Quiero pensar que los compré en algún sitio, pero la verdad es que no lo recuerdo, porque siempre han estado ahí, como el horizonte o las pipas en los quioscos. Aunque ya han sufrido varias mudanzas, sigo creyendo que junto a las especias, muchas de las cuales tampoco usamos, es su lugar, como tantas cosas que sólo están sin más propósito aparente. Objetos que no hacen nada salvo ocupar su sitio, que no es poco.
Sin embargo, cuando los utilizo suele ser para cualquier cosa que no sea para lo que fueron hechos. Me da pena pensar que a ese ritmo no necesitaré comprar otro bote en mi vida, mientras el logo antropomorfizado y esbelto me devuelve la misma sonrisa desde hace más de veinte años. Sólo le falta hacer un ademán con el sombrero de chistera o un baile de claqué. Nunca se desvanece del todo esa sensación desagradable de saber que este bote me va a sobrevivir, que en la caja pone que no caduca, y que aparece el NIF por si acaso hay que llevarlos a juicio. Alguien en algún despacho tomó esa decisión con toda la seriedad del mundo.
La empresa sigue viva y coleando a pesar de mi paupérrima colaboración. Me ha gustado su página web, que vende muchas más cosas de lo que imaginaba, como pinzas para la ropa, sin que yo supiera nunca que las de madera son de modelo Mistral y las de plástico las hay de modelo Halcón y Tucán. Abarcan incluso el mercado asiático con palillos para gyozas y udon. Su página es moderna, con colores saturados, comidas verdes y zumos en botes de mermelada con pajita de papel. Sin embargo, lo que ofrecen resulta tan mundano que me parece entrañable. Siguen en la brecha con lo mismo de siempre, adaptándose muy dignamente a este vodevil en el que vivimos.
Se encuentran en uno de tantos polígonos industriales, seguro que junto a empresas locales de rodamientos, neumáticos o talleres, pero a la vez son universales y no me extrañaría encontrarme sus palillos de 21 cm modelo Tensoge en un restaurante de Kashgar, ahora que España mira más al este que al oeste. A la entrada, el señor con chistera y paraguas recibe con su sonrisa a los empleados desde un cartel, mientras dentro unos con forro polar preparan albaranes rosas que nunca he entendido y otros cargan toneladas de palillos para los mesones de carretera donde otros transportistas sí hacen buen uso de ellos.
Quizá para mucha gente el palillo después de comer se corresponda con el consuelo antes del final, como cuando terminas un helado y todavía queda el cucurucho, o cuando el día de Reyes caía en viernes y la Navidad se alargaba dos días más. No como el de tarrina, que te deja solo ante el áspero cartón sin transición posible. Siempre se necesita una antesala al final, la posibilidad de comprar una segunda caja de palillos que tampoco podremos terminar.
Espero que sigan existiendo los paisanos que se lo llevan puesto cual chicle que nunca se gasta, sin saber nunca cuándo tirarlo a la basura. También espero que no le haya caducado el DNI al tipo que aparece con un palillo en la boca en su foto. Seguro que hay códigos que desconozco sobre ponerlo a la izquierda o la derecha, morderlo o únicamente acariciarlo con los labios, señales que los iniciados reconocen y que al resto se nos escapan.
Nunca he visto en otros países que se utilice tanto, y quizá se deba a que, tal y como decía un caballero inglés con traje impecable en TikTok, la buena etiqueta establece que aunque los palillos se encuentren en la mesa, no significa que deban usarse en ella, por lo que uno se excusa discretamente y se dirige hacia el baño mientras lo pela.
La caja de Don Palillo trae ciento veinte unidades, todas torneadas para un buen agarre. Nos quedarán todavía más de noventa. Uno al año. Me he puesto nervioso al pensar que no sólo se pueden comprar cajas de quinientas unidades, sino que también las hay incluso de dos mil.