Entramos en el restaurante ya bien pasado el mediodía, cuando el sol castiga con más fuerza y hasta el viento parece detenerse para almorzar. La penumbra del interior contrastaba con la claridad del exterior. El suelo de madera, igual que el de un saloon del Oeste americano, crujía bajo nuestros pasos mientras nos dirigíamos al fondo de la barra, donde una mujer secaba unos vasos. Su pelo afro se desparramaba en todas las direcciones, como una magdalena recién horneada desbordando el molde de papel.
Nos ofreció una mesa y un ventilador para espantar las moscas. A nuestro lado, una pareja de extranjeros, tan pálidos como nosotros, reía divertida con las monerías del bebé con el que viajaban. Todos los occidentales parecíamos vestir el mismo uniforme: camiseta, pantalón corto y sandalias.
Pedimos una cachupa como quien pide un cocido madrileño en pleno verano pensando que es gazpacho. Yo no sabía absolutamente nada de Cabo Verde. Ni siquiera que, unos meses después, abriría el camino de la selección española en el Mundial de fútbol. Fue un artesano quien nos lo comentó cuando le dijimos que éramos españoles. Recuerdo haber respondido con la frase más neutra que se me ocurrió:
—Que gane el mejor.
Al parecer, nadie lo fue.
São Vicente nos recibió casi desierta, permitiéndome cumplir uno de esos sueños absurdos que sólo existen en el cine: aparcar el coche justo delante del restaurante, como hacen siempre los protagonistas. Los murales de colores pastel parecían sacados de una película de cierto director cuyo nombre prefiero omitir. Cuanto más perfecta es la composición, menos ganas me entran de vivir dentro de ella.
Por la tarde fuimos a un supermercado en busca de unas tarjetas SIM para el teléfono. Nos atendió otra diva del soul, porque en Cabo Verde todas parecen serlo. Sus dedos, rematados por unas uñas que desafiaban las leyes de la física, se deslizaban por la pantalla con una mezcla de desdén y amabilidad.
Compramos también unas botellas de agua y, al salir, el viento —tan característico de las islas— había regresado con fuerza. Una ráfaga decidió apropiarse de mi gorra, hacerla girar en una espiral y depositarla en el balcón del piso situado justo encima del supermercado, demasiado alto para alcanzarla.
Volvimos a entrar para intentar explicar lo sucedido. Una cosa es que un extranjero entre diciendo «agua» o «SIM»; da igual el idioma, todos acabamos entendiéndonos. Pero intentar explicar que el viento se había tomado la molestia de dejar mi gorra en el balcón del piso de arriba era otro asunto. La respuesta inicial fue un escueto y socorrido «no».
Por suerte, un vecino al que le faltaba una pierna, apoyado en la pared desde hacía un rato, había presenciado toda la escena. Explicó lo ocurrido a la dependienta, que hizo un par de llamadas. Poco después apareció la dueña del piso superior, sonriendo ante lo estrambótico de la situación. Abrió las contraventanas, salió al balcón y, con toda naturalidad, me devolvió la gorra. Cada uno siguió con su tarde, como si aquello ocurriera varias veces por semana.
Por la noche volvimos a otro restaurante, más pequeño, con sólo dos mesas. La música no dejaba pensar y conversar se parecía más a un intercambio de sonrisas que de palabras. Fue el primer contacto con la música caboverdiana, antes de visitar al día siguiente la casa museo de su cantante más universal.
Cesária Évora era una señora que cantaba igual que bebía. El mundo entero terminó por descubrirla ya entrada en años, sin necesidad de grandes excesos ni de una leyenda construida a base de autodestrucción. El sentimiento con que interpretaba una morna parecía ser el mismo con que se tomaba un vaso de grogue.
Visitamos su casa familiar, que puede sorprender porque allí apenas hay nada: un señor que cobra las entradas sentado en una silla con un ventilador al lado, algún vestido, algunas fotos, un cenicero y poco más. No abundan los recuerdos, y si uno se despista acaba en un cuarto con fregonas, sin saber si era un descuido o si formaban parte de la exposición como un guiño a la importancia de ir descalzo por la vida. Todo resulta tan sutil que nos pasamos de largo el museo porque ni siquiera se anuncia, lo cual siempre es buen presagio.
Ella cantaba a la melancolía, a la saudade del emigrante por su tierra, pero también representaba muy bien la coladeira: esa canción alegre con un ritmo constante, casi machacón.
Al día siguiente cruzamos en ferry hacia la isla de Santo Antão, con sus carreteras adoquinadas y escarpadas laderas con cortes rocosos verticales hechos a cuchillo. Dos noches cenamos en el Giramundo, un restaurante pequeño con mesas de madera y manteles a cuadros rojos. Al fondo, pintada directamente sobre la pared, estaba Cesária Évora, con la bandera de Cabo Verde detrás y el puño cerrado en el micrófono: la misma señora, en otra isla, sin apenas haberse movido de ningún sitio.
Nos atendió una camarera con gafas que tenía el mismo aplomo tranquilo que la que presidía el mural, aunque sin el micrófono. Los extranjeros pálidos del restaurante de São Vicente volvieron a aparecer, los del bebé. Al pasar por un pueblo bajo el cráter de la Cova, los habíamos visto antes, charlando con los lugareños con esa naturalidad de quien lleva más tiempo del que parece, como si vivieran allí y salieran a pasar la tarde delante de su casa. Cabo Verde es pequeño y está casi vacío, pero a esas alturas empezábamos a sospechar que quien programaba la simulación de nuestras vacaciones no se había esforzado demasiado con los extras y simplemente los reciclaba. También la ropa.
Esta vez casi bailaban en sus sillas al son del grupo de coladeira que tocaba en directo. No repetimos restaurante casi nunca, ni destino, pero al Giramundo volvimos, por la música más que por la comida.
El grupo enlazaba una canción con otra sin dejar hueco entre ellas. Me acordé, como tantas otras veces, del Desire de Bob Dylan: el violín de Scarlet Rivera engarzaba una canción con la siguiente, igual que los carromatos de una caravana que nunca se detiene. La coladeira tiene algo de eso: un ritmo lineal, casi obstinado, que no avisa de que va a empezar ni de que va a terminar. Como el viento de las islas, que a esas horas ya había vuelto con fuerza y seguía a lo suyo.