Las gradas grises

Un antiguo compañero del colegio ha colgado recientemente dos fotografías una al lado de la otra. En la primera aparece él en su graduación junto a su madre; en la segunda, su hijo en la suya junto a su abuela, que es la misma mujer con treinta años más encima. El lugar es idéntico. Al fondo se ven unas gradas de hormigón, siempre grises, intactas. Una vez más, el paso del tiempo se revela por contraste: los días encanecen al mismo ritmo que el pelo.

Mi antiguo compañero y yo tenemos la misma edad, así que no he podido evitar volver a aquel verano.

Fue el verano en que un Mundial de fútbol se jugó en Estados Unidos, igual que ahora. Lo seguían sobre todo los latinos que vivían allí; el resto lo ignoraba sin proponérselo, simplemente porque ni siquiera sabía que existía. Supongo que es parecido a lo que me ocurre hoy con las modas de los niños: no me entero de ninguna hasta que el hijo de algún amigo me habla de ella.

Un futbolista colombiano llamado Escobar —como el otro Escobar, aunque sin parentesco conocido— marcó un gol en propia puerta y fue asesinado a su regreso al país por esa razón, o por esa excusa. Yo me enteré días después. Andaba ocupado en otras cosas igualmente fuera de lugar, aunque bastante menos dramáticas.

Un amigo mío, de ascendencia francesa y japonesa, vivía en Florida. No recuerdo cómo surgió la idea, pero alguien necesitaba que un coche llegara a Nueva York y nosotros nos ofrecimos a llevarlo. Éramos dos adolescentes recién salidos del instituto, lo que no parecía la combinación más recomendable para cruzar medio país al volante. Y, sin embargo, alguien nos dejó hacerlo. No sé si me sorprende más que nos lo propusieran o que nos lo permitieran. Menos mal que no conocíamos a los beatniks, porque habríamos dejado de pagar las letras del coche convencidos de que éramos Jack Kerouac.

Mi amigo estaba obsesionado con una canción. Era de Lisa Loeb, que por entonces era vecina de Ethan Hawke, y fue este quien consiguió que acabara en la banda sonora de Reality Bites. Hawke aparecería después en Antes del amanecer y debió de pensar que, ya que tenía la perilla pelirroja y el pelo grasiento, podía pasarse otra película interpretando exactamente al mismo personaje para otro director. Vista hoy, Reality Bites acaba resultando infantil, como el debate político que tanto atrae a los que empinan el codo en la barra de un bar. Mi amigo, sin embargo, se tomaba la canción muy en serio. Y eso que, escuchada hoy, cuesta entender el entusiasmo. Me dio tanta turra durante el viaje que todavía hoy, cuando la escucho, vuelve de golpe el calor de Florida.

Fue la última vez que lo vi, aunque entonces no lo supiera. Así desaparecen casi todas las cosas: sin que se nos ocurra siquiera hacer una foto que treinta años después permita medir la distancia.

He pensado en todo esto viendo Prisión, la película de Bergman, porque Stig Olin, el actor que interpreta a Thomas, es físicamente idéntico a Ethan Hawke: la misma perilla, el mismo pelo revuelto, la misma mandíbula. Y no solo eso. Thomas y Troy, el personaje de Reality Bites, comparten la misma convicción de estar protagonizando algo importante, aunque sea limitándose a pontificar desde un púlpito de desgana.

Thomas es un escritor que, convencido de haber matado a su mujer, se entrega a la policía con toda la solemnidad imaginable. Los agentes van al piso y no encuentran ningún cadáver. Encuentran una nota. Ella se ha marchado y explica, entre otras cosas, que lo abandona por borracho. Bergman lo cuenta sin subrayados, casi al descuido. Igual que cuando Thomas acude a la comisaría y unos policías con pajarita toman café con pastas junto a un proxeneta con aspecto de twink. Nadie hace el chiste.

Quizá por eso Prisión envejece bien y Reality Bites no. Quizá todo lo importante ocurra siempre en segundo plano. Al fin y al cabo, el hormigón no encanece. Casi todo lo demás sí.

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