La Campa de los Ingleses

Un amigo escribió hace años un libro sobre su experiencia en Marruecos, donde se dedicó a recoger y traducir parte de la tradición oral del país, transmitida de generación en generación y que ahora corre el riesgo de perderse con el progreso. Un dicho africano afirma que cuando muere un abuelo desaparece una biblioteca.

Comparto una preocupación parecida por las viejas historias familiares y sus personajes más o menos ilustres. Siempre me digo que tengo que visitar al hermano mayor de mi padre y no salir de su casa hasta que me lo cuente todo sobre nuestros antepasados. Porque en Europa las bibliotecas familiares también desaparecen, como sucede en África.

Uno de los personajes sobre los que me gustaría interrogarle es su tío abuelo Gregorio Eguren Goiri. Fue un muchacho problemático al que sus padres enviaron a estudiar a Inglaterra a finales del siglo XIX, aunque parece que él estaba más interesado en irse de juerga y pasarlo bien. Al parecer, volvió a Bilbao sin que los suyos se percataran de ello y empezó a jugar al fútbol con los marineros británicos en lo que se conoce como la Campa de los Ingleses. No parece que sus padres consiguieran exactamente lo que pretendían con aquella estancia en el extranjero, aunque quizá tampoco imaginaran que estaban contribuyendo a introducir un deporte que acabaría convirtiéndose en una de las señas de identidad de la villa.

Gregorio llegó a una ciudad en plena ebullición, impulsada por los altos hornos, las minas y los astilleros. Bilbao crecía deprisa, enriquecida por la industria y el comercio, mientras el humo y el hollín cubrían sus cielos y oscurecían las fachadas de los edificios. Generaciones de bilbaínos llegaron a considerar aquello parte inseparable del paisaje, tan gris como las características baldosas que cubren las aceras de sus calles.

Sabía que Remigio, hermano de Gregorio, había sido uno de los fundadores del Athletic Club de Bilbao, pero ignoraba que Gregorio también había jugado en Manchester. Lo he descubierto en un artículo sobre las primeras memorias del fútbol vasco, que reproduce la crónica de un partido entre el Athletic Club y el Bilbao Football Club en 1902:

«Gregorio Eguren (medio).- También de Bilbao, y de 27 años. Empezó a jugar en Manchester, pertenece al 2.º bando del ‘Atlhetic’ y era sustituto en el primer equipo. Su fuerte eran las cargas, haciendo rodar muy a menudo a sus contrarios por el suelo, aunque acompañándolos muchas veces en la descensión».

La descripción incluye algo de retrato involuntario. Unas pocas líneas permiten hacerse una idea de su manera de jugar y, quizá, también de su carácter. Era un jugador contundente, aunque el cronista señala una curiosa particularidad: en sus entradas, a menudo acababa en el suelo junto con sus adversarios. Desconozco si se trataba de una cuestión de deportividad o simplemente de entusiasmo, pero aquella peculiaridad adquiere, contada de esta manera, la dimensión de toda una vida: un decaer elegante y solidario.

Mi tío Julio trató con Gregorio cuando este ya era un anciano que nunca llegó a sentar la cabeza. Comía todos los días en casa de mi abuela. Nunca se casó ni tuvo hijos. Fue un bala perdida hasta el final, alguien que hizo siempre lo que quiso y que dejaba que sus sobrinos se sentaran en su regazo y jugaran con su gran nariz, posiblemente sonrojada por el vino.

Me habría gustado conocerlo. No tanto por ser hermano de uno de los fundadores del Athletic, algo que seguramente le habría importado bastante menos que a quienes después hemos convertido aquella historia en una pequeña efeméride familiar, sino porque sospecho que fue alguien que nunca se preocupó demasiado por estar a la altura de las expectativas de los demás. Sus padres lo enviaron a Inglaterra para que estudiara y volvió convertido en futbolista. Quizá no fuera un ejemplo de nada, pero tampoco parece que pretendiera serlo.

Lo curioso es que Gregorio Eguren nació casi cien años antes que yo. Ambos acabamos estudiando en el norte de Inglaterra, con un siglo de diferencia y por motivos y en circunstancias muy distintas. Él empezó a jugar en Manchester; yo volví tras una beca Erasmus sin ningún hermano fundador de un club. Tampoco tengo constancia de que mis padres contemplaran la posibilidad de enviarme allí para corregir alguna conducta preocupante.

A mi vuelta, Bilbao también estaba en plena transformación, aunque esta vez gracias precisamente a lo contrario: al saneamiento de la ría y al abandono de buena parte de su pasado industrial. Más de un siglo de historia siderúrgica acabaría cristalizando en un museo de titanio. Yo seguía sin saber jugar al fútbol.

Tampoco sé si habrá algún sobrino nieto que me agarre la nariz dentro de veinte o treinta años. Puede que no les llame la atención por no estar enrojecida. No suelo beber vino.

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