Murguía

Hace unas semanas vi una película bastante interesante sobre la paradoja del gato de Schrödinger y ese principio de la mecánica cuántica que trata acerca de la posibilidad de la existencia de varias realidades paralelas.  Por mucho que leo sobre el tema sigo sin aprehenderlo del todo, pero ya desde hace tiempo me distraigo muchas veces pensando que hubiese sido de mi en una de esas realidades superpuestas donde a partir de un punto, tu persona se desdobla en dos sujetos y años después os pudierais volver a encontrar para comparar. Sí, comparar, porque por mucho que digamos que las comparaciones son odiosas, no hacemos más que contrastar, medir y juzgarnos frente a los demás.

Puntos desde los cuales comenzar las imaginarias realidades paralelas hay muchos, por no decir infinitos, pero todos tenemos ciertos momentos que escogeríamos si nos ofrecieran realizar dicho experimento. Uno de los míos lo tengo claro, el verano de 1985, tras el cual nada volvió a ser igual.

Cada vez que tomo la autopista en dirección Vitoria, poco después de pasar el peaje de Altube, giro la cabeza involuntariamente hacia la derecha para asegurarme de que todavía sigue allí, de que a nadie se le ha ocurrido construir un bloque de viviendas en donde en realidad solo viví seis meses.

Era una casa que aunque no se encontraba muy alejada del resto, sí lo parecía, porque cien metros antes de llegar, se terminaba la acera, la iluminación, casi la civilización.  En su lugar había una pequeña arboleda que aun a día de hoy aparece de vez en cuando mientras duermo, mezclada con personajes de la Guerra de Canudos. A veces los sueños son así de caprichosos. Recuerdo que la zona boscosa era lo suficientemente frondosa para poderte evadir en tus juegos, pero no tan grande como para perderse.

Tras atravesar una verja de  forja, a mano izquierda se encontraba un camino con forma de ‘cul de sac’ que además de servir para que los coches visitantes dieran la vuelta, me valía para marearme dando vueltas en bicicleta. Siempre he pensado que dicho camino era un poco extravagante a la par que inútil y pretencioso ya que parecía más propio de una mansión, no de la casa donde vivíamos. Se quedaba en tierra de nadie, como tantas otras cosas.

Si bien la distribución de la casa era peculiar y moderna, con espacios abiertos, por fuera no destacaba mucho. No recuerdo una entrada principal más que la de la cocina  y sí los oscuros alicatados de los baños que en mi imaginación se asemejaban a naves espaciales propias de aquella serie de televisión de alienígenas con forma de lagartos que tanto gustó a mi generación y que en esa época estaba en pleno apogeo. Cada martes, mi padre me traía una revista de la que lo único que me interesaba eran las nuevas pegatinas que pudiera traer de la serie. He de decir que los primeros capítulos tenían una calidad destacable en cuanto al ritmo de narración y al modo de introducir y desarrollar los personajes. Además, los paralelismos con la ocupación nazi de la Francia de los años cuarenta del siglo pasado ahora son evidentes. Después, las excelencias de la serie se fueron diluyendo, como todo lo que se intenta alargar artificialmente, y las buenas intenciones acabaron convertidas en la triste realidad que supone una factoría televisiva de charcutería.

Todas las habitaciones estaban en la planta baja salvo la mía, que se encontraba  separada en una planta superior junto a un altillo que daba a un comedor situado debajo, desde donde los infantes observamos a los adultos hablando de sus cosas. Una de las conversaciones más recurrentes que recuerdo de mi abuelo paterno versaba sobre la ubicación de alguna persona de su entorno a través de su parentesco. Podían pasarse lo que a mi me parecían horas trazando a modo de arqueólogos las diferentes relaciones de una persona y enlazando todo tipo de gente entre sí. La expresión hijo político era la que más me gustaba, por su empaque sonoro.

Adyacente al comedor, un salón, con un gran ventanal y seguramente con techos menos altos de lo que recuerdo, ejercía de estancia principal del hogar y es allí donde mi padre un buen día abrió un atlas y me enseño donde estaba Nueva York, mientras probablemente escuchaba a su querido Willy Nelson en un tocadiscos apoyado en el suelo.  Intentó explicarme la diferencia entre el estado de Nueva York y la ciudad de Nueva York, pero yo no alcancé a entenderlo. Solo recuerdo las tapas grises del libro y la naturalidad con la que me tomé el hecho de que íbamos a vivir allí. La ignorancia siempre es un buen bálsamo para calmar el espíritu.

El verano transcurrió entre grillos, espigas, excursiones al río cercano con mi amigo Jorge Allende y visitas de familiares y amigos de mis padres, que sin saberlo estaban siendo observados por informadores propios de las distopías de George Orwell y cuyos secretos algún día serán revelados.

Ya quedaban pocas semanas para nuestra partida y me puedo imaginar los nervios que padecería mi madre al verse con tres niños en un país extranjero, sin conocer el idioma, y solo seis meses después de prometerse que sería enterrada en Murguía. Al menos iba a contar con la estimable ayuda de Adela, hermana mayor de mi amigo Jorge que venía con nosotros cual hermanastra. En cambio mis únicas preocupaciones consistían en pensar qué hacer con la réplica de la espada Tizona que me había regalado mi abuelo y apenas podía levantar por mis propios medios y en disfrutar de mi primera reflexión sobre el tiempo, en su connotación menos climática. Por aquel entonces, todos los días me tenía que enjuagar la boca con un brebaje bermejo llamado Odamida, debido a que tenía pequeñas autolesiones en el interior de la boca en forma de llagas. Un día miré el frasco y al ver que la solución caducaba en 1994, imaginé como sería ese futuro tan lejano, que ahora se presenta como un pasado menos glamuroso. Ya lo dijo Woody Allen, “el futuro ya no es lo que era”.

El 11 de septiembre de 1985 llegó y con cierta tristeza nos despedimos de mi abuela materna tras felicitarla por su sexagésimo segundo cumpleaños y dijimos adiós a un Bilbao gris, sin el brillo presente. Pocos días antes mi hermana Lucía había aprendió a andar en el pasillo de un piso de la calle Juan Ajuriaguerra, donde estábamos pasando nuestros últimos días a este lado del océano atlántico. Un taxi nos llevó a la antigua terminal de Sondika, mucho más oscura y asfixiante que la actual. No solo por los techos bajos, sino porque en aquellos tiempos hasta las cabinas de teléfono olían a tabaco. Si ahora las adicciones se miden por cuantas veces al día se consulta o carga el teléfono móvil, hace treinta años se contaban las cajetillas de tabaco fumadas. Seguro que mi hermana Ana, con sus problemas respiratorios en esos años, se acuerda mejor de esas salas de espera repletas de humo. Los vicios pueden cambiar de forma, pero parece que ni se crean ni se destruyen.

Tras una escala en la terminal del aeropuerto de Barajas en Madrid y presentar mis padres aquellos pasaportes verdes que ya no se estilan, nos subimos de nuevo en un segundo avión de Iberia dónde unas azafatas sonrientes nos indicaron nuestros asientos. Sin hacer mucho caso a las medidas de seguridad que preceden a todo vuelo, yo solo pensaba en el vergel de coca-cola que iba a suponer el viaje, tras el oportuno soplo, seguramente de mi primo Miguel.  El avión despegó y sí nos trajeron una pequeña lata junto a una comida que me recordaba a la del colegio, la cual los alumnos odiábamos tanto que era habitual esconderla en unas jarras metálicas para el agua y con la excusa de tener que rellenarla en el baño, nos deshacíamos de semejante engrudo con la respetable ayuda del inodoro. Lo que nuca ocurrió fue el festín de cafeína prometido.  Quizá fuera por ese halo de cierta austeridad que siempre ha perseguido a mi familia y que ahora de alguna forma agradezco; nunca nos hemos caracterizado por ser “los que más” en nada.  Quizá las falsas expectativas se debieran sólo a la desbordante imaginación de mi primo.

El avión aterrizó en el aeropuerto JFK en el barrio de Queens y una interminable cola en el control de pasaportes nos esperaba. Oía todo tipo de idiomas que no entendía, veía gente de todos los colores y condición y esperaba nuestro turno con un cierto hormigueo en el estómago por pensar que no nos dejarían pasar por alguna extraña razón.  Ni que mi padre fuera un capo de la droga y mi madre una terrorista. A partir de ese momento y hasta hoy, cruzar el control de pasaportes estadounidense es para mi un acto que conlleva cierto nerviosismo y solemnidad, cuando he cruzado fronteras de países mucho más precarios y peligrosos para un occidental, con pasmosa tranquilidad.

Tras llegar al hotel, cenando, mi padre me preguntó qué quería de postre.  Yo no recordaba lo que pedí hasta que me lo contó él mucho años después como anécdota, debido a que en ese instante pensó: “en menudo lío hemos metido al pobre chaval”.  Al parecer, pedí queso de Burgos.

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