En ocasiones, el exceso viene derivado de una eficacia abrumadora. Tal y como ha ocurrido en el desfile de renos de carne y hueso que tiraban de la comitiva de un Papá Noel con micrófono en mano propio de Las Vegas, cuando nos encontrábamos en el centro de Oviedo. Los elfos lanzaban confeti y purpurina para que unos barrenderos que también desfilaban tras ellos junto a una ambulancia lo recogieran casi antes de que tocara el suelo. Carnaval sí, calles sucias no, será el lema del gobierno municipal durante la próxima campaña electoral. El proceso solo se podría optimizar más si los ayudantes de Santa Claus se citaran previo al desfile con el personal de limpieza y tirasen directamente el confeti a la basura, cuál narcos que han sido apresados por la policía y que con tristeza sueltan el cargamento de hachís antes de venderlo. El siguiente paso sería quemarlo antes incluso de que saliera de fábrica para que al final a alguien se le ocurra que lo mejor sería ni siquiera hacerlo, tan solo cobrarlo, ya que recortar papelitos de colores lleva su tiempo y total ¡pa’ qué!

Los estadounidenses ya nos llevan décadas de ventaja en cuanto a lo exagerado se refiere y en vez de aprender de sus errores, nos gusta abundar en ellos, lo cual en cierto modo resulta natural e incluso enternecedor. Ellos también evolucionan porque antaño, la decoración navideña no se asomaba hasta después del Día de Acción de Gracias. Se respetaban las fronteras escrupulosamente pero, según me ha contado recientemente una de mis hermanas, ahora conviven los árboles de navidad con el tradicional pavo que se come el último jueves de cada noviembre. Se ha roto un axioma ancestral similar al de eliminar el patrón oro para el dólar y así de acelerado va todo. 

Ella también me dijo hace años que en la biblioteca de la universidad norteamericana donde estudió su doctorado siempre tenían que abrir las ventanas. En invierno, para que entrara un poco de frío que compensara el calor que hacía dentro por culpa de la calefacción y en verano, para que entrara el calor y evitar así que el aire acondicionado provocara una pulmonía a los estudiantes. En primavera, nada más apagar la calefacción, se encendía el aire acondicionado y sospechaban que había días en los que ambos funcionaban simultáneamente. Mi padre fue el que dijo que nunca había pasado más calor que en Chicago en invierno y más frío que en Florida en verano. 

La lluvia constante de esta temporada sí que ha sido excesiva, incluso para Asturias y no se trata exclusivamente de una percepción personal. Ya escribí unas líneas hace poco sobre ello, porque durante más de cuarenta días no han parado de caer cortinas de agua, pero no sé a quién echarle la culpa. 

Sin embargo, la parte del público más sonora de la ópera de Oviedo tuvo muy claro a quién recriminar durante el estreno de Lucrezia Borgia. El elenco recibió numerosos aplausos que se tornaron en abucheos desmesurados cuando salió la directora de escena a dar las gracias. Estoy de acuerdo en que se trata de una propuesta dura y oscura, que la violencia parece real y no de broma como ocurre muchas veces en la ópera, pero creo que todo está justificado.  La directora Silvia Paoli argumenta que le gusta provocar, no dejar a nadie indiferente y al trasladar el cinquecento palaciego a un matadero en la Italia fascista de Mussolini, lo ha conseguido. 

Además de mostrar a los Borgia como unos tiranos, que lo eran, porque las democracias en esa época no existían, creo que el propósito principal de la florentina ha sido el de redimir al personaje de Lucrecia Borgia. Por culpa de Víctor Hugo y Guillaume Apollinaire ha pasado a la historia como una mujer pérfida, envenenadora y lasciva. No se dispone de mucha documentación fehaciente de sus andanzas, aunque sí se sospechó que pudiera haber tenido relaciones incestuosas con su padre el Papa Alejandro VI y su hermano César. En vez de suponer que era ella la que instigaba o participaba libremente de toda la lujuria familiar, tal y como dejó escrito Apollinaire a principios del siglo XX, hoy en día, muchos se inclinan a creer que podría haber sido forzada a ello o que sencillamente nunca sucedió. Más que nada, porque fue una mujer a la que comprometieron por primera vez con diez años por motivos políticos y cada vez que las alianzas quedaban agotadas, o bien se anulaba el matrimonio o asesinaban a su marido para casarla con el siguiente. Basta decir que murió con treinta y nueve años y tuvo tres esposos y dos prometidos que ella nunca eligió.  Lucrecia Borgia no era una mujer que rigiera su vida. No se parecía a Caterina Sforza que cuando se vio acorralada en su castillo y los que la asediaban la chantajearon con matar a sus hijos, se encaramó a las almenas, se levantó la falda y mientras apuntaba a su vagina, dijo algo así como que no cedía, que tenía lo necesario para engendrar otros vástagos.

A Lucrecia Borgia la veo más como moneda de cambio que como femme fatale y si bien es cierto que en su familia eran aficionados al envenenamiento con una pócima patentada compuesta de arsénico y tripas pútridas de cerdo, no está demostrado que ella tuviera un anillo con un hueco para guardarla. Todo ello forma parte de la leyenda literaria porque al parecer una bella joven era la que suministra la ponzoña y se dio por hecho que era Lucrecia.  Tampoco creo que fuera una inquina personal de Víctor Hugo, ya que a ambos los separan tres siglos. Supongo que vería una historia irresistible al mezclarse las intrigas de poder, la religión, la familia, la belleza y el sexo. La única pega es que se le fue de las manos. Casi todo era verdad, salvo alguna cosa, pero debido a esa gran mentirijilla, Lucrecia acabó llevándose toda la atención para mal cual chivo expiatorio de toda la familia. Ángela Channing también quedó en la memoria de toda una generación como una diabla y quizá dentro de doscientos años se verá la injusticia que se cometió con ella, que en realidad, solo era una anciana adorable que horneaba magdalenas en sus viñedos.

La ópera de Donizetti se basa en la obra de Víctor Hugo, lo cual deja a Lucrecia como la mujer despiadada y malvada que no fue. Genaro y sus amigos se burlan de los Borgia tachando la B para que en una pancarta rece Orgía. Esto enfada tanto a Lucrecia que se venga de ellos envenenándolos. En el montaje de Silvia Paoli, esa escena se sustituye por una violación, lo cual justifica mejor la intoxicación sin hacerla parecer a ella una caprichosa y aliviando así su leyenda negra. Me parece una forma hábil de apoyar con un gesto a la hija del Papa sin cambiar el libreto, lo cual por otro lado resulta imposible en este tipo de espectáculos. También supone una atenuante para ella la violencia escénica con la que le trata su último marido, el duque de Ferrara, al creer que Genaro era su amante, cuando en realidad es su hijo, posible fruto de la relación con su padre. De este modo, la severidad que el argumento de la ópera le achaca queda diluida, porque los demás lo eran más.

Puede que ver los palacios renacentistas italianos transformados en una sala de azulejos blancos con juntas renegridas y sangre por las paredes no resulte agradable, pero sí me parece una metáfora acertada del entorno en el que probablemente se movía Lucrecia, otro guiño de la directora de escena. ¿Y si fuera ella más una víctima de las circunstancias que una verdugo?

Comprendo que a mucha gente el montaje no les resulte atractivo, pero antes de patalear como niños pequeños, veo más provechoso otorgar el beneficio de la duda a los artistas y pensar un segundo en cuáles pudieron ser sus intenciones antes de soltar exabruptos viscerales. No disfruto con la violencia gratuita, pero cuando estimo que está justificada, si no me ha conmovido o no me ha gustado, por lo menos, siempre me queda respetar el esfuerzo en silencio.  Me cuesta creer que alguien dude de la calidad más que notable de la cuarta ópera de la temporada, tanto en las formas como en el contenido, por muy sangrienta que les haya parecido.

Silvia Paoli ha comentado que se inspiró en la película Saló o los 120 días de Sodoma de Pasolini, pero yo la veo más como Reservoir Dogs, la cual tampoco tuvo una buena acogida en su estreno y creo que en algunos festivales de cine incluso cerraban las puertas para impedir que la gente abandonara la sala durante la proyección. Hoy en día es considerada una obra de culto, si bien es cierto que Tarantino cambió inmediatamente de tercio en sus siguientes películas. Dejó la violencia de verdad para adentrarse en la de mentira, en la cómica, que siempre es más llevadera y agradecida.  De paso se llevó la Palma de Oro en Cannes con Pulp Fiction.  Es una pena que los montajes de ópera sean más difíciles de revisar que las películas, porque quizá dentro de treinta años, los que el otro día se retorcían de rabia en sus butacas, cambien de opinión. 

El único fallo que yo puedo poner a la fabulosa ópera no es culpa de nadie, sino de las asociaciones raras de ideas que en ocasiones se nos pasan por la cabeza, pero que a su vez se convierten en inolvidables. El caso es que Genaro, al tener poco pelo y al estar un poco fondón, cada vez que aparecía en escena me recordaba a Paquirrín. Ayudaba que la soprano canaria que representaba a Lucrecia, a pesar de cantar como los ángeles, luciera una melena recogida morena, en vez de rubia. Tampoco era muy esbelta, pudiéndose asimilar a la madre de Kiko Rivera, Isabel Pantoja. Ambos acabaron muertos sobre una mesa del escenario. ¿Pasará lo mismo en la vida real o también se trata de una ficción?

3 comentarios sobre “LUCREZIA Y LOS EXCESOS NAVIDEÑOS

  1. Quizás los Borgia tenían las costumbres de su tiempo, igual de crueles e hipócritas que las demás familias, quizás mas hábiles en conseguir fines similares a los que todos sus rivales perseguían. Resultaban interesantes protagonistas de ficción y lo siguen siendo.

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  2. Qué maravilla de blog. Lo mismo te puedes encontrar una crítica de ópera que una radiografía del paso del tiempo, el parte meteorológico o una crónica de un viaje, pero siempre con esa intención de ver más allá e hilvanar centenares de referencias cinéfilas e históricas. Justo hoy en ‘Saber y ganar’ han preguntado donde estaba la plaza de la Escandalera.

    Creo que la historia es en algunos aspectos cíclica y en ese sentido, después de unos tiempos de tibia estabilidad, estamos inmersos en un proceso de polarización en la que se traduce con una necesidad de la estridencia cultural. No obstante, mi apreciación es que esa polarización es aparente y fruto de un estrechamiento del espectro, lo que probablemente se traduzca en que son las formas las que se agitan pero el fondo es el mismo de siempre.

    Qué gran placer sentarse a leer tus textos. Un fuerte abrazo, adelante!

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