Sobre Un Armario

Hace años, entre el trastero y la plaza de garaje, coloqué un armario de plástico que con el tiempo se ha ido deformando. Cada vez que lo abría tenía que encajar la puerta a la fuerza y confiar en que el candado, minúsculo y más simbólico que otra cosa, fuera disuasorio, porque en realidad cualquiera podía acceder levantando levemente el techo y doblando la puerta de plástico, como si fuera el Hombre de Acero durante unos instantes. Los vecinos siempre lo han respetado, y lo que guardábamos dentro era de tan poco valor que casi nos habrían hecho un favor robándolo. Pero uno siempre mantiene la ilusión de que lo que guarda en una tumba, con los años, se convertirá en algo mejor.

Había pensado sustituir el armario en infinidad de ocasiones, sin lograr vencer nunca la resistencia que opone la atmósfera a poner una idea en órbita. Hasta que un día de este verano, posiblemente el de más bochorno, lo logré: llegó a casa el armario metálico, en dos cajas de veinte kilos, y decidí montarlo esa misma tarde. Seguramente fue el calor lo que me nubló la mente, porque el bricolaje y yo somos enemigos acérrimos —me parezco más a mi abuelo materno, del que mi abuela decía que se murió con las manos sin estrenar, que al tío de Noe, capaz de ir al campo, talar un árbol, llevarlo en coche a su casa y convertirlo en un armario con baldas, cajones y puertas.

El montaje, como era de esperar, se torció pronto: un tornillo que no entraba por más que insistiera, bastidores que no cuadraban en ángulo recto, el diagrama de instrucciones convertido en listado de torturas varias con treinta grados en el trastero. A cada paso que daba descubría otro error cometido unos minutos antes, como si el armario hubiera decidido vengarse de tantos años posponiendo su reemplazo. En algún momento entre el sudor y los juramentos contenidos me puse los auriculares del móvil hasta que la cobertura aguantara, más por desesperación que por curiosidad, y ahí volvió a colarse Bizarrap. Quizá fue también el calor, o la sensación de rejuvenecer que da ver a la selección de fútbol celebrar el Mundial al son de una música que me resulta ajena, lo que me hizo darle otra oportunidad al género en vez de apagarlo a los dos minutos como hago siempre.

Mientras deliraba a oscuras, destornillador en mano, por mis oídos fueron pasando raperos, reguetoneros y gente con tatuajes en la cara. Emocionalmente seguía sin conectar con aquella música, pero, en una suerte de síndrome de Estocolmo, acabé encontrándole virtudes.

El rap nació como una forma de reafirmarse cuando casi nadie estaba dispuesto a escucharte, y buena parte del reguetón y del hip hop hispano sigue partiendo de esa misma idea. Hay mucho de la actitud desafiante del punk y, entre tanto exceso, también encontré talento y poesía, dejando al margen las letras más machistas, que tampoco eran mayoría.

Residente logra recrear una tensión casi física mientras narra su trifulca con J Balvin; Villano Antillano convierte su identidad en el centro de la canción, sin necesidad de convertirla en una consigna; y varios raperos argentinos, en medio de tanto exceso, hablan de ahorrar, de comprarle una casa a su mamá y de seguir siendo los mismos pese a la fama y el dinero, lo cual, viniendo de gente rodeada de dinero fácil, tiene su mérito o al menos su ingenuidad. La canción de Quevedo, Quédate, me recordó a Salir de Extremoduro o a Peor para el sol de Sabina, donde las juergas nocturnas también se conjugan con el desamor — el romanticismo, al parecer, no ha cambiado tanto de género en género.

Caí en un paralelismo que hasta entonces se me había escapado: en Bizarrap creí reconocer algo de John Peel, el productor y locutor de la BBC que con sus Peel Sessions sacó del anonimato a muchos grupos. Aquellas sesiones tenían un formato muy concreto: grababa en directo, en los estudios de la BBC, a bandas que todavía nadie conocía, con pocas tomas y sin margen para el artificio. Era un adolescente, de esos que se pasaban las tardes rebuscando en la zona de saldos de las tiendas de música. Ahí, entre discos con unas pegatinas amarillas redondas con una exclamación y portadas que no decían nada, había toda una serie de CDs con el nombre Peel Session en el lomo. Pensaba, ingenuamente, que era una etiqueta literal, un sonido “pelado”, más crudo y menos producido que el de los discos normales. No iba tan desencaminado: algo de eso sí había. Pero Peel era, simplemente, el apellido de un señor, y meterse en una de sus sesiones era, para una banda desconocida, como ganar la lotería.

Lo que hacía John Peel —convertir un estudio en un escaparate para el talento— es lo que veo en Bizarrap, por mucho que desde mi edad lo pueda desdeñar o no entender del todo. Al final, la música sigue sirviendo para lo mismo de siempre: asociar un sentimiento a un momento concreto, aunque el momento sea uno mismo sudando con un destornillador en la mano.

El armario, por cierto, no quedó del todo mal. Sólo yo sé dónde el tornillo entró torcido y dónde la balda no cierra del todo a escuadra. Cuando terminé, la música seguía sonando. Y no la apagué.

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