El Enano

Mi relación con los coches resulta extraña. No puedo afirmar que me gusten, pero mi dependencia hacia ellos ha terminado por ser tan fuerte que podría parecer contradictorio aseverar que me disgusten.

Envidio tanto a los que viven sin necesidad de conducir, como a los que disfrutan conduciendo, a quienes no consideran a su vehículo una gran garrapata que mes a mes chupa lentamente su sangre, sino que les ilusiona cada vez que arrancan el motor, que les ilusiona informarse acerca de las infinitas características de cada modelo disponible en el mercado, vía revistas, foros internáuticos o programas televisivos. Caballos, cilindrada, llantas, turbos y la dichosa junta de la culata. Todo un idioma que no me he preocupado nunca por comprender a fondo.

Sí, el motor, aquel desconocido del cual no hace mucho aprendí que su versión diesel no dispone de bujías. Conocimiento, al parecer fundamental e inherente al genero masculino.

Sin embargo, raro es el día que no me vea detrás del volante. Raro es el día que no lo necesite, tanto para trabajar, para el ocio, para cualquier menester. El movimiento constante se ha convertido en algo fundamental y casi inesquivable en esta vida tan contemporánea. Fuera de la jornada laboral parece imposible encontrarse en un mismo lugar durante mucho tiempo, quieto, sin pensar en el próximo destino. El movimiento perpetuo, que no pocas veces termina por aturdirme, y no solo de modo figurativo, ya que en alguna ocasión me he mareado incluso siendo el conductor.

El coche siempre ha supuesto un sinónimo de libertad. Yo lo he llegado a ver como una gran cadena que ata al ajetreo, a la velocidad y lo aleja a uno del tan deseado sosiego de saber que durante un tiempo el paisaje apenas variará. Ya no pido disfrutar de las temporadas decimonónicas que pasaban los aristócratas en las villas de sus pares. Me conformo con una semana de quietud, un fin de semana sin ver como los mosquitos se estrellan contra el parabrisas.

He de reconocer que también he disfrutado y disfruto de momentos imborrables viajando en coche. Quizá se deba a la facilidad para marearme, pero sigue siendo uno de mis lugares predilectos para dormir a cualquier hora del día. Ya desde bebé, mi padre se vestía a horas intempestivas de la madrugada para llevarme a dar una vuelta en automóvil, suplicando para que así dejara de llorar, y a día de hoy Noe sigue sin poder concebir que me durmiera el primer día que ella condujo mi coche tras aprobar su examen de conducir unos días antes. Mientras ella pensaba que una muerte segura nos esperaba después de cada curva, yo cerraba los ojos tranquilamente, escondidos tras unas gafas de sol.

Tal fue mi apego de pequeño al viejo coche familiar que cuando acompañé a mi padre a un concesionario de Ford en Lejona para dejar el antiguo y comprar uno nuevo, le advertí desconsolado que nos estábamos equivocando de vehículo, que el flamante Ford Fiesta en el cual nos habíamos montado y disponíamos para partir no era el nuestro.

Algún año después, acomodado ya al nuevo auto, disfrutaba con los efluvios de la gasolina súper cada vez que repostábamos en alguna gasolinera. Hoy en día tal placer carece de sentido con la insípida gasolina sin plomo. ¡Qué gratos momentos de embriaguez cancerígena gocé durante la infancia cada vez que los adultos necesitaban un poco de hidrocarburo!

La estación de servicio de la que guardo un recuerdo más nítido se encuentra en la salida de Vitoria, tomando la autopista hacia Bilbao. Un viernes cualquiera mi padre se quedó sin gasolina en la autopista por apurar demasiado el depósito y tuvo que caminar algún kilómetro hasta dicha gasolinera. Mientras el resto de la familia esperábamos en el arcén, un policía se acercó, supongo que para ponerle una multa. Al llegar mi padre con una lata de gasolina, preparado para arrancar de nuevo el coche, el policía justo había ido a buscarlo, con lo cual se libró de la multa. Todo estuvo perfectamente coordinado. Lo que a día de hoy no comprendo del todo es como el policía y mi padre no se cruzaron por el camino. Quizá se podría crear la paradoja del hombre que andaba por la autopista con una lata de gasolina sin cruzarse con el policía que iba en su búsqueda.

También me viene a la memoria que en una de las márgenes de dicha autopista se encontraba un desguace en el que moraba un MG Midget abandonado, lleno de polvo, que mi padre siempre ojeaba al pasar. Un día paramos y se llevó una grata sorpresa cuando comprobó que arrancaba. Lo compró y lo restauró. El resultado fue espectacular y aquel “coche de carreras” de color crema con asientos rojizos se convirtió en un gran pasatiempo para mis amigos y para mi. Subirnos a él y jugar a que conducíamos sin apenas llegar a los pedales ya proporcionaba horas de diversión.

Una mudanza algo repentina a Estados Unidos obligó a mi padre a vender dicha joya a un amigo, comprobando veinte años después que aquel MG  seguía registrado en la Dirección General de Tráfico a su nombre, debido a la gran desidia del comprador por cambiar de titular.

Después de dos años por tierras norteamericanas, en 1987, la pena de tener que vender su reliquia restaurada pudo con él, y mi padre buscó y compró de nuevo un segundo MG Midget de segunda mano, rojo, del año 1979, modelo americano y con una cilindrada de 1.500 cc. La diferencia entre el modelo americano y británico residía básicamente en la sustitución de los preciosos parachoques cromados por horribles defensas de plástico. Al parecer los cromados trituraban a los peatones con sus angulosos salientes en caso de accidente. En cambio el parachoques de plástico evitaba cualquier daño al intentar pasar por encima de los viandantes. Las estampas sangrientas de unas ruedas rebasando a la víctima en un caso y la pirueta del ileso acróbata en el segundo, a la par que muy gráficas, supongo que faltarían a la verdad. Pero ya que nos encontrábamos en el país empírico por excelencia, un día pensé en proponer a mi padre que comprobara con un vecino maligno tal avance en la normativa de los parachoques estadounidenses. Creo recordar que no me atreví a comentárselo.

Aun así, el coche resultaba bastante singular y atractivo, a la par que barato. Una radio con un solo altavoz cuyo sonido se asemejaba a los antiguos gramófonos contrastaba bastante con los potentes radiocasetes en estéreo que ya empezaban a inundar los automóviles de la época y un parabrisas tan estrecho y alargado que necesitaba de tres limpia parabrisas. La calefacción también resultaba bastante rústica ya que encenderla consistía en abrir unas pequeñas trampillas a la altura de los pies que accedían directamente al motor y por tanto, también al calor del mismo. Nada que envidiar a los climatizadores con filtros de partículas para el habitáculo. Eso sí, uno debía decidir antes de comenzar el viaje si necesitaba del servicio de calefacción, ya que abrir las toberas con el coche en marcha suponía habilidades propias de los especialistas que doblan a los protagonistas durante las escenas de persecución en una película de acción.

Pero lo mejor de aquel coche residía en la sensación de velocidad de sus cuatro marchas cuando uno conseguía alcanzar los 120 km/h. Toda una proeza similar a la sensación que debieron tener Neil Armstrong y compañía durante el despegue en el presunto primer viaje a la luna.

De vuelta a España, en 1992, esta vez el MG fue indultado y viajó en un contenedor junto al resto de muebles. Tras un arduo trámite de importación que involucró a más de una administración, mi padre consiguió matricularlo.

Antes de regresar a Europa, mi madre me obligó a examinarme del carnet de conducir y atropelladamente me dieron uno que en realidad no me valía de mucho en España, ya que apenas unos meses antes había cumplido dieciséis años. Pero nada más superar la mayoría de edad, me lo convalidaron sin pasar por el impuesto revolucionario que suponen las autoescuelas. Ya disponía de aquel cartón rosa, desproporcionado en el tamaño y tan cutre con una foto grapada, que certificaba el poder para estrellarse legalmente. Apenas sabía conducir y menos un coche con marchas, así que gracias al aquel MG Midget pude hacer mis primeros viajes en un vehículo con embrague.

Comencé mis estudios universitarios y cuando mi madre necesitaba su coche, mi única alternativa factible para acudir a las clases residía de nuevo en el MG. Si no, hubiese tenido que tomar varios modos de transporte público sin coordinar que hubieran alargado el trayecto de veinte minutos a más de hora y media.

Sí, parecía el sueño americano hecho realidad, aparcar un descapotable en frente de la escuela universitaria y salir con los libros en una mano y apartando las gafas de sol con la otra. Ceño fruncido y cientos de animadoras esperando para dar una vuelta.

Aquella feliz promesa enseguida evolucionó hacia la triste realidad. La verdad es que nunca he entendido la razón por la cual un automóvil sin capota supuestamente atrae a las féminas. Es más, me atrevo a asegurar que se trata de un burdo invento de los hombres, como tantas otras cosas, porque a la mayoría de las mujeres que conozco en realidad no les gustan ni las motos ni los descapotables. Que si mucho frío, que si se les enreda el pelo. Además, creo que tampoco me he sentido nunca con ínfulas de playboy. Yo que arrastro siempre un confortable y discreto halo de pesimismo con final feliz.

Bastante vergüenza ajena daba Dylan Mckay cada vez que se bajaba de su Porche Speedster imitando a James Dean en aquella nefasta serie de principios de los noventa del siglo pasado, como para intentar emular yo a nadie. Patetismos aparte, seguro que ni siquiera James Dean consiguió parecerse al James Dean que quedó en el recuerdo. No se trata de que la realidad supere a la ficción, sino que la ficción nunca se encuentra a la altura de la realidad.

Noe antes de conocerme ya me vio dando vueltas con el coche rojo y si en algún momento se le hubiera pasado por la cabeza que yo tenía pretensiones de bon vivant, sospecho que tras casi dos décadas se habrá dado cuenta de que sus apreciaciones se encontraban llenas de imprecisiones.

Aquellos viajes con la Universidad como destino se convirtieron en una pequeña odisea en un diminuto chasis que no estaba concebido para un mundo de autovías y camiones bajo los cuales casi se podía colar uno si se descuidaba. Alguna vez me dejó tirado por la noche en mitad de un torrente de tartanas y en vez de esperar a una grúa que no terminaba de llegar, daban ganas de cargárselo a la espalda y volver a casa caminando. El ruido que emitía junto a las vibraciones provocaba que llegaras baldado a cualquier lugar con más de quince kilómetros de trayecto, sin olvidar el desasosiego de pensar que al volver a por él, el menos hábil de los rateros se lo hubiera llevado a su casa.

En 1997, mi padre decidió pintarlo y aprovechó para devolverle todos los cromados, tanto en los parachoques como en las llantas. En Europa, parece que existían preocupaciones mucho más interesantes que unas consecuencias bondadosas de los parachoques de plástico sobre los transeúntes.

Sustituyó la roída capota negra por una beige y mi madre le regaló un volante de madera que lucía infinitamente más que el de plástico. El verde inglés le sentaba como un guante y el cambio fue bastante notable. La operación estética, lejos de acartonarle la expresión, le sacó un brillo y esplendor desconocido. Ahora sí que parecía un coche clásico y aparentaba lo que realmente nunca fue, un deportivo con precio desorbitado.

Pasaron los años y con ellos los coches se modernizaban, pero aquel MG Midget seguía impertérrito, impasible, mejorando incluso, por el simple hecho de que el tiempo lo convertía cada vez más en un anacronismo singular.

Aun recuerdo durante el verano de 2006, cómo mi padre y yo nos acercamos un fin de semana en su descapotable a la playa de Somo para comprobar cual de los dos se encontraba en mejor forma y me comentó que había dejado de comer pan y beber cerveza porque el gluten le sentaba muy mal. No le di mayor importancia, pero ojalá hubiera sido adivino ya que pocos meses después le detectaron un cáncer de esófago que terminó con su vida, mucho antes de que el MG dijera basta.

Efectivamente, con El Enano no hay quien pueda. Mi hermana Lucía lo utilizó el día de su boda y cumplidos los treinta y siete años sigue dando batalla. Sin embargo, los años no pasan en vano y si se une la falta de uso, el coche cada vez resulta menos fiable. Antes de presenciar su inevitable deterioro, como si el recuerdo de mi padre se fuera también erosionando al mismo ritmo y debido a dicha causa, hemos preferido venderlo, ahora que todavía se encuentra presentable. Tengo dudas sobre lo acertado de la decisión. Por un lado lo siento como una pequeña traición que ni siquiera trae consigo una gran compensación económica, y por otro lado veo que se le da al coche una tercera vida con otro propietario, amante de los coches clásicos, alargando así su leyenda.

También es cierto que cada vez me encuentro más convencido de que el apego por los objetos no merece la pena, lo que no quita que la última vez que estuve en casa de mi madre me sentara en el asiento del conductor y moviera el volante pensando en los recuerdos que me traía aquel “coche de carreras”.

 

 

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6 comentarios sobre “El Enano

  1. Ohhh que penica despedirse del descapotable.
    Yo recuerdo dos anécdotas, una escuchada por boca de otros narrando tu llegada triunfal en el descapotable rojo con tu padre al volante para tu primera cita en el Casino de Solares con tu “ligue italiano” del instituto (lo mas parecido fué aquella vez que un paisano aparcó su tractor, también descapotable, en las inmediaciones un domingo de verano) y creo recordar también ya con tu carnet de grapa en mano, ensayar salidas en cuesta tirando de freno de mano por el barrio de Valdecilla.
    Pero bueno, nuestros diarios del petróleo serían mas de la etapa Chekoree!! ;D

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  2. Siempre me sorprendió lo que me alegraba dejarme caer en ese asiento a ras de suelo, llevar las piernas completamente estiradas, mirar a esos monstruosos camiones desde abajo, intentar mantener una conversación coherente entre el atronador murmullo del motor y el susurro del viento, apretar con el pie el suelo del coche intentando ayudar al sufridor piloto a alcanzar los 80, y como resultaba inutil intentar estirar el cuello para mirar por encima de las biondas cuando lo mas seguro era mirar por debajo de las mismas para evitar ser embestido por otros vehículos en los cruces.
    Añoro aquellos cortos y escasos viajes, casi todos desde aquella Escuela (que fue durante años como nuestra segunda casa) a la estación de Astillero.
    Entiendo el enorme valor del “enano”. Quizás no en euros, pero sí en recuerdos, experiencias, emociones… Seguro.
    Triste y difícil despedida.

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