De tribus indias y otros salvajes

Hace unos meses, mi primo Miguel me envió un enlace de una inmobiliaria en la cual ponían a la venta una de las casas en las que más tiempo he vivido. No pude reprimir la tentación de comprobar cómo el paso de los años había tratado a aquel hogar de Indian Village, una urbanización cuyas calles tomaban su nombre de tribus indias norteamericanas del estado de Nueva York: Seneca, Cayuga, Onondaga, Oneida y Mohawk. Calles paralelas cosidas por la avenida de Mendota, asemejando en cierto modo la disposición de las tribus originarias a lo largo del territorio que bordea el Lago Ontario.

Al parecer, los Onondaga fueron la primera de las cinco tribus que finalmente formaron la Confederación Hiawatha entre el siglo XI y XVI. Una organización política que gracias al Gran Pacificador, un jefe venerado que pudo haber pertenecido a los Onondaga, detuvo la lucha entre los diferentes pueblos y unió fuerzas en beneficio mutuo. Dos siglos después, el incipiente comercio con los primeros colonos europeos se transformó rápidamente en abusos, violaciones de derechos, destierros y demás desmanes ya de sobra conocidos, pero guardados debajo de la alfombra para que no importunen.

Siglos de historia casi olvidados hasta que a algún promotor o concejal se le ocurrió la idea de recuperar la herencia de los nativos americanos para dar nombre a unas calles y construir en ellas casas que no se asemejaban precisamente a tipis, o a comunas hippies que vivieran en armonía con la naturaleza – por lo menos hasta que se dieran cuenta de que compartir tu mujer u hombre con los vecinos no resultaba tan fantástico como lo habían pintado. Más bien todo lo contrario, se trataba de viviendas unifamiliares que seguramente formaban parte en muchos casos de la famosa carrera de ratas de Kiyosaki.

Como era de esperar, tras visualizar las fotos en internet del número 19 de la calle Onondaga, pude comprobar que el cambio en la casa había sido inmenso. Me hubiese sorprendido justamente lo contrario, que la pulcra modernidad con aires vintage no hubiera hecho acto de presencia y que la vivienda se encontrara tal y como yo la conocí. Es decir, que siguiera siendo la maniquí menos agraciada de un desfile de modelos, el hermano más pobre de una familia adinerada, un gran escritor menor o la parte trasera del escenario de un teatro visto de perfil, en el cual se ven listones de madera que nadie se ha preocupado de pintar porque los únicos que los verán serán los ayudantes del director de escena durante la obra que se quiere representar. A veces, finas fronteras separan dos mundos irreconciliables y estar a uno u otro lado del escenario puede cambiarnos la vida por completo. Solo dos pasos separan los aplausos que se lleva el tenor de la invisibilidad del operario que transporta el atrezo. Unos disfrutarán de majestuosos escenarios de cartón en los que dar rienda suelta a su ego y los otros de unos andamios que apuntalan la frágil cáscara de la vanidad ajena.

Mr. Holtzer, un jubilado de origen alemán, alto, con el pelo cano y que seguramente pasaría largas temporadas en las playas de Florida gracias al alquiler que le pagaban mis padres, debió de adivinar que mi familia se había caído del lado de las bambalinas en el reparto de papeles y no consideró conveniente remodelar la casa cuando nos mudamos. Todo quedó tal cual lo habían dejado los anteriores inquilinos y la última remodelación que dataría de los años setenta del siglo XX. Es decir, el color marrón y el uso de moqueta lo dominaba todo, en contraste con las blancas cenefas ornamentales y pulidos suelos de madera que la adornan en la actualidad. Una decoración impecable, la de hoy en día, que dista mucho de lo que nos encontramos a mediados de los años ochenta del siglo pasado, cuando todo llevaba impregnado una pátina de cierta cutrez, sin ese aire de telefilm aséptico de principios del siglo XXI.

Los muebles traídos de Europa apenas llenaban los grandes espacios de las estancias y en la época, el minimalismo, más que una corriente decorativa, representaba la escasez, con lo cual cada pared y rincón debía ser tapado, decorado con cualquier objeto que se tuviera a mano. A partir de dicho exceso, tan propio de la década en cuestión, surge el estilo recargado, casi barroco, que se vivió durante esos años tan sobrevalorados por mi generación-al igual que nuestros padres endiosaron los años sesenta. Si ahora resulta muy cool colocar el tocadiscos en el suelo, en los ochenta desprendía un tufo a pobreza, a vacío, si es que se puede considerar necesitado a quien se permitiera adquirir tal electrodoméstico.

Los mejores muebles, los que quedaban fuera del alcance de los niños, solo reservados para las visitas, se colocaron en el salón, mientras que para nosotros quedaron unos sofás morados unipersonales sin patas que se convertían en futón, heredados del antiguo dueño de nuestra casa en Murguía. Mi madre, en un intento de evitar el temido horror vacui decorativo y de rigidizar unos sillones ciertamente inestables por falta de estructura, los unió y cubrió con una tela con gomas cosidas, como quien junta dos camas individuales y piensa que ya dispone de una cama matrimonial. El resultado se alejó bastante del esperado. En lugar de tapar por completo lo que se quería esconder cual hábito monjil, gracias a nuestros saltos y caídas en bomba, una lasciva piel de color púrpura se insinuaba debajo de una cubierta destartalada que imprimía un aspecto de dejadez impropio de las intenciones primigenias. Años después, gracias a una pequeña cantidad de dinero heredado, mi madre aprovechó para deshacerse de dichos sofás como quien consigue echar de casa a una visita indeseada que ocupa tu hogar durante años.

La barandilla metálica de la escalera que daba acceso al segundo piso me hizo descubrir sin querer la electricidad estática que causa el roce de los pies contra una moqueta justo cuando se aproxima un dedo a alguno de los postes. No pocos sustos me llevé, pero a la vez el nuevo descubrimiento científico ejercía una atracción morbosa por ver el diminuto rayo de luz que salía disparado de mi dedo, emulando así al Emperador, cabeza de estado del Imperio Galáctico de La Guerra de las Galaxias. El pasamanos actual resulta mucho más elegante, con listones torneados de madera blanca unidos por una pieza lisa de madera pulida de color marrón claro, pero al desaparecer toda amenaza eléctrica, también se esfuma una pequeña y divertida batalla con los miedos de uno mismo.

Aunque la disposición de la cocina es idéntica, nada tienen que ver los electrodomésticos mate metalizados actuales con los vetustos hornos, uno encima de otro que utilizaba mi madre para guisar. Siempre le sorprendía, que todas las cocinas norteamericanas dispusieran de dos hornos para al final utilizarlos casi en exclusividad los días de Acción de Gracias y Navidad. En la escuela de Ingenieros nos enseñaron que suponía un despilfarro de medios dimensionar las carreteras para los días de “operación salida/llegada”. Parece ser que en otros ámbitos no se piensa igual.

La duplicidad de lavabos en los baños también nos sorprendió bastante a nuestra llegada. En principio parecía desproporcionado, como los hornos gemelos, pero hoy en día me parece una idea estupenda, especialmente por las mañanas, en las horas punta. A día de hoy los echo de menos cada vez que Noe y yo nos peleamos por ver quien se lava los dientes primero. Todavía nadie se ha atrevido a seguir innovando, a dar un paso más allá que pueda paliar los efectos de sufrir apretones simultáneos, introduciendo dos wc en el mismo baño.

Toda la estructura de la casa era de madera salvo la del sótano. Una oscura humedad cubría los paramentos grisáceos de hormigón y ladrillos prefabricados de una sala más grande que el piso donde vivo ahora. Incluso en los días soleados, las pequeñas ventanas colocadas a ras del terreno parecían insuficientes para iluminar y secar un ambiente tétrico donde se ubicaba una vieja caldera que servía para calentar la casa en invierno y enfriarla en verano. Nunca llegué a comprender su funcionamiento, pero era frecuente ver a Mr. Holtzer arreglándola el mismo cuando se averiaba, sudando y sufriendo, sin llegar a sustituirla nunca.

El sombrío lugar donde se guardaban trastos se ha transformado en una lujosa, clara y habitable sala de estar. Nada que ver con el lúgubre y frio solado donde jugábamos al ping pong en una mesa a la que debido a una gotera, le habían salido protuberancias que desvirtuaban las partidas causando botes inesperados de la bola cada vez que alcanzaba la zona tumoral. Un Deus ex Machina en toda regla, que encumbraba campeones y enterraba perdedores a capricho.

El oscuro y misterioso desagüe ubicado en la puerta que comunicaba el sótano con el jardín trasero se inundaba con frecuencia. Los días de mucha lluvia se oía cómo una pequeña bomba se accionaba para evitar males mayores. Probablemente, la antigua impulsión se habrá depuesto en favor de modernos y limpios mecanismos que nunca fallan ni necesitan la reparación de un dueño jubilado que viene a regañadientes, pero con el cual se aprovecha para conversar sobre otros cambios que el inquilino considera pertinentes y el propietario se resiste a llevar a cabo. Y todo para ahorrarse un dinero que posiblemente suponía gran parte de sus ingresos en un país donde las pensiones de jubilación no eran tan generosas como lo han sido hasta ahora en España, en muchos casos. Una de las primeras cosas que me sorprendió de los Estados Unidos de América fue precisamente observar que ciertos puestos de trabajo, como los de dependiente, eran ocupados por personas con una edad muy avanzada, llenos de profundas arrugas, delgados y que devolvían el cambio con un pulso tembloroso después de tardar una eternidad en presionar las teclas de las máquinas registradoras. La jubilación era un lujo propio de los europeos y parece que dicho esplendor se desvanece tan rápido como llegó aquí también.

Aparte de los interiores, nuestro jardín también distaba mucho del de los vecinos en cuanto a magnificencia. Si los demás lucían céspedes perfectos, sin arrugas, mullidos y homogéneos cual campo de golf, el nuestro se parecía más a un descuidado jardín inglés, pero sin el encanto de este último. Una raquítica capa de tierra vegetal apenas podía disimular la aparición de raíces que atascaban el cortacésped o zancadilleaban nuestras piernas al intentar jugar. Los demás disponían de profesionales que cuidaban hasta la extenuación cada detalle, domando la naturaleza a base de artificio y cirugía plástica. Una batalla que mi padre y yo vimos tan perdida que nunca llegamos a luchar del todo. Todos los otoños recogíamos las hojas de los frondosos árboles caducos que se posaban sobre la hierba cual polvo en los muebles. Al cabo de unas horas de terminar la faena, el césped se volvía a cubrir de tonos ocres, amarillentos y rojizos y de nuevo se necesitaba sacar los rastrillos y enormes bolsas que costaban mantener en pie para introducir las hojas. Poco antes de la llegada del invierno, una hoja solitaria colgada en alguno de los árboles marcaba el fin de nuestra ardua tarea, dejando atrás una de las estaciones más visualmente enriquecedoras que se puede disfrutar en la costa éste estadounidense.

Si bien las raíces de los árboles estorbaban durante los juegos en el jardín, también servían para moldear las aceras de las calles y crear así circuitos con rampas para nuestras bicicletas. El ímpetu natural que se rebela contra el progreso humano se aliaba con los niños levantando el hormigón de los itinerarios peatonales cual apocalíptica orogenia. Aun recuerdo los primeros paseos en bicicleta por unas calles otoñales nada más mudarnos, reconociendo mentalmente el terreno sin necesidad de orinar las esquinas, como hacen los perros.

Si a las raíces las considerábamos nuestras amigas, el mayor enemigo provenía de las alcantarillas por donde se colaban pelotas y demás juguetes que puede que fueran recogidos por algún descendiente de los personajes de La Forja de un Rebelde, tal y como se describe en el pasaje incluido a continuación:

Delante de la casa del tío Granizo hay un puentecillo de madera, hecho con dos rieles del tren atravesados y cubiertos de tablones, con su barandilla y todo, pintado de verde. Allí pasa un río negro que sale de un túnel debajo del puente del Rey; este túnel y este río son la alcantarilla de Madrid. Todas las pelotas que pierden los chicos en las calles de Madrid, porque se les cuelan por las bocas de las alcantarillas, bajan flotando, y nosotros, desde lo alto del puente, las pescamos con una manga hecha de un palo largo y la alambrera vieja de un brasero. Una vez cogí una de goma pintada de colorado. Al otro día, en el colegio, me la quitó Cerdeño y, como es mayor que yo, me tuve que callar. Ahora que le costó caro: le metí una pedrada desde lo alto de la corrala; ha llevado una venda tres días y le han tenido que coser los sesos con hilo. Claro que no sabe quién ha sido; pero, por si se entera, llevo siempre una piedra de puntas en el bolsillo, y como me quiera pegar, le van a coser otra vez.

Pero no siempre vencían los sumideros. A veces conseguíamos recuperar nuestras posesiones con palos de escobas y la ayuda de algún amable vecino. El episodio más trágico ocurrió el día en el que tras reivindicar a mi madre el trabajo no retribuido en el jardín, con alusiones a las luchas del proletariado ruso a principios del siglo XX, ella me compró un coche teledirigido. Nada más estrenar el nuevo juguete, éste se cayó en una de las temibles alcantarillas. Parece que el destino castigaba mis hostiles formas marxistas-leninistas, pero gracias a los Jordan, una pareja anciana que vivía a nuestra izquierda, conseguí recuperar el coche, que seguía funcionando, si bien el parachoques delantero quedó destrozado para siempre. Esa misma noche, mi padre se enfadó mucho por el chantaje que le había hecho a mi madre, pero reconoció que mi labor debía de ser remunerada y obtuve una paga de $4 semanales, una miseria en comparación con las ingentes cantidades de dinero que recibía mi hermana Ana por cuidar de los bebés de los vecinos. Tal era su descuido por el vil metal, que dejaba los billetes hechos gurruños en los bolsillos de sus pantalones y no pocas veces pasaban por la lavadora junto a pañuelos de papel que se deshacían en infinitos trozos. Eso sí, puedo asegurar que los dólares quedan intactos tras un proceso de lavado, centrifugado y secado no empleado ni en los más sofisticados paraísos fiscales.

Un buen día, aparcó frente a nuestra casa un gran camión de mudanza proveniente de Chicago alquilado por nuestros nuevos vecinos, una familia de cuatro miembros apellidada Long. El padre, alto y algo fondón, trabajaba en la revista Sports Illustraded, teniendo como única afición conocida regar las flores con una manguera. De aquella, su empleo me parecía mucho más provechoso que el de mi padre. Nunca supe a qué se dedicaba exactamente y mucho menos lo que ganaba, pero el hecho de que algunas veces nos regalara publicidad de su empresa en forma de blocs de notas, posters, gorras y demás parafernalia, ya me parecía razón suficiente para considerar que sus labores se encontraban en un escalafón superior a las que desarrollaba mi padre, que oficialmente no disponía de acceso a tales tesoros. No digamos cuando tras un oportuno guiño de ojo, Mr. Long le regaló a mi padre un calendario del esperado número de trajes de baño, poblado por impresionantes mujeres en bikini. Una de aquellas divas no era otra que Paulina Porizkova, una elegante checa de ojos azules que además de posar en playas paradisiacas, también intervino junto a Tom Selleck en una de tantas películas malas que se hicieron en la década de los ochenta. Ya en los noventa, mejoró sus gustos cinematográficos y formó parte del reparto de una película algo surrealista de Emir Kusturica, llamada El Sueño de Arizona.

Mi padre no era aficionado a convertir su garaje en un taller con herramientas y calendarios de voluptuosas mujeres, así que supongo que el presente quedaría guardado en el fondo de algún armario, porque aunque la ansiedad por vestir la casa era palmaria, tampoco parecía muy oportuno colgar el calendario en el salón de las visitas, para deleite de los hombres y envidia o estupor de las mujeres.

A Mrs. Long, también alta, se la veía mucho más elegante y esbelta que su marido. Bebía Tab constantemente, incluso mientras conducía su coche tipo ranchera con una mano tras unas enormes gafas de sol. Creo recordar que no trabajaba fuera de casa, pero tampoco se esforzaba mucho en limpiar ni cocinar. Bastante tendría con ir al club de tenis, jugar al bridge y beber Tab. Todos los días, después de recoger a sus hijos del colegio, los llevaba a merendar al McDonalds de Port Chester, el pueblo vecino. Dicha liturgia me parecía el mayor lujo al que cualquier niño podría aspirar, pero viendo en Facebook el resultado que ha tenido sobre mi antiguo vecino, agradezco todo lo que mi madre cocinó por nosotros a lo largo de esos años. Me he quedado asombrado de ver cómo aquel chaval espigado un año mayor que yo, de repente, en treinta años, se ha convertido en el pater familias de aquella serie norteamericana titulada: Con Ocho Basta.

Cómo se desvirtúa la percepción del lujo a medida que uno va cumpliendo años. Para mí, los McDonalds me recuerdan a Don Juan Tenorio cuando dijo “A los palacios subí y (treinta años después) a las cabañas bajé…”.

Mrs. Long no reparaba en gastos: clubs de todo tipo, la mejor ropa, el mejor calzado, los mejores juguetes y las mejores guarrerías poblando su nevera. Un ritmo de vida frenético comparado con la muy relativa austeridad bajo la cual yo vivía junto a mis hermanas. Pensaba que nuestros nuevos y opulentos vecinos eran millonarios mientras que nosotros sufríamos de una indigencia extrema. Solo hoy en día agradezco las supuestas privaciones que evitaron que pudiera convertirme en un perfecto imbécil. Casi cualquier occidental puede vivir a base de deuda una vida de aparente ensueño durante un tiempo. Quizá lo difícil fuera no dejarse llevar por tantas idioteces consumistas.

Los hijos del matrimonio se hicieron amigos de mi hermana mayor y de mí casi por razón de estado, como los matrimonios concertados de la realeza durante la edad media. Meredith, que parecía un chico con su pelo corto alborotado y camisetas de camuflaje, se juntó con mi hermana Ana para jugar con muñecas, mientras yo me quedé con Chris. Ojalá me hubiera unido a mi hermana, porque aquel vecino me hizo la vida imposible. Meredith, puede que pareciera un niño por fuera, pero Chris con sus sibilinas y retorcidas formas de humillar, se asemejaba más con sus modos a las armas que utilizan las mujeres para defenderse de la fuerza bruta masculina.

Aun recuerdo cuando su madre nos llevaba a casa después del colegio el día que nos dieron las notas y Chirs me espetó que un sobresaliente de quinto era equivalente a un notable en sexto. Supongo que sus ínfulas W.A.S.P no podían soportar que un cuasi chicano que en aquel momento ni siquiera hablaba correctamente inglés, tuviera mejores calificaciones que él. Se metía con mi ropa constantemente, con mi mochila, con mis juguetes, con el supermercado donde compraba mi madre, con el coche que teníamos y hasta con los programas de televisión que me gustaban. Incluso en este último apartado, el tiempo me ha dado la razón, ya que recuerdo que su programa favorito era el Show de Bill, “Violador” Cosby y el mío You Can’t do that on Television, una versión para niños de Saturday Night Live con influencias de Monty Python. Las comparaciones cantan por si solas.

Sus agresiones nunca fueron físicas. Nunca llegué a casa con un ojo morado ni nada por el estilo. A él le gustaba más la sutil pulla continua, con la cual la víctima queda como un paranoico ridículo al relatarlas una a una, pero que juntándolas todas, se pueden reconstruir unas claras intenciones aviesas. Lo más probable es que todo fuera fruto de complejos y/o falta de atención de unos progenitores que regaban flores y bebían Tab. Quizá en el fondo, envidiaba que mi madre se preocupara por nuestra alimentación, o que mi padre no se evadiera de una forma tan poco gratificante cuando llegaba a casa y nos hiciera caso. Pero bueno, de aquella no podía comportarme de forma tan compasiva como ahora. No veía como quitármelo de encima, hasta que al año siguiente vino mi primo Miguel de visita.

Una tarde, después del enésimo agravio sufrido por mi persona, la discusión acabó con mi primo tirándole piedras al vecino desde nuestro garaje. Chris Long amagó con denunciarnos a la policía, con llevarnos a juicio, mientras volvía a casa tapándose un ojo con la mano. Por supuesto, no nos hizo falta llamar a ningún letrado para defendernos, pero el acto salvaje de mi primo trajo cola. El choque cultural fue tremendo, tal y como si se viera a alguien cazar con lanza los pavos reales que campan a sus anchas por el Parque San Francisco de Oviedo. En el colegio de Rubayo puede que fuera habitual resolver los problemas a pedradas. Durante los ochenta en España, los padres no se entrometían demasiado en las cuitas de los hijos, pero en Rye, de aquella, los progenitores se comportaban como muchos padres españoles hoy en día. Defendían a ultranza a sus hijos, incluso si ellos mismos se hubieran metido por si solos en el papel de abusón. Puede que lo hicieran por remordimientos de no prestar la suficiente atención a su descendencia. Si algo he aprendido es que los niños necesitan infinitamente más atención que juguetes, lo contrario que se suele hacer. Por otro lado, me parece normal, el agua siempre discurre por el camino más sencillo y mucho más fácil resulta comprar juguetes que jugar cuando se es adulto. Supongo que lo que denominamos progreso nunca se puede llevar a las últimas consecuencias de perfección. En cambio, sí parece que en ocasiones con la guerra se consigue la paz, ya que a partir de ese instante troglodita, el vecino beligerante con segundas y yo seguimos por caminos diferentes.

Mi hermana Ana y Meredith siguieron siendo amigas y un verano ella le pedió que cuidara de sus peces mientras toda la familia, salvo el padre, fueron de vacaciones a Michigan. Imagino que Meredith no se fiaba de su padre haciendo de Rodríguez, y encomendó a Ana dicha tarea, dejándole incluso una copia de las llaves de su casa. Una tarde, tras alimentar las carpas doradas, Ana volvió a casa aterrorizada porque sostenía haber visto a una pareja desnuda en la cocina de los vecinos. A mi padre, en un alarde de inocencia suprema y buena vecindad, no se le ocurrió más que pensar que algún extraño estaba robando y cruzó la calle para averiguar lo que pasaba. Tras pulsar el timbre, Mr. Long le recibió en albornoz y le tranquilizó. Nadie había entrado a robar; se trataba de un mal entendido. Varios días después, Mr. Long y mi padre tuvieron una pequeña charla sobre el incidente y éste posiblemente le recordó el calendario que le había regalado, guiñando de nuevo un ojo. Cierto es que España, gracias a casi cuarenta años de dictadura, sufriera un atraso con respecto al resto de occidente y que por tanto sus habitantes pudieran parecer más ingenuos en muchos sentidos, pero no sé cómo mi padre fue capaz de pensar que alguien se dedicara a desvalijar viviendas desnudo.  Los norteamericanos puede que se comporten a veces de forma extravagante, aunque no tanto. La banda en cueros parece que nunca existió y mis padres seguramente intentaron después borrarle de la cabeza las visiones “irreales” que presenció mi hermana para que el escándalo no trascendiera.

Del comportamiento de la infancia tampoco es que se puedan sacar muchas conclusiones certeras. Que Chris Long me maltratara en cierto modo, no significa ni mucho menos que a día de hoy sea un psicópata, ni que por sacar peores notas, ahora sea un delincuente sin trabajo. Seguramente ocurra todo lo contrario. No me extrañaría que fuera mejor persona que yo y que disfrute de una carrera profesional mucho más exitosa que la mía, aunque lo desconozco. No he vuelto a cruzar palabra con él desde el día de la batalla de piedras. Lo que sí sé es que su hermana, la que parecía un niño, la que no era tan arrogante como él, ahora es la editora de la revista TIME. Parece que siguió los pasos de su padre. Si es lo que buscaba, me alegro por ella, pero solo espero que su tiempo libre lo dedique a aficiones más productivas que regar las flores o ponerle los cuernos a su pareja.

Aunque Chris Long fuera el Gran Instigador de mis recuerdos infantiles, me resulta difícil guardarle rencor a un niño desde la perspectiva adulta. Además, siempre tendré de mi lado el espíritu del Gran Pacificador Onondaga para contrarrestarlo.

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