ALGO MÁS QUE TRES OCTAVOS

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No ha sido media vida, pero sí algo más de tres octavos, una fracción incómoda y sucia que queda en mitad de ninguna parte, entre una minoría despreciable y una mayoría a menudo deseada. Los números redondos quizá resulten más bellos, aunque vacuos; sin embargo, los que arrastran decimales representan mejor lo que somos: un manojo dispar e incomprensible de errores y desorden, en el cual ni siquiera es necesario que se cuele algún acierto.

Si antes pensaba que los finales felices no existían, ahora siento que algunos también pueden ser aterradores, como simulacros de la muerte, donde ves tu vida pasar en segundos y todo lo que antes permanecía latente cobra presencia.

Eso es lo que he percibido en mi último día de trabajo, cuando dentro del cajón de mi mesa he visto la bola de gomas elásticas que hice el primer día. Recuerdo haber abierto ese mismo cajón nada más sentarme en mi silla tras firmar el contrato y encontrar un desbarajuste al que quise poner orden antes de que me asignaran algo más útil a lo que dedicar mi tiempo.

Desde entonces, han transcurrido algo más de tres octavos de mi vida. He pasado de sentirme un joven veinteañero a creer que me encuentro fuera de todo, como Kanji Watanabe en la película Ikiru. El protagonista, un funcionario, se sienta cada día frente a su escritorio y, con su pequeño tampón de tinta, estampa cuidadosamente papeles que se acumulan en una burocracia interminable que no conduce a ninguna parte. Se cree muerto en vida, y sólo cuando le diagnostican un cáncer de estómago terminal resucita anímicamente, ilusionado por construir un parque que los vecinos llevaban tiempo reclamando sin éxito. Tal vez yo esté intentando algo parecido, aunque con consecuencias menos traumáticas: provocar una crisis laboral para intentar renacer.

Durante estos años, además del consabido trabajo y de los compañeros que van y vienen, ante mis ojos han pasado nacimientos y fallecimientos, separaciones y reconciliaciones, viajes y confinamientos, enfermedades y recuperaciones, alegrías y penurias, mucho cine, teatro, música y libros. Todos los recuerdos se amontonan y se entremezclan. Es difícil separar lo laboral de lo personal, y por ello a las personas más cercanas, con quienes trabajas todos los días, las quieres independientemente de todo, simplemente por el mero hecho de haber compartido contigo algo más de tres octavos de vida.

Parece que los menos agraciados necesitamos partir y llorar para que el aprecio por lo que teníamos se intensifique. Algunos privilegiados lo logran antes de destruirlo todo. Ellos son los verdaderamente imprescindibles.

A la oficina de Llanera.

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