Semarang

Cuando nos informaron sobre los incendios que asolaban la isla de Borneo, nos encontrábamos en la meseta de Dieng, en medio de la isla de Java, alojados en una andrajosa habitación. La  elección hotelera se había tomado prácticamente sola debido a la poca oferta en la zona, escasamente frecuentada por el occidental en busca de hedonismo barato. Las mezquitas, con sus fuertes llamadas a la oración por parte del almuecín en horas intempestivas, siempre actúan como freno de los que necesitan evasiones etílicas, y en estos días, paradójicamente, garantizan un remanso de paz. Aparte de tranquilidad, Dieng no tenía mucho que ofrecer salvo que fueras un vulcanólogo empedernido. Hirvientes fumarolas sulfurosas que nos recordaban el poderío del interior de la tierra se entremezclaban con bancales cultivados por campesinos, que además de con el arroz, hace tiempo se atrevieron con hortalizas más propias de continentes lejanos. Patatas, ajo y cebollas cubrían las laderas de una meseta, de una localidad, en la cual Noe invocó al Rey Lagarto, “This is Dieng, my only friend, Dieng”.

Acabábamos de comprar unos billetes de avión entre las ciudades de Semarang y Pangkalan Bum, en la isla de Borneo o Kalimantan en el idioma local. Dichos pasajes tuvieron que ser devueltos, perdiendo casi todo el importe del trayecto, cuando en efecto comprobamos que Kalimantan ardía por culpa de la quema incontrolada de bosque tropical para la posterior explotación de aceite de palma. Aunque está prohibida, dicha práctica suele realizarse habitualmente cada vez que termina la temporada seca y comienzan las lluvias. Sin embrago, este año, el retraso de la temporada húmeda ha creado un problema adicional medioambiental gravísimo.  No deja de ser triste que se produzcan estos acontecimientos debido a que Indonesia es uno de los países con más biodiversidad del mundo.

Al tener contratado el conductor hasta Semarang y dado que no nos apetecía volver sobre nuestros pasos por unas carreteras de dudosa seguridad, decidimos seguir hasta la populosa ciudad costera, justo después de que éste nos pidiera más dinero para llevarnos a unas lagunas cercanas.

Si no recuerdo mal, se llamaba Joko, de aspecto típicamente asiático, con una estatura no muy elevada y una edad indeterminable.  Viendo nuestras pesadas mochilas llenas de ropa de montaña, que acabó resultando inservible por culpa de la erupción del volcán Rinjani, su equipaje era envidiable, inexistente. Como aquellos pioneros del lejano oeste que viajaban a lomos de su caballo con una manta enrollada como única maleta, aquel hombre no necesitaba anti mosquitos, antibióticos, gafas de sol, crema protectora, internet ni ningún todo tipo de comodidades que a veces lastran la espalda y hasta el alma, pero de las cuales no se atreve uno a desprenderse.

Si el trayecto entre Yogyakarta y Dieng fue excitante en cuanto a adelantamientos temerarios se refiere, el tramo entre Dieng y Semarang resultó espeluznante. No hubo coche, camión, moto, peatón o gallina que se le resistiera a Joko, no importando la falta de visibilidad, anchura de carretera o tráfico frontal. Incluso tuvo tiempo de rememorar bajo la lluvia la famosa carrera de Fórmula 1 de Mónaco de hace más de treinta años, cuando se le ocurrió que el conductor del único coche que le adelantó se debería de parecer a Alain Prost y él sintió la necesidad imperiosa de transformarse en Ayrton Senna. Sí, puede que el piloto rival tuviera el pelo rizado, nariz destacada y que increpara al nuestro en algún dialecto javanés que se pareciera al francés, pero ni somos amantes de la velocidad, por muy interesante que me parezca la rivalidad entre ambos genios de la conducción, ni nuestras ansias por llegar a Semarang eran tan grandes como para arriesgar la vida por cinco minutos. Dudo que entendiera los improperios con que le increpé, pero creo que sí captó el tono y como en aquella famosa carrera, perdida por Aytorn Senna debido a causas externas, el espíritu de Alain Prost se difuminó en el horizonte y nuestro conductor volvió a ser simplemente un taxista temerario.

La llegada a Semarang fue apoteósica. Se trataba de una mega urbe situada en la costa norte de Java, sin ningún interés para el visitante, llena de polución, ruido, tráfico caótico y demás elementos que tienen en común todas las grandes ciudades del sudeste asiático. Inicialmente estaba planeado que Joko nos llevará directamente al aeropuerto, pero a ultima hora comentamos a su jefe que habíamos cambiado de planes y nos quedaríamos en Semarang. Cuando le dijimos que queríamos ir al barrio chino, se le cayó el alma a los pies, pero con una disposición excelente, tomó nota de la dirección y comenzó su calvario, y por consiguiente el nuestro. Ayudados por el navegador GPS del teléfono móvil íbamos comprobando que cada decisión que tomaba, alargaba el trayecto unos minutos, haciendo caso omiso a nuestras apreciaciones. Preguntaba a motoristas en los semáforos, se bajaba del coche y se dirigía a viandantes, a regentes de puestos de comida,  nos pedía una y otra vez la dirección poniéndose con parsimonia sus gafas para ver de cerca, pero no había forma de encontrar el barrio chino. Puede que pasaran días hasta que llegamos a la puerta de nuestro hotel donde nos despedimos con una sonrisa y una propina generosa por el tesón mostrado.

Por fortuna, este hotel resultó bastante más cómodo que el anterior. El baño disponía de ducha en vez de un depósito con un cazo mugriento y la distribución no era creativa como suele ocurrir en los hoteles antro que puede uno encontrar por todo Asia. Uno de los alicientes de este tipo de establecimientos es precisamente comprobar las ingeniosas formas de las habitaciones. No es raro que el baño resulte más grande que la habitación, que el wc sea tan alto que le queden las piernas colgando a uno o que el armario se solucione con una percha enganchada a una alcayata.  Poesía decorativa es lo que puede ofrecer el continente asiático a este respecto.

Dormidos los hijos tontos, léase mochilas, salimos en busca de un lugar para cenar, con tal suerte que se produjo un apagón en toda la calle. Entramos en un establecimiento que parecía un restaurante y aunque no funcionaba nada, nos prepararon un cena estupenda a base de paciencia. No paraban de pasar por delante de nosotros trasportando utensilios varios, una linterna, una bombona de butano, un mechero y todo ello con una imperturbabilidad y esmero admirable para las condiciones en las cuales estaban trabajando.

Al día siguiente desayunamos en el hotel y cometimos el mismo error que en China, pedir tostadas. Supongo que para ellos que les pidan tostadas será como si quisieras que te sirviesen en una cafetería española pato a la pekinesa, con la única diferencia de que en Asia nunca dicen que no a nada. Si en Pekín, tras un buen rato de espera, nos sirvieron pan de molde blanco con mayonesa, en el barrio chino de Semarang, creo que se superaron. El desayuno consistió en dos rebanadas de pan de molde rellenas de chiribitas de chocolate y margarina, regadas con queso rallado. A partir de entonces pedía noodles.

A las siete de la mañana la temperatura y humedad ya superaban todos los límites del confort y la mirada de los coloridos demonios tántricos del templo que visitamos parecía que ahuyentaba aun más cualquier indicio de frescura. En estos lugares uno nunca tiene claro qué estancias son visitables y cuales son privadas, si es que lo son, ya que no resulta extraño encontrarse a gente cocinando, leyendo el periódico, charlando o tomando té por los rincones más insospechados.

Nuestras ordenadas cabezas occidentales no admiten tal desorden, pero ellos se lo toman con naturalidad. Lo mismo sucede con las aceras, que son una extensión natural de las viviendas donde las madres lavan a sus hijos en cubos, o tropieza uno con las piezas de un motor desarmado que alguien está intentando arreglar. Eso sí, mientras se procura evitar una caída saludan con una sonrisa y preguntan por tu procedencia. Al mencionar España en seguida comentan “Messi, Cristiano Ronaldo”. En estos casos conviene responder “Iniesta, Casillas” y ellos volverán a la carga con una lista infinita de futbolistas de lo más variopinta, hasta entrar en un bucle dialéctico cuasi borgeano. Si en la antigüedad uno se presentaba ante los extranjeros mediante su casa de procedencia: Trastámara, Sforza, Avís, ahora vale más llevar consigo un álbum de cromos de La Liga.

La calle que bordeaba el río desde nuestro hotel desembocaba en un mercado con quintales de camisetas y toneladas de plástico que me pregunto si venderán algún día. Qué diferentes serían estos lugares antes de que el PVC invadiera la tierra.  Lo que no creo que haya cambiado es el olor rayando lo nauseabundo en momentos puntuales debido a la acumulación de personas y la falta de saneamiento.

La segunda invasión creo que fue la del ruido asociado a los motores de combustión y a las bocinas. Cruzar las calles resulta un acto de fe al verse rodeado de enjambres de motocicletas, coches, tuk-tuks, autobuses, bicicletas. Se escuchan pasar como el silbido de las balas del que se encuentra en una trinchera militar, pero con una fluidez armoniosa a la par que caótica. Las psicología resulta fundamental y cualquier muestra de debilidad será castigada con horas o incluso días sin poder cruzar ninguna avenida. A veces los atentos lugareños muestran de nuevo una generosidad sin límites y humillan al occidental sin querer ayudándonos a cruzar la calle y haciéndole sentir muy infantil. Prefiero no pensar en la reciprocidad no cumplida si ellos se encontraran en occidente.

Con el sol del mediodía cayendo a plomo, entramos en un local con cierto encanto que debió de ser un antiguo club de la época colonial. La visión de las paredes revestidas con maderas nobles y los techos inaccesibles te transportaban a tiempos pretéritos donde la influencia holandesa quedaba patente y caes en la trampa de pensar lo satisfactoria que parecía la vida entonces, según las fotografías expuestas, aunque solo fuera para algunos. A lo estático, a lo que no puede replicar parece que siempre le adjudicamos un mayor valor. Quizá porque somos nosotros los que proyectamos sobre la imagen un pasado mejor, distorsionado, en vez de observar en la fotografía un reflejo de dicha realidad tal y como fue.

Dentro de doscientos años también caerán en la misma trampa, aunque no me atrevo a predecir qué opinarán sobre la actualidad, o si realmente podrán sacar conclusión alguna observando fotografías, debido a la cantidad ingente de las mismas propiciada por la era digital. En mi opinión, su valor se encuentra tan diluido que el manido dicho se ha invertido y una palabra vale ya más que mil imágenes.

Enfrente del antiguo club se encontraba una iglesia cristiana sin ningún valor arquitectónico y al otro lado de la plaza adyacente un mercado con objetos antiguos, que si bien parecían estéticos, la idea de poseerlos me producía los mismos escalofríos que al autor de Ornamento y Delito.

Seguimos caminando por las vacías calles sin sombra alguna y nos sorprendió encontrarnos con una galería de arte moderno, más propia de algún barrio londinense que de una ciudad donde la llamada a la oración parecía atacar de nuevo. Para el visitante que se enfrenta al islam desde una posición agnóstica y sin capacidad de comprender lo que realmente están diciendo, la llamada a la oración envuelve apreciaciones agradables, pero en esta ocasión una sutil diferencia cambió completamente nuestra percepción.  No sé si fue debido a algún problema técnico de la megafonía que produjera cierto eco u otro efecto extraño, pero parecía como si algún paciente recientemente escapado del manicomio más cercano se hubiera apoderado del micrófono. Ojalá lo hubiera grabado para mandárselo a un coleccionista de llamadas a la oración islámicas que medio conozco. Más que nada por su valor esperpéntico.

Comimos en un restaurante también vacío, salvo por un grupo de adolescentes que como muchos indonesios, pensaron que sacarse una foto con nosotros representaba un hecho destacable. Puede que lo fuera tal y como bien apuntó Noe: “Si les preguntaran que quisieran ser de mayores, no es de extrañar que respondiesen que les gustaría ser turistas”.

A la salida del restaurante, un tuk-tuk nos acercó a las antiguas dependencias de la compañía de ferrocarriles holandeses. Mi ignorancia sobre la ocupación holandesa de Indonesia era mayúscula.  Me pareció interesante que hubiera sido muy similar a la ocupación británica de India y aunque ésta se produjera casi dos siglos antes, sea mucho menos conocida. Si no me equivoco, en el siglo XVII, los Países Bajos crearon la primera multinacional llamada La Compañía de las Indias Orientales Unidas, para otorgarles el monopolio del comercio en Indonesia, además de capacidad para gobernar. Una vez más, erramos si pensamos en el desgobierno que las empresas multinacionales provocan en el mundo como un mal exclusivamente moderno. Casi siempre, la modernidad fue inventada anteriormente.

El museo disponía de grandes salas vacías con algunas fotografías de los avances del ferrocarril holandés en Indonesia. Su falta de contenido resultaba relajante, y más el hecho de que tuviéramos como única compañía la de un anciano con bastón acompañado por una adolescente que hablaba un perfecto inglés y un javanés que hacía de guía.

El anciano se dirigió a mi, también en un inglés más que correcto y nos explicó que aunque era holandés, había nacido en Java. Tuvo que partir a Holanda exiliado durante la guerra de independencia de Indonesia en los años cuarenta del siglo pasado, pero había vuelto con su esposa y nieta a su Java natal, la cual echaba mucho de menos. Me pareció una persona entrañable que enseguida lo organizó todo para que nos uniéramos a la visita guiada con su nieta y así aprovechar la ocasión para escabullirse de la misma y descansar junto a su mujer, sentados en un banco cercano.

El inglés del guía era incomprensible y resultaba difícil discernir cuándo se refería a los Javaneses y cuándo a los Japoneses. Estos últimos por cierto, aprovecharon el desconcierto de la segunda guerra mundial para invadir también Indonesia. La nieta adolescente, en un acto de altanería propio de la edad, preguntaba insistentemente cada vez que no entendía al guía, cuando  parecía evidente que la barrera idiomática difícilmente se salvaría.

Terminada la visita, decidimos tomar un autobús urbano hacia un conjunto de templos que se encontraba un poco alejado. Al parecer, un explorador chino islámico llegó a Indonesia en el siglo XV y en Semarang, ciudad portuaria aunque no viéramos el mar, se construyeron algunas pagodas en su honor.

Preguntamos al ayudante del conductor si aquel era el autobús correcto para llegar a las pagodas y una vez más confiamos en una sonrisa llena de voluntad, pero sin ningún fundamento, porque no hubo entendimiento y acabamos muy alejados de nuestro destino. Por lo menos los viajes en autobuses no turísticos siempre son aprovechables. Ya merecen la pena simplemente por ver las gentes que van subiendo y bajando mientras venden comida, cepillos de dientes o deleitan a los ocupantes con un ukelele ligeramente desafinado.

El conjunto de templos chinos se encontraba en una explanada amplia, que no parecía abarrotada, y donde la gente presente nos recordó que incluso en la ciudad más aburrida de Indonesia los selfies parecen más necesarios que respirar. Fuimos incapaces de descifrar las inscripciones de las diferentes estatuas que veneraban a Zheng He, pero gracias a la Wikipedia sabemos que algunos estudiosos ligan sus viajes por el sudeste asiático con los de Simbad, el marino de las Mil y Una Noches.

De regreso a nuestro hotel, decidimos comprar un vuelo a otra ciudad costera localizada en el este de Java, Surabaya, para después tomar un autobús hacia Probolingo, localidad desde donde podríamos subir al volcán Bromo. Del vuelo no recuerdo nada reseñable, pero el viaje en autobús entre Surabaya y Probolingo fue otra experiencia pintoresca.

Nada más llegar a la estación de autobuses, varios lugareños, que pudieran ser trabajadores de la estación, viandantes que pasaban por allí, o incluso ambas cosas, nos dirigieron hacia un autobús que supuestamente nos llevaría a Probolingo. Mientras tanto, nos preguntaban si preferíamos ir en clase económica o de lujo. Si bien es cierto que no somos dados a muchos excesos, cuando se viaja en tren o autobús por Asia conviene escoger primera clase si no se quiere pasar muchas penurias, ya que la diferencia de precio es mínima. Respondimos que en clase de lujo, pero sospechamos que haciendo caso omiso, simplemente nos trasladaron al autobús más cercano, el cual tardó una vida en salir mientras cambiaba de una a otra dársena sin razón aparente.

Tuvimos la mala suerte de sentarnos en un asiento para tres personas, acompañándonos durante todo el viaje un estudiante bastante locuaz al que costaba entender. Enseguida caímos en la cuenta de que no debíamos de estar en el autobús de primera clase. Intentábamos convencernos de lo contrario al fijarnos en otros autobuses en mucho peor estado, pero cuando subió un joven tocando un ukelele, se confirmaron nuestras sospechas. Después llegaron los vendedores ambulantes  y una señora mayor que no parecía estar muy cuerda a juzgar por el modo en el que la miraba el resto de pasajeros cuando hablaba.

Finalmente el autobús partió, sin aire acondicionado y lleno de indonesios, siendo nosotros los únicos occidentales. Costó que el ayudante del conductor nos devolviera lo que nos había cobrado de más. A lo largo del trayecto, varios jóvenes adicionales con ukeleles subieron y bajaron del autobús, además de personajes cuya mercancía no se sabía muy bien si se comía o servía para otros menesteres.

En un momento determinado, una pequeña trifulca terminó con la peculiar anciana bajándose del autobús, escoltada por el ayudante del conductor mientras ella le soltaba improperios. Con el GPS del teléfono comprobábamos de vez en cuando que la dirección era la correcta, o por lo menos que el autobús no fuera en dirección contraria. El calor parecía entrar en escena con todo su poderío y el estudiante no paraba de hacer preguntas que no entendíamos. Resultaba incomodo que insistiera tanto cuando quedaba claro que la conversación no estaba siendo muy fluida y respondíamos exclusivamente con una mueca y gestos de afirmación con la cabeza.

Tras unas cuantas horas de trayecto en las que los arrozales dominaban el paisaje, llegamos a Probolingo, pueblo italiano al pie de los Apeninos. El autobús estacionó en mitad de la única calle que había y allí nos depositaron junto a nuestras mochilas, las cuales enseguida fueron tomadas por otro lugareño que nos acompañó a una agencia que alquilaba transporte para alcanzar el volcán Bromo. Los occidentales debemos de ser tan predecibles que no hace falta contratar un viaje organizado con antelación, éste se va resolviendo solo sobre la marcha.

En la agencia comenzó un proceso de negociación acerca del precio por subir los volcanes Bromo e Ijen y trasladarnos después a la isla de Bali. Como en toda reunión que se precie, resultó necesario realizar un pequeño receso para comer. En este caso fue en el único puesto existente, ubicado en el lado opuesto de la calle.

Terminado el almuerzo, más picante que de costumbre, y volviendo para continuar las negociaciones, vimos como un joven occidental cruzaba la calle, posiblemente buscando también un lugar donde comer. Su aspecto daba pistas sobre su procedencia. De vuelta en la agencia y una vez acordado el precio, el joven occidental también entró para resolver alguna duda y nos saludó en inglés. Yo le contesté en español y empezamos a hablar, tanto que no paramos en tres días. Para ser más exactos, Noe y él fueron los que llevaron el peso de la conversación. Yo soy más parco en palabras.

Se llamaba Nacho y llevaba viviendo en Bangkok casi un año, realizando unas prácticas laborales en el ICEX, instituto público que se dedica a asesorar a empresas españolas en el extranjero. Había venido a Indonesia para pasar el fin de semana y sus planes coincidían más o menos con los nuestros, así que compartimos transporte. Fue una refrescante sorpresa encontrarse con alguien que tuviera tanta experiencia viajando, dada su exultante juventud y poder comprobar que no solo hemos de confiar en los ni-nis para que paguen nuestras futuras y quiméricas pensiones. Me gustó evidenciar que utilizaba correctamente el modo imperativo, claramente en desuso y parecía que la suya se había despojado de los complejos que a veces tiene mi generación, más propios de otro tiempo. Si bien es cierto que la nuestra es la primera generación nacida en democracia, todavía acarreamos ciertas influencias del pasado que parece que nos impiden creer en nosotros mismos, frenándonos muchas veces. Puede que simplemente sea una sensación subjetiva sin importancia, pero los más jóvenes parece que ya no tienen dicho lastre, provocado lamentablemente entre otras cosas por las dos Españas.

Un coche con aire acondicionado nos acercó al hotel donde dormiríamos y desde donde íbamos a partir para subir al volcán Bromo, pero estas andanzas ya no forman parte de los días más intrascendentes y menos espectaculares que pasamos en Indonesia, verdadero objeto del presente relato.

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