Después de más de cuarenta años, todavía recuerdo una letanía que recité de memoria, junto al resto de mis compañeros, durante años enteros, cada mañana antes de comenzar las clases:
“I pledge allegiance to the flag of the United States of America, and to the Republic for which it stands, one Nation under God, indivisible, with liberty and justice for all.”
Creo que ninguno de nosotros entendía realmente lo que decía y a mí, que el inglés no era mi lengua materna, todavía me costaba más: allegiance se me atragantaba y recuerdo la satisfacción cuando conseguí pronunciarla bien. Lo recitábamos con la misma mecánica inconsciente con la que se aprende a atarse los cordones: una melodía que la boca reproducía antes de que la mente supiera lo que significaba. Pero, visto con la distancia de los años, me resulta un poco espeluznante obligar a niños de nueve años a recitar semejante juramento en nombre de la libertad. Las semillas que se siembran antes de que uno pueda razonarlas son, precisamente por eso, las más poderosas: germinan de forma involuntaria y pasan a formar parte de la psique. Uno cree que sólo está aprendiendo una canción y, en realidad, está aprendiendo a no cuestionar algo antes incluso de saber qué es.
Al recordarlo, me ha sido inevitable asociarlo a la que considero la escena más devastadora de Cabaret, ambientada en la Alemania de los años treinta. En un restaurante de carretera, unos niños empiezan a cantar una canción sobre la naturaleza y el paisaje y, poco después, todo el restaurante termina entonando proclamas hitlerianas, con una transición tan natural y sutil como estremecedora: la infancia como vehículo propagandístico.
La cultura y la religión se transmiten de un modo parecido y, hasta cierto punto, me parece inevitable, incluso necesario: todos precisamos algunas referencias que sentimos inamovibles, un suelo firme sobre el que apoyar después el resto del pensamiento. Aunque no me considero católico practicante, abrazo sin conflicto la cultura católica en la que me crié. Ha impregnado casi todo lo que me rodea y me ofrece muchas referencias —difusas, sí, pero rara vez dañinas— porque, en la actualidad, por ejemplo, el Papa no dispone de poder ejecutivo directo.
Sin embargo, jurar lealtad a una bandera tiene otras implicaciones. Detrás de dicho símbolo hay un poder ejecutivo real, capaz de convertir la promesa en obediencia efectiva. Ese compromiso tiene su lugar natural en el ámbito militar: quien se alista lo hace como adulto, con conocimiento de causa, aceptando una cadena de mando a cambio de un pacto mutuo y explícito. Lo que resulta mucho más difícil de justificar es trasladar el mismo ritual, con igual solemnidad, a un aula llena de niños de nueve años que no han elegido nada y que ni siquiera disponen todavía de las herramientas para entender qué están prometiendo.
El dato resulta aún más revelador si se repara en cuándo apareció Dios en dicho discurso: no siempre estuvo ahí. Under God se incorporó al juramento en 1954, y In God We Trust se convirtió en lema oficial de Estados Unidos en 1956, ambos en plena Guerra Fría, quizá como contrapeso simbólico frente a una Unión Soviética atea.
Al dividirse el mundo en dos bloques enfrentados, quienes se suponía que iban a ser los liberadores terminaron adoptando prácticas de los captores: la oración infantil, la vigilancia ideológica, la sospecha hacia el disenso. Algunas de las cosas que se decía combatir en el otro bando reaparecieron, con otro nombre, en el propio. Resulta llamativo que, tantos años después del hundimiento de la Unión Soviética, todavía baste en Estados Unidos con defender una sanidad universal para que a alguien se le tache de «comunista» a modo de insulto, como si defender servicios públicos habituales en las democracias occidentales equivaliera a una amenaza existencial.
Fue precisamente en aquellos años de la Guerra Fría cuando Estados Unidos amplió considerablemente su influencia exterior. Dentro de las aulas se enseñaba a los niños a jurar libertad y justicia para todos, mientras se justificaba el enorme gasto militar como una necesidad defensiva. Fuera de ellas, el país libraba guerras de legitimidad dudosa, como Vietnam, en nombre de la defensa de la libertad, o auspiciaba la caída de gobiernos que simplemente estorbaban a sus intereses, sin reparar en el coste para la población de esos países. Irán en 1953 y Chile en 1973 son quizá los ejemplos más recordados.
“He may be a son of a bitch, but he’s our son of a bitch” sigue resonando.
El relato de «libertad y democracia» era también el señuelo. Servía para obtener apoyo dentro del país, construir alianzas fuera de él y presentar las intervenciones estadounidenses como parte de un proyecto político más amplio. No era muy distinto de esa vieja canción de Mary Poppins que aseguraba que una cucharada de azúcar ayuda a que la medicina pase mejor. El azúcar no cambiaba la naturaleza de la medicina; simplemente hacía más fácil tragarla.
Todo eso se mantuvo velado durante lustros, no por ello menos real, sólo más difícil de nombrar. Hasta que llegó alguien dispuesto a quitarse la careta.
Donald Trump rompió buena parte de los códigos retóricos que sus predecesores, de uno y otro partido, habían cuidado durante generaciones. Habló de intereses económicos y estratégicos con una franqueza que antes solía quedar envuelta en un lenguaje más idealista. Redujo incluso alianzas como la OTAN a una cuestión de costes y beneficios, haciendo explícito un componente transaccional que siempre había estado ahí, aunque normalmente acompañado de un discurso sobre valores compartidos.
En 2026 esa franqueza ha alcanzado su expresión más nítida con lo ocurrido en Venezuela e Irán. No ha hecho falta esta vez ninguna coartada ideológica sofisticada: los intereses económicos y estratégicos aparecen mucho menos disimulados.
Sin embargo, sería ingenuo pensar que ahí empieza algo completamente nuevo. Todo eso ocurrió bajo administraciones demócratas y republicanas que hablaban con mucho cuidado de democracia y derechos humanos. Lo que quizá ha cambiado con Trump no es tanto la naturaleza del poder como la forma de presentarlo. Lo que durante décadas se envolvió en un lenguaje de valores compartidos se muestra ahora con mucha menos sutileza.
El mismo relato que, cuarenta años atrás, un niño de nueve años recitaba cada mañana sin entender una sola palabra, sobre un país que encarnaba, de forma axiomática e indivisible, la libertad y la justicia para todos.
Cuando ese discurso se derrumba, lo que queda expuesto no es necesariamente algo nuevo. Es, simplemente, lo que siempre estuvo debajo: ahora, por primera vez en mucho tiempo, con menos barniz y, sobre todo, sin azúcar, lo cual me provoca de nuevo atragantamiento.
Es triste y contradictorio: añorar que al menos alguien se hubiera tomado la molestia de intentar mentirle a uno y que mi padre muriera con una venda sobre los ojos.
Es importante comprender la verdadera naturaleza del poder que hay detrás de los gobiernos estadounidenses desde hace bastantes décadas. Al permitirnos aclarar nuestras dudas y contemplar el paisaje a vista de pájaro uno puede caminar más seguro.
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Creo que no hace falta pensar mucho para llegar a conocer dicha naturaleza😉
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