Kilimanjaro

Hacía ya horas que habíamos partido y todavía no había rastro del amanecer. El tácito acuerdo solar de todos los días parecía tambalearse justo cuanto más necesitados estábamos de un poco de luz, de la certeza que realmente nos encontrábamos a más de cinco mil metros de altura.

Y así siguió aquella interminable noche de octubre, donde parecía que caminábamos encima y para la oscuridad en vez de hacia Gilman’s Point, el último hito antes de la cima. El último hito que ponía fin a cinco días de andadura por el civilizado parque del Kilimanjaro.

Esta andadura comenzó el 6 de octubre de 2006 en Europa, cuando tomamos un largo vuelo a Nairobi desde Bruselas. Después, disfrutamos de un bonito y cálido viaje por carretera atravesando la sabana africana que separa Arusha de Nairobi. Los nítidos contrastes ya se hacían notar nada más salir de la capital keniata, presentándose un horizonte azulado, temblando al encontrarse con la herbácea arena de acacias. Los termiteros salpicados al borde de la carretera nos acompañaban, dejando atrás uno tras otro los caóticos núcleos llenos de gente que todavía utilizaba sus ojos para observar. Tanto para bien como para mal es lo que da la pobreza, tiempo para mirar.

El autobús avanzaba al mismo ritmo que a los nervios, por no saber lo que nos esperaba. Los purpúreos Masais con sus rebaños se hacían cada vez más frecuentes y la frontera entre Kenia y Tanzania la cruzamos sin muchas dificultades. Un par de horas más tarde llegamos a la parada de autobús de Arusha con sus jacarandas en flor. Una vez más, sin saber muy bien que ocurría a nuestro alrededor acabamos en nuestro hotel, donde superado el enésimo mal entendido nos ofrecieron nuestras habitaciones.

Arusha es una ciudad que alberga mucha vegetación y dispone de edificios relativamente bajos y vehículos con mucho colorido que no dejan de recorrer la ciudad. El pastoreo Masai se cambia por una abundante agricultura y consecuencia de ello es que por todas partes se venden todo tipo de frutas y verduras, que en ocasiones tienen mejor aspecto que sabor.

Llegó el atardecer y con él los típicos llamamientos al rezo musulmán que inundaban las calles con un hipnotizador tono repetitivo. Mientras, el monte Meru escondía sus párpados tras un velo blanco, dejando sus faldas al descubierto.

Por la mañana nos esperaba en una furgoneta algo destartalada nuestro guía Nuru que nos presentó a alguno de sus ayudantes. Sinceramente, nunca supimos cuanta gente habíamos contratado, pero nuestras cosas siempre llegaban puntualmente a su destino.

El paisaje hacia la entrada del parque se tornaba cada vez más selvático y húmedo. Aunque era sábado o domingo los niños y niñas que veíamos al otro lado de la ventana acudían a las escuelas con sus uniformes occidentales y una sonrisa que yo no hubiese compartido en su misma tesitura. Tras una breve parada para comprar provisiones de última hora, aterrizamos en la entrada donde nos aguardaba una burocrática cola. Al empezar a caminar, la mirada rápida confundía y la selva tropical se asemejaba más a un bosque atlántico. Solo al prestar más atención a los ojos se podían apreciar las numerosas especies de plantas de la cual se compone el paisaje.

De forma intencionada el ritmo se iba desacelerando hasta llegar a desesperar a nuestro guía que con gran paciencia no nos quita el ojo de encima. Al principio Nuru daba aspecto de persona distante y seca, pero el lento devenir de los días dejó entrever a una excelente persona que entendía a la perfección su realidad, algo cada vez más escaso de encontrar.

Mandara: el primer campamento a dos mil setecientos metros de altitud, parecía una pequeña muestra del planeta tierra donde la lengua franca era el inglés. Polacos, japoneses, suecos, americanos, rusos, británicos, belgas, australianos, holandeses y españoles se agolpaban en el comedor donde por primera vez nos quedamos maravillados ante las suculentas y sabrosas comidas preparadas por los guías. La pulcra limpieza encontrada ya la quisieran muchos refugios occidentales y llamaba mucho la atención el esmero con el que los platos y comida eran colocados y posados. Al terminar la cena tuvimos una breve y agradable charla con Nuru que ya empezaba ganarse nuestra confianza, para luego descansar al son de los desacompasados cánticos nocturnos que nos ofrecían nuestros compañeros de literas.

Al día siguiente nos despedimos tempranamente de la selva y el monte bajo nos acogió, siguiendo el mismo ritmo que el día anterior. Los infinitos volcanes de la zona empezaban a brotar y muy a lo lejos se divisaba el Uhuru, más conocido como El Kilimanjaro, así como su fiel escudero llamado Mawenzi.

Al llegar a Horombo (3.720 m) los primeros síntomas de la altura se empezaron a notar en algunos internacionales. Una chica belga y un galés fueron los primeros en caer. Nuestro grupo de momento disfrutaba sin nauseas del mar de nubes que cubría África a modo de manto protector.

En el comedor, de nuevo cambiamos todo tipo de impresiones y se podían ver las primeras caras cansadas de los grupos que volvían de la cumbre. Mostrando orgullosamente sus fotos, algunos asustaban, otros animaban. La única salida que nos quedaba fue: “ya veremos”.

Esta vez si logramos dormir, en una diminuta cabaña alejada del ruido.  Mientras el frío nocturno se hacía notar emergión la brutal profundidad del estrellato.

El tercer día aunque considerado de descanso consistió en una ruta de aclimatación a un refugio situado en la base del monte Mawenzi. La niebla matutina se mezclaba con las lobelias y ciniceas creando una estampa misteriosa, pero después de subir algunos metros, la claridad en Zebra’s Point era total. Al acercarnos a nuestro fin de etapa solo cabía decir lo siguiente:

Y caímos todos ante las vanidosas formas, ante la altiva mirada que desde arriba desdeña sin ser desdeñada.

Sí, caímos todos frente a la envidiosa silueta que con su frío raciocinio glacial olvida su fogoso pasado y camina sorda hacia su tibio destino.

Nos pudo la manida palabra que esconde su nombre para si, libertad. Condenada, sin poder escapar a la desértica soledad de la cima.

Pero vencidos por la gravedad, la luz desvió su atención hacia la sorpresa desconocida, hacia los agudos y rocosos matices ocres vecinales, hacia la gran ensombrecida, que por un minuto brilló con su perfil en movimiento ante la plana y estática limpieza que se apodera del paisaje.

Mientras, los sutiles roces de un mar blanco serpenteaban con complicidad todos sus defectos, todas sus virtudes. Algunos ojos estupefactos abrían sus retinas para dejar entrar el bello desfile de imágenes que compone la batalla entre el Uhuru y el Mawenzi.

Cuarto día y el paisaje se volvió a mutar para convertirse en un desértico pedregal volcánico con un camino bien marcado que se pierde en el horizonte. Con las dos grandes moles como referencia llegamos a Kibo (4.720 m). Aquí la dama altura ya se dejaba notar y la respiración se hacía consciente, convirtiéndose en el principal pensamiento. Los pulmones no se olvidaban y se quejaban cada vez que se les intentaba engañar al saltarse un soplo del cada vez más escaso oxígeno.

Hasta el descanso se hacía pesado y las horas en vigilia cada vez más lentas, aguantando la llegada de la medianoche. Con té y algo de desayunar nos adentramos en el pardo fondo con nuestras linternas frontales como única luz. Nos esperaba la noche más larga que recuerdo hasta Gilman’s Point, recibiendo a todos con un amanecer inolvidable. Eso sí, antes tuvimos que superar los interminables mil doscientos metros de desnivel compaginados con bajas temperaturas que obligaban a decidir entre pasar frío y caminar lentamente o jadear a un ritmo imposible y sentir unas inconfundibles nauseas. A partir de los cinco mil metros de altura, el cuerpo  se resentía y solo las propias voces interiores mantenían todo unido. La tortuosa subida se desvaneció y la bella silueta oscura del Mawenzi se entrelazaba con el rojo amanecer que estaba a punto de llegar. Solo faltaban doscientos metros hasta la cumbre, siguiendo la cresta por el cráter exterior del Uhuru. Las nieves perpetuas se acercaban cada vez más y aun estando lejos, se podía apreciar un imperio blanco en inevitable decadencia. Dos horas después de pasar por Gilman’s Point coronamos la cima de África a 5.895 m y como suele ocurrir, la cima no se saboreó del todo dada la flaqueza física del momento. ¿Será eso o que desde la cima en realidad es de donde peores vistas hay de las montañas?

 

 

 

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