No hace tanto que por fin vi Nashville, de Robert Altman, una película que consigue que dos docenas de personajes y sus conversaciones fragmentadas desemboquen en un final común con cierto propósito. Me recordó a las cuencas hidrográficas: una vez trazado su contorno en un plano, no hay gota que caiga dentro que no acabe saliendo por el mismo sitio.
La mayoría de los días transcurren sin motivo especial; algunos, en cambio, parecen tenerlo.
El sábado pasado me desperté sin saber dónde estaba. Hacía el mismo sol que el día en que murió mi padre, dieciocho años atrás, y me costó un segundo ubicarme.
Salimos tarde de casa de mi madre y llegamos tarde a Bilbao. Noe y yo íbamos a ver a L., al que no veía desde hacía más de treinta años, y a S., su pareja.
L. llegó a mi clase cuando mi familia y yo vivíamos allende los mares. Venía de Washington D. C., aunque había nacido en Toronto. Llevaba siempre camisetas blancas, o eso creo recordar; tenía el pelo ni liso ni rizado, rubio, pero tampoco del todo, y era más alto que yo, menos enclenque. Nos conocimos a esa edad en la que dejas de jugar con muñecos y todavía ves en el afeitado más una ilusión que un tedio. Vivíamos lo bastante cerca para ir en bici y lo bastante lejos para que caminar fuera un incordio. Pero era lo que considerábamos más digno, porque todavía no podíamos conducir y pedalear nos parecía cosa de críos.
Era una época algo interina, como de entreguerras. El muro de Berlín acababa de caer, pero la Unión Soviética aún renqueaba; Sadam Husein acababa de invadir Kuwait, pero la guerra del Golfo no había empezado; el glam metal daba sus últimos coletazos, pero Seattle todavía no había despuntado. Presenté a L. a mi amigo D. y enseguida se hicieron amigos; quizá fue al revés. A los tres nos unió Queensrÿche, que por entonces era lo único que sabíamos de Seattle. Su disco Empire me sigue recordando a la lluvia, a la noche, a una ciudad oscura, llena de crimen y de gente sin hogar. Era lo que denunciaba el disco, aunque a los catorce años no entendiéramos nada de eso.
Ahora L. y S. viven cerca de Seattle, lejos del ruido que hizo una vez la ciudad y lejos también del que hace ahora.
Unas semanas antes de que L. se pusiera en contacto conmigo este verano a través de la cuenta de Facebook de su pareja, S., yo había escrito un relato sobre un viaje que hice con D. desde Florida hasta su casa en coche. L. no aparecía en el texto, pero quizá estaba más presente de lo que creía.
Los mensajes que intercambiamos después, con la cadencia del antiguo correo postal, fluyeron con naturalidad, aunque yo temía que, tras tantos años, nos hubiéramos convertido en dos desconocidos. Poco antes de que L. supiera que iba a venir a España, su madre, que ahora tiene demencia, había preguntado por mí. Me dio mucha pena y, a la vez, me hizo ilusión. Guardo un buen recuerdo de cómo me acogió en su casa cuando iba a visitar a L., después de que mi familia y yo hubiéramos regresado a Europa.
Quedamos en el puente del Arenal, el de la Victoria para quien lo inauguró en 1940 y el de la Derrota para otros. L. iba vestido de negro. Nos abrazamos y presentamos a nuestras parejas: L. y S., Noe y yo. Echamos a andar hacia las Siete Calles, pero avanzábamos poco. Cuando apretaba el sol, nos desplazábamos unos pasos hasta la sombra y seguíamos hablando, hasta que el sol volvía a alcanzarnos.
Les pregunté si les había gustado el Guggenheim. Habían visto una instalación de Steve McQueen en la que Nina Simone y David Bowie cantaban la misma canción, grabada con diez años de diferencia, como si una sola canción juntara dos épocas. Entonces cobró sentido que unos días antes le hubiera mandado a L. Waiting Room, de Fugazi: la sala de espera de treinta y dos años.
Les pregunté también si habían visto las esculturas de Richard Serra. L. me contó que hacía muchos años había ido en helicóptero al rancho de Montana de los padres de un amigo, donde tenían esculturas de Serra en el jardín. Yo le hablé de la novela que estoy leyendo sobre la desaparición de una de sus obras del Reina Sofía, treinta y ocho toneladas nada menos. Al imaginarme un rancho en la inmensidad de Montana, ya no me pareció tan inverosímil que se perdiera una. ¿Qué son treinta y ocho toneladas frente a Montana?
Lo más lejos que llegamos fue la catedral, donde nos quedamos un buen rato hablando. A la hora de comer fuimos a un restaurante que casualmente quedaba cerca de los soportales donde estaba la casa de mis bisabuelos maternos. No nos levantamos de la mesa hasta bien entrada la tarde.
De pequeño, cuando iba a Bilbao de vacaciones, hablaba a los dependientes en el idioma que no era, por inadaptación. Aquel día, junto a mi amigo, me volvió a suceder.
Por la tarde acabamos en el Bellas Artes, uno de los museos donde mejor me siento. Está junto al parque de Doña Casilda, cerca de la casa de mi abuela, cerca de mi infancia. Durante años me había fijado en su cafetería y en la transición entre la parte original de ladrillo y la ampliación metálica. Pero no lo visité por dentro hasta que se inauguró el Guggenheim. Podría parecer que entonces bailaba con la más fea, pero con los años supe que se trataba de la más bella.
Íbamos de sala en sala hablando de cosas aparentemente dispares. El comedor, un cuadro de Mari Puri Herrero, nos produjo cierta inquietud y estuvimos bromeando sobre él un rato. Ninguno de los cuatro conocía a la artista. A L. y a S. el nombre les sonaba hinduista, por mucho que Puri provenga de Purificación.
Fue allí donde L. sacó la única foto que le vi hacer en todo el día: la de otro cuadro, El camarote de los hermanos marxistas. Me contó que de joven había leído a Marx y que recordaba la idea de que uno nunca escapa de su clase social.
Quisimos ver la ampliación de Norman Foster en el tercer piso, recién estrenada, pero ya no daba tiempo porque cerraban. Intentamos colarnos, pero enseguida nos echaron.
Al salir nos tropezamos con mi prima E., su marido y sus hijos. El hermano de E. vive ahora en Toronto, donde nació L. Antes de despedirnos, E. nos recomendó ir a ver el barco de José Luis Ugarte, el que utilizó en la Vendée Globe, que estaba expuesto en el Museo Marítimo.
En noviembre de 1992 mi padre nos llevó a ver su salida. Ugarte iba a dar la vuelta al mundo en solitario y sin escalas, con el patrocinio del Gobierno vasco. Unos meses antes habíamos vuelto de lo que nos parecía ultramar para vivir otra vez en España. Por entonces empecé a perder el contacto con L. Nos vimos alguna vez más, ya cumplida la mayoría de edad, y después ya no. Desconocíamos por qué vertiente discurrirían las dos gotas que habían caído en la misma divisoria.
Y allí estaba el barco, treinta y tantos años después, ajado por el tiempo. José Luis, que fue amigo de mi padre, murió poco antes que él. Nos quedamos los cuatro delante del casco y pensé que el día entero se había parecido a Nashville: conversaciones inconexas, cada cual a lo suyo y, por debajo, todo corriendo hacia el mismo sitio.