The Guggles

Este verano creo haber corroborado algo que si me lo hubieran dicho veinte años atrás, lo habría negado como quien no quiere aceptar el paso del tiempo. Tampoco resulta demasiado trascendental, en realidad nada lo es, pero sí que me produce cierta tristeza. Ya casi había aceptado que la juventud de nuestros días cada vez aspira menos a poseer un coche como símbolo de libertad, según artículos de prensa que he leído. Incluso ya me había convencido a mi mismo de que los automóviles se asemejan a una sanguijuela que lastra los bolsillos. Quizá los jóvenes hayan comprendido que los símbolos de rebeldía que utilizaban las generaciones anteriores ya están contemplados por el sistema contra el que se manifiestan. Se encuentran presupuestados en ese proyecto llamado sociedad. Nada que en realidad no supiera desde que me obligaron en la escuela a leer a George Orwell, pero que no se acepta hasta que le estalla a uno en la cara.

El elevado desempleo juvenil no ayuda a que muchos puedan comprar, ni siquiera endeudándose hasta las cejas, lo que la industria del automóvil vende: la necesidad de todo joven de huir de sus problemas en un vehículo de su marca, siendo único, siendo uno mismo, como si las personalidades fueran tan abundantes y hubiera para todos.

Justo cuando estaba a punto de hacerme usuario de UBER, caí en la cuenta de que otro gran bastión se había derrumbado a mi entender. El otro gran pilar sobre el que se sustentaba un levantamiento juvenil contenido y fútil que había servido como canalizador de hormonas. Me refiero al fenómeno llamado música rock, en el más amplio sentido de la palabra y que dio lugar a una oportuna industria ad hoc.

Yo no puedo concebir mi juventud sin mis discos, en donde cohabitaban Los Beatles con Pantera, Tom Petty, Led Zeppelin, The Smiths, The Cure o Anthrax. Al igual que las madres siempre se preocupaban de dónde, cuándo y qué se comería ante cualquier desplazamiento, mi máxima inquietud consistía en averiguar qué cintas llevar conmigo para la ocasión, como quien elige la camisa a juego con los zapatos y en función de cada evento. Aún recuerdo un viaje de fin de curso escolar en el cual, mientras los compañeros llevaban mochilas llenas de bocadillos y emparedados, en la mía solo había cintas y más cintas de música. Si una it girl siempre lleva consigo lo necesario en su bolso para cualquier imprevisto, yo también estaba preparado. No había teléfonos móviles con internet para calmar el mono de evasión, pero sí abultados walkman que funcionaban con pilas que siempre lo dejaban a uno tirado.

No pocas cintas vírgenes ha comprado mi madre, e incluso he de confesar que más de una vez grabé encima de una cinta original que me regalaron ciertos amigos de mi padres por algún compromiso. Me imagino a los pobres yendo a El Corte Inglés preguntando al dependiente por música para jóvenes, un espectro tan vago y amplio como puede ser el de las diferencias entre la bondad y la maldad. El resultado de dichas visitas a aquellos grandes almacenes fue que más de una vez tuve entre mis manos el mismo álbum del grupo Presuntos implicados. Sin darle oportunidad alguna, utilicé la cinta para grabar cualquier otra cosa tras colocar unas eficaces bolitas de papel en las hendiduras ubicadas en el lomo. Hace un tiempo, como acto de penitencia y empatía hacia las personas que se molestaron en hacerme regalos, escuché por primera vez en You Tube el disco entero en cuestión con el que fui obsequiado más de una vez. He de decir que musicalmente hablando, acerté en borrarlo cuando era joven.

La primera cinta que compré, ahorrando y con poco más de diez años, fue una de Huey Lewis & The News. En aquella época estaban de moda, ya que aparecieron en la banda sonora de Regreso al Futuro y yo no tenía unos gustos musicales muy definidos. Menos mal que mi madre no dominaba mucho el inglés, porque algunas letras no parecían del todo apropiadas para niños. En Whole Lotta Loving, Huey hablaba de cómo iba a recuperar el tiempo perdido con su novia una vez que volviera de gira, porque con las revistas eróticas no era lo mismo. Aunque no prestaba mucha atención a las letras, no entendía qué significaba cuando aseguraba que se levantaba por las mañanas con una tienda de campaña. A día de hoy no puedo decir que sea mi grupo favorito, pero sí los escucho de vez en cuando sin que me rechinen los oídos. Me hizo gracia como Christian Bale descuartizaba a sus víctimas al son de Huey Lewis & The News en la película cuasi cómica American Psycho.

Unos meses después, ahorré un poco más y compré un álbum de Genesis. No es que me pasara al rock progresivo, sino que me hacía gracia un video satírico suyo donde salían guiñoles de Ronald y Nancy Reagan amagando desde la cama con apretar el botón que supuestamente destruiría el mundo durante la guerra fría. Gracias a esa cinta le tengo un cariño especial a Phil Collins y si se quiere trasladar uno a los años ochenta, basta con escuchar In Too Deep. En realidad no me gusta casi nada de lo que ha compuesto, pero me molesta que la gente se meta con él gratuitamente. Me pareció desorbitado cómo el cafre de Liam Gallagher la tomó con el batería de Genesis sin motivo aparente cuando Oasis estaba en la cresta de la ola. Supongo que porque lo vio como una inofensiva presa fácil. Todas las personas educadas lo parecen. Los hermanos Gallagher siempre se creyeron los Beatles. Quizá por provenir de orígenes humildes británicos y por imitarlos hasta rozar el plagio, pero nunca les llegarán a las suelas de los zapatos, ni en talento, ni en comportamiento.

Con aquellas dos cintas aguanté bastante tiempo. Luego ya vinieron grupos mejores como Metallica, Beastie Boys, R.E.M o Sonic Youth hasta llegar a completar una variada discoteca que ahora cabría toda ella en un reproductor de mp3.

Con menos de doce años la llamada a la lucha por el derecho a hacer fiestas que promovía: You gotta fight for your right to party, me sonaba tan etéreo como el derecho a una vivienda digna que promulga la Constitución Española de 1978. ¿Cuándo y cómo iba a hacer yo una fiesta salvaje? Parecía una mezcla de ideas revolucionarias bolivarianas con las consignas que marcan los felpudos de IKEA en donde se lee: Bienvenido a la República Independiente de Mi Casa. Lemas que se desgastan y mueren casi antes de nacer, de ser pronunciados, pero la canción era pegadiza y para ser blanquitos, hacían un rap más que digno con guitarras distorsionadas.

A finales de los años ochenta, una visita a la casa de unos parientes de mi tío Miguel propició que los hijos nos enseñaran la portada del álbum de Pink Floyd: The Wall. De aquella me fijaba más en aquel trasero inquisitorio con ojos que habitaba en los entresijos del LP doble que en la música que estaba escuchando. No me daba cuenta de que Roger Waters había escrito una gran ópera moderna sobre el ascenso a los cielos y descenso a los infiernos de una persona llena de traumas y que bien pasará a la historia, o se quedará enterrada y olvidada como tantas otras cosas.

Otro día, por aquella época y sin venir a cuento, tuvo lugar una escena típica de cualquier película chusca norteamericana en la que el padre imparte una lección llena de moralina a su hijo sentado en la cama y acompañado por música de violines. “Hijo: si no te gusta David Bowie, no te gusta la música”. Para mí, aquel día, David Bowie solo suponía un tipo con los ojos raros y el pelo cardado que salía en una película.  Algunos lo llamaban el Duque Blanco. ¿Qué interés podría tener? Mi padre nunca volvió a mencionar nada más sobre aquel británico, ni recuerdo que pusiera canciones suyas. Años más tarde ya escuché el lugar común de todo fan de David Bowie: The Rise and Fall of Ziggy Stardust and The Spiders from Mars, y por supuesto, me gustó, me gustó mucho.

La música rock formaba parte esencial de la vida social. Se discriminaba y/o se respetaba en función de los grupos que se escucharan, porque el que no te gustase ninguno parecía inconcebible. Toda una serie de castas que ordenaba a los adolescentes en compartimentos no muy dados a la permeabilidad y menos a participar en una quimérica alianza de civilizaciones. Los heavies, los punkis, los hippies, los alternativos, los mods, los rockabilly los raperos y por último, la pobre chusma que escuchaba basura comercial. Todos se odiaban en mayor o menor medida, con grandes clásicos como la animadversión que profesa la música punk a los hippies. Pero sí había un nexo común y era arrojar todo el desprecio posible sobre los parias, los que escuchaban cualquier cosa que les pusieran en la radio. Nadie que estuviera dentro del mundillo quería que se le asociara a los intocables, con lo cual intentaban descubrir un grupo que nadie o que muy poca gente conociera, sin darse cuenta muchas veces de que había sido hábilmente filtrado por las grandes discográficas. Nadie al que le gustara New Kids On The Block podía ser admirado, ni siquiera considerado como respetable ciudadano de primera. Cuánta gente interesante habré dejado de conocer mejor por semejante bobada.

Cuando estudiábamos en la Universidad, Noe y yo pasamos un buen rato pensando en comentarle a un compañero que aún estaba un poco infantilizado si había escuchado a los Control + Alt + Supr, grupo inexistente que inventamos para la ocasión, y poder así comprobar si se atrevía a afirmar que eran buenísimos. No seguimos con nuestro plan porque al final siempre nos dan pena nuestras víctimas. Además, los esnobs musicales suelen ser inofensivos.

Sobre el entendido del rock hay mucho escrito. Se aconseja a la gente pronunciar Bob Dylan como Bob Dailan para parecer más culto o imbécil, o el tópico de que salvo el primer disco, el resto de los trabajos de cualquier formación resultan insoportables, quitando a los Beatles claro, con los que paradójicamente ocurre todo lo contrario. Toda una serie de recomendaciones que supongo pretenden reírse de las ínfulas de exclusividad que muchos pretenden con la música. Yo fui el primero que caí en la trampa de creerse especial por escuchar lo que no saliera en las radios comerciales, pero de todo se sale, de la adolescencia también. Si algo bueno ha traído internet es el poder comprobar que cualquier pensamiento que uno considere propio y original, seguramente ya lo ha concebido algún otro anteriormente, pinchando los egos en forma de suflé.

Los años noventa se iban amontonando uno tras otro y el grunge se fue tan pronto como vino. Harto de no saber exactamente de qué era alternativa la música alternativa o me-llamo-independiente-pero-solo-quiero-parecer-que-me-autoexcluyo-para-basar-mi-vida-en-que-nadie-me-comprende-y-si-lo-hacen-me-enfado-porque-ya-no-tengo-excusa, decidí oxigenar mis referencias mayoritariamente anglosajonas. Joaquín Sabina pasó de ser un hortera escuálido con mala voz al salvavidas imprescindible que tanto necesitaba.

Compensaba la solemnidad de otros artistas con unas letras brillantes que muchas veces utilizo como guiño. Si algún día muere, viviré su ausencia como una cuasi orfandad y hasta me tomaré una copa de su querido Paternina recordando: “peor para el sol, que se mete a las siete en la cuna del mar a roncar, mientras un servidor le levanta la falda a la luna….”

Después, sin darme cuenta me atropelló el nuevo milenio y la llegada de NAPSTER plantó la semilla del declive de la música rock tal y como se había conocido hasta entonces. Tan inconmensurable fue el empacho inicial de saber que se podía tenerlo todo al alcance de un dedo, que ya no ilusionaba averiguar los acordes de una canción para reproducirla torpemente en una guitarra. De golpe y porrazo, nos convertimos en nuevos ricos sebosos a los cuales nada les satisfacía y al igual que ellos nos dedicamos al exceso, dilapidando metafóricamente un fortuna en drogas, alcohol y mujeres. Todos menos yo claro, que no llegué a tales extremos y seguí con mi vida más o menos ordenada. Sí es cierto que una vez que conseguí reunir toda la discografía de Radiohead en un único cd, incluyendo rarezas y canciones inéditas, dejé de escucharlos. El vacío se encuentra tras doblar la esquina una vez cerrado el círculo.

Resulta muy confortable tener al instante lo que uno desea, pero creo que en occidente erramos pensando que la comodidad lo es todo. Parece que el único fin que se busca es el de cómo facilitar nuestras vidas, olvidándonos de que dicho tiempo ahorrado se debe sustituir por nuevas ocupaciones o lo único que obtendremos será una sensación de frustración por no saber que hacer con el tiempo liberado.

Con la red de redes se rompió el muro de contención que los Rolling Stones construyeron cuando cantaban sobre que aunque no siempre puede uno conseguir lo que quiere, si te esfuerzas, podrás conseguir lo que necesitas.

Poco a poco la música dejó de tener un papel fundamental en mi vida y se fue difuminando lentamente, pero sin vuelta a atrás. Hoy ya retirado, solo robo y mato por necesidad. Dedico poquísimas horas a escucharla, pero me sigo emocionando con un buen concierto como el que disfrutamos en Madrid el pasado junio. Neil Young, septuagenario, anclado en su pasado, con la misma guitarra y camisa de leñador que hace cuarenta años, demostró toda su clase y entusiasmó a todo aquel que lo vio, siendo sin duda lo mejor del festival de modernillos llamado Mad Cool. Dicen que fue el padrino del grunge. A él le dio igual entonces y sigue sin importarle demasiado. La ola le pasó por encima sin que se inmutara y otros fueron los que siguieron a pies juntillas aquello de: “it’s better to burn out than to fade away”. Para sus adentros puede que piense: “It’s even better to shine forever”.

Eso sí, tampoco me he quedado enquistado del todo y sigo añadiendo a mis estanterías discos de grupos más actuales con cuentagotas. Los madrileños Toundra o Jardín de La Croix me siguen recordando lo que sentía cada vez que me ponía los auriculares, pero ya no es lo mismo. No viajo con música, no me ducho con música y ya no se encuentra entre mis preocupaciones o ilusiones básicas. Eso sí, cumplidos los cuarenta, el rock quema menos, pero aun calienta.

Creo que a las generaciones venideras también se les ha apagado la llama del rock, o ¿será que extrapolo mis carencias actuales a toda una generación? Siempre que puedo interrogo a los más jóvenes sobre qué grupos nuevos les gusta escuchar y noto o quiero notar respuestas tan enérgicas como si me hubieran preguntado por aquel entonces qué nudo de corbata prefería: ¿el simple o el Windsor? Al igual que mi generación parece haber enterrado la corbata, símbolo pretérito de la seriedad, intuyo que los más jóvenes ya no canalizan su torrente de energía a través de la música rock. Si es así, otros sustitutos igual de tontos vendrán, o quizá se hayan dado cuenta de que en realidad Queen tenía razón cuando cantaba: “Nothing really matters, nothing really matters….” Puede que antes nos agarráramos a la música como a un clavo ardiendo y ahora con internet, la oferta lúdica se dispersa hasta el infinito. Si no estoy en lo cierto, me encantaría que alguien me sacara de mi error.

Otra señal percibida que apuntala mi teoría proviene de la cancelación por parte de HBO de una serie televisiva llamada Vinyl. La audiencia manda y los números cosechados en la primera y única temporada no debieron de convencer a los ejecutivos de la cadena televisiva estadounidense. Los productores no eran otros que Martin Scorsese y Mick Jagger. La trama se desarrollaba en el ambiente música de la ciudad de Nueva York durante los años setenta del siglo XX. El protagonista, un ejecutivo bravucón e impulsivo, se negaba a vender su discográfica e intentaba resucitarla con mucha pasión y algo menos de cabeza. El acierto de la serie fue mezclar personajes y grupos ficticios, como los Nasty Bits, con estrellas reales como David Bowie, Lou Reed y Alice Cooper entre otros. Además, en cada episodio se juntaban los bajos fondos neoyorkinos, tan bien caracterizados por Martin Scorsese, con la pompa de la alta sociedad que vivía en Greenwich Connecticut. El episodio piloto dirigido por el propio Scorsese resultó impecable y aunque la serie fuera perdiendo fuelle a medida que se desarrollaba, al haber partido desde un punto tan alto, nunca llegó a cosechar un nivel de calidad por debajo del notable. Eso sí, cometió un fallo capital. No fue otro que, al menos en mi opinión, el rock ya no interesa a las masas como lo hacía antes. A muy pocos nos atrae que en los últimos episodios se esbozara la idea de crear el CBGB o que a lo largo de la serie se percibiera como el sonido rock se iba volviendo más sucio y visceral durante esa década. En la música como industria ya solo veo los productos de usar y tirar que siempre han existido y las viejas estrellas rockeras eternas que año tras año se van apagando sin poder ser remplazadas. Puede porque ya nadie las necesita. No lo critico, simplemente me apena, al igual que en su momento se pudo tener nostalgia del Sereno, una vez que la energía eléctrica invadió las urbes.

Me pregunto si dentro de veinte años los adolescentes que ahora gritan y se emocionan con Los Gemeliers se seguirán acordando de ellos sin estupor. Dos jóvenes bastante limitados que llenan conciertos con niñas que chillan y se desmayan como ocurría en los años sesenta cuando se desató la beatlemanía. Exactamente lo mismo que pienso yo sobre estos muchachos, lo declaraban mis abuelos sobre Los Beatles, aunque por lo menos los Fab Four fuera del escenario se negaban a tocar en conciertos con asientos segregados para blancos y negros, y el dúo como mucho cometen faltas de ortografía bochornosas en concursos televisivos. Supongo que todos pertenecemos a nuestros tiempos y a mi ahora me toca hacer de carca. Al igual que yo, Los Gemeliers también pecan de superfluos. Si estuvieran destinados a ser los próximos Beatles, quizá no sea tan malo que la industria musical se encuentre literalmente muerta gracias al canto de cisne que trajo The Guggles y su exitoso: Internet killed the rock ‘n roll star. Al fin y al cabo, muchas veces una muerte auténtica no es lo peor que nos puede suceder, una muerte en vida sí que resulta dura.

 

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