Cuando fui un cascarrabias y me dolía la tripa

It was the best of times, it was the worst of times…” De este modo comienza la novela sobre la revolución francesa escrita por Charles Dickens en 1859, Historia de dos Ciudades. Una frase que más de siglo y medio después sigue vigente.

Tiempos convulsos dicen que vivimos en España, cuando la última guerra terminó hace casi ochenta años, cuando ya pocos niños mueren al nacer, cuando la desnutrición, el escorbuto o la polio, pertenecen a un pasado que siempre miramos con añoranza, olvidando la dureza, la implacabilidad de no disponer de sanidad publica, de educación accesible para casi todos, de supermercados abastecidos con cualquier producto imaginable. Parecen olvidados aquellos siglos donde una mala cosecha implicaba grandes hambrunas, que nada tienen que ver con el mayor problema actual, la falta de trabajo remunerado que aboca a millones de personas a cambiarse de bando, a trasladarse de una clase media acomodada a una clase baja. Aun así, al comparar, opino que salimos ganando. Lo que ocurre es que los problemas de los demás, tanto los de los antepasados como los de nuestros vecinos, suelen parecer más benévolos, menos amenazantes, incluso si nunca llegan a consumarse nuestros horrores.

Aquellos siglos donde, a falta de comida, proliferaban los cuadros de bodegones, se esfumaron, y como mucho hoy en día queda a modo de alegoría los abundantes programas de cocina que llenan esta crisis que bien podría considerarse unas plácidas vacaciones, si se recuerda de donde venimos. Efectivamente, ampliando la escala se podría afirmar que en el fondo seguimos viviendo los mejores tiempos de la historia de la humanidad, pero al igual que durante la mítica revolución francesa de Dickens, también vivimos los peores tiempos y prueba de ello reside en aquello a lo qué dedicamos nuestro empeño.

Tal es el hastío que padecemos que nos resulta necesario buscar nuevos estímulos. Ya no nos conformamos con documentar nuestras vidas con fotos y videos, sino que en algunas tiendas tenemos a nuestra disposición aparatos que permiten grabar lo que hacen nuestras pobres mascotas desde su punto de vista. Ya considero poco interesante revisar cientos de horas de videos caseros con conversaciones deslavazadas e interrumpidas, sin guión estructurado, como para visionar dentro de un lustro como el gato achiquinó a una planta un martes por la tarde. No digamos, el suplicio que sufriría el pobre felino al cargar con una cámara y arnés. Todo para seguir con esa carrera hacia la colmatación de unos servidores informáticos rebosantes de datos insulsos que sepultan las gestas de la humanidad en forma de historia y cultura pasada. Porque seguro que en el espacio que ocupa el enésimo selfie cabrían la mayoría de los manuscritos que un día albergó la biblioteca de Alejandría. En realidad poco importa que se hayan quemado porque hoy en día casi nadie iba a leerlos. Tampoco nadie puede asimilar las toneladas de fotos que sacamos.

“Beber para creer”, así de contundente era el anuncio que observé hace unos días en una valla publicitaria mientras quitaba el óxido invernal a unas piernas perezosas por seguir corriendo. Hasta los anuncios de leche desnatada incitan a dejarte llevar por caminos etílicos para poder soportar muchas de las necedades de una época en la cual en lugar de aprovechar la calma, la paz, la relativa buena convivencia, para el progreso, se dedican energías a inventar y justificar científicamente las bondades de auriculares intra vaginales para que ni los fetos puedan desarrollarse tranquilos durante la gestación. El día de mañana seguro que inventarán cámaras intra uterinas. De este modo el nonato aprenderá a sacarse fotos precozmente, como aperitivo de lo que le espera. Poco se tardará en desarrollar lo suficiente la nano tecnología y ponerla al servicio del que se le haya ocurrido acoplar una gopro a los espermatozoides y vivir así el emocionante momento de la concepción una y otra vez con el DVD de Cuando Espermeo Encontró a Ovuleta.

Por si acaso la procreación queda muy lejos o no interesan las mascotas, en el mismo establecimiento donde se pueden adquirir tales auriculares o arneses con cámara para animales, también ofrecen consoladores que se activan por bluetooth. El sueño de todo hombre hecho realidad, el poder facilitar placer a su pareja desde el sofá del salón, mientras ella goza en la cama del dormitorio. Toda una serie de juguetes macabros para adultos que lejos de encontrarse detrás de puertas que acceden a los perores tugurios marginales de nuestras urbes, le entran por los ojos a uno mientras espera con paciencia su turno en un centro comercial, para poder comprar un cable que enchufar a su teléfono, ya que el que tenía terminó roído por algún gato lleno de intenciones aviesas. Un cable que servirá para seguir alimentando de amperios a los nuevos relojes de bolsillo, que si bien no disponen de cadenas físicas, nos atrapan con grilletes invisibles, sin escapatoria posible, tal y como ocurría en aquella peculiar película llamada El Ángel Exterminador.

Sí, en algunas tiendas donde le aseguran a uno con alivio de que no es tonto, al lado de los televisores se encontraba la posibilidad de inyectarse implantes mamarios y/o capilares con descuento si se compraba el bono de depilación láser. No es de extrañar, ya que en los bancos, supuestamente más serios, también ofrecen poder comprar una tostadora y así se distrae el cliente mientras firma las condiciones de un producto que no comprende, pensando que ya podrá aprovechar el pan de ayer para confeccionar unas tostadas deconstruidas. En realidad mucho más regodeo le proporcionará un poco de silicona en el pecho que el nuevo televisor, total para las vulgaridades que ofrecen las cadenas televisivas.

Un desorden poco natural que en nada se asemeja a los fabulosos jardines ingleses y que seguramente algún majadero ha estudiado con meticulosidad. Un desorden moderno que bien pudo comenzar cuando se derogó la ley Glass-Steagall que hasta entonces separaba en Estados Unidos la banca depositaria de la banca de inversión. O cuando se eliminó la referencia de la moneda al patrón oro que, si bien resulta arbitraria, por lo menos se trata de un elemento real, tangible, no opinable, que impedía vivir esta fantasía a base de esteroides a la que hemos llegado. Esta vida placentera, sin problemas y con la cual no sabemos muy bien que hacer más que fomentar el estimulo como objetivo vital, el estímulo instantáneo como fin supremo de una sociedad marcada por las micro satisfacciones que proporcionan los me gusta en las redes sociales, que tan rápido como vienen, se van. Los quince minutos de fama de Warhol ya no llegan ni a chutes de quince segundos y dejar atrás las mieles de la popularidad resulta muy duro.

Perder, aunque sea poco, a veces cuesta mucho más que ganar. Si no que se lo digan a los que inventaron el día mundial de saltarse la dieta. La última forma de sentirse a gusto consigo mismo, la última indulgencia. Por lo menos podrían haber tenido la delicadeza de llamarlo el día occidental de saltarse la dieta. A ver si muchos piensan que por fin les llegó el día de poder comer.

Insisto, “It was the best of times, it was the worst of times, it was the age of wisdom, it was the age of foolisnesh”.

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