Tres por uno

Algunos lo llaman coherencia, yo lo llamo tres por uno y he de confesar que a veces me disgustan las rebajas mentales. Me disgusta que al comprar un libro, resulte necesario impregnar mi casa con toda la ideología del autor, que me vea obligado a comulgar con toda su biografía, que tenga que arrastrar una serie de accesorios que acaban supurando como las banderillas sangrientas que merman la bravura de los toros de lidia.

Sí, tres por uno. Uno se compra una novela y de regalo se incluye atuendo ad hoc y una afinidad política, que en muchos casos resulta ficticia, como un espejismo borroso en el horizonte. La verdadera militancia requiere esfuerzo, compromiso y una serie de incomodidades que van más allá de la lanzada a moro muerto o de patriotismos de bandera que por detrás cobijan un patrimonio sin declarar en paraísos fiscales

Mi triste percepción no es otra que el abuso del maniqueísmo cultural-estético-político. Pocos se atreven a adentrarse en las tierras ignotas del adversario, para después rapiñar lo que consideren de provecho.

No comparto la afición de Joaquín Sabina por la ya eufemística Fiesta Nacional, pero admiro su valentía por torear sus supuestas afinidades y enfrentarse a un miope miura, al cual no le gustan los versos sueltos que se puedan salir de su doctrina, criticando sin cesar.

Por otro lado, al igual que ignoro la vida y milagros del conservador Javier Maroto, he de reconocer que en mi opinión, su boda ha conseguido romper más barreras que aquel pírrico Ministerio de la Igualdad. Ver a la cúpula de un partido democristiano, sonriendo en las fotos de una boda entre dos hombres, va más allá de lo transgresor.

Mientras tanto, haciendo honor al título de este Blog, me limitaré a colocar juntos en mi estantería Crónica de Una Muerte Anunciada y La Guerra del Fin del Mundo o Las Inquietudes de Shanti Andía al lado de La Madre.

Seguiré aplaudiendo cuando escuche en directo Una Furtiva Lágrima, Nekrománticos o la recién conocida Quien Fuera y hurtaré de donde fuera necesario, incluso hasta convertirme en un esperpento sociológico, salvo en el disfraz.

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