Hay muchos Vietnams en la vida de los hombres (y de las mujeres)

-I-

De nuevo en Madrid. De nuevo en el aeropuerto de Barajas esperando un avión que no parecía llegar, rodeados por un enjambre de personas que asediaban un mostrador vacío en busca de una respuesta que calmara la ansiedad, como el náufrago que espera el paso de algún navío que le salve.

De vez en cuando, un trabajador valiente de la perezosa aerolínea se atrevía a pasear delante de la masa enfurecida, protegido únicamente por una acreditación de plástico que le colgaba del cuello y le ligaba inconfundiblemente a su empresa. El sufrido empleado daba explicaciones, repitiendo sin cesar la palabra técnico: “Los técnicos lo están solucionando”. “Se trata de un retraso técnico”. “El problema técnico está en vías de solucionarse”.

Esta palabra ha acabado por convertirse en un amuleto vacío, utilizado para intentar otorgar pomposidad a lo mundano, a lo que no brilla por si mismo y necesita de maquillaje para destacar. Incluso a la ropa se le atribuye capacidades técnicas, como si por el simple hecho de ponérsela, uno fuera a deslumbrar en su modalidad deportiva. Los precios tampoco son ajenos a la tecnificación y algunas tiendas venden el concepto de precio técnico como si los premios Nobeles más eruditos se hubieran reunido en un comité de sabios para detallar un protocolo y poder establecer qué cualidades debe tener un precio para resultar técnico. Creo que en este caso, pretende utilizarse como eufemismo de barato. Aunque aparentemente las dos palabras no tienen nada en común, inexplicablemente todo el mundo lo comprende. Perverso mecanismo que se repite una y otra vez en casi todos los ámbitos. Un lenguaje deformado y vapuleado que sin embargo sirve para entenderse. Paradójicamente, cuando se intenta utilizar de forma precisa, uno acaba convertido en un incomprendido.

Antes de que la desesperación de los impacientes viajeros terminara fuera de control, procedimos a embarcar para intentar llegar a nuestro destino. Todavía no estaba todo perdido y pudiera ser que llegásemos a tiempo a Londres para tomar el avión que nos llevaría a la ciudad de Ho Chi Minh.

El implacable calor madrileño de julio parecía derretir el tembloroso asfalto visto desde la ventanilla, como quien asa un trozo de mantequilla. Más de una hora estuvimos sin aire acondicionado en la pista de despegue hasta que el capitán anunció por megafonía que no comenzaríamos el vuelo hasta que la luz de alarma de algún dispositivo térmico no se apagara. En 2011, los recuerdos del accidente de Spanair por causas similares aun persistían y mucha gente comenzó a ponerse nerviosa debido al alarde de sinceridad de la máxima autoridad de la aeronave. A veces, el efecto balsámico de la mentira cura mucho más que el jarabe de la verdad. Los eufemismos parecen tener cabida después de todo: “Señores pasajeros, debido a problemas técnicos, no podremos despegar en estos momentos. Atentamente, el Capitán”.

Una señora que se encontraba detrás de nosotros comenzó a sufrir una crisis de ansiedad, reclamando a los auxiliares de vuelo que la dejaran salir del avión. Alegaba que era abogada. Los argumentos de peso que muchas veces utilizamos para justificarnos, nunca dejarán de sorprenderme. Supongo que su teoría se basaba simplemente en un orden alfabético de las profesiones, no en una posible amenaza judicial. Los abogados antes que los barberos, carniceros, dentistas, estilistas, fontaneros, geógrafos… Tales razonamientos siempre me recuerdan a la conocida frase que solía decir mi padre, con tono irónico: “Era de noche y sin embargo llovía”.

Finalmente, el avión se vació y volvimos a la ya conocida sala de espera sin ninguna esperanza de poder llegar a Londres aquel día.

A medida que la desesperación aumentaba los viajeros se iban posando suavemente sobre el suelo, cubriéndolo cual manto de nieve. A nuestro lado, unos jóvenes que viajaban a Estados Unidos para pasar el verano conversaban despreocupadamente, mientras que a los que se encontraban de viaje por motivos laborales se les notaba más nerviosos. Parecía que el problema no fuera a ser resuelto de inmediato.

En un mostrador perdido vimos como una auxiliar de tierra trabajaba tranquilamente ajena al tumulto que había generado el vuelo fallido a Londres. Aprovechando el descuido del resto, nos acercamos e intentamos buscar una solución. La propuesta de la aerolínea consistió en volar a Hanoi al día siguiente vía Frankfurt. Por una parte, perdíamos un día debido al retraso, pero dado que la vuelta la teníamos desde Ho Chi Minh City, más conocida como Saigón, el cambio nos era favorable variando ligeramente nuestros planes. De este modo, podríamos recorrer el país de norte a sur sin tener que regresar al punto de partida. El circuito se había convertido en una agradecida travesía en un país cuasi lineal, como lo es Vietnam.

El único problema sin resolver provenía de qué no podríamos quedar en Londres con el hermano de Noe y hacer gala de esa costumbre tan arraigada en la cultura española de transportar alimentos a los emigrantes allende los mares. Nunca se me olvidará cuando me encontraba de Erasmus en la ciudad Leeds y a mi amiga Laura de Gijón le llegó un paquete de su madre con una tarta desmontada como si fuera un mueble de IKEA. Proeza que agradecimos sus amigos aquel veintitrés de marzo del pleistoceno, fecha de su cumpleaños.

Nuestra empresa de Inglaterra como contrabandistas de alimentos en principio iba a ser mucho más modesta y sencilla, pero finalmente quedó todo en agua de borrajas, al igual que el desembarco de Alfonso Pérez de Guzmán y Alejandro Farnesio en la pérfida Albión, allá por el siglo XVI. Disponíamos de un kilo de jamón ibérico y un queso ahumado, preparados por la madre de Noe para su vástago, que ahora tendríamos que pasear por la húmeda selva vietnamita.

Después de pasar el primer día de vacaciones en el aeropuerto, al día siguiente nuestro nuevo vuelo por fin despegó y dejamos atrás ese país sin patria cuyo nombre muchos no se atreven a pronunciar por no herir sensibilidades, pero que tampoco nadie ha sido capaz de destruir, ni siquiera sus propios habitantes, tal y como dijo el único canciller prusiano al que distingo.

  – II-

Tras más de veinte horas de trayecto, Hanoi nos recibió con un amanecer húmedo y brumoso. El sol madrileño, enemigo visible y concreto, daba lugar a un calor intangible, sin sombra bajo la cual resguardarse. Su origen no parecía claro, agotándolo a uno psicológicamente, sin saber a dónde disparar.

Un autobús nos dejó con nuestras pesadas mochilas en el centro, donde ya pudimos ver a los primeros ancianos practicando Tai-chi junto al lago Hoan Kiem, desayunos en la calle a base de pho (sopa de fideos), muchas motos y advertir la inconfundible sensación de encontrase de vuelta en Asia. Una mezcla de ajetreo, especias y ruido que nada tiene que ver con Europa.

Poco tardamos en comprar unos billetes para tomar un tren nocturno que nos conduciría hacia las alturas de la región de Sapa y una vez abandonadas las mochilas en un hotel cualquiera, sin demasiado pudor por nuestra parte, comenzamos a caminar por la ciudad hasta el anochecer. La falta de descanso terminó por otorgar a la visita un filtro onírico que salvando las distancias, recordaba al final de la célebre película 8 ½. El escenario cuasi desértico con su telón ondeante cual velamen de un galeón del final de la cinta podría trasladarse al tumultuoso Hanoi. Los figurantes del clero, tan felinianos, vestidos con túnicas y sombrero de teja formando un coro serían representados por los menudos hanoitarras y no son pocas las veces que me confunden por la calle con Marcelo Mastrionani cuando me pongo gafas. Me temo que la versión asiática de la obra maestra italiana quedaría algo deslucida, salvo que Noe se atreviera con el papel de Claudia Cardinale, la única que podría salvar la adaptación de un desastroso desenlace.

Templos budistas inmersos entre vegetación sinuosa y propaganda comunista, que vimos con los ojos medio cerrados y que se recuerdan más por los aromas de quema de incienso que por las representaciones de Budha mirando con recelo a los restos de Ho Chi Minh.

Vietnam, al igual que China, ha sabido integrar sus costumbres religiosas ancestrales en un régimen político oficialmente comunista con cierta naturalidad, como la madreselva que termina por cubrir hasta las edificaciones más urbanas. Pero no solo compatibilizan la religión con su política, sino que en teoría concilian los preceptos marxistas con la economía de mercado, pirueta comparable a la muy comentada foto de la sonriente cúpula de un partido político conservador español en una boda entre dos hombres.

Al final, la realidad siempre supera a la doctrina, creándose incluso dualidades contradictorias que conviven para garantizar una cierta estabilidad social. Curas que son padres, pero con mujeres u honorables pater familias que clandestinamente dan rienda suelta a sus perversiones más lascivas fuera del hogar conyugal. Por eso ya no extraña ver a sindicalistas vestidos de Gucci, patriotas con fortunas sin declarar en Suiza o independentistas que no harían ascos a que el estado madre pagara sus facturas para siempre, como el hijo que desdeña a sus progenitores, pero no le importa que estos le paguen en alquiler una vez abandonada la casa familiar.

A pesar de sus millones de habitantes, el centro de Hanoi sigue conservando esa esencia tan oriental de asemejarse más a un pueblo que a una gran urbe. La gente sigue fregando, cocinando y conversando en la calle, dispuestos en esa postura en cuclillas tan típica por esos lares, a la par que imposible para los occidentales poco flexibles. Restos del pasado colonial en forma de contraventanas francesas conviven con marañas de cables eléctricos que cruzan las calles y que solo un maestro en la especialidad podría descifrar. ¿Cuáles funcionarán y cuáles no? La vegetación desborda por los balcones y las motos embaladas por los estrechos callejones, esquivan con trayectorias sinuosas los numerosos e inesperados obstáculos. Incluso las tiendas se adaptan a su entorno y tiempo vendiendo camisetas con mensajes tipo ipho. Lo que al principio hace gracia siempre termina por hastiar a base de repetición, como los mismos chistes que le llegan a uno por varias fuentes.

Recuperar el equipaje resultó más difícil de lo esperado. Lo habíamos dejado al amanecer en un hotel sin pensar muy bien lo que estábamos haciendo. La verdad es que nos aprovechamos un poco de la amabilidad del recepcionista, porque ni siquiera nos hospedábamos en su establecimiento, ni en ningún otro. Recordé cuando intentamos que nos fotocopiaran un mapa de una librería en la propia librería. En aquella ocasión, la respuesta, obviamente fue no, pero esta vez el atónito recepcionista guardó nuestro equipaje junto al de los huéspedes. En nuestra defensa diré que salvo en contadas y descerebradas ocasiones donde la locura se debe de apoderar de nosotros, solemos comportarnos de forma respetuosa con nuestro entorno, tanto animal como vegetal e incluso mineral.

El problema surgió cuando volvimos por la tarde al hotel tras el cambio de turno de personal. Fue complicado explicarle al nuevo recepcionista como es que queríamos recuperar nuestro equipaje si no éramos huéspedes. Menos mal que las mochilas se encontraban etiquetadas con nuestros datos y pudo comprobar que efectivamente éstos coincidían con los que nuestros pasaportes mostraban. El momento de incertidumbre fue merecido debido a nuestra descortesía.

Llegamos a la estación de tren sin saber muy bien de dónde partiría el convoy para el cual teníamos billetes. Diferentes y numerosas colas inundaban el diáfano edificio con familias que arrastraban paquetes inconmensurables junto a su descendencia y ascendencia. Esperamos en varias de ellas sin el resultado esperado, hasta que por fin dimos con alguien que nos supo dirigir hacia el andén correcto.

El coche cama no disponía de camarotes dobles, sino cuádruples, o por lo menos eso fue lo que nos dijeron donde compramos los pasajes. Aguardábamos temerosos hasta comprobar quienes iban a ser nuestros compañeros de viaje, más que nada por la molestia que suponen los temibles ronquidos ajenos.

Justo cuando el tren comenzaba a partir y parecía que seríamos libres de compañía aquella noche, una pareja se adentró en nuestro camarote. Por sus atuendos y rasgos quedaba claro que se trataba de españoles. Algo desprendemos que se nos detecta a leguas de distancia. Se encontraban de luna de miel por el sudeste asiático y nos llevaban unas semanas de ventaja. Nos contaron todo lo que habían visto y hecho, incluso el jomestei, que más que una atracción turista consiste en quedarse a dormir en alguna casa local, aunque desgraciadamente se termina por confundir ambas actividades. No estoy en contra de pernoctar en casas ajenas de gente más humilde, porque puede resultar interesante y supone una fuente de ingresos para ellos, pero si es verdad que me produce reparo imaginarme un autobús lleno de turistas entrando en una choza a sacar fotos mientras una mujer amamanta a su hija. La eterna dicotomía entre una cierta explotación de occidente sobre oriente, pero que proporciona ingresos que de otro modo allí no tendrían, o por orgullo no aprovechar una oportunidad de mejorar económicamente. Como buen hombre superfluo, no me puedo decantar por ninguna postura.

Les contamos a nuestros compañeros andaluces la anécdota sucedida con el viaje fallido a Londres y entre risas, nos pasamos las horas comiendo embutido al son del zumbido de los mosquitos. Menos mal que la influencia francesa en Indochina dejó como reminiscencia la costumbre de comer baguettes, porque comer jamón sin pan puede terminar siendo una experiencia muy penosa.

Ya acostados, mientras intentaba conciliar el sueño, me acordé de aquel catedrático que impartía la asignatura de ferrocarriles en la escuela de ingenieros de Santander. Había quien le llamaba Papa Noel por el aspecto de bonachón que siempre dan los kilos de más y una poblada barba blanca. En dichas clases explicaba, entre otras cosas, el fenómeno del traqueteo de los trenes. Gracias a la sustitución de los antiguos carriles, habitualmente de doce metros de longitud y unidos mediante bridas; por carriles soldados, los viajes en ferrocarriles modernos suponían una experiencia tan falta de sobresaltos como quien vive en una balsa de aceite perpetua. El romántico e hipnótico ruido que acompañaba a todo viaje en tren desde el siglo XIX parecía que llegaba a su fin, según lo explicado años atrás, al igual que los coches eléctricos se moverían sigilosamente por las ciudades sin que nadie los presintiera, o los cines se convertirían en un lugar donde reinaría el silencio, con permiso de lo que bien pudiera querer transmitir el director a través de sus actores o banda sonora. La civilización parecía encaminada hacia un mundo utópico sin decibelios, pero desgraciadamente ese futuro soleado todavía queda muy lejos. Aun sobran muchos automóviles de combustión en las ciudades, muchas palomitas en los cines y muchos carriles de doce metros unidos por bridas. Por ejemplo todos los que unen Hanoi con Lao Cai y no dejan descansar a los sufridos viajeros.

-III-

El revisor nos despertó bruscamente anunciando la llegada, mientras unas mujeres que vendían pho en el exiguo pasillo lateral del vagón dificultaban el acceso a los aseos antes de que el tren llegara a su destino. Nos despedimos de nuestros compañeros de camarote y con legañas en los ojos la muchedumbre, cual corriente, nos condujo hacia un pequeño autobús que nos llevaría a Sapa. Un hombre nos subió el equipaje de forma brusca a la baca y entre empellones, terminamos pagándole el billete a través de la ventanilla, mientras se alejaba bruscamente. Las estrechas carreteras iban tomando altura entre una selva cuyo verdor se veía salpicado por la humedad, que llegada al límite de su paciencia, precipitaba en forma de manchas de niebla. Tras llegar a la tranquila localidad montañera, el conductor quiso cobrarnos otra vez. Al negarnos rotundamente porque ya habíamos pagado a su cómplice, empezó a mover las manos haciendo aspavientos y a elevar la voz. Sería por la audacia propia del cansancio, pero no cedimos y hartos de escuchar sus berridos, nos fuimos apartando, dejando que la distancia amortiguara la violenta escena.

Llevábamos varios días de viaje y aún no habíamos dormido en una cama decente, pero tal lujo tendría que esperar, ya que nuestra intención era subir al Fansipan, que con sus 3.142 m de altitud supone el punto más alto de Vietnam. Contratamos un todoterreno que nos acercaría hasta la base de la montaña y acabamos guiados por unos infantes de escasos diez años que en vez de mochilas cargaban con un cesto a modo de cuévano. Niños duros, con mirada adulta, mucho más espabilados que nosotros y a los cuales solo les faltaba un cigarro en la boca para completar su precoz madurez.

A medida que nos adentrábamos en la espesura en busca del coronel Kurtz, los niños se abrían paso a machetazo limpio chapurreando un inglés que seguramente no aprendieron en la escuela sino hablando con extranjeros como nosotros. Trepamos y destrepamos grandes raíces selváticas que marcaban un sutil camino hacia el refugio donde pasaríamos esa noche.

Una estructura de chapa metálica sin ventanas con varios camastros nos recibió a más de dos mil metros de altitud junto a otros occidentales que provenían de Canadá y Australia entre otros orígenes. Cenamos en las duras camas iluminados por la poca luz que emitía una pequeña vela y nos preparamos para dormir en aquel refugio, amplio pero precario, mientras los vietnamitas conversaban animadamente en torno a una hoguera.

De nuevo el sueño no acababa de llegar, pero esta vez no se debía al ruido sino al frío que entraba por las rendijas de unas delgadas paredes de cinc. Tampoco me acordé de ningún catedrático que explicara los principios de la termodinámica, sino de los sacos de dormir de plumas que habíamos dejado olvidados en Oviedo y tanto estábamos echando de menos. Fue una noche larga en la cual, creo recordar no haber dormido un minuto a causa de la gélida temperatura, pero todo termina y los primeros rayos que se atrevieron a conquistar el inhóspito interior sustituyeron el frío. Desayunamos en el propio refugio y escuchamos como los comentarios del resto versaban sobre el mismo tema. Nadie esperaba pasar tanto frío en Vietnam en julio. Nadie había conseguido dormir nada, lo cual explicaba por qué habiendo candidatos tan proclives a los ronquidos, ninguno había ejercido de maestro de esas orquestas atonales tan propias de los refugios de montaña.

Los mil metros de desnivel que quedaban hasta la cumbre transcurrieron en una mañana agradable y fresca. Sorteamos vertiginosos acantilados por un camino bien marcado y una sorprendente cumbre llena de vegetación fue la recompensa a nuestras penurias nocturnas. El contraste con la montaña europea es total ya que aquí a 3.000 metros la roca suele dominarlo todo, creando paisajes cuasi desérticos. Sin embargo, por aquellas latitudes la vida sigue protegiendo las cumbres más altas, ofreciendo unas vistas un tanto homogéneas y redondeadas comparadas con las afiladas cumbres rocosas de occidente.

De vuelta en el refugio tomamos un camino diferente y algo más largo. De esta forma pasaríamos por poblados dedicados plenamente a cultivar arroz en escarpadas terrazas conectadas mediante rudimentarios canales de agua que reflejaban un brillante sol acechante.

Los diferentes tonos de verde y la ausencia de multitudes ofrecían un paisaje tranquilizante que junto al lento caminar de los campesinos ataviados con el característico sombrero Non La, garantizaban un día lleno de sosiego que terminó en la humilde morada de unos lugareños. Nosotros también caímos en la tentación cuando los niños nos ofrecieron un Home Stay en una vivienda de madera sin ventanas donde solo entraba la luz por las puertas o por las rendijas de unos listones colocados artesanalmente. La familia nos propuso una sabrosa cena a base de arroz y verduras sobre un suelo de tierra y con vistas a un aparato de televisión polvoriento conectado al único enchufe de la casa, sin ninguna garantía de funcionamiento. Sonrisas mutuas y alguna frase traducida por los niños fueron el único intercambio comunicativo posible antes de dormir sobre un fino colchón poco acogedor, protegido por una mosquitera llena de agujeros.

Por la mañana seguimos con nuestro paseo entre terrazas de arrozales por estrechos caminos de barro utilizados bien por el agua de regadío, los transeúntes o ambos. En Asia y África siempre me llama la atención los apuestos uniformes de colegio de los niños en contraste con un entorno empobrecido. Tras una breve parada para reponer fuerzas con unos refrescos, volvimos a Tram Ton Pass, punto donde nos esperaba el todoterreno con conductor que habíamos alquilado y que nos trasladaría de vuelta a Sapa.

En el autobús entre Sapa y Lao Cai coincidimos con una pareja de canadienses que habían compartido refugio con nosotros y cumbre en el Fansipán. Vivían alejados del mundanal ruido cerca de Alaska si no recuerdo mal y trabajan desde casa. En principio, todo sonaba muy bien, pero quien sabe cómo sería realmente su vida. Como dicen los anglosajones: La hierba del vecino siempre parece más verde.

Esa misma noche partimos de nuevo a Hanoi en el tren nocturno, donde conocimos a una pareja de neoyorquinos. Sangre judía corría a raudales por sus venas, por lo menos por las del menos alto. Hay rasgos que resultan inconfundibles. Creo recordar que impartían clases en NYU.

Llegamos a Hanoi antes del amanecer. No sabíamos muy bien qué hacer así que nos unimos a los profesores, que pretendían visitar un conocido mercado de flores que abría al alba. Compartimos un taxi, pero el conductor no entendía muy bien donde queríamos ir. El más alto, mientras colocaba sus gafas, repetía lentamente y alargando las vocales de manera exagerada: “flower market, flooower maaaarket, floooower maaaarket”. De esta forma tan perseverante pretendía hacerse entender. Medida ciertamente inútil por otro lado. Cada vez que paso delante de algún mercado de flores, no puedo evitar acordarme de aquel atildado neoyorquino y su didáctica dicción.

Tras dejar nuestra apestosa ropa “técnica” en una lavandería que también vendía pasajes a la bahía de Ha-Long, paseamos otra vez por el céntrico parque del lago antes de tomar otro autobús.

El trayecto a Ha-long resultó largo y algo cansino, aunque fue curioso observar a un anciano argentino que viajaba sólo con su mate y una chaqueta de pana en pleno julio. Se levantaba constantemente de su sitio y trataba de conversar con el conductor sin que ninguno se entendiera ya que uno hablaba en español y el otro en vietnamita. Su presencia inspiró mi único intento hasta la fecha de escribir un relato de ficción. Se llama Pasaje de Anián.

-IV-

La bahía de Ha-Long se encuentra a unas horas al norte de Hanoi y aunque se halla colonizada por la industria turística, sigue mereciendo la pena visitarla. Se trata de una inmensa masa de agua desde la cual emanan cientos de macizos rocosos, creando islotes y vericuetos impresionantes.

Mucho antes de que la ciencia propusiera explicaciones geomorfológicas, aparecieron los mitos para responder a muchas preguntas, tal y como explica la socorrida Wikipedia:

Según la leyenda local, hace mucho tiempo, cuando los vietnamitas luchaban contra los invasores chinos provenientes del mar, El Emperador de Jade envió una familia de dragones celestiales para ayudarles a defender su tierra. Estos dragones escupían joyas y jade. Las joyas se convirtieron en las islas e islotes de la bahía, uniéndose para formar una gran muralla frente a los invasores, y de ese modo lograron hundir los navíos enemigos. Tras proteger su tierra formaron el país conocido como Vietnam. Ha Long significa «dragón descendente». 

Según otras versiones, las joyas eran perlas y la bahía fue creada cuando el dragón se lanzó al mar; al caer agitó la cola y ésta golpeó la tierra ocasionando profundos valles y grietas que acto seguido inundó el mar.

El plan parecía el mismo para todos. Desde un muelle de la ciudad portuaria se alquilaba un camarote en uno de los numerosos barcos que surcaban la bahía constantemente y se pasaban unos días estupendos entre islas y comiendo pescado.

Las embarcaciones imitaban a los veleros tradicionales vietnamitas de madera con magníficas proas y popas simétricas, decoradas con coloridos motivos y estancias al estilo pagoda. Las frágiles velas sobre mástiles de madera parecían fabricadas con papel de arroz y supongo que su función era meramente estética.

La reserva por varios días la habíamos realizado en Hanoi, pero nuestro contacto en Ha-Long nos intentaba convencer de que iba a ser imposible navegar más de uno porque se pronosticaban tormentas. Viendo a multitudes embarcar con maletas, sospechamos que no nos estaba contando toda la verdad. Para evitar ser enviados de vuelta a Hanoi, insistimos en seguir con los planes previstos. Una vez en el barco, averiguamos sus razones. Se trataba de una embarcación que disponía de media docena de camarotes dobles, pero solo la ocupábamos tres parejas. Supongo que al no llenar el barco, al capitán no le debía de merecer la pena zarpar y se inventó tempestades imaginarias con la mala suerte de ser delatado por el equipaje del resto de los barcos.

Durante la cena, por poco se crea un motín cuando el resto de los pasajeros nos preguntó cuánto habíamos pagado por la reserva y resultó ser casi la mitad de lo que habían pagado ellos. Lo peor fue que el capitán nos perseguía intentando culpabilizarnos por haberles revelado nuestro precio “especial”, en lugar de admitir que intentaba compensar las pérdidas ocasionadas por la falta de ocupación del navío y que otra vez había sido descubierto. Su chapucero plan para salir adelante se vino abajo y en vez de urdido por algún retorcido y hábil pícaro, parecía obra de un niño de tres años.

Aparte de la rebelión a bordo a lo Mutiny on The Bounty, la experiencia fue estupenda, llena de baños, paseos en canoa entre islotes y exquisitas parrilladas a bordo de un barco de madera sobrio, pero con mucho encanto.

A la vuelta le recordamos al capitán con cierta sorna británica que el tiempo debe de resultar muy cambiante en esa parte de país, porque finalmente no hubo ni rastro del temporal augurado.

Llegamos a Hanoi por tercera vez en poco más de una semana y por fin dormimos en un hotel, después de pasar las anteriores noches en aviones, trenes, refugios de montaña, chozas y barcos. Poco duró el descanso, ya que a la mañana siguiente nos encontrábamos una vez más en un autobús hacia el sur.

-V-

Esta vez nuestro destino era Hué, la antigua capital imperial que en el siglo XX fue escenario de una cruenta batalla entre estadounidenses y el Vietcong. En 1968, el ejército survietnamita se veía incapacitado para expulsar a las fuerzas norteñas comunistas. Pidieron auxilio al general Westmoreland, cuyas tropas arrasaron la ciudad a base de artillería y napalm. Según palabras de un soldado norteamericano que formó parte de la operación “había que destruir la ciudad para salvarla”. La expulsión de los comunistas costó diez mil vidas y en 1975 las fuerzas norvietnamitas consiguieron recuperarla. Operación costosa socialmente y ciertamente estéril, salvo para los fabricantes de napalm.

Dejamos nuestras mochilas en un céntrico hotel y nos dispusimos a caminar hacia la Ciudadela, residencia de la dinastía Nguyen y centro neurálgico del control político en Vietnam hasta 1945. Fue construida por Gia Long en 1805 y en 1885 fue asediada y arrasada por las tropas coloniales francesas. Los norteamericanos se llevan la mala fama por la guerra de Vietnam, pero el origen del conflicto hay que buscarlo en la represiva colonización francesa de todo Indochina desde finales del siglo XIX y hasta mediados del siglo XX, la cual provocó que el pueblo buscara una salida a través del comunismo emergente en la zona bajo la figura de Ho Chi Mingh. Los Estados Unidos de América se pusieron nerviosos al ver como la Unión Soviética se hacía fuerte en Asia Oriental y el resultado fueron las guerras de Corea y Vietnam. Como propina se llevaron todo el peso histórico de los desmanes de occidente en oriente durante los siglos XIX y XX. La reputación de Francia e Inglaterra quedó casi intacta, como casi siempre.

Invasiones y liberaciones sucediéndose una y otra vez a lo largo de los siglos. Creo que mis perezosos postulados se acercan cada vez más a los del filósofo Cíneas cuando dijo lo siguiente mientras conversaba con el afamado general Pirro.

Pirro: Conquistaré toda Grecia, luego África, Asia Menor, Arabia, India…

Cíneas: ¿Y después?

Pirro: ¡Ahh, luego descansaré!

Cíneas : Entonces, ¿por qué no descansar ahora mismo, sin tanto trajín?

Anécdotas aparte, la Ciudadela de Hué aguardaba dentro de su fortaleza un complejo espectacular lleno de templos y pabellones conquistados por el liquen, con nenúfares poblando el foso y los numerosos estanques. Quizá la Ciudad Púrpura Prohibida, donde solo podía acceder el emperador, la reina madre, sirvientes, concubinas y eunucos de la corte, fue donde más disfruté por el descanso que supone la dejadez natural tan similar a la de los jardines ingleses.

A la salida descubrimos un puesto que vendía zumo de caña de azúcar recién exprimido y ya no paramos de beberlo durante el resto del viaje. Parecía mentira que tras someter a la caña de azúcar a un violento proceso de extrusión con una prensa metálica se obtuviera tal cantidad de jugo, que luego se introducía en pequeñas bolsas de plástico atadas alrededor de una pajita, para ser consumido in situ.

Por la tarde decidimos embarcarnos en un navío con forma de dragón, muy hortera, que recorría el río del Perfume y atracaba de vez en cuando, dejándonos tiempo para pasear. La pagoda de Thien Mu fue quizá lo que más nos llamó la atención de todo el trayecto por su majestuosa planta octogonal y sus siete pisos, que empequeñecen homotéticamente a medida que se apilan unos encima de otros. En cambio, la parada más ridícula fue una en donde recorrimos unos caminos polvorientos sin más interés que los carteles de propaganda comunista que al menos siempre resultan estéticos.

-VI-

Nuestro viaje continuó hasta Hoi An, una vez más en autobús. Llegamos en una tarde calurosa, sin ningún lugar donde hospedarnos. Dado que pretendíamos quedarnos en la ciudad unos días y el alojamiento durante las vacaciones había resultado incómodo hasta la fecha salvo en el barco, decidimos darnos un capricho y encontramos un bonito hotel donde estaría encantado de pasar una larga temporada vagueando. El bambú y el agua dominaban los interiores, siempre de forma sobria, como solo los orientales saben hacer cuando quieren.

El mercado cubierto con lonas para protegerse del sol se encontraba justo al lado del hotel y las calles sin apenas vehículos invitaban a pasear por la orilla del río. Hoi An guarda una exquisita mezcla de arquitectura colonial con una enraizada tradición vietnamita. Casas que se pueden visitar y disfrutar de sus tranquilos y diminutos jardines interiores, o cafés que recuerdan a la elegante vida que debió disfrutar la élite francesa que ocupó Indochina. Vidas cómodas truncadas por la revolución. Cuyos efectos quedan bastante bien reflejados en una película francesa del siglo pasado.

En 1992 Catherine Deneuve protagonizó la película Indochina que ganó el Óscar a la mejor película de habla no inglesa. En su día no la vi. Supongo que entonces, la sinopsis me recordaría demasiado a películas románticas épicas tipo Memorias de África. Otras como Instinto Básico con Sharon Stone motivaban mucho más a un adolescente imberbe.

Ya de adulto he sabido apreciar ambas propuestas que junto con Pasaje a la India, podrían forman una trilogía romántica colonial en los albores o previa a la decadencia. No se encuentran entre mis películas predilectas, pero merecen la pena, aunque solo sea por los paisajes y el contexto histórico.

En aquel oscuro y fresco mercado que atravesamos en varias ocasiones, adquirimos un regalo que protagonizó un divertida anécdota. A mi madre le compramos café vietnamita y una pequeña cafetera individual, muy típica del país y bastante peculiar, ya que consiste simplemente en una especie de “tetera” para crear una infusión de café, pero con dos filtros superpuestos que separan las borras del café. En cambio a la madre de Noe no sabíamos que detalle hacerle y como le gusta bastante el dulce nos decidimos por unas galletas en forma de cubo que también compramos para nosotros, con intención probarlas antes. Nos decepcionaron un poco, ya que parecía que hubieran sido fritas en aceite junto con algún pescado o similar y su textura era un poco rara. Como en gran parte de Asia los dulces son escasos, no tuvimos más opciones de regalo.

Ya de vuelta, quedamos con los padres de Noe una tarde para contarles el viaje y probar lo que habíamos comprado. Su madre nos preparó café para la ocasión y repartimos las galletas entre los cuatro de modo que todos pudiéramos probar los diferentes sabores. Al empezar a comerlas, el sutil regusto a pescado fue lo más comentado. Marisa intentaba buscar el lado positivo, aludiendo a texturas originales, pero al probar el resto, el sabor a verdura o carne parecía aún más fuerte e impropio para una merienda. No encontrábamos explicación al fiasco y por mucho que mirábamos los envoltorios para buscar una pista, el desconocido idioma vietnamita parecía una barrera infranqueable. Noe consiguió introducir algunos diptongos en Google y logró averiguar entre carcajadas lo que realmente estábamos comiendo. No se trataba de ningún dulce, postre, galleta o nada que se le asemejara, sino de cubitos para hacer caldo, que pretendíamos degustar a mordiscos con el café. Me imagino a las suecas que poblaban el Levante en los años setenta del siglo pasado corriendo al supermercado, llenando las maletas de avecrem y terminar utilizando los cubitos como canapés para agasajar a las amistades a la vuelta de sus vacaciones. Como si lo viera: los tacos pinchados con palillos y personajes estirados sobre un fondo de mobiliario nórdico y servilleta de cocktail en mano, comentado el estallido de sabor que supone el culmen de la nueva ola de la gastronomía ibérica.

Pero Hoi An ofreció mucho más que divertidas confusiones. A pocos kilómetros de la ciudad se pueden visitar los restos de la ciudad champa de My Son, salpicada de templos con reminiscencias hinduistas. Se parecían en pequeña escala, a los famosos Templos de Angkor de Camboya. La selva los cubría como si quisiera reconquistar su espacio perdido.

Por las noches, Hoi An se ilumina con farolillos de papel de diferentes colores y el puente cubierto japonés parece aún más amenazante entre tinieblas y madera oscura. Incluso las pequeñas barcas se encuentran iluminadas, navegando plácidamente por el río Thu Bon, sorteando figuras de papel flotantes, también encendidas, con formas de peces, dragones y demás figuras que se podrían encontrar en un cuadro de El Bosco. Dicho río parte en dos la ciudad costera, desembocando en una larga playa con palmeras. Desde la ribera se puede observar una técnica de pesca bastante peculiar llamada ro cho en la que unas grandes redes cuelgan de sendos palos de bambú, de modo que al hundirlas en el agua conseguían atrapar los peces que nadan por los turbios ríos vietnamitas.

Una tentación que conseguí vencer fue la de hacerme un traje a medida en las infinitas sastrerías que lo ofertaban. Tenía curiosidad por saber si realmente lo tendría listo en menos de veinticuatro horas como lo anunciaban, pero sabía que nunca me lo acabaría poniendo, que los coloridos estampados iban a vestir el fondo del armario antes que a mí.

En cambio, alquilar unas bicicletas para visitar la kilométrica playa fue una idea muy acertada. No solo por tratarse de la primera vez que nos bañábamos en el océano pacífico, sino porque fue la única forma de paliar el calor húmedo, aunque fuera por unos minutos. El tráfico fuera de la ciudad no parecía tan benévolo como dentro, pero aun así el paseo resultó agradable.

-VII-

Descansados, seguimos ruta hacia el sur del país para contemplar el delta del río Mekong. Esta vez el autobús parecía un fumadero de opio ambulante. No porque repartiesen pipas a la entrada y fuéramos alucinando cual Magical Mystery Tour, sino porque se trataba de un bus cama diurno donde todos viajábamos tumbados, dando una imagen de pereza supina.

Llegamos a la ciudad de Cai Be por la tarde, famosa por su mercado flotante que se celebraba al amanecer, en el que el bullicio se traslada a cientos de barcas, pudiendo comprar desde maquillaje hasta arroz y verduras.

Para aprovechar los últimos rayos de sol, contratamos las típicas barcas que pasean a los turistas por el río Mekong atravesando juncos, agua turbia, y resguardados del sol por sombreros cónicos de paja. Entre matanza y matanza de mosquitos, me preguntaba dónde guardarían los occidentales los sombreros Non La que luego tanto se ven en el aeropuerto. ¿Tendrán una versión especial para turista que se dobla y se almacena en un cajón?, porque la verdad es que abultan bastante para lo poco que pesan.

Cenamos pescado en un restaurante y volvimos temprano hacia el hotel para poder madrugar al día siguiente y acudir al mencionado mercado flotante, pero en mitad de la noche nuestros planes cambiaron bruscamente. Lo que empezó como un leve dolor, de estómago terminó con Noe vomitando sin parar por todas las esquinas de la habitación, dejándole la tensión ya de por sí baja, por los suelos, medio desmayada y sudando sin parar. La enrollé en una sábana y fuimos de madrugada al hospital más cercano en un taxi. El personal médico no hablaba ni una palabra de inglés. Los malos entendidos, graciosos en otros momentos, ya no lo eran tanto, pero conseguí que la ingresaran y gracias a la guía de viajes encontré la palabra diarrea, con lo cual supieron por dónde empezar. La entrada envuelta en una sábana fue muy cinematográfica y espectacular para un hospital de provincias, máxime siendo extranjera. Supongo que el personal tendría cotilleo para varios días.

Nos colocaron en una habitación la cual se encontraba bastante limpia, a pesar de compartirla con alguna que otra cucaracha. La atención fue exquisita. Le pusieron varias inyecciones, litros de suero y cada poco tiempo venían a tomarle la tensión. Como no se creían la tensión de muerto que Noe suele tener, volvían una y otra vez, pero fuimos incapaces de explicarles que era normal, que no se preocuparan.

Pasamos el día en el hospital, perdiéndonos el mercado flotante, pero contentos porque todo había quedado en un susto. Además, por lo menos tuve tiempo para leer Viaje a Oriente de Hermann Hesse. Un libro corto que debería releer algún día, porque como decía Quevedo “Hay libros cortos que para entenderlos como se merecen, se necesita una vida entera”.

Los paseos por el hospital fueron interesantes, observando el modo de mirarme de las familias que esperaban pacientemente el diagnóstico del médico. El edificio me recordaba a mi antiguo colegio de primaria, que también se extendía a lo largo de una única planta.

Repuesta por completo y acostumbrada a las gastroenteritis, Noe quedó sorprendida con el tratamiento vietnamita a base de suero y probióticos que en menos de un día la dejó como nueva. No como en casa, que hubiese tardado varios días en volver a la normalidad.

Regresamos al hotel justo a tiempo para coger un autobús hacia Ho Chi Mingh City, nuestra última parada antes de volver a Oviedo, tomando la precaución de dejar de beber los sabrosos zumos de caña de azúcar callejeros, posible causa de la anomalía gástrica.

Ho Chi Mingh City, más conocida como Saigón, fue el centro del poder francés y se sigue percibiendo el carácter europeo de ciudad más ordenada y en cierto modo más aburrida que el resto de ciudades vietnamitas. No guardo grandes recuerdos de la misma, salvo el Hotel Continental que hizo famoso Graham Grenne con su libro El Americano Impasible, llevado al cine varias veces. En aquel majestuoso hotel colonial se citaban corresponsables, políticos y hombres de negocios para conversar sobre la actualidad y tratar sus cuitas.

Sí me pareció interesante la visita a los túneles de Cu Chi, a unos cuarenta kilómetros de la ciudad. Se trata una serie de galerías subterráneas claustrofóbicas utilizadas por el Vietcong para acercarse a las bases norteamericanas sin ser descubiertos. Dan una idea de las penosas condiciones que se viven en las guerras y a los muy fanáticos les permiten disparar una AK-47, una M-16 o una de aquellas metralletas gigantes que disparaba Sylvester Stallone sin pestañear en Acorralado. Para uno que no ha hecho el servicio militar, el disparo resultaba ensordecedor y hasta desagradable por el retroceso que ejercían las armas sobre los turistas dispuestos a pagar $1 por cada bala incrustada en un saco de arena. Creo que las ametralladoras estaban preparadas para no poder disparar en modo ráfaga. Supongo que por seguridad, más que como medida preventiva para evitar la ruina económica.

De vuelta de los túneles comenzaba a llover en Saigón, y ya desde Oviedo supimos que nos libramos por poco de unos tifones que crearon estragos ese año. Lo mismo nos ocurrió cuando dejamos El Cairo un día antes del comienzo de la Primavera Árabe o cuando poco después de visitar Trípoli por trabajo, Gadafi fue derrocado después de más de cuarenta años ejerciendo como dictador extravagante. Parece que siempre que la muerte viene tras mi pista, me escapo por pies.

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